Por la marisma de levante avanzaba
hacia las costeras del puerto de Campeche los miembros de una banda de
corsarios. La colonial población dormía plácidamente la silenciosa madrugada, y
nadie en ella sospechaba siquiera la inminencia del peligro que se cernía
amenazante sobre un pacífico sueño. Por el rumbo del convento franciscano, y a
pocas brazas de la playa, en la nocturnal negrura de la hora, desvanecía su
aviesa mole la barca que transportara a los impíos y crueles forbantes.
Las huestes piratas habían
escogido al rico puerto peninsular para comenzar una serie de saqueos en
dependencias españolas, a inspiración nefanda de su jefe y director, campechano
de origen, hombre de mar y de no muy baja extracción. Apodado “El Romanero”,
este audaz capitán huyó años antes de esos sucesos, de las cárceles coloniales
donde fuera recluido por delitos contra la propiedad. Llegado que hubo a su
necesario destino como presidiario que era, la
Isla de la Tortuga, y poniendo en juego sus grandes dotes de organizador
y conductor, reunió a un grupo de aventureros ingleses, firmando con ellos la
tradicional Charte-partie y armando en guerra la nave El Corcel, que amparó
bajo las banderas de la rubio Albión, cuyo gobierno le concediera una patente
de corsos para atacar toda clase de posesiones españolas. Y ya jinete en el
nuevo azote de los mares, se dedicó a la más cruel piratería.
Durante los últimos años vividos
en Campeche. “El Romanero” estuvo enamorado de una bella muchacha, hija única
de la familia con blasones y talegos, nombrada Doña Elena del Carmen. Como lógica
consecuencia de sus requiebros, en aquellos tiempos de orgullo de sangre y
apellido, la más fría indiferencia respondió sus amorosos requerimientos, pese
a que socialmente provenía de la clase media y que su educación y trato dejaban
bien poco que desear. Con tal motivo, y obedeciendo su natural ambición y sin
escrúpulos dedicó sus oficios de procurarse dineros por todos los medios a su
alcance, habiendo conseguido labrar una fortuna respetable por medio del fraude
y el despojo, cuando cayó sobre él todo el peso de una justicia por demás
estricta.
Es por ello que sus ojos brillaban
con gozosa ferocidad al aproximarse en la noche a la ciudad dormida, guiando
con seguro paso a la horda aventurera que organizara. Su cerebro cesó la soga
maliciosamente imaginando las depredaciones que habrían de cometer en el puerto
que fue su cuna, pero que tan duramente había cortado el vuelo de sus más caras
aspiraciones económicas y sentimentales. Y la idea motriz que llevaba entraban
en la mente era devengar el desprecio de doña Elena, obteniendo por la fuerza
lo que no pudo alcanzar de buen grado.
Los habitantes del puerto, tomados
de sorpresa y no obstante haber peleado con singular bravura, sucumbieron ante
el arrollador impulso de la fase invasora, haciendo honor a su hidalguía y bien
sentada fama de valientes. La población quedó inerme a la brutalidad de la
hueste pirática. Asaltos, robos, violaciones, saqueos, asesinatos e incendios,
presencia aterrada la gente campechana por espacio de dos largos días y una más
larga noche, durante los cuales “El Romanero” tuvo oportunidad de llevar a cabo
su sonado desquite, apoderándose de doña Elena del Carmen y cometiendo en ella
gravísimos ultrajes.
Por fin, un puñado de valientes y
denodados individuos, que se habían guarecido en las inmediaciones de la
asolada población, por el rumbo de tierra adentro y en las colinas de la Sierra
Alta, de la batalla que tras encarnizada lucha obligó a los piratas a soltar la
rica presa que significaba por ellos la ciudad de Campeche. Y de tal suerte
violenta fue la estampida huyeron los forbantes, que no pudieron llevar consigo
ninguno de los tesoros obtenidos en el despojo, ni siquiera la bella y deseada
doña Elena, la que había sido sacada a viva fuerza de la casa que habitaba con
su esposo hacía ya dos años y conducida a la presencia del vengativo Romanero,
quien la vejó y ultrajó con los excesos de su crueldad y su lujuria.
Una vez libre en la ciudad de la
espantosa pesadilla de aquellos días de horror, el marido de doña Elena,
caballero distinguido ciudadano, de juventud fogosa y decidida y quien recibió
con las aguas lustrales el nombre de Carlos, para desahogar la indignación y
furia que lo ha pasa llevan por lo sucedido su señora, a la que no pudo
socorrer por encontrarse viajando los días del asalto y a quien adoraba con
pasión entrañable, coste o de su peculio particular, que era abundante, los
gastos necesarios para armar en guerra una nave de alto bordo con la que se
dispuso a perseguir y exterminar en los mares la infección que sufrían de
bucaneros de toda laya y jaez, pero principalmente con el ánimo de dar caza al
navío de “El Romanero”. Con esta idea partió el mismo en el barco que bautizó
con el alusivo nombre de Vengador.
