Donde comienza la calle de 16 de
septiembre el Banco de Londres y México concluía el Portal del Coliseo, que después
fue del Coliseo Viejo, y enseguida de él se alzaban dos caserones, toscos y
amplísimos. En los bajos de la amplia casa de la esquina, que era la del
Coliseo Viejo y Coliseo Nuevo, estuvo instalado el antiquísimo café de Veroli,
llamado así por el apellido de su fundador. En el año de 1785, durante el
gobierno del virrey don Bernardo de Gálvez, conde de este dictado, se establece
en la calle de Tacuba el primer café que hubo en la ciudad. Quedaba este un
poco más adelante del esquina que así esa calle con la de Cereros, después
del Empedradillo y hoy en día a Monte de
Piedad. A sus puertas estaban los camareros o mozos gritando en constante
invitación a los transeúntes: “Entren a tomar café con molletes a estilo de
Francia”. Este estilo consistían ponerle leche y endulzar la mezcla, lo cual
constituyó en México una verdadera novedad y fue acogida con entusiasmo. La
gente babeaba con sólo pensar en semejante sabrosura. Como dato curioso, diré
que en ese lugar se cantó por primera vez La Marsellesa. Pues bien, después del
café de Tacuba, fue en Veroli donde se empezó a vender, antes que en ninguna
otra parte, esa combinación deliciosa y hasta se decía que ahí era superior,
pues que el café que en ella se empleaba era de calidad sobresaliente y más
fragante, y la leche más cremosa, por lo que se paladeaba mejor la exquisita
mezcla, de todos tan alabada.
Además de estas excelencias, el
café con leche no se tomaba con un simple mollete con mantequilla, sino con los
buenos panes y bizcochos que allí mismo se amasaban y salían de sus hornos
esparciendo insuperables olores que llegaban al corazón. Había los estribos y
tostados de agua, los ojos de Pancha, los volcanes, los cuernos, las
chilindrinas, las novias, los pellizcos, las chorreadas, los cocoles con su gustoso
espolvoree o de ajonjolí, las coyotas rellenas de pasta de calabaza de camote o
con jalea, las cotorras, los abrazos, los besos, las campechanas, y muchas
otras más variedades que la gente pudiera imaginar. Cualquier cosa de estas
magníficas con el café con leche resulta un deleite hondo, un puro gozo como
para alabar a Dios.
Se acabó el Veroli y lo reemplazó
otro similar y bueno. En el piso bajo se puso un café y en los saltos una
fonda. Entre ambos establecimientos tenían el nombre común de la Sociedad del
Progreso, pero el café, simplificándole la designación, le llamaban solamente
el Progreso. Era de los más concurridos en esta calle, en la que había muy
buenos y bien montados, que le comunicaban viva animación con su continuo
bullicio. En él, como en todos, entretenidas tertulias de amenos conversadores,
pero en éste, y no en los demás, se jugaba pacientemente el ajedrez y el
ruidoso dominó.
Don Antonio García Cubas lo
describe de esta manera en El Libro de mis Recuerdos: “Un gran patio cubierto de
cristales, forma como ves, el salón principal de este establecimiento, uno de
los más concurridos de la Capital; gruesas pilastras de madera sostienen los
corredores, tras cuyos barandales se ven simétricamente colocadas las puertas
del hotel y del comedor de la gran fonda; observa en la parte baja, al frente
la cantina y detrás del mostrador al cantinero con su gorra de terciopelo, en
la que flota una gran borla de seda; a la derecha una portada, que de entrada a
las salas de billar; a la izquierda una puerta y un pasillo que comunica con el
Teatro Principal, y frente de la cantina, la puerta que da entrada al café por
la calle del Coliseo, las mesas, distribuidas con simetría, están formadas por
grandes discos de mármol montados sobre tripiés pies de fierro, y todas están
ocupadas por distintas clases de individuos. En una se halla un grupo de
rancheros, ellos con anchos sombreros de palma y sus cotonas de gamuza, y ellas
de trenzas sueltas con sus rebozos de bolita. Con qué placer toman aquellos sus
soletas y nieve de limón, que instintivamente soplan antes de cada sorbo, como
para comunicar a aquella algún calor, y estas son tazones de café con leche y
sendas tostadas de pan con manteca. En otra mesa un honrado padre de familia
contempla como sus pequeños saborean el buen mantecado o el helado de zapote o
fresa, en tanto que en la de más acá un individuo abstraído en la lectura de un
periódico, apenas fija su atención en el que está su lado, muy pensativo y
cabizbajo, haciendo apuntes en su cartera. Debajo de los corredores, varios
grupos de individuos que rodean las mesas, unos de pie y otros sentados,
denuncian a los concienzudos jugadores de ajedrez, o a los que se entretienen
en el trivial juego de las damas o en el no menos inocente del dominó, haciendo
los últimos escuchar el continuo repiqueteo producido por las fichas al ser
barajadas sobre el mármol.”
Don Guillermo Prieto también pinta
con su suelta pluma en el Café del Progreso, incluyendo detalles distintos a
los de García Cubas: “El patio del café se extendía bajo clara techumbre de
cristales, corriendo más sombrío bajo los corredores de la parte alta,
subdividida en cuartos pequeños y salones para servicio de la fonda. Todo el
patio y bajos de los corredores lo ocupaban en todas direcciones y a cortos
trechos mesitas de tripié de fierro y lámina barnizada, y en que se hacía el
servicio del café y se jugaba ajedrez y dominó. Cada mesita estaba dotada de
una gruesa botella de vidrio y un enorme brasero de metal amarillo con ceniza y
brasas para alimento del fuego sacro de cigarros y puros. En el fondo del café,
y teniendo como respaldo un gran espejo, estaba el armazón de la cantina,
trastos de servicio y el mostrador con charolas, pozuelos y tasas, servilletas
etcétera; para servirse café solo y con leche, tostadas, molletes, roscas de
manteca, té, copas de catalán y de licor, y a hora oportuna ponches y
refrescos. La concurrencia del café la fomentaba el teatro, y los actores que
allí se estacionaban era como el pie veterano de aquella célebre negociación.
En la tarde, militares y empleados ociosos, vejetes calaveras tahúres
empedernidos, niños finos y polluelos pretenciosos envolvían en una atmósfera
de humo de tabaco y formaban grupos en las mesas, ya de disputadores políticos,
ya de obscenos oficiales que escupían por el colmillo y daban alas a la crónica
escandalosa, ya de gentes de estas que se dicen decentes, sin oficio ni
beneficio, que viven de parásitos de su familia, de sus amigos y del erario,
que ven como capital enemigo al trabajo honrado.”
Años después la fonda de La
Sociedad del Progreso fue un hotelucho de mala muerte, sucio nido de palomas
duendes; se alejó entonces de tan sórdido lugar y sea adecuó convenientemente
para que tuviese asiento el Casino español. En sus bajos se instaló una cantina
bien servida, que por esto era lugar preferido de muchos parrandistas, llamada
a La Noche Buena. Tiempo después cambió de nombre y también de dueño, lo fue un
meloso francés de apellido Catillon. Ya entonces se llamó Café Inglés.

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