domingo, 10 de enero de 2016

La Planchada

Este relato es cortesía de uno de los médicos de un conocido hospital, en el centro de la ciudad.
Cuando llega la noche, los pabellones internos del hospital comienzan a vaciarse. Las visitas se van, desconsoladas algunas, otras resignadas y, tal vez por ahí, alguien sale con la esperanza de un amanecer con buenas noticias. Margarita es una compañera enfermera, muy eficiente. Ella y yo hemos coincidido algunas veces en las guardias nocturnas. La última jornada de guardias estuvimos en el pabellón del enfermo crítico y presenciamos algunos hechos sobrenaturales. Yo ya he escuchado historias de fantasmas y aparecidos, pero, sinceramente, me cuesta trabajo creer en esas cosas.
En el turno nos acompañaba Raquel, otra eficiente enfermera que ya tiene algo de tiempo en este turno y esta área. Ella estuvo asesorándonos en un principio, para conocer los movimientos y procedimientos del área. Una noche, mientras yo revisaba cada uno de los enfermos y las enfermeras esperaban el material de curación, Raquel me dice:
-Muy bien doctor, ya se está adaptando al área, ¿verdad?
-Creo que si-le contesté.
-Sólo esperemos que no haya sorpresas.
Pensé que había dicho eso por los enfermos críticos que estaban a nuestro cargo. Dejo entonces a Margarita y Raquel en la central de esterilización y me retiro a mi lugar, un tanto extrañado, pensando en las palabras de esta última, pues no comprendí lo que quiso decir.
La noche transcurre sin mayores contratiempos, todo parece en orden; una de las pacientes delicadas es la señora Mariana, a quien operan mañana temprano, así es que hay que estar muy pendientes de sus signos vitales y de que no deben darle alimento, pues podría complicarse la cirugía. En la sección de hombres sólo está don Gabriel, quien desde su llegada está en coma debido a un grave accidente, y lo único por hacer es esperar su deceso.
No sé explicar las sensaciones que tuve unos instantes después. Entró un viento helado y brumoso que me estremeció por completo. Cuando esto sucedió, me pareció ver salir a una enfermera de la sección de hombres.
-Qué extraño-  pensé yo, pues sólo son dos las enfermeras que están en guardia. Alcancé a ver su espalda, con un uniforme blanquísimo y la cofia muy bien cuidada. Seguí a la misteriosa enfermera hasta que dio vuelta en un pasillo. Al llegar ahí me doy cuenta con gran desconcierto de que el pasillo no tenía salida. La única puerta era la de una pequeña bodega donde se guardan las cosas de limpieza e intendencia.
Revisé todo el piso, pero no había nadie más. Pensé que tal vez solo había sido mi imaginación, o el cansancio de una pesada jornada.
Amanece, el pabellón se ve muy tranquilo y en paz, como casi todas las mañanas. Deseo con ansia poder ir a tomar un buen desayuno caliente y dirigirme a casa a descansar un rato. Recorro las habitaciones colectivas de mis pacientes para ver como amanecieron.
-Buenos días, don Alberto, ¿cómo durmió?
-Bien, doctor, muchas gracias.
-Buenos días, doña Lupe, ¿qué tal amaneció la herida?
-Creo que mejor, doctor, con decirle que ya ni la siento.
Una voz que no esperaba me hizo voltear de súbito.
-Y a mí, doctor, ¿no me pregunta?
Mi sorpresa era enorme, don Gabriel estaba despierto, se le veía muy bien y me hablaba con una gran sonrisa. Sinceramente, no esperaba siquiera que amaneciera, debido a su mal estado. Ahora, literalmente, había vuelto a la vida.
-¡Don Gabriel, es increíble su semblante!, A ver déjeme revisar cómo están sus signos vitales… Está usted de maravilla, no pensé que mejorará tan pronto.
-Anoche abrí los ojos, sintiéndome muy mal, casi deseando morir… pero la enfermera que tan amablemente me atendió me dieron medicamento que me hizo sentir mucho mejor. Ella no se separó de mí, ni un momento.
