Nachito, a decir de los testigos,
se pasea desde hace décadas por el cementerio (panteón de Belén, en el centro
de Guadalajara) cuyo valor histórico es tal que cuenta con la protección del
Instituto Nacional de Antropología e Historia, y está arreglado como Tesoro
Arquitectónico Nacional. Y no sólo eso; es que además allí se encuentra la
tumba del pequeño, sobre la que siempre flores frescas…
La historia que da pie a esta
leyenda no es menos siniestra. Los comienzos los encontramos en el año del
hambre, de 1785 y 1786, cuando la ciudad se vio asolada por una terrible
hambruna que llevó por delante a demasiada gente. Los cadáveres se repartían
por las calles, delgados, muertos de hambre. Los cementerios se vieron
saturados de difuntos, por lo que el obispo fray Antonio Alcalde ordenó la
construcción de un camposanto junto al hospital. Esta orden se dio 1792, y por
una serie de vicisitudes que no vienen al caso, no se terminó hasta julio de
1843, cuando al fin fue inaugurado con el nombre de Nuestra Señora de
Guadalupe, más tarde Belén y Santa Paula, para finalmente quedarse con el
actual Panteón de Belén. Pues bien, es en ese período cuando comienzan a
producirse fenómenos extraños, que acaban por dar una fama tremenda a uno de
estos supuestos fantasmas: el de un niño llamado Nachito.
Pero, ¿quién es este Nachito? En
el libro Fantasmas, la otra realidad; se afirma que “Ignacio Torres Altamirano
nació el 24 de mayo de 1881. Se dice que al nacer, el médico que atendió el
parto, quedó aterrado al ver que el niño lloraba cuando se quedaba en la
oscuridad. El padre de Nachito ordenó colocarle lámparas de aceite alrededor de
su cuna, las cuales debían estar encendidas toda la noche. Un descuido hizo que
los sirvientes olvidaran agregarle aceite a las lámparas, haciendo que esta se
apagaran durante la madrugada. El niño despertó y al darse cuenta que estaba en
plena oscuridad, murió a causa del terror que sintió”.
La cuestión es que una vez fue
enterrado, apenas transcurridas 24 horas, el sepulturero se quedó helado al
comprobar que aliena había desenterrado el ataúd. Asustado, devolvió la caja a
su agujero, pero un día después comprobó que de nuevo había sido desenterrado.
Y así durante dos semanas…
Los responsables del cementerio
hicieron saber a los familiares de Nachito lo que estaba ocurriendo, y éstos
decidieron dejar el féretro en el exterior, iluminado por cuatro antorchas que
no deben apagarse jamás el motivo es sencillo: los familiares determinaron que
el miedo de Nachito a la oscuridad no cesó ni después de muerto…
Continuaba el citado libro
relatando que “a partir de este momento, surge la leyenda de que en el Panteón
de Belén se aparece el fantasma de Nachito. Los panteoneros dicen haberlo
visto, así como los días de turistas (estos con mayor razón) al igual que los
pseudo investigadores de lo paranormal, han aprovechado esta leyenda para hacer
sus fraudes y montajes”.
Montaje o no, lo cierto es que los
testigos se cuentan por decenas, y conforme se acerca la Navidad parece que
aumentan. Primero porque son más los que deciden visitar su tumba y dejar una
enorme cantidad de muñecos sobre la misma. Y segundo, porque la tradición
asegura que sale a pasear durante la noche, buscando a alguien entre lamentos
que le dé dulces, como el niño que es. Lamentos que han sido grabados en otras
ocasiones a través de grabadoras digitales, en las que se pueden escuchar voces
muy sugestivas. Y todo ello junto a una tumba que siempre está iluminada…
Fuente: Revista Enigmas. Número
234.

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