domingo, 31 de mayo de 2015

La casa del Niño (Sucedió en la hoy calle República del Salvador)

A pesar del progreso de las grandes urbes, aunque el modernismo arquitectónico haya cambiado la fisonomía de las calles, ninguna fuerza es capaz de borrar maldiciones y leyendas, como es esta espeluznante leyenda que tuvo como escenario una de las calles de nuestra ciudad.
A fines del siglo XVI esta casa estuvo marcada con el número nueve y la calle se llamaba calle del Arco de San Agustín, pues hasta aquí llegaba el famoso convento de los frailes Agustinos; en aquel tiempo se conoció esta casa como “la casa del niño”, pero debido a esta hornacina, algunos se confundieron y llamaron “casa del nicho”. Sin embargo, los tenebrosos sucesos ocurridos tras sus recios muros escribieron con sangre la verdadera designación de esta casona. En el año de gracia de 1597 ocuparon esta casona don Francisco Ruiz de Tagle, su esposa doña Sol de Castrejón y sus hijos Erasmo Ruíz de Castrejón y Francisca; el señor de Tagle había comprado dos haciendas y un mineral y eran sus  intenciones de asentarse Nueva España, al igual que comprar la rica mina que poseía un tal don Mendo Garciadiego en Nueva Galicia
Al día siguiente, cuando don Francisco Ruiz y su esposa salieron a la calle, fueron testigos del espectáculo horrible deprimente: la ciudad era azotada por un gran brote de peste y escorbuto; al ver tal espectáculo ambos se apresuraron para llegar a la casa de don Mendo, y al poco andar ya se encontraban llamando a su casa, que estaba situada cerca del convento de Portacoeli. Una mujer sirvienta de la casa salió abrirles y los puso sobre aviso, pues la peste ya había entrado a aquella casa, y sin pérdida de tiempo los esposos se alejaron de la residencia, sólo para enfrentarse a ese cuadro de dolor y de muerte. Los ojos atónitos de doña Sol se fijaron en un hombre que parecía ir vivo aún en las carretas donde se acostumbraba llevar a los cadáveres, y sin medir las consecuencias la mujer corre hacia la carreta para dar aviso, pero los frailes exigieron que se alejara. Poco después, tristes y abatidos llegaban a su casa.
Y haya sido porque respiraron el aire malsano de la ciudad, o por el ligero contacto con los apestados, lo cierto es que doña Sol enfermo de gravedad, y que don Francisco tampoco se sintió bien de salud, y cierto también fue que a los tres días un médico fue llamado para curarles, pero no había curación posible porque habían sido contagiados por la peste y lo mejor era que los hijos dieran aviso a los frailes camilos. Pero quiso Dios que los esposos muriesen antes de ser llevados en carretas con todos los apestados; los dos hijos y los viejos criados los llevaron al panteón. No había pasado aún el dolor y las tumbas estaban frescas cuando Erasmo, enfermo de codicia quiso saber que sería de la cuantiosa fortuna de su padre, pero el problema era que la herencia iría manos del mayor de los hijos, siendo su hermana la que le llevaba ventaja. Francisca tenía a la sazón 23 años y su hermano tocaba penar los 19, ella comenzó a manejar haciendas y mineral por medio de fieles administradores; mientras tanto, Erasmo se debatían celos y desconfianza, al pensar que su hermana pudiese enamorarse casarse y por ende ser despojado de su herencia, y en su mente enferma de codicia y su juramento: jamás permitiría que se casara. Quiso el destino que esa misma noche Erasmo diera violentas muestras de su envidia y sus celos cuando escucho un silbido en la calle, y pensando que era un pretendiente de su hermana, sin medir peligros salió espada en mano a la calle para interceptar a un misterioso caballero embozado. A partir de entonces las escenas semejantes se repitieron con frecuencia.
Sin embargo, fue la misma Francisca quien días más tarde le expresó sus claros y urgentes deseos de matrimonio antes de que se le empezará notar más la edad; el hermano monto en cólera y la amenazó con que si se casaba el mismo mataría a quien se le acercara. Aquella fue la primera y última vez que Francisca habló de matrimonio con Erasmo, desde entonces se le vio discurrir silenciosa por la casa; él notó el cambio de comportamiento de su hermana, y aprovecho para interrogar a los criados y ellos le dijeron que estaba enferma. La enfermedad de Francisca avanzó a tal grado que pasaba días sin salir de su alcoba; y al fin una noche, un acontecimiento insólito vino a revelar la clase de enfermedad que padecía: en medio de la noche se escuchó el llanto de un recién nacido.
