“¡He aquí Panamá!” -exclamó
Pedro-. Nos detuvimos y contemplamos durante largo rato, desde lo alto de la
colina, el lugar del que fluye todo el oro del mundo. Se pueden distinguir los
galeones del puerto, la “flota” del Pacífico con barcos llenos de oro del Perú.
Nuestro capitán extendió la mano hacia la bahía. “Mirad –dijo- es ese lugar
para los españoles cargan sus galeones. Algún día pasaré por allí con todas las
velas desplegadas. ¿Os gustaría estar también vosotros?” El lugarteniente
Oxenham, antes que ninguno, dijo: “Capitán Drake: aunque me echarais a
latigazos, o seguiría!”.
Así escribía
en su diario, en 1573, uno de los 18 marineros que se habían internado en el
istmo para sorprender y robar las caravanas que transportaban fabulosas
riquezas a la costa atlántica.
Los 18
marineros, al mando del capitán Drake, formaban parte de la tripulación de dos
naves inglesas que algunos meses antes habían desembarcado en una isla
deshabitada del mar de las Antillas. El capitán había preparado la expedición
con el consentimiento de la reina Isabel, que a menudo se sirvió de los piratas
para debilitar la potencia colonial española. Esta reina extendía a los
capitanes “patente de corso”, es decir, un documento con el cual se demostraba
que se capitán cooperaba con el gobierno británico. En cierto modo, esto volvía
legal su actuación. A causa del nombre del documento, tales marineros eran
llamados corsarios.
Desde
mediados del siglo XVI, y durante todo el siglo XVII, numerosos buques
corsarios ingleses surcaron el mar de las Antillas para pillar los galeones
españoles o, directamente, saquear las ciudades costeras.
En muchos
libros que narran las aventuras de los piratas a los jóvenes, las ilustraciones
en las cuales los piratas están representados con magníficos vestidos:
deslumbrantes túnicas rojas, amplias y vistosas fajas alrededor de la cintura,
pantalones introducidos en enormes botas, sombreros emplumados de anchas alas,
etcétera. Pero esto no corresponde a la realidad, especialmente si se desea
representar a los piratas de las Antillas que navegaban bajo el sol abrasador
de los trópicos. Las ropas, si se las
puede llamar así, eran mucho más simples y pobres. Sobre la cabeza llevaban un
sombrero descosido una tela multicolor que la envolvía a manera de turbante. En
el cuerpo llevaban una camisa rústica. Los pantalones eran de cuero o de tejido
grueso. Alrededor de la cintura se colocaban una correa o una faja roja; de
ellas sumaban las pistolas y el largo e infaltable cuchillo. Completaban el
atavío anillos en las orejas y tatuajes en los brazos y el pecho. Un conjunto
de indumentaria, a tono con su figura siniestra.
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