En aquellos tiempos
ya pasados, en que su Majestad del Rey de ambas Españas, la Vieja y la Nueva
imperaba en lo absoluto en sus dominios de Europa y de Indias; en aquellos tiempos en que las hogueras
del Santo Oficio de la Inquisición se encendían de cuando en cuando, para
achicharrar herejes, aunque no con la frecuencia ni en el número que el
espíritu moderno de partido les atribuye; en aquellos tiempos en que la
libertad de pensar tenía sólo las válvulas del pasquín o del anónimo, y los
autores de libros divinos o profanos para publicarlas necesitaban de licencias
que llenaban sus primeras páginas; en aquellos tiempos, el Sufragio Libre se
había refugiado en las celdas y en los claustros, como muchas cosas del mundo
moral, literario y político.
Pero sucedió con
frecuencia que, en las elecciones de prelados en los monasterios de religiosas,
y de priores o guardianes en los conventos de frailes, la mansedumbre de
aquellas y la humildad de éstos, tornaba se en soberbia insurrección, cuando el
inimicus homo, bajo las tocas monjiles o bajo de los sayales frailunos,
enroscaba las víboras de la envidia o de la intriga, tentándolas y tentándolos
con la diabólica libertad democrática del Sufragio Libre. El odio entre
criollos, los nacidos aquí y gachupines, los españoles advenedizos, no
intrigaba poco en las elecciones conventuales; pero los criollos pretendiendo
ser inferiores en saber, virtud y religión a los españoles y éstos a pesar de
ser de la misma raza de sus descendientes, presumían de más talentos, austeros
y observantes; y de aquí nacieron los dos partidos, de los cuales resultaban en
cada elección facciones al designar cada uno prelado de su respectiva
nacionalidad.
Con el fin de
remediar el mal, Virreyes hubo que solicitaron del Soberano y del Papa, Cédulas
reales y Letras apostólicas, a fin de introducir reformas en las elecciones; y se
ordenó que los cargos y puestos de las religiones se alternasen cada tres o
cuatro años entre gachupín es y criollos, esto es, que en un trienio y en un
cuatrienio gobernarían los españoles en otro los nacidos en esta tierra, y “con
su observancia -dice el Marqués de Mancera- disminuyeron aunque no cesaron los
inconvenientes”. Más las divisiones o partidos no sólo existieron entre
europeos y nacionales, alcanzaron también a las “castas” y con este motivo la
antigua Orden de San Francisco, que por contener mayor número de individuos
tuvo mayor diversidad de castas, necesito compartir la alternativa en tres
clases: entre la de los españoles, la de los criollos y la de los mestizos;
significándose en la primera los naturales y profesos en la Península española;
en la segunda los hijos del reino de la Nueva España, en nacimiento y hábito, y
en la tercera los que habiendo nacido en Europa tomaron el hábito en Indias.
Acudieron, no
obstante estas equitativas disposiciones, a medios reprobados los exclusivistas
y sucedió que, los nacidos en Indias sólo admitían a sus conterráneos en los
conventos para eludir las alternativas; pero sucedió también, que habiendo
habido necesidad de traer religiosos peninsulares, por la escasez que había de
ellos en el país, luego éstos pretendieron entrar a ejercer los cargos
preeminentes. Y de aquí tornaron a encenderse los odios, y volvieron a ser
reñidas las elecciones en los conventos, degenerando muchas veces en tremendos
motines; propinándose los contendientes, de los bandos o partidos que se
formaban -lo mismo entre monjas que entre frailes- insultos y hasta golpes, y
resistiéndose los vencidos a prestar obediencia a los que habían sido elegidos.
Las crónicas y los diarios de sucesos notables de aquellos tiempos refieren
muchos de esos motines, y como muestra citaremos ahora solamente dos de los más
típicos.
Cuenta Tomás
Gage -fraile dominico que vino a México hacia 1625- que estando él aquí, los
religiosos del convento de la Merced se juntaron a capítulo para elegir un
Provincial de su Orden. “Habían acudido -dice-los comendadores y padres graves
de toda la provincia, pero estaban divididos en facciones, y sus opiniones no
se podían conciliar. Se cruzaron los pareceres, siguieron las disputas; de las
razones pasaron a las injurias, y de las palabras a las manos; el convento se
convirtió en oficina de querellas, y la reunión canónica en motín. Ni se
contentaron los reverendos padres con algunos pescozones y puñadas, sino que
tiraron de los cuchillos y navajas, cayendo muchos heridos en la refriega. Al
cabo fue menester que el virrey mediara con su persona, asistiera al capítulo y
pusiera guardias hasta que salió elegido el Provincial”.
Las monjitas no
eran menos bravas. Llegaba, por ejemplo, la elección de Abadesa. Al son de
campana se reunían en el coro, en la sala capitular o en una capilla del
monasterio. Iban desfilando unas en pos de otras la Vicaría, la que fungía de
Secretaria, la Maestra de Novicias, las porteras, las provisorias, la
sacristanas, las enfermeras, las celadoras y todo el resto menudo de la
comunidad que no tenía cargos ni dignidades. Sucedía que la Madre Abadesa
quería violar el Sufragio Libre, reeligiéndose o imponiendo candidata de su
gusto; y aquí la democrática mansedumbre monjil armaba la gran bronca; y
acontecía con frecuencia, lo que sucedió el viernes 30 de septiembre de 1701 -Así
nos lo cuenta don Antonio Robles- que “como a las nueve del día, poco más o
menos, fue el señor Arzobispo (Ortega y Montañez) en la carroza del provisor,
el cual y el canónigo don Rodrigo Flores, fueron acompañándole al Convento de
la Concepción, por habérseles dado aviso de que había motín entre las
religiosas contra la abadesa, y que la querían matar, como hubiera sucedido si el
señor Arzobispo deberá tardar una hora, el cual ha sosiego y compuso con harto
trabajo, por estar tan inquietas, que al mismo arzobispo respondían y hablaban
con resolución y claridad”.
¡Y todo esto,
por el intrigante diablillo del Sufragio Libre, que entonces había entre monjas
y frailes y en tiempos más actuales entre partidos políticos, pues vuelve fieras
a las gentes más sencillas, humildes y bien intencionadas!

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