Erasmo corrió inmediatamente en busca del llanto del niño y llegó hasta la puerta de la alcoba de su hermana, el viejo criado tímido abrió después de largo rato, confirmándole que Francisca había dado a luz y que su esposa le había ayudado en el parto. Hecho una fiera se precipitó al interior como una tromba, pero su hermana se había desmayado, por lo que no le quedó de otra más que salir, lanzando maldiciones.
Al día siguiente apenas levantado el sol, Erasmo ya medio embriagado de vino corrió ver a su hermana para exigirle el nombre del padre del niño, pero ella se negó hablar. Transcurrieron los días, Francisca se restableció pero en vez de hablar y revelar su secreto parecía haber enmudecido; temiendo que un día llegase el padre del niño pretendiendo casarse con su hermana, Erasmo no dejaba de martirizarla en todas formas, y decidió dejarla encerrada en su alcoba. Al prolongado encierro siguieron las cadenas y el ayuno, sin que Erasmo consiguiera que Francisca soltará la lengua; finalmente el profirió una sórdida amenaza: si no revelaba su secreto le quitaría a su hijo y jamás volvería saber de él.
Dos días después, Erasmo mandaba construirla hornacina que durante muchos años remataba la casa de esta historia, enfatizando a los obreros que debían dejar un hueco suficiente para contener según él, un pequeño cofrecillo lleno de recuerdos familiares. Una semana después quedaba terminada la obra. Esa misma tarde, Erasmo volvía a exigir a su hermana la revelación de su secreto, y ante el mismo silencio lanzó su última amenaza.
Esa noche, burlando el sueño de Francisca, el perverso hermano penetró su alcoba y se robó al niño; cosa increíble y terrible: Erasmo subió hasta la hornacina y colocó a la criatura en el hueco dejado por el albañil, después cubrir el hueco con piedras y argamasa, dejando allí al niño sepultado vivo. En cuanto Francisca se dio cuenta exigió la entrega del niño, pero de nada le valieron gritos, llantos ni gemidos. Creyendo que su hermano no atentaría contra la vida de su hijo, deja pasar los días hasta que una noche escucha unos llantos, y enloquecida, llena de ansiedad recorre la casa buscando a su hijo. En su desesperación llegaste el hecho de su hermano a quien despierta para exigirle le devuelva al niño, pero todo fue en vano. Durante varias noches la mujer recorrió la casa buscando ansiosamente a su hijo. Al fin, una noche Erasmo se despierta sobresaltado, pues también ha escuchado el llanto de su pequeña víctima, y sin darse cuenta que su hermana estaba atrás de él, grita en voz alta el horrendo crimen que cometió. Al escuchar aquel espantoso secreto, las manos ansiosas de Francisca buscan en la sombre y de pronto se arma de un puñal, y sólo tiene que aguardar unos pasos, unos segundos, entonces lo apuñala. Erasmo herido de muerte, rueda escaleras abajo, quedando muerto boca abajo, al pie del hogar.
La hoja del puñal aún brillaba en su espalda por donde manaba sangre en abundancia. Francisca obliga a los viejos criados a levantar el cadáver de su hermano, para enterrarle en el patio de su casa, quedando en el piso una extraña mancha de sangre en forma de mariposa. Tres días más tarde Francisca entrega fuerte suma en oro a sus dos viejos criados para comprar su silencio y los embarca rumbo a España, pero al entrar de nuevo a su casa queda atónita, al ver allí en el mismo sitio aquella extraña mancha de sangre. Pero una y 100 veces llega a las baldosas, sin lograr borrar aquella mancha.
Transcurre el tiempo, pasan los años. Francisca, cuyo secreto guardó siempre, no lleva a su casa a hombre alguno y vive sola y silenciosa. Ya casi a mediados del siglo XVII, los habitantes de la Nueva España ven salir de la casa nueve del Arco de San Agustín a un espectro de mujer; vieja, encorvada, desdentada y con los signos inequívocos de la demencia, nadie al verla pensó que era doña Francisca Ruiz de Castrejón. Sin embargo lo era, su cerebro perturbado la hizo lanzarse a la calle y al ver a un niño de pecho iba tras él.
