domingo, 19 de junio de 2016

Sobre el museo Franz Mayer, localizado en el Centro Histórico de la Ciudad de México frente a la Alameda, se sabe que el predio donde se levanta el edificio se remonta a los inicios del Virreinato. En ese espacio se ubicaba la alhóndiga destinada al peso de la harina. En 1582, el inmueble fue cedido al doctor Pedro López, primer doctor en medicina graduado en la Real y Pontificia Universidad de México, que lo convirtió en el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados. A principios del siglo XVII, el hospital quedó a cargo de la orden religiosa y hospitalaria de San Juan de Dios; también fue sede del noviciado y sitio de preparación para los hermanos en el cuidado de enfermos y fundación de nuevos hospitales. Al suprimirse las órdenes hospitalarias en 1820, el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados pasó a manos del Ayuntamiento de la ciudad y posteriormente las Hermanas de la Caridad se hicieron cargo de él. En 1865, cuando el emperador Maximiliano de Habsburgo reglamentó la prostitución, el edificio se convirtió en un hospital destinado a la atención de mujeres con enfermedades venéreas. Las Hermanas de la Caridad lo administraron hasta 1874, en tanto Benito Juárez decretó la suspensión de las comunidades religiosas. En 1875, el sanatorio tomó el nombre de Hospital Morelos, pero fue mejor conocido como Hospital de la Mujer hasta 1876.
En la actualidad es un museo, y el nombre de éste procede de su fundador, Franz Mayer, coleccionista y filántropo mexicano de origen alemán, que donó al pueblo Mexicano todas las obras que había conseguido reunir durante su vida a la muerte del señor Franz Mayer, en 1975, el patronato que él mismo nombrara decidió exhibir la colección en un espacio que fuera de fácil acceso para el público de la Ciudad de México. Después de algunas gestiones, se consiguió un inmueble cuyos antecedentes se remontaban al siglo XVI, y que sufrió múltiples cambios, adaptaciones y reconstrucciones. El museo posee una de las mejores colecciones de arte del país. Franz Mayer también legó un importante fondo de libros que al día de hoy constituyen la prestigiosa biblioteca del Museo, en la que existe un gran número de ediciones de Don Quijote de la Mancha. Anteriormente, en lo que era la sala de textiles de ese museo, que estaba ubicada en la segunda planta de este antiguo predio y que por muchos años fue utilizada como anfiteatro, un lugar destinado a la disección de los cadáveres, es donde se encontró una prueba o los elementos que podrían ser parte de los sucesos extraños que se comentan en torno a esta edificación.

Los testimonios

Don Graciano, que lleva más de 15 años trabajando a unos metros de la iglesia de San Juan de Dios, sabe muchas leyendas y relatos que le han contado amigos y gente que se acerca a su puesto. Esta persona cuenta que cierta tarde fría del mes de julio lloviznaba y estaba ahí uno de los muchachitos que viven en la calle (anteriormente ahí se juntaban y vivían muchos de los llamados “niños de la calle”; todos vivían en una coladera); el muchacho en cuestión sufría de alguna enfermedad porque se quejaba mucho, ahí estuvo por varias horas y probablemente días.
Tanto fue el dolor, que llegó una ambulancia por él y, lamentablemente murió. Lo extraño es que sus amigos y algunas personas que no sabían de este suceso, aseguraban oír los quejidos del joven, y esto ocurrió por un buen tiempo; incluso hasta lo llegaron a ver.
Una de las trabajadoras del museo que contó su experiencia, bajo consigna de omitir su nombre por cuestiones laborales, relató que cuando le asignaban el cuidado de alguna de las salas del Franz Mayer, la de  textiles es la que más miedo le daba. Por todo lo que se contaba de esa sala, ya que fue anfiteatro por mucho tiempo, y además la sensación tan especial que se sentía en esa área que realmente incomodaba, esta mujer prefería mandar ahí a las nuevas trabajadoras que no sabían la historia de la sala. También se averiguó con otros miembros del personal que tienen ya tiempo laborando en el museo, que en ciertas partes hay ligeros cambios de temperatura (a pesar de la calefacción), ruidos, pasos y se ven personas o bultos caminar rápidamente cuando uno está mirando para otro lado, pues ellos los notan con el rabillo del ojo, pero que no lo cuentan porque hay quienes se burlan o no entienden estas cuestiones, pero esta serie de pequeños sucesos es un secreto a voces entre el personal de ese inmueble.

El misterioso rostro en una manta

Este sitio cuenta con toda la parafernalia para que sucedan hechos raros, ya que por antigüedad e historia posee lo necesario para que se hable de encuentros misteriosos como sucede en otros sitios de características similares.
En esa sala anfiteatro, que era la de textiles, uno podía apreciar entre las vitrinas la enigmática cara de un niño que se forma entre los bordes, reflejos y doblados de una de las mantas, observándose sólo desde cierta perspectiva, lugar y ángulo.
En la actualidad, y después de varios reacomodos, esta interesante sala que en su momento fungió como anfiteatro y hasta como la sala de textiles del museo, tiene ahora una muestra extraordinaria de objetos de plata que llevan por nombre El esplendor de la Plata. Una excelente salida para un fin de semana es este museo para ver los objetos cargados de historia; y si ya te picó mucho la curiosidad puedes preguntar discretamente a los trabajadores sobre los extraños acontecimientos, seguramente encontrarás testimonios muy interesantes y que te harán reflexionar sobre hacia dónde vamos todos al morir.

Fuente: El Centro Histórico, experiencias del más allá

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