A pesar del progreso de las grandes urbes, aunque el modernismo
arquitectónico haya cambiado la fisonomía de las calles, ninguna fuerza es
capaz de borrar maldiciones y leyendas, como es esta espeluznante leyenda que
tuvo como escenario una de las calles de nuestra ciudad.
A fines del siglo XVI esta casa estuvo marcada con el número nueve
y la calle se llamaba calle del Arco de San Agustín, pues hasta aquí llegaba el
famoso convento de los frailes Agustinos; en aquel tiempo se conoció esta casa
como “la casa del niño”, pero debido a esta hornacina, algunos se confundieron
y llamaron “casa del nicho”. Sin embargo, los tenebrosos sucesos ocurridos tras
sus recios muros escribieron con sangre la verdadera designación de esta
casona. En el año de gracia de 1597 ocuparon esta casona don Francisco Ruiz de
Tagle, su esposa doña Sol de Castrejón y sus hijos Erasmo Ruíz de Castrejón y Francisca;
el señor de Tagle había comprado dos haciendas y un mineral y eran sus intenciones de asentarse Nueva España, al
igual que comprar la rica mina que poseía un tal don Mendo Garciadiego en Nueva
Galicia
Al día siguiente, cuando don Francisco Ruiz y su esposa salieron a
la calle, fueron testigos del espectáculo horrible deprimente: la ciudad era
azotada por un gran brote de peste y escorbuto; al ver tal espectáculo ambos se
apresuraron para llegar a la casa de don Mendo, y al poco andar ya se encontraban
llamando a su casa, que estaba situada cerca del convento de Portacoeli. Una
mujer sirvienta de la casa salió abrirles y los puso sobre aviso, pues la peste
ya había entrado a aquella casa, y sin pérdida de tiempo los esposos se
alejaron de la residencia, sólo para enfrentarse a ese cuadro de dolor y de
muerte. Los ojos atónitos de doña Sol se fijaron en un hombre que parecía ir
vivo aún en las carretas donde se acostumbraba llevar a los cadáveres, y sin
medir las consecuencias la mujer corre hacia la carreta para dar aviso, pero
los frailes exigieron que se alejara. Poco después, tristes y abatidos llegaban
a su casa.
Y haya sido porque respiraron el aire malsano de la ciudad, o por
el ligero contacto con los apestados, lo cierto es que doña Sol enfermo de
gravedad, y que don Francisco tampoco se sintió bien de salud, y cierto también
fue que a los tres días un médico fue llamado para curarles, pero no había
curación posible porque habían sido contagiados por la peste y lo mejor era que
los hijos dieran aviso a los frailes camilos. Pero quiso Dios que los esposos
muriesen antes de ser llevados en carretas con todos los apestados; los dos
hijos y los viejos criados los llevaron al panteón. No había pasado aún el
dolor y las tumbas estaban frescas cuando Erasmo, enfermo de codicia quiso
saber que sería de la cuantiosa fortuna de su padre, pero el problema era que
la herencia iría manos del mayor de los hijos, siendo su hermana la que le
llevaba ventaja. Francisca tenía a la sazón 23 años y su hermano tocaba penar
los 19, ella comenzó a manejar haciendas y mineral por medio de fieles
administradores; mientras tanto, Erasmo se debatían celos y desconfianza, al
pensar que su hermana pudiese enamorarse casarse y por ende ser despojado de su
herencia, y en su mente enferma de codicia y su juramento: jamás permitiría que
se casara. Quiso el destino que esa misma noche Erasmo diera violentas muestras
de su envidia y sus celos cuando escucho un silbido en la calle, y pensando que
era un pretendiente de su hermana, sin medir peligros salió espada en mano a la
calle para interceptar a un misterioso caballero embozado. A partir de entonces
las escenas semejantes se repitieron con frecuencia.
Sin embargo, fue la misma Francisca quien días más tarde le
expresó sus claros y urgentes deseos de matrimonio antes de que se le empezará
notar más la edad; el hermano monto en cólera y la amenazó con que si se casaba
el mismo mataría a quien se le acercara. Aquella fue la primera y última vez
que Francisca habló de matrimonio con Erasmo, desde entonces se le vio
discurrir silenciosa por la casa; él notó el cambio de comportamiento de su
hermana, y aprovecho para interrogar a los criados y ellos le dijeron que
estaba enferma. La enfermedad de Francisca avanzó a tal grado que pasaba días
sin salir de su alcoba; y al fin una noche, un acontecimiento insólito vino a
revelar la clase de enfermedad que padecía: en medio de la noche se escuchó el
llanto de un recién nacido.
