domingo, 16 de agosto de 2015

La bordadora de sambenitos

Cierto día se encontraron por casualidad dos jóvenes amigas: Rosa y Susana. Se manifestaron el gusto que les daba verse una a la otra y comenzaron a platicar sobre lo que había pasado en sus vidas.
A Susana la había abandonado su marido cuando estaba embarazada de su tercer hijo, por lo que se fue a vivir a casa de su madre, pero eran muy pobres, a duras penas le alcanzaba el dinero para medio darles de comer a sus hijos. Se dedicaba a la limpieza de  las casas, en donde recibía malos tratos y una miserable paga.
Por el otro lado, Rosa le estaba yendo muy bien como bordadora de sambenitos, pues era un oficio que los inquisidores pagaban generosamente. La mujer le recordó a su amiga los excelentes bordados que hacía, pudiendo explotar todo su talento y ya no tener más apuros económicos. Susana estaba espantada, ¿cómo podía Rosa dedicarse a un trabajo tan horrible?, Entonces le lanzó una mirada reprobatoria a su amiga y prefirió cortar la conversación.
Cuando llegó a su casa y enfrentó la pobreza en la que vivía, sintió envidia de la bordadora. ¿Y si le pidiera que le consiguieron trabajo? Acto seguido agitó la cabeza, tratando de sacar esa espantosa idea de su cabeza, y trató de pensar en otra opción. Los días pasaron, y por más que hizo para no contemplar esa posibilidad, la idea de irle a pedir ayuda a su amiga cada vez se fijaba más a su mente. Se enfrentaba a otro problema: el invierno estaba cerca, no tenía dinero para comprarles la ropa adecuada a sus hijos, pasarían hambre y frío. Cierta noche en la que la desesperación y la angustia no le permitieron conciliar el sueño, tomó la decisión de ir a buscar a Rosa muy temprano por la mañana.
Fue a buscar a su amiga a casa de sus padres para preguntarles dónde estaba su domicilio; el padre ya había muerto, pero la madre todavía estaba viva y pudo darle la dirección de su hija. Susana llego a casa de su amiga, pidiéndole disculpas por haberla tratado con tanta frialdad, le explicó entonces la difícil situación que tendría que enfrentar. Rosa acepta ayudarla y la lleva de inmediato al taller de la Inquisición.
Llegaron ante el administrador, quien recibió a la mujer con mucho júbilo; iba a ser celebrado un solemne auto de fe y necesitaban con urgencia muchos sambenitos. Susana se estremeció al pensar que trabajaría para tan siniestros patrones, pero no le quedaba de otra si quería sacar adelante a sus hijos. El administrador le mostró a la recién llegada como tenía que confeccionar los bordados, colocando sobre la mesa varios modelos y empezó a instruir a la nueva trabajadora:
  • Los negros son para los herejes obstinados y reincidentes: las imágenes debían de ser espeluznantes, cosas que espantaron hasta al mismísimo demonio; nunca debían faltar las llamas y los penitentes ardiendo en ellas, los rostros de las víctimas tenían que expresar un sufrimiento atroz, mientras los demonios disfrutan del espectáculo de lo lindo. Estos sambenitos debían que ser los más tétrico si mejor bordados, y la paga era mucho mayor.
  • Los amarillos son aquellos que usan los penitentes que se han arrepentido sinceramente o que son culpables de delitos menores. Aquí sólo se tenía que bordar la Cruz de San Andrés en rojo o anaranjado brillante; en algunos sambenitos la Cruz iba en el pecho, y en otros, en la espalda.

