domingo, 24 de enero de 2016

Vendetta (Leyenda de Campeche)

Por la marisma de levante avanzaba hacia las costeras del puerto de Campeche los miembros de una banda de corsarios. La colonial población dormía plácidamente la silenciosa madrugada, y nadie en ella sospechaba siquiera la inminencia del peligro que se cernía amenazante sobre un pacífico sueño. Por el rumbo del convento franciscano, y a pocas brazas de la playa, en la nocturnal negrura de la hora, desvanecía su aviesa mole la barca que transportara a los impíos y crueles forbantes.
Las huestes piratas habían escogido al rico puerto peninsular para comenzar una serie de saqueos en dependencias españolas, a inspiración nefanda de su jefe y director, campechano de origen, hombre de mar y de no muy baja extracción. Apodado “El Romanero”, este audaz capitán huyó años antes de esos sucesos, de las cárceles coloniales donde fuera recluido por delitos contra la propiedad. Llegado que hubo a su necesario destino como presidiario que era, la  Isla de la Tortuga, y poniendo en juego sus grandes dotes de organizador y conductor, reunió a un grupo de aventureros ingleses, firmando con ellos la tradicional Charte-partie y armando en guerra la nave El Corcel, que amparó bajo las banderas de la rubio Albión, cuyo gobierno le concediera una patente de corsos para atacar toda clase de posesiones españolas. Y ya jinete en el nuevo azote de los mares, se dedicó a la más cruel piratería.
Durante los últimos años vividos en Campeche. “El Romanero” estuvo enamorado de una bella muchacha, hija única de la familia con blasones y talegos, nombrada Doña Elena del Carmen. Como lógica consecuencia de sus requiebros, en aquellos tiempos de orgullo de sangre y apellido, la más fría indiferencia respondió sus amorosos requerimientos, pese a que socialmente provenía de la clase media y que su educación y trato dejaban bien poco que desear. Con tal motivo, y obedeciendo su natural ambición y sin escrúpulos dedicó sus oficios de procurarse dineros por todos los medios a su alcance, habiendo conseguido labrar una fortuna respetable por medio del fraude y el despojo, cuando cayó sobre él todo el peso de una justicia por demás estricta.
Es por ello que sus ojos brillaban con gozosa ferocidad al aproximarse en la noche a la ciudad dormida, guiando con seguro paso a la horda aventurera que organizara. Su cerebro cesó la soga maliciosamente imaginando las depredaciones que habrían de cometer en el puerto que fue su cuna, pero que tan duramente había cortado el vuelo de sus más caras aspiraciones económicas y sentimentales. Y la idea motriz que llevaba entraban en la mente era devengar el desprecio de doña Elena, obteniendo por la fuerza lo que no pudo alcanzar de buen grado.
Los habitantes del puerto, tomados de sorpresa y no obstante haber peleado con singular bravura, sucumbieron ante el arrollador impulso de la fase invasora, haciendo honor a su hidalguía y bien sentada fama de valientes. La población quedó inerme a la brutalidad de la hueste pirática. Asaltos, robos, violaciones, saqueos, asesinatos e incendios, presencia aterrada la gente campechana por espacio de dos largos días y una más larga noche, durante los cuales “El Romanero” tuvo oportunidad de llevar a cabo su sonado desquite, apoderándose de doña Elena del Carmen y cometiendo en ella gravísimos ultrajes.
Por fin, un puñado de valientes y denodados individuos, que se habían guarecido en las inmediaciones de la asolada población, por el rumbo de tierra adentro y en las colinas de la Sierra Alta, de la batalla que tras encarnizada lucha obligó a los piratas a soltar la rica presa que significaba por ellos la ciudad de Campeche. Y de tal suerte violenta fue la estampida huyeron los forbantes, que no pudieron llevar consigo ninguno de los tesoros obtenidos en el despojo, ni siquiera la bella y deseada doña Elena, la que había sido sacada a viva fuerza de la casa que habitaba con su esposo hacía ya dos años y conducida a la presencia del vengativo Romanero, quien la vejó y ultrajó con los excesos de su crueldad y su lujuria.
Una vez libre en la ciudad de la espantosa pesadilla de aquellos días de horror, el marido de doña Elena, caballero distinguido ciudadano, de juventud fogosa y decidida y quien recibió con las aguas lustrales el nombre de Carlos, para desahogar la indignación y furia que lo ha pasa llevan por lo sucedido su señora, a la que no pudo socorrer por encontrarse viajando los días del asalto y a quien adoraba con pasión entrañable, coste o de su peculio particular, que era abundante, los gastos necesarios para armar en guerra una nave de alto bordo con la que se dispuso a perseguir y exterminar en los mares la infección que sufrían de bucaneros de toda laya y jaez, pero principalmente con el ánimo de dar caza al navío de “El Romanero”. Con esta idea partió el mismo en el barco que bautizó con el alusivo nombre de Vengador.
