domingo, 26 de junio de 2016

El Puente del Cuervo (Hoy Tercera de República de Colombia)

Allá por el siglo XVI había en ésta calle un puentecillo, sobre el que se posaba lóbrego cuervo, animal siniestro de negrura imponente, que tuvo gran parte en la tradición que se refiere por el vulgo, y que vamos a contar, haciéndonos eco de lo que se comentaba sobre la vida y costumbres de don Rodrigo de Ballesteros, que vivía por aquel barrio a espaldas del colegio de los Jesuitas por el año 1593.
Fue capitán de arcabuceros don Rodrigo de Ballesteros, en los reales ejércitos españoles; salió herido en la batalla de San Quintín, y para premiar sus servicios el Rey Felipe II, lo envió a estas tierras de la Nueva España a una encomienda de Azcapotzalco.
Era un hombre fuera de lo común el señor de Ballesteros; alcanzaba ya los 70 años, de baja estatura, de voz estentórea, con sus ojos disparejos, de genio violentísimo, odiaba a los niños que veía y hasta los maltrataba, resultando antipático a cuantos lo conocían y trataban.
Habitaba una casa de hermosa apariencia y comodidades, haciéndose servir por creados de librea vistosa, y usando a las comidas rica vajilla de plata, pero como contraste con todo este boato en muebles y tapices, lo Rodrigo en su persona daba la impresión de la abandonó más completo, vistiéndose un traje raído y lleno de remiendos por todas partes. Por muchos años sólo se le vio un capellán de damasco aplomado salpicado de manchas, descolorido por completo, hasta el punto de parecerse a una paleta de pintor llena de colores de diversos matices, y sobre todo esto lucía la roja cruz de Santiago, con verdadero cinismo de hombre despreocupado.
La voz pública del barrio hablaba pésimamente de su conducta licenciosa, pues tenía íntimas amistades y tratos con judíos y gentes por el estilo y de esa ralea. Jamás iba a misa, lo cual en aquellos tiempos de rigurosas observancias católicas causaba escándalo a las gentes, quienes acabaron por llamarle el “excomulgado”.
Otra de sus rarezas consistía en la preferencia que por los animales sentía; su casa era una Arca de Noé. Les hablaba como si lo entendieran, y la gente aseguraba que él entendía muy bien el lenguaje de los irracionales, siendo de todos el de su absoluta predilección un cuervo horrible de negrura pavorosa, pero que era el dueño de la casa, gozando en ella de grandes privilegios. Su dueña lo llamaba el “diablo”, y ¡ay de los servidores que se propasaran haciendo algo molesto para el animalucho!
Los sirvientes se disculpaban ante cualquier cosa que se rompiera o se estropeara con el “diablo”; lo ha hecho el “diablo”, decían, y don Rodrigo contestaba: “Bien está así lo ha hecho el “diablo”… De manera que como tantas veces se dijera semejante nombre de “diablo” y como se supieran sus costumbres relajadas, rodeó al español arcabucero malísima fama, y hasta se decía que tenía tratos con el mismísimo demonio, y el colmo de las murmuraciones fue cuando de pronto, sin que nadie supiera como, desaparecieran de la casa del señor y el cuervo, envolviendo esta doble ausencia el misterio más absoluto.
Por más pesquisas que se hicieron, nada se supo, encontrándose solamente un Santo Cristo manchado de sangre y cubierto con plumas del cuervo, lo que hizo suponer que habían azotado la sagrada imagen y así lo repetía la voz popular, que añadía que estarían en el infierno sufriendo el castigo de tanta infamia como habían ejecutado en la tierra.
Ni de regalo quería nadie irse a vivir a aquella casa que fue de don Rodrigo de Ballesteros. El polvo, la polilla, las telas de araña lo ocuparon, convirtiéndose la mansión en una ruina enterrada en aquellos barrios, esperando aquel tiempo la aniquilada por completo.
Como algo misterioso, al año de todo esto apareció, como antes dijimos, el maldito cuervo sobre el puentecillo referido, dando graznidos tétricos, siniestros, que helaba la sangre, y a las 12 de la noche desaparecía el animal. A la madrugada del siguiente día, de nuevo estaba graznando cual si deseara algo, pues al parecer una ronda, volaba al balcón de la vieja morada donde seguía en sus gritos infernales y horripilantes.
Desde entonces la calle se llamó de “El Puente del Cuervo”, y se decía que en las noches oscuras y lluviosas, cuando el vendaval movía las ventanas produciendo chirridos como quejas conmovedoras, y los relámpagos deslumbraban momentáneamente, se escuchaban las risas de un esqueleto producidas por el chocar de sus mandíbulas huesosas y sus manos descarnadas acariciaban un cuervo con cariño…

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