domingo, 23 de agosto de 2015

Los libros prohibidos de la Santa Inquisición

La costumbre de prohibir y quemar libros, se remonta cuando el Concilio de Efeso en el año 150 d. C. prohibió una biografía no autentificada de San Pablo. Hubo otros casos que son importantes de mencionar: en 1140, Inocencio II ordenó quemar los escritos de Pedro Abelardo; en 1230, Gregorio IX hizo lo propio con los ejemplares del Talmud; y en 1256, Alejandro IV dio la orden de que fuera quemado un trabajo de Guillaume de Saint Amour, donde criticaba las órdenes mendicantes. La situación dio un giro radical en el año de 1543, cuando fueron impuestas fuertes sanciones a quienes vendieran los libros prohibidos en las listas episcopales, y el cardenal Carafa ordenó que ningún libro sería impreso sin el permiso de la Inquisición.
Tanto Carafa y Paulo III, sabían lo poderosas que podían ser las palabras impresas, por lo que decidieron utilizarlo junto con los cardenales Aleandro y Contarini para escribir una obra que instruyera a los predicadores en el método apropiado de exponer la doctrina cristiana a las diversas clases de la sociedad.
En 1559 fue publicado el Índice titulado Index Auctorum et Librorum Prohibitorum, en el cual se daba la prohibición simultánea de libros y autores; dentro de la iglesia esto era una innovación importante y tuvo consecuencias de mucho alcance. En algunos casos se prohibía solamente un libro, debido a los puntos de vista heterodoxos que se exponían, pero en otros toda la obra de un autor era prohibida; el caso más notable que tenemos fue el de Erasmo. En 1564 se publicó al finalizar el Concilio de Trento otro Índice con modificaciones y ampliaciones; a ésta se le denominó el Índice Tridentino y sería la base de todas las listas posteriores. Las 10 reglas fundamentales, que en el futuro constituirían la base de todos los Índices, eran las siguientes:

  1. Todos los libros condenados antes de 1515, que no estuvieran en este Índice, eran condenados en cualquier caso.
  2. Los libros de heresiarcas quedaban completamente prohibidos.
  3. Las traducciones de escritos eclesiásticos estaban permitidas y no contenía nada contrario a la doctrina ortodoxa.
  4. Se requería permiso del inquisidor o del Obispo para leer traducciones de la Biblia.
  5. Los libros editados por herejes podía leerse tras su corrección.
  6. Los libros relativos a controversias entre herejes y católicos contemporáneos, escritos en la lengua vulgar, estaban sujetos a las mismas reglas que las traducciones de la Biblia.
  7. Los libros obscenos y los libros lascivos debían prohibirse.
  8. Los libros que fueran buenos pero que contuviesen partes heréticas podrían autorizarse después de ser corregidos por teólogos católicos.
  9. Los libros sobre geomancia, hidromancia, nigromancia, etcétera, o que tratarán de hechicería, eran rechazados categóricamente.
  10. El Índice indicaba el procedimiento para la aprobación de libros.
Fueron publicados varios Índices entre los que destacan el de Valdés, el de Lovaina, el de Tridentino, el Expurgatorious, el de Sotomayor, el de Zapata, de Pérez Prado, Rubín de Cevallos. La violación de cualquiera de estas disposiciones se castigaba con la pena de muerte la confiscación de bienes. Felipe II aprobó toda esta serie de medidas, prohibiendo a sus súbditos de los Países Bajos que estuvieran en Francia y obligó a sus súbditos de la Corona de Castilla que estudiaran o dieran clases en el extranjero, excepto en los colegios de Polonia, Roma, Nápoles y Coimbra, que regresarán en un plazo de cuatro meses a Castilla. Para que las medidas fueran vigentes en los demás reinos, convoco a las Cortes en Cataluña a partir de 1573, en Valencia desde 1580, y en Aragón en 1592.
Los universitarios y humanistas vieron como la libertad académica se les escapaba de las manos, y junto con ella el sueño de una república de las letras de ámbito internacional, al obligar a los intelectuales a quedarse dentro de sus fronteras y a no tener que escribir en latín para los intelectuales del resto de Europa, sino en sus lenguas vernáculas.
Entre los autores literatos afectados por el Índice estaban Gil Vicente, Hernando de Talavera, Bartolomé Torres Naharro, Juan de la Encina, Jorge Montemayor Maquiavelo, Boccaccio y Savonarola. Los Índices controlaron la creación literaria en general y la científica en particular, al mismo tiempo que manifestaron hostilidad y censura con los elementos de la espiritualidad autóctona.
Nadie, absolutamente nadie, se escapaba de su control, incluso Lope de Vega apareció en el Índice, pero un siglo después de su muerte. Además de estos ataques abiertos contra la libertad del pensamiento, hubo otros más difíciles de detectar, que fueron los perjuicios ocultos, como la autocensura, que debieron imponerse los autores para evitar el encontronazo con la terrible Inquisición, viéndose obligados a usar un lenguaje codificado con palabras de doble sentido.

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