Su respuesta me extraño, ya que Margarita y Raquel no estaban en las mismas habitaciones durante esa noche. Pensé fugazmente en la misteriosa enfermera que vi, pero justo en ese momento entró Margarita y me sacó de mis profundas cavilaciones.
-Perdone que interrumpa, doctor, pero ya vienen por la paciente de la cama ocho. La van a operar ya.
-Ah, sí, es la señora Mariana, veamos como está, y vaya preparándola.
Rápidamente nos dirigimos al otra sala del pabellón y entre a la habitación.
-Buenos días, doña Mariana, ¿ya está lista? Ya vienen por usted para prepararla para operarla. ¿Cómo se siente?
-¿Pues como quiere que me sienta, doctor? Muy mal… Ya estoy harta de estar aquí encerrada y que no me dejen comer nada… Pero eso sí, cuando salga de aquí voy a comer y hacer lo que se me dé la gana.
Sinceramente, me molestó la actitud con la que la señora me contestó. Sin embargo, comprendo que hay pacientes que suelen comportarse de esa manera, debido a la situación de salud bajo la que se hallan.
-Ya verá, doña Mariana, que después de la operación se sentía mucho mejor.
-Que voy a sentirme mejor, ni que nada… Aquí sufre uno más… Lo mismo le dije a la enfermera que me visitó anoche.
Yo sabía que no había recibido ninguna visita, pero ya no quise decir nada más serte por dejar a la señora con las enfermeras para que la prepararán en la llevarán a cirugía. Justo cuando salía de la habitación, Margarita se acercó y me dijo:
-Oiga, doctor… ¿Hubo algún cambio extraño sus pacientes esta noche?
-Pues sí… Sobre todo con don Gabriel, quien se recupera extraordinariamente. Pero creo que sólo fue él.
-Es que dice Raquel que anoche anduvo por aquí la planchada.
-¿Qué es eso de la planchada?
-No se vaya asustar, doctor, pero dice Raquel que en este pabellón suceden cosas que uno no se explica. Dice que a veces se va la luz, se apagan y encienden sólo los aparatos, en otras ocasiones, sin motivo se formó una nube helada, que recorre los pasillos. Entonces un paciente muy mejorados se agrava y se muere en un instante. O tal vez algún enfermito. De expirar, en una noche mejora sorprendentemente.
Me quedé de una pieza escuchando lo que Margarita me decía. Yo generalmente no creo en este tipo de cosas, pero pensé en todo lo que había sucedido.
-Margarita tiene razón, doctor-intervino Raquel-. Aquí a veces pasan cosas que nadie puede creer, pero a todas ya nos ha tocado ver con estos propios ojos. Todos los sucesos extraños de este tipo son obra de la planchada.
-¿Quién es?- Preguntó de nuevo. Raquel me contó una historia que aún me es difícil creer.
-Es el fantasma de una enfermera que trabajó en este hospital hace muchos años. Dicen que era muy mal enfermera, inclusive, que era perversa. Se cuenta que les daba medicamentos contraindicados a los pacientes y todos se le morían, pero antes de matarlo les robaba, y con el dinero que obtenía de sus hurtos, se compraba ropa nueva. Dicen que usaba batas y cofias muy elegantes, andaba siempre muy limpia y bien almidonada, pararse siempre correcta, por eso, cuando aún vivía, todos le decían planchada.
Un buen día, finalmente alguien descubrió sus reprobables acciones y dieron parte a la policía. Cuando vinieron por ella para llevarlo a la cárcel, se encerró en un baño, donde tomó una serie de medicamentos tóxicos que daba a los enfermos. Cuando al fin pudieron entrar al lugar donde estaba oculta, la encontraron muerta; su rostro tenía una mueca terrible, como si lo hubieran torturado de formas inimaginables antes de morir.
Desde ese fatídico día, su fantasma se aparece por los pasillos de este pabellón. Sólo que ahora es un alma justiciera, pues ha salvado a muchos pacientes desahuciados, pero también, para su mala fortuna, mata otros que se ven muy mejorados o que parecen a punto de aliviarse. Si se busca un poco en el pasado de los enfermos que mueren, se pueden encontrar malas acciones, que son castigadas por esta fantasmal enfermera. En los pacientes que se mejoran, se saben buenas obras y antecedentes de una buena calidad de vida. Aunque es un alma que no descansa en paz, parece que la planchada cambió su comportamiento quizá como una condena que purga desde el más allá.
