En una fría noche de invierno, la Muerte, bajo la
apariencia de un pobre viejo, entró en una casucha donde una madre velaba desde
hacía tres días y tres noches a su enfermo hijito. La pobre mujer, cansadísima,
se durmió un momento; pero cuando volvió a abrir los ojos poco después, ya no
vio al viejo ni al pequeñín. Se precipitó fuera de la casa, desesperada, y la
Noche, que estaba envuelta en un gran manto negro y sentada en la nieve, le
dijo:
-He visto pasar a la Muerte con tu niño en brazos.
Si me cantas todas las canciones de cuna que acostumbras cantarle a él, te
indicar el camino que han tomado.
La madre, llorando, cantó, y la Noche, satisfecha,
le indicó el camino del bosque. La pobre mujer penetró en el sin miedo, pero no
tardó en encontrarse ante dos caminos.
- Si me calienta sobre tu corazón, te indicaré que
camino ha tomado la Muerte -le dijo un rosal que crecía allí cerca.
La mujer lo estrecho con tanta fuerza contra su
pecho, que las espinas le penetraron en las carnes y las hicieron sangrar, y el
rosal bañado en aquella sangre, germinó milagrosamente. Después, indicó el
camino a la mujer, que reanudó su fatigosa marcha; pero al llegar a la orilla
de un lago, quedó perpleja porque no veía puente ni barca para poder pasar al
otro lado.
-Si me das tus ojos, que son las perlas más
relucientes que visto, te llevaré a la a la orilla -murmuró el lago.
Y la mujer, sin vacilar un momento, dio sus ojos;
pero como quedó ciega, no sabía hacia dónde dirigirse cuando llegó a la orilla
opuesta. Entonces, la guardiana del lugar le dijo:
-Si me das tus cabellos negros, te llevaré al gran
invernadero de la Muerte.
La madre dio sus cabellos, y la mujer la condujo a
un invernadero inmenso, donde crecían millones y millones de plantas, cada una
de las cuales representaba una vida humana. En medio de ellas, la pobre ciega
reconoció enseguida la plantita frágil de su hijo y se puso ante ella para
protegerla contra la Muerte, que precedida por un viento glacial, se estaba
aproximando.
-Devuélveme a mi hijo -sollozó la madre.
-Escúchame mujer -contestó la Muerte -, y ante todo
toma tus ojos, que he cogido en el fondo del lago, y mira en este arroyo. Ahí,
verás reflejadas dos existencias, una de las cuales es la reservada a tu hijo
en caso de que continúe viviendo. Pero no te puedo decir cuál de las dos es.
La mujer miró y vio una vida llena de felicidad y
de bondad, y otra llena de dolores y culpas.
-Pues bien, ¿qué quieres? ¿Deseas que viva o que lo
lleve conmigo al país desconocido?
Con el corazón angustiado, sin saber que desear, en
la horrible duda de que a su hijo le estuviera reservada la vida desgraciada de
penas y dolores, la pobre madre cayó de rodillas y oro:
-Dios Omnipotente, haz lo que quieras de mi hijo.
Lo que tú hagas estará bien hecho. Entonces, la Muerte partió con el niño en
brazos hacia el país lejano y desconocido.

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