Durante luengos meses navegó el Vengador por aguas del Golfo de México, en continua lucha con los piratas y corsarios que lo infestaban. Luego de haber obtenido varios triunfos y no habiendo encontrado la nave buscada con sin igual ahínco, arribaron por tercera vez a las playas de la bahía de Campeche para avituallarse y embarcarse de nuevo, salir del Golfo y atravesar el canal de Yucatán en busca del huidizo Romanero. Al saltar a tierra recibió don Carlos la nueva de que le había nacido un heredero, y cuando el sucesor esperado, no dejó de ser para él una encantadora sorpresa el advenimiento de su primogénito. Al chiquillo, recibido con grande alborozo, le fue puesto el nombre de su padre, quien para hacer honor al fausto acontecimiento, retrasó varios días el inicio de su viaje. Antes de zarpar, el dueño del Vengador llamó a su medio hermano, don Sebastián, de mucha mayor edad que él y que le quería con sincero afecto, recomendándole la educación del pequeño para el caso de que sucumbieron en la arriesgada empresa que acometía.
A las cuatro horas de la madrugada del siguiente día, entre rojos celajes de aurora partió de las playas campechanas para no volver a verla nunca, el navío de don Carlos con sus animosos tripulantes. “El Romanero”, enterado de la búsqueda de que era objeto, así como de la demoledora artillería del Vengador, organizó un crucero de cinco velas, salió al encuentro de sus perseguidores y los abatió feroz entre las negras ondas del Atlántico.
Meses después, y al recibirse la infausta nueva, se apagaron en la Muy Noble y Liberal Ciudad y Puerto de San Francisco de Campeche, las lámparas votivas encendidas permanentemente por el buen eximo de la partida contra los piratas, y se prendieron sirios por el eterno descanso de las almas de los frustrados vengadores.
En el hogar de doña Elena ocurrían también profundos trastornos. La adolorida viuda se trasladó a la capital de la Nueva España, profesando en un convento de teresianas y dejando a su hijo bajo el solícito cuidado de su tío don Sebastián, a quien dejó el encargo de entregarle con sus bienes, cuando llegase a su mayoría de edad, una carta en la cual explicaba los motivos que la indujeron a separarse de él siendo aún niño.
El austero don Sebastián educo al huérfano dentro del ambiente severo rígido de las rancias tradiciones familiares, haciéndole llevar siempre traje negro en dolorosa recordación de la misión de venganza que tenía su vida. Continuamente inculcaba el niño en la idea de un implacable castigo contra quien mancilló la honra de su madre procuró la prematura muerte de su padre. Cuando el muchacho tuvo pleno uso de sus facultades y siendo todavía un adolescente, su tío le tomó el juramento de quería cruento desquite en “El Romanero”, donde quiera que éste se hallase, y que ninguna circunstancia como no fuera la de su propia muerte, le impediría cumplir ese propósito.
Al ocurrir el deceso de don Sebastián y por orden previa del mismo, el apoderado de los bienes del joven entregó a este cierta cantidad de numerario para que fuera dizque a hacer estudios a la capital cubana, o a otro sitio cualquiera que se le antojase, dándole así ocasión de cumplir su juramento. Partió el mozo de Campeche con el decidido empeño de ejecutar su designio y, llegando a La Habana, comenzó a ser sutiles investigaciones. Tras un año de viajar por la isla de realizar frecuentes visitas a ciertos puntos del continente, obtuvo la ansiada noticia sobre paradero de su hombre. “El Romanero” vivía en aquel entonces en los alrededores de la posesión portuguesa que con el tiempo había de ser capital de la República brasileira, bajo el nombre de don Augusto el Catalán, como un rico armador y olvidado ya de sus hábitos de marino y de pirata, dedicado a mantener el fuego de un hogar que adornaban dos preciosas jovencitas.
Torno Carlos a Cuba luego de averiguar minuciosamente todos los pormenores referentes a la situación y custodia de la finca en que pasaba sus últimos días el audaz aventurero de otros tiempos. Pidió dinero a su apoderado en Campeche, armó una expedición y partió personalmente ejecutar su venganza como en otro tiempo y desde playas campechanas hiciera su malogrado padre.
El asalto fue dado de noche y, pese a haber encontrado la resistencia inesperada de una milicia portuguesa, llevaron a cabo su propósito. Nada fue respetado, Carlos sacrificó de su propia mano a “El Romanero” y sus hombres asesinaron a la servidumbre, en medio de una impresionante orgía de sangre, que tuvo por trágico corolario el atentado contra la honestidad de las jóvenes Carmencita y Laura, hijas del pirata; siendo esta última mancillada por el vengativo joven, en brutal complemento de una venganza que así sacrificaba víctimas inocentes. Y luego de asesinar, saquear y robar en la residencia del tristemente célebre corsario, levaron anclas sin volver siquiera el rostro al fuego y la desolación que marcará su paso, al igual que 24 años antes hiciera en Campeche un grupo semejante.
Con el amargor de la venganza consumada impregnando todavía sus labios, el joven Carlos arriba a Campeche para hacerse cargo de su cuantiosa herencia y usufructuar los placeres de una vida que se le ofrecía prometedora por delante. Y un día memorable rasgo el sobre que contenía la carta en que su madre le explicaba por qué la había abandonado a un niño para profesar, y se enteró horrorizado don espantoso secreto: él era hijo de “El Romanero” y hermano de Laura, la joven sacrificada para saciar su insano deseo de venganza.
Durante muchos años vivió en el Convento de San Francisco de Campeche un fraile humilde que había sido muy rico y poderoso; joven aún donó sus bienes a la Iglesia y se cerró por siempre en sus paredes grises, que todavía hoy reflejan por las noches la sombra tormenta del hijo de un pirata.

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