Cierto
día se encontraron por casualidad dos jóvenes amigas: Rosa y Susana. Se
manifestaron el gusto que les daba verse una a la otra y comenzaron a platicar
sobre lo que había pasado en sus vidas.
A
Susana la había abandonado su marido cuando estaba embarazada de su tercer
hijo, por lo que se fue a vivir a casa de su madre, pero eran muy pobres, a
duras penas le alcanzaba el dinero para medio darles de comer a sus hijos. Se
dedicaba a la limpieza de las casas, en
donde recibía malos tratos y una miserable paga.
Por
el otro lado, Rosa le estaba yendo muy bien como bordadora de sambenitos, pues
era un oficio que los inquisidores pagaban generosamente. La mujer le recordó a
su amiga los excelentes bordados que hacía, pudiendo explotar todo su talento y
ya no tener más apuros económicos. Susana estaba espantada, ¿cómo podía Rosa
dedicarse a un trabajo tan horrible?, Entonces le lanzó una mirada reprobatoria
a su amiga y prefirió cortar la conversación.
Cuando
llegó a su casa y enfrentó la pobreza en la que vivía, sintió envidia de la
bordadora. ¿Y si le pidiera que le consiguieron trabajo? Acto seguido agitó la
cabeza, tratando de sacar esa espantosa idea de su cabeza, y trató de pensar en
otra opción. Los días pasaron, y por más que hizo para no contemplar esa
posibilidad, la idea de irle a pedir ayuda a su amiga cada vez se fijaba más a
su mente. Se enfrentaba a otro problema: el invierno estaba cerca, no tenía
dinero para comprarles la ropa adecuada a sus hijos, pasarían hambre y frío.
Cierta noche en la que la desesperación y la angustia no le permitieron
conciliar el sueño, tomó la decisión de ir a buscar a Rosa muy temprano por la
mañana.
Fue
a buscar a su amiga a casa de sus padres para preguntarles dónde estaba su
domicilio; el padre ya había muerto, pero la madre todavía estaba viva y pudo
darle la dirección de su hija. Susana llego a casa de su amiga, pidiéndole
disculpas por haberla tratado con tanta frialdad, le explicó entonces la
difícil situación que tendría que enfrentar. Rosa acepta ayudarla y la lleva de
inmediato al taller de la Inquisición.
Llegaron
ante el administrador, quien recibió a la mujer con mucho júbilo; iba a ser
celebrado un solemne auto de fe y necesitaban con urgencia muchos sambenitos.
Susana se estremeció al pensar que trabajaría para tan siniestros patrones,
pero no le quedaba de otra si quería sacar adelante a sus hijos. El
administrador le mostró a la recién llegada como tenía que confeccionar los bordados,
colocando sobre la mesa varios modelos y empezó a instruir a la nueva
trabajadora:
- Los negros son para los herejes obstinados y reincidentes: las imágenes debían de ser espeluznantes, cosas que espantaron hasta al mismísimo demonio; nunca debían faltar las llamas y los penitentes ardiendo en ellas, los rostros de las víctimas tenían que expresar un sufrimiento atroz, mientras los demonios disfrutan del espectáculo de lo lindo. Estos sambenitos debían que ser los más tétrico si mejor bordados, y la paga era mucho mayor.
- Los amarillos son aquellos que usan los penitentes que se han arrepentido sinceramente o que son culpables de delitos menores. Aquí sólo se tenía que bordar la Cruz de San Andrés en rojo o anaranjado brillante; en algunos sambenitos la Cruz iba en el pecho, y en otros, en la espalda.
Después
del rápido “curso de capacitación”, el administrador le entregó una prenda para
poner la prueba, y si le gustaba el bordado quedaría contratada inmediatamente.
Al salir de la Inquisición, las amigas se fueron caminando silenciosamente
hasta una esquina, después se despidieron y cada una tomó su camino.
Cuando
Susana hubo llegado a su casa rompió en llanto, no sabía si podría algún día
perdonarse por trabajar para personas tan crueles y malvadas. No podía perder
el tiempo llorando, la responsabilidad de sus hijos lo obligaron a secarse las
lágrimas y ponerse a trabajar. Además de ser una excelente bordadora, también
era muy creativa e ingeniosa, tenía la capacidad de crear figuras y escenas muy
originales: el infierno, sus horrores y el sufrimiento de los condenados.