Durante luengos meses navegó el
Vengador por aguas del Golfo de México, en continua lucha con los piratas y
corsarios que lo infestaban. Luego de haber obtenido varios triunfos y no
habiendo encontrado la nave buscada con sin igual ahínco, arribaron por tercera
vez a las playas de la bahía de Campeche para avituallarse y embarcarse de
nuevo, salir del Golfo y atravesar el canal de Yucatán en busca del huidizo
Romanero. Al saltar a tierra recibió don Carlos la nueva de que le había nacido
un heredero, y cuando el sucesor esperado, no dejó de ser para él una encantadora
sorpresa el advenimiento de su primogénito. Al chiquillo, recibido con grande
alborozo, le fue puesto el nombre de su padre, quien para hacer honor al fausto
acontecimiento, retrasó varios días el inicio de su viaje. Antes de zarpar, el
dueño del Vengador llamó a su medio hermano, don Sebastián, de mucha mayor edad
que él y que le quería con sincero afecto, recomendándole la educación del
pequeño para el caso de que sucumbieron en la arriesgada empresa que acometía.
A las cuatro horas de la madrugada
del siguiente día, entre rojos celajes de aurora partió de las playas
campechanas para no volver a verla nunca, el navío de don Carlos con sus
animosos tripulantes. “El Romanero”, enterado de la búsqueda de que era objeto,
así como de la demoledora artillería del Vengador, organizó un crucero de cinco
velas, salió al encuentro de sus perseguidores y los abatió feroz entre las
negras ondas del Atlántico.
Meses después, y al recibirse la
infausta nueva, se apagaron en la Muy Noble y Liberal Ciudad y Puerto de San
Francisco de Campeche, las lámparas votivas encendidas permanentemente por el
buen eximo de la partida contra los piratas, y se prendieron sirios por el
eterno descanso de las almas de los frustrados vengadores.
En el hogar de doña Elena ocurrían
también profundos trastornos. La adolorida viuda se trasladó a la capital de la
Nueva España, profesando en un convento de teresianas y dejando a su hijo bajo
el solícito cuidado de su tío don Sebastián, a quien dejó el encargo de
entregarle con sus bienes, cuando llegase a su mayoría de edad, una carta en la
cual explicaba los motivos que la indujeron a separarse de él siendo aún niño.
El austero don Sebastián educo al
huérfano dentro del ambiente severo rígido de las rancias tradiciones
familiares, haciéndole llevar siempre traje negro en dolorosa recordación de la
misión de venganza que tenía su vida. Continuamente inculcaba el niño en la
idea de un implacable castigo contra quien mancilló la honra de su madre
procuró la prematura muerte de su padre. Cuando el muchacho tuvo pleno uso de
sus facultades y siendo todavía un adolescente, su tío le tomó el juramento de
quería cruento desquite en “El Romanero”, donde quiera que éste se hallase, y
que ninguna circunstancia como no fuera la de su propia muerte, le impediría
cumplir ese propósito.
Al ocurrir el deceso de don
Sebastián y por orden previa del mismo, el apoderado de los bienes del joven
entregó a este cierta cantidad de numerario para que fuera dizque a hacer
estudios a la capital cubana, o a otro sitio cualquiera que se le antojase,
dándole así ocasión de cumplir su juramento. Partió el mozo de Campeche con el
decidido empeño de ejecutar su designio y, llegando a La Habana, comenzó a ser
sutiles investigaciones. Tras un año de viajar por la isla de realizar frecuentes
visitas a ciertos puntos del continente, obtuvo la ansiada noticia sobre
paradero de su hombre. “El Romanero” vivía en aquel entonces en los alrededores
de la posesión portuguesa que con el tiempo había de ser capital de la
República brasileira, bajo el nombre de don Augusto el Catalán, como un rico
armador y olvidado ya de sus hábitos de marino y de pirata, dedicado a mantener
el fuego de un hogar que adornaban dos preciosas jovencitas.
Torno Carlos a Cuba luego de
averiguar minuciosamente todos los pormenores referentes a la situación y
custodia de la finca en que pasaba sus últimos días el audaz aventurero de
otros tiempos. Pidió dinero a su apoderado en Campeche, armó una expedición y
partió personalmente ejecutar su venganza como en otro tiempo y desde playas
campechanas hiciera su malogrado padre.
El asalto fue dado de noche y,
pese a haber encontrado la resistencia inesperada de una milicia portuguesa,
llevaron a cabo su propósito. Nada fue respetado, Carlos sacrificó de su propia
mano a “El Romanero” y sus hombres asesinaron a la servidumbre, en medio de una
impresionante orgía de sangre, que tuvo por trágico corolario el atentado
contra la honestidad de las jóvenes Carmencita y Laura, hijas del pirata;
siendo esta última mancillada por el vengativo joven, en brutal complemento de
una venganza que así sacrificaba víctimas inocentes. Y luego de asesinar,
saquear y robar en la residencia del tristemente célebre corsario, levaron
anclas sin volver siquiera el rostro al fuego y la desolación que marcará su
paso, al igual que 24 años antes hiciera en Campeche un grupo semejante.
Con el amargor de la venganza
consumada impregnando todavía sus labios, el joven Carlos arriba a Campeche
para hacerse cargo de su cuantiosa herencia y usufructuar los placeres de una
vida que se le ofrecía prometedora por delante. Y un día memorable rasgo el
sobre que contenía la carta en que su madre le explicaba por qué la había
abandonado a un niño para profesar, y se enteró horrorizado don espantoso
secreto: él era hijo de “El Romanero” y hermano de Laura, la joven sacrificada
para saciar su insano deseo de venganza.
Durante muchos años vivió en el
Convento de San Francisco de Campeche un fraile humilde que había sido muy rico
y poderoso; joven aún donó sus bienes a la Iglesia y se cerró por siempre en
sus paredes grises, que todavía hoy reflejan por las noches la sombra tormenta
del hijo de un pirata.

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