La Santa Cruz, que se celebra el 3 de mayo, es una
festividad que se remonta a la época del México colonial; aunque en la
actualidad está casi por desaparecer, sólo los albañiles siguen con ésta bonita
celebración, colocando una cruz adornada con flores y papel picado de muchos
colores. Para celebrar el día de la Santa Cruz, dejemos que el cronista Luis
González Obregón nos relate la siguiente leyenda del bonito Estado de
Guanajuato:
I
En el antiguo camino que seguían los viajantes para
ir de Celaya a Salamanca, estaba la charca famosa, lugar muy pantanoso donde
las diligencias se atascaban, dándose el caso que para recorrer el corto tramo
que había entre aquellas poblaciones se emplearan hasta tres o cuatro días, con
desesperación infinita de los pasajeros y a costa de gran pujanza de los pobres
animales.
Siguiendo este camino se descubría a la izquierda
un alto y riscoso cerro -llamado de Culiacán-, y en su elevada cima una cruz
bastante venerada de los campesinos de los alrededores, principalmente de los
de Salvatierra y Cortázar, pues el legendario cerro se eleva en los límites de
estas dos municipalidades.
La cruz podía verse en los días apacibles, y en las
noches serenas y estrelladas, a la simple vista; no así en las mañanas frías y
nebulosas de invierno, o en las tardes o noches de tempestad, porque entonces
las espesas neblinas o los negros nubarrones la ocultaban.
En las noches de luna, durante un período de 20
años y por el segundo tercio del siglo XVII, las buenas gentes de las
rancherías y estancias circunvecinas escuchaban un llanto tristísimo, doloroso
y prolongado, como de persona angustiada a quien atormentasen materialmente o
sufriese cruel pena para la que no hallaba consuelo; y a la vez veían, o se
imaginaban ver, una blanca y vaporosa sombra, a modo de fantasma, que recorría
errante en torno del cerro, lanzando desgarradores gemidos…
Noche con noche se oía aquel llanto, y las
muchachas y mozos despreocupados decían con desdén: “Son aullidos de lobos o
coyotes”; las viejecitas de rugosos rostros y blancos cabellos aseguraban que
sería la Llorona, porque ella vive en la imaginación popular desde antes de la
Conquista; y la mayoría de los sencillos labradores de aquellos lugares
afirmaban que eran almas en pena, y todos santiguábanse devotamente.
II
Pero la Cruz del riscoso y elevado cerro tiene su
leyenda. Poco tiempo había transcurrido de la fundación de Salvatierra -que
según unos fue en 1673 y según otros en 1674-cuando un indio anciano, en unión
de su mujer y de una hija suya de 16 años, llegó cierto día a la cima del cerro
con los pocos muebles de su humilde hogar; y sin que nadie los ayudara, los
tres construyeron una choza, que desde entonces fue la habitación de aquella
familia, la cual vivía aislada, casi sin comunicarse con los pueblos y ranchos
situados en los bajos y en las laderas de dicho cerro.
Madre e hija iban los domingos a oír misa a la
iglesia de San Ángelo, del convento carmelita de Salvatierra, pero el indio
anciano tenía fama de hechicero e idólatra, y algún campesino contaba que lo
había visto hacer sacrificios de aves, ofrendas flores y quemar oloroso copal
ante un idolillo labrado en forma de culebra con plumas, que quizá figuraba al
dios Quetzalcóatl.
Otros lo habían sorprendido exhortando a su hija, y
poco más o menos la habían oído decir: “Tú, hija mía, eres preciosa como cuenta
y pluma rica; eres carne de mi carne y sangre de mi sangre; y pues tienes ya
sobrado uso de razón y muchas veces has visto crecer las cañas de las milpas,
reverdecer el pasto de los campos, florecer las rosas en los jardines y madurar
los frutos en los huertos, es preciso que entiendas que en este mundo no hay
verdadero placer ni descanso, sino sólo trabajos, aflicciones, abundancia de
miserias y pobrezas.”
“¡Oh, hija mía, botón tierno en tu niñez llora flor
en tu juventud! ¡Nuestra diosa Xochiquetzal te ha dado perfumes y belleza! Pronto
serás amada de los hombres, pero huye de los blancos que son malos como el Dios
Tlacatecólotl. Ellos se apoderaron de nuestras tierras; han esclavizado a los
nuestros para que encorvados con el arado labren las cementeras; para que
sepultados en las profundas tinieblas de las minas saquen el oro; para que
muevan como bestias las piedras de los molinos, y para martirizarlos a fin de
que entreguen los tesoros. Los encomenderos destruyen teocalis y quiebran
dioses; azotan y abofetean hasta hacer salir sangre; predican la humildad, y
son soberbios; predican la caridad, y despojan a los pobres; dicen: “Sed castos”,
y raptan doncellas; dicen: “No matarás”, y acuchillan mujeres, niños y viejos
al apoderarse de los pueblos.
