domingo, 5 de junio de 2016

Los bucaneros

Hacia la mitad del siglo XVII, el poder marítimo español había disminuido sensiblemente. Esto era satisfactorio para el gobierno inglés en esa época, y consecuentemente, las andanzas de los corsarios disminuyeron. En cambio aumentaron, en torno a las islas y costas del mar de las Antillas, las de los piratas. Para éstos siempre había un barco que atacar una ciudad por saquear.
Fue en ese periodo cuando actuaron los bucaneros. Éste nombre fue dado primero a los habitantes de Haití. Eran blancos de diversos orígenes que se habían establecido en la isla como colonos. Comían carne que aunaban sobre el “boucan”, artefacto formado por palos usados precisamente para ese fin. Del nombre “boucan” derivó el de bucaneros, que vino a ser sinónimo de piratas.
Primero fueron simples cazadores y pastores. Cuando la isla se empobrecen productos y salvajina, y los bucaneros no encontraron con que vivir en los bosques, lo buscaron fuera de la isla, especialmente en el mar. Y siguiendo el ejemplo dejado por Drake y sus hombres, se hicieron piratas: en vez de seguir las pistas de los bueyes, casaron galeones. Los ingleses que se encontraban entre ellos se llamaban “freebooters” o sea merodeadores, término del que derivaron el francés “filibustiers” y el castellano “filibustero”. Durante un tiempo, los bucaneros se distinguieron de los filibusteros; pero luego los dos nombres sirvieran para designar, indiferentemente a los piratas de las Antillas de los piratas en general.
La guarida de los bucaneros estuvo situada, durante mucho tiempo, en una isla muy adecuada para ese fin. Tiene un sólo camino de acceso, y alrededor se elevaban costas altísimas y ripios completamente inaccesibles. Los descubridores de la isla la habían combatido al dorso de una enorme tortuga, y por eso la denominaron La Tortuga. De ese refugio, y luego de otro situado sobre las costas de Jamaica, partieron las expediciones de las más grandes y crueles piratas de la época: Bartolomé Portoghese, Francisco Nau, llamado “el Olonés”, Rock “el brasileño” y el famoso Enrique Morgan.
Estos canallas, que se llamaban entre sí “hermanos de la costa”, durante más de medio siglo sembraron el terror en las colonias españolas de América Central, de México y de sus costas septentrionales de América del Sur.

Táctica de combate
Era muy difícil que un barco enemigo, que pasará lejos, no fuera avistado por los piratas. Durante las travesías, todos los ojos estaban fijos en el horizonte, porque el primero que viera una presa tenía derecho a un premio. Cuando una vela estaba a la vista, la tripulación tomaba las armas y corría a su puesto de combate. En la proa se colocaban los que estaban armados de mosquete; otros se extendían sobre el puente para no ser vistos. Entre tanto, el timonel conducía el barco a toda velocidad sobre la estela del otro. En esa forma le presentaba siempre la proa, ofreciéndole un blanco estrecho en caso de que disparara.
Una vez junto a la presa, los piratas enganchaban su barco al otro. Una orden del capitán, saltaban sobre el puente enemigo. Cuando la tripulación de los barcos atacados se rendía, los piratas se apoderaban de todo lo de valor que encontraban a bordo.

Las Leyes de la Piratería
La vida de los piratas, en lo que se refería a la casa de cada uno, a los deberes hacia sus compañeros, ya los derechos al botín, era regulada por normas escritas que se llamaban “carta partida”.
Los feroces piratas, capaces de toda clase de infamias, solían comportarse entre ellos formando una especie de fraternidad delictuosa, nacida a veces en el mismo presidio. Por eso constituyeron una fuerza inmensa, regida por una disciplina feroz, impuesta por los más fuertes.
La parte de botín de los tripulantes aumentaba en caso de heridas, y cada herida tenía su precio. Así, por ejemplo, la pérdida de los ojos o de las piernas tenía un premio de 600 escudos; la pérdida del pulgar o del índice de la mano derecha, o de un ojo, 300 escudos; por cada otro dedo, 100 escudos, y así sucesivamente.
A menudo, los barcos y su material eran puestos a disposición de los piratas por una sociedad o un “caballero” particular. En ese caso correspondía a estos cómplices una tercera parte del botín.

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