domingo, 22 de mayo de 2016

Piratas y corsarios

“¡He aquí Panamá!” -exclamó Pedro-. Nos detuvimos y contemplamos durante largo rato, desde lo alto de la colina, el lugar del que fluye todo el oro del mundo. Se pueden distinguir los galeones del puerto, la “flota” del Pacífico con barcos llenos de oro del Perú. Nuestro capitán extendió la mano hacia la bahía. “Mirad –dijo- es ese lugar para los españoles cargan sus galeones. Algún día pasaré por allí con todas las velas desplegadas. ¿Os gustaría estar también vosotros?” El lugarteniente Oxenham, antes que ninguno, dijo: “Capitán Drake: aunque me echarais a latigazos, o seguiría!”.
Así escribía en su diario, en 1573, uno de los 18 marineros que se habían internado en el istmo para sorprender y robar las caravanas que transportaban fabulosas riquezas a la costa atlántica.
Los 18 marineros, al mando del capitán Drake, formaban parte de la tripulación de dos naves inglesas que algunos meses antes habían desembarcado en una isla deshabitada del mar de las Antillas. El capitán había preparado la expedición con el consentimiento de la reina Isabel, que a menudo se sirvió de los piratas para debilitar la potencia colonial española. Esta reina extendía a los capitanes “patente de corso”, es decir, un documento con el cual se demostraba que se capitán cooperaba con el gobierno británico. En cierto modo, esto volvía legal su actuación. A causa del nombre del documento, tales marineros eran llamados corsarios.
Desde mediados del siglo XVI, y durante todo el siglo XVII, numerosos buques corsarios ingleses surcaron el mar de las Antillas para pillar los galeones españoles o, directamente, saquear las ciudades costeras.
Bajo el reinado de Isabel, la guerra de corso era estimulada en toda forma. La reina protegió y subvencionó no sólo las empresas de Drake, sino también las de otros famosísimos corsarios, tales como Tomás Cavendish, Ricardo Hawkins, Martín Frobisher, Jorge Clifford y otros.
En muchos libros que narran las aventuras de los piratas a los jóvenes, las ilustraciones en las cuales los piratas están representados con magníficos vestidos: deslumbrantes túnicas rojas, amplias y vistosas fajas alrededor de la cintura, pantalones introducidos en enormes botas, sombreros emplumados de anchas alas, etcétera. Pero esto no corresponde a la realidad, especialmente si se desea representar a los piratas de las Antillas que navegaban bajo el sol abrasador de los trópicos.  Las ropas, si se las puede llamar así, eran mucho más simples y pobres. Sobre la cabeza llevaban un sombrero descosido una tela multicolor que la envolvía a manera de turbante. En el cuerpo llevaban una camisa rústica. Los pantalones eran de cuero o de tejido grueso. Alrededor de la cintura se colocaban una correa o una faja roja; de ellas sumaban las pistolas y el largo e infaltable cuchillo. Completaban el atavío anillos en las orejas y tatuajes en los brazos y el pecho. Un conjunto de indumentaria, a tono con su figura siniestra.

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