Varias veces, durante una de sus desdichadas y dementes correrías, Francisca fue detenida por la guardia cuando pretendió arrebatar un niño, y otras veces fueron las mismas madres de las criaturas, ayudadas por sus siervas, quienes golpearon a la loca mujer.
Al fin, casi dos años después, dos religiosas detienen a la infeliz Francisca para enviarla al hospital para dementes en donde murió. En 1693 el Cabildo que se había posesionado de bienes y fortuna de los Ruíz Castrejón, vendió la casa a una familia de apellido Coronado. Nada hacía sospechar a los nuevos dueños la terrible historia que se había escrito dentro de los ya estéticos muros de la casa, hasta que quisieron lavar la mancha de sangre y vieron que no se quitaba. Aquello fue sólo el principio de los hechos sobrenaturales que iban a llenar de pavura a los nuevos propietarios. Una noche escucharon a una mujer gimiendo y clamando por un niño, y tras los lúgubres lamentos se dejó escuchar el llanto del niño. No bien había salido de su alcoba el señor Coronado se topó con una visión horripilante: el espectro de una mujer que pedía que le devolvieran a su hijo y que lo había matado. Aquella visión aterradora heló la sangre en las venas del señor, que parecía próximo a perder el conocimiento, cuando sonó un grito en la parte baja de la casa, y dándole la espalda a la muerta bajó con la prisa que el momento le permitía, al escuchar el grito angustioso de su hijo. No acababa de bajar el señor cuando estuvo ante otra aparición aterradora justo sobre la mancha de sangre.
Armándose de valor el señor Coronado se enfrentó al escalofriante espectro y le preguntó cuál era el motivo de su penar; entonces escucho una voz hueca, de ultratumba, que electrizaba de horror: dijo que su cuerpo se encontraba enterrado en esta casa por un espantoso crimen cometido y había sepultado viva a una criatura en la hornacina de la casa, y al sacarlos despojo del niño la mujer dejaría de perturbar con su siniestra aparición. Y como había aparecido, de la nada se esfumó el aterrador fantasma de don Erasmo, dejando temblando de miedo y próximos al desmayo a padre e hijo.
Al día siguiente don Coronado consultó el caso con fray Pedro Bracamontes y éste lo acompañó con dos hombres hasta el hornacina, se descubrió la improvisada tumba del niño y cuenta la leyenda que al destaparle y exponer los restos al aire lanzó un agudo llanto, y entonces ocurrió lo inexplicable, lógico a la fecha: al contacto del aire, los tiernos huesos del niño tantos años enterrados se desintegraron. Con la exhumación de los restos del infante, dejó de vagar el espíritu atormentado de Francisca y por ende, ya nos escucharon sus gemidos y lamentos. Sin embargo, el alma en pena de Erasmo aun perturbó varias noches al dueño de la casa; y cierta noche le pidió que llevara sus culpas ante un confesor y después que sacara sus huesos del patio y los llevara a camposanto.
Aconsejado por fray Bracamontes y corridos los trámites legales, fue exhumado también el cuerpo de don Erasmo, enterrado en el patio de la casa desde hacía muchos años. Con la cristiana sepultura dada a los despojos del criminal y codicioso Erasmo, su fantasma dejó de vagar por aquella casa. El hecho de que al exhumar los despojos del niño, se escucharon el llanto de éste, corrió de boca en boca y por eso el vulgo bautizó esta casa como “la casa del niño”; sin embargo, al transcurso de los años la gente que vio la hornacina o nicho vacío, torció las cosas y la designó como “casa del nicho”. Volvieron a pasar los años, sobrevino el movimiento de Independencia que vino a conformar la estructura de la patria, después la aplicación drástica de las leyes de Reforma y con ellas, el cambio de fisonomía de la que fuera capital de Nueva España.
La tétrica casa del niño, que fuera el nueve de calle del Arco de San Agustín, hoy República del Salvador, sufrió también modificaciones y nuevos moradores llegaron a ella. ¡Aún en nuestros días, nada es imposible! Nadie ha podido borrar esa mancha, ni aun utilizando líquidos químicos modernos. ¿Quieren verla y probar?

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