domingo, 3 de abril de 2016

El paseo más importante de México: La Alameda


El paseo más antiguo de la ciudad de México y en el que se podía ver a toda hora del día un gran número de gente, era sin duda alguna la Alameda. Fue una amplia extensión cubierta de árboles, situada al oeste de la traza y en los terrenos que el Regidor Ruy González había robado a la laguna cuando la desecó abriendo las acequias.
Bajo el octavo gobierno de la Nueva España, el virrey don Luis de Velasco, hijo del que había sido segundo virrey, decidió que se hiciese en la Ciudad de México una Alameda para recreación de los vecinos; el Cabildo de la ciudad aceptó muy gustoso la idea en acuerdo del día 13 enero de 1572, citando a los Regidores para que al siguiente día asistieran en compañía del virrey, para decidir cuál sería el sitio más adecuado para dicho proyecto.
Y como hubo de suceder, al día siguiente siendo un  de 14 de enero, como a las dos de la tarde salieron los Regidores junto con el virrey y se acordó que se hiciese una Alameda adelante del tianguis de San Hipólito y que se pusiese en ella una fuente y árboles que sirvieran de ornato la ciudad y de recreación a sus vecinos; para tal trabajo se mandó que Cristóbal Carballo, alarife de la ciudad, hiciese un proyecto de cómo había de ser, con las plantas que más convinieran y que un caballero Regidor fuera designado superintendente de la obra y que un ciudadano asistiera a su ejecución, con alguna paga.
Las dimensiones originales de la Alameda fueron primeramente cuadradas; tenía por el lado oriente la plazuela de Santa Isabel, donde hoy se levanta el Palacio de Bellas Artes; por el poniente la plazuela de San Diego, en donde se encontraba el Quemadero de los judíos; al norte le quedaba la calzada de Tacuba, por donde venía la cañería que traía el agua Santa Fe; y por el sur la calzada del Calvario. En sus inicios sus dimensiones eran de 1500 varas (1253.85 m) en su perímetro, rodeada por una zanja ancha y profunda, que la mayor parte del tiempo estaba llena de agua lamosa y fétida, y se le colocó en el centro una gran pila. Se mandaron traer indios del pueblo de Iztapalapa para qué sin sueldo; sino únicamente por la comida que les daba el Ayuntamiento, se encargarían de abrir la zanja, las calles y plantar los árboles, que en un principio fueron álamos, de donde le vino el nombre de "Alameda".
Rodeada de una acequia ancha y profunda, no se puede entrar sino por una puerta ubicada en su lado oriente, causando gran incomodidad para la gente que quería ir a dar una vuelta en ese lugar; por lo que el ayuntamiento dispuso en el año de 1618, que se le mandara hacer otra puerta por el lado de San Diego con su respectivo puente y reja; tomando esta iniciativa se hicieron otras dos puertas, una para el tianguis de San Hipólito y otra para la Calzada Real (hoy Avenida Juárez), cuyas llaves tenía el Alcaide o Jefe de la Alameda, para el cual se construyeron también habitaciones dentro del propio jardín.
El paseo favorito de los ciudadanos tampoco se salvó de las inundaciones que padece y sigue padeciendo la ciudad de México, ya que en cierta estación pluvial, el lugar quedó muy maltratado; para lo que el virrey marqués de Cerralvo dispuso que se hiciera una nueva plantación de árboles, agregando fresnos y Sauces, pues los álamos no tenían un bonito aspecto. La mayoría de los virreyes y autoridades municipales siempre se preocuparon por embellecer la Alameda, como el virrey don Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, quien dispuso que se viera el modo de ampliar la Alameda con las plazuela de Santa Isabel y San Diego; por fortuna el dictamen fue favorable y en el año de 1771 se inauguró esta mejora; además se construyeron cinco pilas y se cercó con una reja de madera. Las dimensiones del lugar cambiaron, pasando a tener la forma de un paralelogramo, con cuatro calzadas interiores que se destinaron para el paseo de coches y jinetes, y se mandó cerrar con un muro de piedra.
 La zanja o acequia del perímetro fue cegada hasta el año de 1874, durante el gobierno del Presidente Lerdo de Tejada. Al concluir el siglo XVIII la Alameda tenían 1995 árboles, que eran en su mayoría fresnos, álamos y sauces.
A mediados del siglo XIX, a consecuencia de los frecuentes cambios de gobierno, la pobreza y la desidia del Ayuntamiento y el abandono en el que se encontraba toda la Ciudad de México, la Alameda presenta un aspecto desolador y está asqueroso; las acequias de los alrededores estaban llenas de inmundicias que despedían un olor nauseabundo, las banquetas se encontraban derruidas, los árboles crecían para todos lados, la maleza le había invadido su totalidad. Nadie ya se atrevía entrar, pues como era de suponerse se había convertido en guarida de ladrones y malhechores que habían construido en su interior sus viviendas. ¿Y qué creen amigos lectores? Por pura casualidad se descubrió esta peligrosa guarida hasta mayo de 1873, lo que afortunadamente origino, que se retirara toda la maleza acumulada.
Después de la guerra de independencia en los primeros años de la República, la Alameda fue rescatada del olvido, con la remodelación de sus estatuas, fuentes, glorietas, reforestación; cabe destacar que fue construida una fuente de una mujer que representa la libertad. Así la gente vuelve a retomar la costumbre de dar el ya tradicional paseo vespertino en la Alameda. 
Durante todo este tiempo a nadie se le había ocurrido alejar las espesas tinieblas con algo de luz; hasta que en el año de 1868 se instalaron 36 faroles que se alimentaban con una mezcla de trementina y aguardiente, pero a duras penas medio iluminaban. En 1872 se quitaron y sustituyeron con 100 mecheros de gas y se embaldosaron las cuatro calles que la rodeaban;  la luz eléctrica se puso hasta el año de 1892.
Durante la época del Porfiriato, la Alameda contaba con numerosas fuentes y quioscos para los músicos que jueves y domingos realizaban conciertos; al costado sur, del lado de la avenida Juárez, se levantaba un edificio de hierro y cristal, conocido con el nombre de Pabellón Morisco, donde se llevaban a cabo los sorteos de la Lotería de la Beneficencia. Frente a la Iglesia de Corpus Christi se encontraba el Pabellón, pero después desapareció para ser reemplazado por el Hemiciclo a Juárez en 1910, con motivo de las fiestas del Centenario. En cuanto al quiosco morisco, fue retirado en 1904 para ser trasladado a la Alameda de Santa María la Ribera.
En la actualidad el nombre de "Alameda", se usa como un simple recuerdo, dado que los árboles que predominan son los fresnos; el cultivo de los álamos tuvo que abandonarse por considerar su desarrollo demasiado lento. Tiene la forma de un paralelogramo, cuyos lados mayores, de oriente a poniente miren 513 m; su anchura es de 259 m. Es importante destacar las antiguas pérgolas (plantas de ornato), el monumento a Beethoven hecho en bronce negro, el cual fue obsequio de la colonia alemana a la ciudad en el centenario de la Novena Sinfonía (1921).
El 26 noviembre 2012 durante el gobierno de Marcelo Ebrad, la Alameda fue remodelada con la plantación de árboles, la mejora de los prados, la restauración de sus fuentes, sus esculturas y el Hemiciclo a Juárez; tampoco debemos olvidar la construcción de cuatro fuentes en las esquinas de la Alameda, instalación de más alumbrado público para garantizar la seguridad de los ciudadanos, y convertir en peatonal la calle de Ángela Peralta.

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