Don Valerio Antuñano, don
Indalecio Lares y don Federico Sánchez Osores, siempre andaban juntos, no se
separaban jamás; a donde iba uno de ellos, los otros dos lo acompañaban
contentos. Los tres eran jóvenes y adinerados, los tres alegres y viciosos. Sus
padres poseían juros, fincas, minas, haciendas, un grueso caudal; y se dolían
mucho de verlos solo derrochar sin ocuparse nada; únicamente andaban de
gastadores de aceras y de sostenedores de esquinas. Vida inútil de mancebos
ricos. Lo que querían lo lograban, pues eran muy francos de manos, de ellas nos
faltaba jamás el oro, y con alegría lo desperdiciaban como pródigos.
A las madres de estos mancebos no
les quedaban en los ojos lágrimas que llorar al verlos constantemente en tan
disolutas disipaciones; los tres padres de los tres indignábanse, les daban ora
castigos, ora consejos, lo que era tanto como si con un estambre se quisiese
sujetar a un león; y los tres jóvenes no metían sus pasos por el sendero trillado
por dónde van contentos, tranquilos, los hombres de bien. Usaban mal de sus
haciendas en vivir perverso, a cualquier crecido caudal le dieran fin
comparando contentos. Los tres se echaron en la cama de la desenvoltura,
derramáronse por todos los vicios y dormían muy a su sabor en ellos.
Eran como aves nocherniegas; todo
lo hacían de noche y con escándalo. Temor de Dios no lo conocían, con Él
jugaban y de herirle hacían entretenimiento; a nadie miraban con ojos de
respeto, y al que tenía nombre honroso se lo quitaban. A ninguno hablábanle con
el acato y reverencia debidos; de todo y de todos hacían mofa y escarnio.
Ponían lengua venenosa en toda la gente, afrentaban a cualquiera, dándole el
rostro con lo malo que sabían de él. Los tres eran sepulcros abiertos para
enterrar la honra y fama que quizás vivían. Las bondadosas palabras de consejo
de las personas mayores, las recibían con grandes risadas y les decían en
dichas injuriosas, lástimas muchas y cantares afrentosos.
Los sucesos más nobles, los que
debían infundirles mayor respeto y miramiento, los pasquinaban continuamente.
No vivían sino disparando crueles sátiras, chistes y malicias, y multiplicaban
oprobios e injurias. Con la desvergüenza diabólica tenían siempre desplegada la
lengua. Largos maitines cantaban en versos, uno diciendo injurias, los otros
dos respondiendo con blasfemias. Y así era como caían cada vez más y más hondo
en el pozo negro de la maldad los tres mancebos. Satán, Luzbel y compañía,
llamaban en México estos tres ricos y pervertidos jóvenes, malintencionados
siempre, irritables, aviesos.
Como tenían abundante dinero que
derrochar, no andaban solos nunca; una corte de bellacos por donde quiera los
seguía, y con sus interesadas adulaciones los alentaba, fomentándoles sus
vilezas y les reía con gozo sus maldades inacabables. Eran una zote en la paz
de la ciudad. En muchas de sus calles, viejas, nobles, ya no se escuchaba el
silencio, sino la alocada algazara que venían derramando en aquel sosiego los
tres amigos pérfidos. La ciudad dormía en la noche profunda y callada. Su sueño, en el quieto nocturno, era
la prolongación más intensa del sueño del día, de todos los días, de su calma
cotidiana.
Pero Satán, Luzbel y compañía,
como los apodaban con justicia, rompían aquella tranquilidad grata y dulce al
esparcirse en sus ilícitos contentos. ¡Dios nos valga! ¡E el Señor nos cuide!,
Y otras pías exclamaciones daban llenas de congoja las pobres gentes al verlos
pasar, les temían de ellos cualquier espantoso desacato, porque de todo eran
capaces los desapoderados mancebo. La encantada tranquilidad de México
hallábase alterada por aquel loco vivir.
Una noche iban por el callejón de
Santa Isabel (Avenida Hidalgo), rumbo a una de las calles de Santa María la Redonda,
por donde vivía una tal Jacobita, habilísima zurcidora de gustos, que juntaba
en su casa a tocadores de guitarra y a preciosas damas, de esas damas de
achaque, pecatrices, tuzonas de ocultís, comblezas de clérigos o barraganas de
algunos señores pudibundos, las que van allí no sólo a esparcir el ánimo, sino
a mejorar sus aumentos; y, además, poseía esa vieja, entre sus preciosidades,
una magnífica colección de botellas de vino de los más rancios viñedos
españoles y, por descorcharlas, cobraba buenas piezas de plata, porque cada
gota bien valía un florín, pues apenas entraban en el cuerpo dos copillas le
ponían fino regocijo el corazón.