Erasmo corrió inmediatamente en busca del llanto del niño y llegó hasta
la puerta de la alcoba de su hermana, el viejo criado tímido abrió después de
largo rato, confirmándole que Francisca había dado a luz y que su esposa le
había ayudado en el parto. Hecho una fiera se precipitó al interior como una
tromba, pero su hermana se había desmayado, por lo que no le quedó de otra más
que salir, lanzando maldiciones.
Al día siguiente apenas levantado el sol, Erasmo ya medio
embriagado de vino corrió ver a su hermana para exigirle el nombre del padre
del niño, pero ella se negó hablar. Transcurrieron los días, Francisca se
restableció pero en vez de hablar y revelar su secreto parecía haber
enmudecido; temiendo que un día llegase el padre del niño pretendiendo casarse
con su hermana, Erasmo no dejaba de martirizarla en todas formas, y decidió
dejarla encerrada en su alcoba. Al prolongado encierro siguieron las cadenas y
el ayuno, sin que Erasmo consiguiera que Francisca soltará la lengua;
finalmente el profirió una sórdida amenaza: si no revelaba su secreto le
quitaría a su hijo y jamás volvería saber de él.
Dos días después, Erasmo mandaba construirla hornacina que durante
muchos años remataba la casa de esta historia, enfatizando a los obreros que
debían dejar un hueco suficiente para contener según él, un pequeño cofrecillo
lleno de recuerdos familiares. Una semana después quedaba terminada la obra.
Esa misma tarde, Erasmo volvía a exigir a su hermana la revelación de su
secreto, y ante el mismo silencio lanzó su última amenaza.
Esa noche, burlando el sueño de Francisca, el perverso hermano
penetró su alcoba y se robó al niño; cosa increíble y terrible: Erasmo subió
hasta la hornacina y colocó a la criatura en el hueco dejado por el albañil,
después cubrir el hueco con piedras y argamasa, dejando allí al niño sepultado
vivo. En cuanto Francisca se dio cuenta exigió la entrega del niño, pero de
nada le valieron gritos, llantos ni gemidos. Creyendo que su hermano no
atentaría contra la vida de su hijo, deja pasar los días hasta que una noche
escucha unos llantos, y enloquecida, llena de ansiedad recorre la casa buscando
a su hijo. En su desesperación llegaste el hecho de su hermano a quien
despierta para exigirle le devuelva al niño, pero todo fue en vano. Durante
varias noches la mujer recorrió la casa buscando ansiosamente a su hijo. Al
fin, una noche Erasmo se despierta sobresaltado, pues también ha escuchado el
llanto de su pequeña víctima, y sin darse cuenta que su hermana estaba atrás de
él, grita en voz alta el horrendo crimen que cometió. Al escuchar aquel
espantoso secreto, las manos ansiosas de Francisca buscan en la sombre y de
pronto se arma de un puñal, y sólo tiene que aguardar unos pasos, unos
segundos, entonces lo apuñala. Erasmo herido de muerte, rueda escaleras abajo,
quedando muerto boca abajo, al pie del hogar.
La hoja del puñal aún brillaba en su espalda por donde manaba
sangre en abundancia. Francisca obliga a los viejos criados a levantar el
cadáver de su hermano, para enterrarle en el patio de su casa, quedando en el
piso una extraña mancha de sangre en forma de mariposa. Tres días más tarde
Francisca entrega fuerte suma en oro a sus dos viejos criados para comprar su
silencio y los embarca rumbo a España, pero al entrar de nuevo a su casa queda
atónita, al ver allí en el mismo sitio aquella extraña mancha de sangre. Pero
una y 100 veces llega a las baldosas, sin lograr borrar aquella mancha.
Transcurre el tiempo, pasan los años. Francisca, cuyo secreto
guardó siempre, no lleva a su casa a hombre alguno y vive sola y silenciosa. Ya
casi a mediados del siglo XVII, los habitantes de la Nueva España ven salir de
la casa nueve del Arco de San Agustín a un espectro de mujer; vieja, encorvada,
desdentada y con los signos inequívocos de la demencia, nadie al verla pensó
que era doña Francisca Ruiz de Castrejón. Sin embargo lo era, su cerebro
perturbado la hizo lanzarse a la calle y al ver a un niño de pecho iba tras él.