Margarita y yo no sabíamos qué decir a lo que Raquel nos había contado. Comencé a contarles lo que yo había visto esa noche.
-Es muy curioso, pero anoche, después de que platicamos, me fui a la oficina, y advertí que una niebla entró al hospital. Al pasar junto a mí, sentí un intenso frío que me hizo estremecer. De pronto, pude ver una figura vestida de enfermera que entraba y salía de los cuartos. Corrí a alcanzarla para pedir una explicación de su presencia, pero no la encontré. Por otra parte, don Gabriel estaba en coma y coma así como así, amaneció restablecido. Hasta me saludó y menciona con enfermera muy amable le había dado un medicamento que le hizo sentir mejor de inmediato.
-Oiga… ¿y no sucedieron cosas nefastas? - Preguntó Margarita.
-Pues no, nada más el caso de don Gabriel; los demás están estables, como los pueden ver. Solo la señora Mariana no está aquí. Se fue a cirugía hace un ratito.
-Esperemos que no le pase nada- dijo Raquel.
-¿Preguntamos al quirófano si no ha habido algún imprevisto?
-Sí, estén al tanto. Vayan a desayunar algo y yo me iré hasta tener noticias. No tardo.
-Sí, doctor. Buen provecho.
Caminé por los pasillos del hospital, hasta bajar y salir al jardín. Pasé gran parte de la mañana pensando en lo sucedido. A manera de charla trivial pregunté a algunos colegas médicos a cerca de las historias de la planchada. Mucha gente me dio versiones muy similares a lo que Raquel contó.
-Sólo son historias que se cuentan por ahí, para no aburrirse- me dijo un camillero.
Después de un buen rato en la cafetería, decidí subir de nuevo a ver cómo iban las cosas. Al llegar, Margarita me esperaba con noticias muy malas.
-Doctor, hablaron del quirófano a la dirección del hospital. ¿Sabe qué pasó? Doña Mariana falleció en la plancha; no soportó la cirugía.
Sentí un sobresalto. Sé que la señora no me pareció agradable por su forma de comportarse, pero nunca pensaría que se merecía morir. De pronto, la directora del hospital se acercó con un hombre que tenía apariencia amable. Traía consigo un portafolio.
-Buenos días, doctor, le presentó al Licenciado Ruiz, representa a la familia de doña Mariana.
-Mucho gusto, licenciado. Sabe que la señora Mariana fallece esta mañana, ¿verdad?
-Así es, doctor, a decir verdad, ya lo esperaba su familia.
-Si Licenciado, se sabía que la cirugía riesgosa, pero nunca es agradable saber que alguien no sobrevive.
-En este caso, como usted ve, ni siquiera los familiares de la finada desean hacer trámites. Doña Mariana fue un vida una mujer muy nefasta. Inclusive ocasionó problemas legales a la familia. Estuvo involucrada en fraudes y otras cosas.
El abogado lee con detenimiento algunos papeles que después me muestra, explicando algunos trámites a realizar. La directora del hospital también habla con él, mientras yo, perplejo por los hechos, estaba ahí sin escuchar realmente lo que se decía. Comencé a pensar seriamente que todo esto era hora de la planchada.
Margarita también estaba a mi lado, muy sorprendida por todo lo que había pasado. Me despedí de ella y entonces sí, fui a descansar a casa.
No supe qué pensar en aquel momento. Cada día mueren y se salvan cientos de pacientes en todos los hospitales del país, pero nunca había sentido todo lo que aquella noche sucedió.

Después de aquel incidente, me di a la tarea de investigar a fondo, en los archivos del hospital, acerca de cualquier antecedente sobre aquella mencionada enfermera que mataba sus pacientes. Efectivamente, encontré los datos expediente de ella. Se había existido en la versión que Raquel contó era totalmente cierta. De hecho, había algunas fotografías, que pude ver y, para mi sorpresa, comprobar que era la mujer que vi esa noche; me convencí de que yo había visto la planchada.

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