Hacia el costado sur de la Cámara
de Diputados está dicho hospital. Cerca de la casa donde gozan muchos
afortunados políticos, está otra en que multitud de seres gimen, ríen, hablan,
amenazan y desligan de mil modos entre sufrimientos que comprimen el corazón y
destrozaron el alma; aquella multitud de infelices no se dan cuenta de su
terrible estado; no conocen a sus más queridos parientes, ni encuentran
distracción en la lectura o en los trabajos mecánicos; más fuerte, más tenaz y
desconsoladora la locura en la mujer que en el hombre. ¡Nada conmueve más que
un hospital de locas!
Lo fundó un carpintero llamado
José Sáyago, quien se dedicó, en compañía de su esposa, a recoger locas que
vagaban por las calles; las llevaban a su casa, frente a la Iglesia de Jesús
María, para cuidarlas y mantenerlas, encontrando celoso protector en el
arzobispo Francisco Aguiar y Seijas, quien ayudó a Sáyago para el sustento de
las enfermas y el pago de otra casa que se consiguió más extensa, frente al
colegio de San Gregorio. Ningún recuerdo se hace del artesano Sáyago, de ese
bienhechor que con su personal trabajo sostuvo por muchos años a las dementes
que recogía de las calles; Sáyago fue uno de los varones designados por la
Providencia para verdaderos héroes, porque sus obras los separan completamente
de la pobre condición de los demás hombres.
En aquel sitio permaneció el
hospicio hasta que en 1698, muerto el Arzobispo, quedó a cargo de la
Congregación del Divino Salvador, la que compró un nuevo edificio y erigió allí
el hospital por el año de 1700. Extinguida la Congregación al ser expatriados
los jesuitas, pasó el patronato al gobierno; éste reformó la casa, le dio mayor
amplitud al comenzar el siglo antepasado, gastando en la obra $50.000, con lo
cual se logró que las enfermas quedaran cómodamente y muchas sanaron con el
mejor sistema higiénico y la aplicación de buenos métodos curativos.
En 1824 un decreto declaró aquel
establecimiento, hospital General; en el siguiente año se le concedió una
lotería que subsistió hasta 1861, en que se desvincularon y tomaron los fondos
que ascendían a $69.000, devueltos al hospital en 1863. El plantel también
estuvo a cargo de las Hermanas de la Caridad y cuando fueron expulsadas pasó al
Ayuntamiento y después a la Junta de Beneficencia. Muchos individuos cuya
filantropía estuvo al nivel de su generosidad, contribuyeron para los gastos de
aquella mansión de sufrimientos y dolores.
Los médicos encargados de cuidar
la salud de las infelices dementes, han puesto de su parte escrupulosa
atención, y uno de ellos, el señor Miguel Alvarado, introdujo grandes reformas,
consagrándose al estudio arduo y difícil de la locura. Desde marzo de 1845
dispuso el gobierno que la administración del hospital del Divino Salvador
fuera entregada a la sociedad de las Hermanas de la Caridad; ninguna constancia
existe de si se verificó la entrega y hasta el 31 de octubre de 1855 se firmó
un convenio entre el presbítero don Ramón Sanz, director de la Congregación de
San Vicente de Paul, y los señores coronel don Pedro y turbia y don Domingo
Pozo, como individuos de la Comisión directiva del hospital.
Hubo un registro que se lleva
desde el año de 1876, en donde se pueden encontrar numerosos datos para el
estudio de la locura en México; allí están algunos de los supuestos motivos que
pueden haber determinado el extravío de la razón en cada enferma y el
tratamiento que debe aplicarse en cada caso. Los accesos más frecuentes entre
las locas se refieren a los afectos por la familia; presentándose casos de un desorden
completo de las funciones intelectuales, manifestado por concepciones
delirantes o incoherentes, en que no intervienen la memoria, ni la atención, ni
la conciencia, ni el juicio; otras veces se exaltan los sentimientos más
naturales, o se desvían o pierden completamente; pervirtiéndose los instintos,
y el ejercicio de ciertas facultades sufre importantes turbaciones; pasan
algunas dementes de la alegría al furor, de la risa las lágrimas sin que haya
motivos aparentes, y por medio de los gestos, la voz y el lenguaje, atestiguan
el desorden del espíritu; las dementes sufren a menudo alucinaciones e
ilusiones de los sentidos; al locas por herencia, otras por lesiones en el
cráneo y muchas en quienes la autopsia no ha revelado ninguna lesión en los centros
nerviosos.
Las infelices locas manifiestan su
mal por inquietud constante, mal humor, irritabilidad, tristes y repugnancia
para las ocupaciones habituales; el dormir es agitado y están constantemente en
el estado intermedio entre el sueño de la vigilia; hay otras en quienes la
locura se declara por accesos de furor. Se procuró en el hospital estudiar a
las dementes para convencerlas por medios inteligentes, despertando
sentimientos que vayan en auxilio de la medicina; está proscrito el aislamiento
absoluto y se procura llevar a las enfermas a las costumbres ordinarias de la
vida; se guardan consideraciones a las jóvenes dedicadas y se emplea energía
con las resueltas y bruscas; el tratamiento medical es muy variado, según los
casos; se usan los purgantes, los antiespasmódicos, los revulsivos, el
galvanismo y los baños fríos, de pies, tibios, de ducha y la aplicación de agua
en otras formas.
El hospital del Divino Salvador es
amplio, tiene salones bien ventilados, con mucha luz, limpios y alegres; hay
dormitorios destinados para las tranquilas, para las niñas epilépticas, donde
se ve una serie de pequeñas escamas; el dormitorio de las mujeres epilépticas,
tiene pavimento pintado de rojo; también en el refectorio hay división de mesas
para las tranquilas, las desafiadas, las epilépticas y demás, de manera que
cada una pueda estar perfectamente atendida.
Las enfermas indigentes son
admitidas presentando la rector una boleta que da el administrador, previa la
certificación del facultativo. Hay distinguidas que pagan una pensión moderada.
El hospital tiene buenos baños,
con las condiciones de presión y llaves indispensables. Reinan allí el orden y
el aseo; pero no satisface las necesidades y las condiciones para un buen
hospital de dementes. En febrero de 1877 pasó el hospital a la Junta de
Beneficencia. Para el año de 1910 fueron trasladadas las enfermas al Manicomio
General de la Castañeda, hospital fundado durante el gobierno de Porfirio Díaz
para las celebraciones del Centenario de la Independencia de México.
El edificio que albergó el
Hospital del Divino Salvador, actualmente es la Secretaría de Salud y el
archivo histórico de la misma institución. Si deseas visitarlo, se encuentra
ubicada en la Calle de Donceles en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
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