Varias veces, durante una de sus desdichadas y dementes correrías,
Francisca fue detenida por la guardia cuando pretendió arrebatar un niño, y
otras veces fueron las mismas madres de las criaturas, ayudadas por sus
siervas, quienes golpearon a la loca mujer.
Al fin, casi dos años después, dos religiosas detienen a la
infeliz Francisca para enviarla al hospital para dementes en donde murió. En
1693 el Cabildo que se había posesionado de bienes y fortuna de los Ruíz
Castrejón, vendió la casa a una familia de apellido Coronado. Nada hacía
sospechar a los nuevos dueños la terrible historia que se había escrito dentro
de los ya estéticos muros de la casa, hasta que quisieron lavar la mancha de
sangre y vieron que no se quitaba. Aquello fue sólo el principio de los hechos
sobrenaturales que iban a llenar de pavura a los nuevos propietarios. Una noche
escucharon a una mujer gimiendo y clamando por un niño, y tras los lúgubres
lamentos se dejó escuchar el llanto del niño. No bien había salido de su alcoba
el señor Coronado se topó con una visión horripilante: el espectro de una mujer
que pedía que le devolvieran a su hijo y que lo había matado. Aquella visión
aterradora heló la sangre en las venas del señor, que parecía próximo a perder
el conocimiento, cuando sonó un grito en la parte baja de la casa, y dándole la
espalda a la muerta bajó con la prisa que el momento le permitía, al escuchar
el grito angustioso de su hijo. No acababa de bajar el señor cuando estuvo ante
otra aparición aterradora justo sobre la mancha de sangre.
Armándose de valor el señor Coronado se enfrentó al escalofriante
espectro y le preguntó cuál era el motivo de su penar; entonces escucho una voz
hueca, de ultratumba, que electrizaba de horror: dijo que su cuerpo se
encontraba enterrado en esta casa por un espantoso crimen cometido y había
sepultado viva a una criatura en la hornacina de la casa, y al sacarlos despojo
del niño la mujer dejaría de perturbar con su siniestra aparición. Y como había
aparecido, de la nada se esfumó el aterrador fantasma de don Erasmo, dejando
temblando de miedo y próximos al desmayo a padre e hijo.
Al día siguiente don Coronado consultó el caso con fray Pedro
Bracamontes y éste lo acompañó con dos hombres hasta el hornacina, se descubrió
la improvisada tumba del niño y cuenta la leyenda que al destaparle y exponer
los restos al aire lanzó un agudo llanto, y entonces ocurrió lo inexplicable,
lógico a la fecha: al contacto del aire, los tiernos huesos del niño tantos
años enterrados se desintegraron. Con la exhumación de los restos del infante,
dejó de vagar el espíritu atormentado de Francisca y por ende, ya nos
escucharon sus gemidos y lamentos. Sin embargo, el alma en pena de Erasmo aun
perturbó varias noches al dueño de la casa; y cierta noche le pidió que llevara
sus culpas ante un confesor y después que sacara sus huesos del patio y los
llevara a camposanto.
Aconsejado por fray Bracamontes y corridos los trámites legales,
fue exhumado también el cuerpo de don Erasmo, enterrado en el patio de la casa
desde hacía muchos años. Con la cristiana sepultura dada a los despojos del
criminal y codicioso Erasmo, su fantasma dejó de vagar por aquella casa. El
hecho de que al exhumar los despojos del niño, se escucharon el llanto de éste,
corrió de boca en boca y por eso el vulgo bautizó esta casa como “la casa del
niño”; sin embargo, al transcurso de los años la gente que vio la hornacina o
nicho vacío, torció las cosas y la designó como “casa del nicho”. Volvieron a
pasar los años, sobrevino el movimiento de Independencia que vino a conformar
la estructura de la patria, después la aplicación drástica de las leyes de
Reforma y con ellas, el cambio de fisonomía de la que fuera capital de Nueva
España.
La tétrica casa del niño, que fuera el nueve de calle del Arco de
San Agustín, hoy República del Salvador, sufrió también modificaciones y nuevos
moradores llegaron a ella. ¡Aún en nuestros días, nada es imposible! Nadie ha
podido borrar esa mancha, ni aun utilizando líquidos químicos modernos.
¿Quieren verla y probar?

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