“¡Oh inocente flor de estas montañas! ¡No pierdas
tu lozanía con su liviano aliento! Se cauta y huye de ellos como el cervatillo
cuando se acerca el cazador artero. Aborrécelos. Esos hombres no se saciarán
con todo el oro de las entrañas de nuestra tierra ni con el que arrastran las
aguas de nuestros ríos.
“Por esto, ¡oh virgen de estas soledades! Te he
traído a vivir en la cima del cerro del Dios de nuestros antepasados. Y primero
te daré muerte, quitaré la vida tu madre me sacrificaré yo mismo, antes que
consienta que seas de alguno de esos hombres blancos, que son malos como el
Dios Tlacatecólotl.”
Dicen que después guardó silencio el indio anciano
y retórico como eran los indios ladinos, que de seguro no pertenecía la bárbara
tribu otomí, principal pobladora del territorio de Guanajuato; y que por los
dioses que invocaba, el culto que les tenía y haber establecido su hogar en el
cerro de Culiacán, debe haber sido descendiente de los toltecas; tal vez sacerdote
gentílico, que en el silencio y apartamiento de aquella sima continuaba
oficiando con sus antiguos ritos.
La joven nada respondió: bajo los negros ojos,
púsose en pie y fue a escardar en un pequeño campo que cultivaba lado de la
choza.
III
¿Por qué aquel silencio de la joven india? Porque
amaba con pasión a un hombre blanco que vivía en las inmediaciones de Salvatierra,
y que la había conocido en esta ciudad, cuando, ya adulta, un buen misionero la
había bautizado poniéndole el nombre de María.
La rara y extremada hermosura de María había
cautivado a Pedro Núñez, que así se llamaba este joven de gentil presencia; y
ella, a hurtadillas de sus padres, había correspondido con inmensa ternura;
pero pasado algún tiempo el indio anciano lo supo y le dijo: “Nada ignoro, y
como te tengo advertido, primero te veré muerta que en brazos de uno de los
hombres enemigos de mi raza”.
María lloró mucho, y arrodillada ante el anciano le
pidió perdón por haberle desobedecido; mas dicen que no podía prescindir de
aquel amante, que la amaba con el más intenso amor, y que la iba a hacer su
esposa, pues aquel hombre, aunque blanco, era bueno.
El anciano, fiero e iracundo, no se convenció, y la
joven tuvo que ser depositada en la casa del Alcalde de Salvatierra, y un mes
después se verificó el matrimonio en la iglesia parroquial, con cantos, música
y flores.
María y Pedro Núñez eran felices. Se continuaron
amando como cuando eran novios, y como entonces, solían ir a pasear en las
tardes tranquilas cerca de la margen del río Lerma. Al oscurecer de una de esas
tardes un campesino encontró el cadáver de María y vio que un anciano indio
trepaba como fiera por los riscos del alto cerro; lo siguió, y ya en la cima,
contempló un vivo fuego de incendio que consumía la choza.
Desde la noche siguiente los moradores de aquellos
sitios comenzaron escuchar el tristísimo llanto de que ya se ha hablado, y
creyendo ver el fantasma blanco y vaporoso por las cercanías del cerro. Los
prolongados gemidos y las nocturnas apariciones duraron 20 años, y nadie podía
darse cuenta de los misteriosos alaridos y de las visiones espantables.
El campesino que encontró el cadáver de María,
temeroso de que sobre él pudieran recaer sospechas, no dijo a nadie nada; se
contentó con abrir una fosa en el mismo sitio en que halló a la joven muerta, y
la sepultó como si hubiera sido deuda suya.
Otra tarde, al cabo de los 20 años citados, todos
los que estaban cerca vieron que paso a paso, y con mucha dificultad por la
pesada cruz que llevaba las espaldas, subía por el alto y riscoso cerro un
fraile carmelita, y que una vez que llegó a la cima, dejó caer, para descansar,
la pesada cruz; que enseguida cavaba afanoso la tierra, y que por último,
afincada allí la cruz; cruz que desde esa memorable tarde abriría sus amorosos
brazos para proteger a los buenos campesinos de la comarca, y ante la cual en
las noches tranquilas iría a orar el mismo fraile carmelita, que en el mundo
llamose Pedro Núñez.
Cuenta la leyenda que entonces cesaron para siempre
los gemidos espantables que perduraron tantos años, y que al resplandor de la
silenciosa luna solía verse junto al fraile la figura vaporosa de María.

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