Unas casas bajas ocupaban la acera
de enfrente a la espalda de la Iglesia del convento; sólo puertas y ventanas
tenían todas, pero puertas y ventanas alabeadas, carcomidas, que junto con los
muros derrubiados, llenos de grietas, denunciaban claramente el lamentable
estado de ruina en que estaría el interior, y por eso, por lo derruido, por su
inminente derrumbe, nadie las ocupaba; años hacía que estaban deshabitadas esas
casas y hasta se ignoraba quien fuese su dueño. Por algunas hendiduras de las
paredes o por agujeros de las apolilladas puertas o ventanas, se veían los
techos desfondados o llenos de boquetes, por dónde se metía la luz, y de los
que colgaban los encajes largos, polvorientos, de las telas de araña, y se
divisaban en los muros los hondos surcos que abrieron las goteras constantes.
Iban los tres amigos por el
callejón de Santa Isabel y les llamó la atención que de una de las ventanas de
esas casillas viejas saliera mucha luz que tendía su cuadrilátero amarillo en
la sucia calle, y aún ponía tembloroso reflejo en los altos muros del convento.
Curiosos, apresuraron el paso, creyendo que habría holgorio, y al llegar a
donde brotaba aquella claridad, vieron con asombro las hojas abiertas de par en
par, y en medio de la habitación, tendido en el suelo, un cadáver amortajado
entre cuatro cirios, y echada sobre él lloraba con desconsuelo una mujer
vestida de negro; su cabellera se volcaba copiosa sobre el blanco sudario; su
cuerpo se veía conmovido todo por los sollozos.
-¡Desgraciada mujer!- Dijo don
Valerio Antuñano.
-¡Pobre mujer!- Murmuró apenas don
Indalecio Lares.
-¡Infeliz!- Exclamó con gran
lástima don Federico Sánchez Osores.
Se alejaron silenciosos. Se les
acabo el ruidoso contento que traían. Todavía en la esquina de la calle del
Mirador de la Alameda, ya para salir a la de la Mariscala de Castilla,
volvieron los rostros y contemplaron el fulgor que se tendía trémulo en la
acera, que subía por el alto paredón del convento. Una vaga piedad se les metió
en el pecho por aquella desdichada mujer que lloraba sola con su muerto. En la
casa de la fina Jacobita estuvieron los tres, tristes, sombríos; no les sacaban
regocijadas palabras ni los dichos de las damas, ni las gracias movibles de su
cuerpo opulento, ni las copas del de lo caro que se echaron a pechos y que
antes, con una sola de ellas, estremecían el aire con sus felices carcajadas de
juerguistas. Como al amanecer, dijo don Indalecio:
-No se aparta de mi memoria la
mujer que vimos, tan abandonada en aquel cuarto miserable.
-Yo no lo olvidó tampoco; se
conoce que está en la pobreza más hostil- respondió don Valerio.
-¿Y si la fuésemos a ver? ¿Y si le
llevásemos algo de dinero? De paso miraremos si es bonita y entonces la
consolaremos con cuidado, le daré un socorro y al fin y al cabo caerá, qué duda
cabe, resignada en mis brazos amorosos- dijo don Federico.
Dejaron a la exquisita celestina
con los apreciables y ajados encantos de que se rodeaba, y se marcharon al
callejón de Santa Isabel, pero ya no vieron pintado en la acera el amarillo
cuadrilátero de luz, y pensaron que, tal vez, la madrugada lo había disuelto,
pero quedáronse atónitos viendo cerradas, como siempre lo habían estado, las
ventanas y puertas de toda aquella serie de casillas derruidas. Señalaron los
tres, casi el mismo tiempo, la ventana ante la que se habían detenido; en el
travesaño de la reja en que apoyó los codos don Indalecio estaban aún impresas
las huellas marcadas en el polvo acumulado allí durante años, y don Federico
miró en el alféizar un pañuelo, que reconoció por suyo y que sin duda se le
cayó allí cuando se detuvo ante esa ventana polvorienta.
Sin la menor dificultad rompieron
la puerta, con sólo arrimar a las carcomidas tablas sus hombros robustos. Quedo
ante ellos una amplia estancia desmantelada y
telarañosa, con los muros llenos de descorchar duras y de grietas
serpenteantes. Pasmado se vieron los tres mancebos. Estaban muy turbados de
semblante, la frente rociada de trasudores de miedo, ellos que ante nada ni
nadie lo habían tenido nunca. Se volvieron a sus casas, pensativos, cabizbajos.
Despidiéronse en silencio. Esa noche no salió ninguno de ellos a sus correrías;
tampoco salieron la siguiente. Los padres estaban llenos de asombro ante aquel
cambio súbito en las alocadas vidas de sus hijos. Eran otros. No hablaban, casi
no comían; en sus habitaciones encontrábanse encerrados de continuo. Se juraron
al fin los tres una mañana. Hablaron. En sus almas se habían abierto las suaves
luces de un nuevo amanecer. Lleno de alegría se fue don Valerio al convento de
Nuestro Padre de Santo Domingo, don Indalecio dirigió sus pasos al Real
Monasterio de San Agustín y al de descalzos de San Diego entró don Federico.
Los tres más cebos comenzaron vida nueva. Tuvieron por maestros sus mismos
errores para hacer completa mudanza de lo antiguo y enderezar el ánimo antes
tan torcido. Recompensaron las ofensas con que enojaron a Dios y le ofrecieron una
vida de penitencia satisfacción convirtieron sus pecados en misericordia.

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