Después del rápido “curso de capacitación”, el administrador le entregó una prenda para poner la prueba, y si le gustaba el bordado quedaría contratada inmediatamente. Al salir de la Inquisición, las amigas se fueron caminando silenciosamente hasta una esquina, después se despidieron y cada una tomó su camino.
Cuando Susana hubo llegado a su casa rompió en llanto, no sabía si podría algún día perdonarse por trabajar para personas tan crueles y malvadas. No podía perder el tiempo llorando, la responsabilidad de sus hijos lo obligaron a secarse las lágrimas y ponerse a trabajar. Además de ser una excelente bordadora, también era muy creativa e ingeniosa, tenía la capacidad de crear figuras y escenas muy originales: el infierno, sus horrores y el sufrimiento de los condenados.
Pasaron muchas horas sin que se le ocurriera nada, no podía representar el averno de ninguna manera. Entonces se le ocurrió una forma para hacerlo: trato de imaginar cómo sería el castigo que se merecía por haberse vendido a los inquisidores; su culpa era tan grande, que fue mucho más despiadada con ella misma de lo que habría sido Satanás. Sólo los inquisidores podían ver aquellas escenas sin que el horror y las pesadillas los abrumaran.
Su nuevo patrón quedó encantado con el bordado, estaba tan fascinado con la creatividad de la mujer, que decidió pagarle el doble. Susana estaba contenta, pero la sonrisa se le borró de la cara cuando le dijo que la prenda iba a ser portada por un judío rico y acaudalado, por lo que consideraba justo que ella recibiera una parte de aquellos bienes.
Desde ese día, los problemas económicos de la bordadora de sambenitos se acabaron, pero las angustias y terrores comenzaron mucho más intensos de los que causaba la pobreza. Para que su madre y sus hijos lo descubrieran a que se dedicaba, pidió permiso a su patrón para que la dejara trabajar en el taller, y le dijo a su familia que hacía la limpieza en la casa del señor muy rico.
Ocultar su nuevo oficio la hacía sentirse muy culpable y fue a pedirle consejo a su amiga, quien le dijo que lo más honesto sería que confesara la verdad, pues tarde o temprano lo descubrirían. Los niños tenían que aprender a ver estas cosas con naturalidad; además  que representaba una ventaja trabajar para la Santa Inquisición, pues nunca iban a ser víctimas de alguna acusación en caso de alguna denuncia a amigos o familiares.
Después de la conversación que tuvo con Rosa, Susana se fue a su casa más perturbada que antes, se juró a sí misma que jamás sus hijos sabrían a que se dedicaba. Para evitar que la culpa alcanzará niveles insoportables, se limitaba a cumplir con su trabajo sin hacer preguntas. Nunca más se enteró de lo que su jefe le decía sobre las víctimas, ni conocía los procesos inquisitoriales y jamás había asistido a un auto de fe. Pero llegó un día en el que tuvo que enfrentarse a la espantosa realidad: el administrador del taller entrevistó a una joven costurera, que quiso saber exactamente cómo se hacían los autos de fe, y el hombre encantado le contó todo los detalles del “ciclo de vida” de un sambenito al ser portado por un condenado, o cuando era colgado en lo alto de la Iglesia o parroquia más cercana a la casa del acusado, para que todos recordaran su acto imperdonable.
Susana recordaba haber visto alguna vez unos trapos amarillos en lo alto de la parroquia la que asiste a los domingos con su familia, pero no les había dado importancia. Su otro trabajo consistía en bordar, en pedazos de tela amarilla los nombres y datos que su patrón le proporcionaba, pero nunca se había preguntado para qué se utilizarían.
Cuando salió del taller fue la Iglesia en cuyo atrio se detuvo y levantó la mirada, viendo en lo alto colgados tantos sambenitos como trozos de tela amarilla. Sus ojos se llenaron de lágrimas, los remordimientos la torturaban cada vez más, ya no se podía perdonar nunca el haber sido cómplice de los despiadados inquisidores. Llevaba poco más de tres años bordando sambenitos y había juntado una buena suma de dinero para que sus hijos salieran adelante durante un buen tiempo.
Le di unas monedas al sacristán para que le permitiera subir a la torre de la iglesia, después se asomó por la ventana de la torre, y con la ayuda de un palo jaló un sambenito que se puso encima de su propia ropa, y luego subió al alféizar de la ventana para gritar a voz en cuello que había hecho cosas imperdonables, que era más culpable que nadie, que había ayudado a los inquisidores a esparcir el dolor y el sufrimiento. Acto seguido se arrojó al vacío. Cuando llegó al piso ya estaba muerta.


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