Pasaron
muchas horas sin que se le ocurriera nada, no podía representar el averno de
ninguna manera. Entonces se le ocurrió una forma para hacerlo: trato de
imaginar cómo sería el castigo que se merecía por haberse vendido a los
inquisidores; su culpa era tan grande, que fue mucho más despiadada con ella
misma de lo que habría sido Satanás. Sólo los inquisidores podían ver aquellas
escenas sin que el horror y las pesadillas los abrumaran.
Su
nuevo patrón quedó encantado con el bordado, estaba tan fascinado con la
creatividad de la mujer, que decidió pagarle el doble. Susana estaba contenta,
pero la sonrisa se le borró de la cara cuando le dijo que la prenda iba a ser
portada por un judío rico y acaudalado, por lo que consideraba justo que ella
recibiera una parte de aquellos bienes.
Desde
ese día, los problemas económicos de la bordadora de sambenitos se acabaron,
pero las angustias y terrores comenzaron mucho más intensos de los que causaba
la pobreza. Para que su madre y sus hijos lo descubrieran a que se dedicaba,
pidió permiso a su patrón para que la dejara trabajar en el taller, y le dijo a
su familia que hacía la limpieza en la casa del señor muy rico.
Ocultar
su nuevo oficio la hacía sentirse muy culpable y fue a pedirle consejo a su
amiga, quien le dijo que lo más honesto sería que confesara la verdad, pues
tarde o temprano lo descubrirían. Los niños tenían que aprender a ver estas
cosas con naturalidad; además que representaba
una ventaja trabajar para la Santa Inquisición, pues nunca iban a ser víctimas
de alguna acusación en caso de alguna denuncia a amigos o familiares.
Después
de la conversación que tuvo con Rosa, Susana se fue a su casa más perturbada
que antes, se juró a sí misma que jamás sus hijos sabrían a que se dedicaba.
Para evitar que la culpa alcanzará niveles insoportables, se limitaba a cumplir
con su trabajo sin hacer preguntas. Nunca más se enteró de lo que su jefe le
decía sobre las víctimas, ni conocía los procesos inquisitoriales y jamás había
asistido a un auto de fe. Pero llegó un día en el que tuvo que enfrentarse a la
espantosa realidad: el administrador del taller entrevistó a una joven
costurera, que quiso saber exactamente cómo se hacían los autos de fe, y el
hombre encantado le contó todo los detalles del “ciclo de vida” de un sambenito
al ser portado por un condenado, o cuando era colgado en lo alto de la Iglesia
o parroquia más cercana a la casa del acusado, para que todos recordaran su
acto imperdonable.
Susana
recordaba haber visto alguna vez unos trapos amarillos en lo alto de la
parroquia la que asiste a los domingos con su familia, pero no les había dado
importancia. Su otro trabajo consistía en bordar, en pedazos de tela amarilla
los nombres y datos que su patrón le proporcionaba, pero nunca se había
preguntado para qué se utilizarían.
Cuando
salió del taller fue la Iglesia en cuyo atrio se detuvo y levantó la mirada,
viendo en lo alto colgados tantos sambenitos como trozos de tela amarilla. Sus
ojos se llenaron de lágrimas, los remordimientos la torturaban cada vez más, ya
no se podía perdonar nunca el haber sido cómplice de los despiadados
inquisidores. Llevaba poco más de tres años bordando sambenitos y había juntado
una buena suma de dinero para que sus hijos salieran adelante durante un buen
tiempo.
Le
di unas monedas al sacristán para que le permitiera subir a la torre de la
iglesia, después se asomó por la ventana de la torre, y con la ayuda de un palo
jaló un sambenito que se puso encima de su propia ropa, y luego subió al
alféizar de la ventana para gritar a voz en cuello que había hecho cosas
imperdonables, que era más culpable que nadie, que había ayudado a los
inquisidores a esparcir el dolor y el sufrimiento. Acto seguido se arrojó al
vacío. Cuando llegó al piso ya estaba muerta.

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