Hacia la
mitad del siglo XVII, el poder marítimo español había disminuido sensiblemente.
Esto era satisfactorio para el gobierno inglés en esa época, y
consecuentemente, las andanzas de los corsarios disminuyeron. En cambio
aumentaron, en torno a las islas y costas del mar de las Antillas, las de los
piratas. Para éstos siempre había un barco que atacar una ciudad por saquear.
Fue en ese
periodo cuando actuaron los bucaneros. Éste nombre fue dado primero a los
habitantes de Haití. Eran blancos de diversos orígenes que se habían
establecido en la isla como colonos. Comían carne que aunaban sobre el
“boucan”, artefacto formado por palos usados precisamente para ese fin. Del
nombre “boucan” derivó el de bucaneros, que vino a ser sinónimo de piratas.
Primero
fueron simples cazadores y pastores. Cuando la isla se empobrecen productos y
salvajina, y los bucaneros no encontraron con que vivir en los bosques, lo
buscaron fuera de la isla, especialmente en el mar. Y siguiendo el ejemplo
dejado por Drake y sus hombres, se hicieron piratas: en vez de seguir las
pistas de los bueyes, casaron galeones. Los ingleses que se encontraban entre
ellos se llamaban “freebooters” o sea merodeadores, término del que derivaron
el francés “filibustiers” y el castellano “filibustero”. Durante un tiempo, los
bucaneros se distinguieron de los filibusteros; pero luego los dos nombres
sirvieran para designar, indiferentemente a los piratas de las Antillas de los
piratas en general.
La guarida
de los bucaneros estuvo situada, durante mucho tiempo, en una isla muy adecuada
para ese fin. Tiene un sólo camino de acceso, y alrededor se elevaban costas
altísimas y ripios completamente inaccesibles. Los descubridores de la isla la
habían combatido al dorso de una enorme tortuga, y por eso la denominaron La
Tortuga. De ese refugio, y luego de otro situado sobre las costas de Jamaica,
partieron las expediciones de las más grandes y crueles piratas de la época:
Bartolomé Portoghese, Francisco Nau, llamado “el Olonés”, Rock “el brasileño” y
el famoso Enrique Morgan.
Estos
canallas, que se llamaban entre sí “hermanos de la costa”, durante más de medio
siglo sembraron el terror en las colonias españolas de América Central, de
México y de sus costas septentrionales de América del Sur.
Táctica de
combate
Era muy
difícil que un barco enemigo, que pasará lejos, no fuera avistado por los
piratas. Durante las travesías, todos los ojos estaban fijos en el horizonte,
porque el primero que viera una presa tenía derecho a un premio. Cuando una
vela estaba a la vista, la tripulación tomaba las armas y corría a su puesto de
combate. En la proa se colocaban los que estaban armados de mosquete; otros se
extendían sobre el puente para no ser vistos. Entre tanto, el timonel conducía
el barco a toda velocidad sobre la estela del otro. En esa forma le presentaba
siempre la proa, ofreciéndole un blanco estrecho en caso de que disparara.
Una vez
junto a la presa, los piratas enganchaban su barco al otro. Una orden del
capitán, saltaban sobre el puente enemigo. Cuando la tripulación de los barcos
atacados se rendía, los piratas se apoderaban de todo lo de valor que
encontraban a bordo.
Las Leyes de
la Piratería
La vida de
los piratas, en lo que se refería a la casa de cada uno, a los deberes hacia
sus compañeros, ya los derechos al botín, era regulada por normas escritas que
se llamaban “carta partida”.
Los feroces
piratas, capaces de toda clase de infamias, solían comportarse entre ellos
formando una especie de fraternidad delictuosa, nacida a veces en el mismo
presidio. Por eso constituyeron una fuerza inmensa, regida por una disciplina
feroz, impuesta por los más fuertes.
La parte de
botín de los tripulantes aumentaba en caso de heridas, y cada herida tenía su
precio. Así, por ejemplo, la pérdida de los ojos o de las piernas tenía un
premio de 600 escudos; la pérdida del pulgar o del índice de la mano derecha, o
de un ojo, 300 escudos; por cada otro dedo, 100 escudos, y así sucesivamente.
A menudo,
los barcos y su material eran puestos a disposición de los piratas por una
sociedad o un “caballero” particular. En ese caso correspondía a estos
cómplices una tercera parte del botín.

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