domingo, 24 de julio de 2016

La monja y la decapitada (Sucedió en las calles del Apartado, hoy Corregidora)

¿Quién es esa monja de la voz doliente que gime por los patios conventuales? ¿Quién es el espectro a quien persigue sin lograr darle la paz? ¡Son la monja y la decapitada! Reza esta conseja colonial del siglo XVII. Sabor colonial y misterioso el de esta casa de los condes de Villaverde, que se levantaba en donde hoy es la plazuela Aquiles Serdán. En su frontispicio, fueron quedando grabados los escudos condales de las rancias familias que la habitaron, en sus hornacinas, los santos que fueron de la devoción de los linajudos barrios, Quesadas y los López, de Peralta y Villar y Villamil. Famosa fue la casa que quedaba frente al “Colegio de las Bonitas”, hoy escuela de la Corregidora, porque en ella vivió la “Güera” Rodríguez.
En la época en que ocurrieron estos hechos, habitaron la casona don Genaro García de Villanueva y su esposa, la condesa doña Mariana de Pedroza; casados por conveniencias familiares, y de índole económica, don Genaro y doña Mariana casi eran niños cuando se desposaron. Se dijo que el conde no amaba a la condesa, y que ella lo amo con locura, y todos los días ella le pedía a la virgen por su amado conde para que nunca se alejara de su lado. Nunca, hasta que vio acercarse a la madurez, la condesa temía tanto perder el cariño del conde.
En casi toda la colonia era sabido que el conde sostuvo amoríos con una joven y bella mujer llamada Juana de Armendáriz, que vivía en la calle del Apartado, después de la Moneda. Era costumbre del maduro galán, el despedirse de la amante no bien amanecía. Como desde hacía varios meses, al llegar a su casa el conde se encontró con la misma escena: su esposa lo aguardaba en vela. La condesa no hizo dramáticas escenas al marido, pero cada día, cada noche, sentía que los celos y el rencor corroían más su corazón.
Al fin, después de semanas y semanas de noches de lloros y de angustias, la condesa decide actuar contratando a alguien para que averiguara el nombre de aquella mujer y en donde vivía. Días después, con los datos que comprara, la condesa se dirigió a la casa de la amante de su esposo. Si ningún plan de violencia; además sentía a veces temor de enfrentarse esa mujer y en muchas ocasiones trato de desistir de aquella empresa. Más los celos y su orgullo herido, le daban fuerzas, sabía que Juana estaba sola, según le informara el espía que ella pagara.
Su mano trémula levanta el pesado aldabón y al fin, después de una pausa, lo dejó caer varias veces… Las dos mujeres comenzaron a discutir muy acaloradamente, hasta que la condesa cansada de escuchar las ofensas de Juana y sorda por la ira y la desesperación, sacó un puñal y lo tiro hacia el pecho de su odiada rival, más quiso el destino que la punta pegara sobre un medallón y quebróse la hoja sin cumplir su trágica misión. Al ver aquello, Juana se llena de soberbia y se burla de la condesa diciéndole que era una anciana y una vieja decrépita; loca, ciega de ira, doña Mariana reparo en una espada que se encontraba colgada en la pared y la cogió decidida, y acto seguido lanzó furioso, diabólico mandoble contra aquella mujer que sea burlándose. Fue tan tremendo el golpe, llevaba tanta furia, que la filosa espada degolló a la mujer.
Durante unos minutos, la condesa permaneció muda ante aquel cuadro macabro, sangriento y espantoso, después, sus ojos se hicieron enormes; su mente se dislocó y presa de una enajenación comenzó a reír y creyó oír como la cabeza se burlaba de ella. Fuera de sí, furiosa, impulsada por el diablo, doña Mariana pateó la cabeza de su víctima. Pero poseída de esa locura que suele invadir a los criminales, siguió oyendo a la cabeza burlarse de ella, trató de cubrirla pero todo fue inútil. Siguieron unos momentos espantosa confusión, en que pareció que la condesa vencía al fin y a veces, que aquella cabeza se defendía, y al fin vencida por sus nervios, por no poder resistir aquella emoción terrible, la mujer se desmayó. Más quiso la suerte que despertará antes de la hora en que llegaría el conde según le informaron, y al ver la sangre se da cuenta del crimen que acaba de cometer; entonces aprovechando la ausencia del conde quema las ropas manchadas de sangre. Ordenó al cochero que enganchara el tiro de caballos y aprovechando la oscuridad de la noche, se alejó de la ciudad.
Horas después llegó a su casa de campo, situada en lo que hoy es calle del Doctor Garciadiego, colonia de los Doctores, y ordenó a los criados que si preguntaban, dijeran que ella llegó desde el día anterior por la tarde.
Al día siguiente, la colonia se espantó al saber la noticia de la muerte de doña Juana de Armendáriz. Ante aquel espantoso crimen, el Santo Oficio decide investigar a fondo, al final de cuentas, por orden del virrey, por lo que se le pide a la condesa regresar a su casa de la calle de Villamil, en donde le interrogaron, pues todo apuntaba a que ella era la asesina. Los investigadores del Santo Oficio se retiraron ante la insistencia de la condesa de sostener su inocencia.
En el interior de la casa de los condes, la candente acusación brotó de labios del dolido esposo, pero la cara impasible, fría de la condesa, no reveló sino un rictus de burla en la comisura de sus labios. Huyendo de la maledicencia popular y de la continua acusación del conde, la mujer regresa esconderse a su casa de campo, afuera de la traza, esa misma noche; de pronto, los caballos relincharon espantados, se encabritaron y se negaron a seguir. ¡Hacia delante había algo que les causaba miedo! Presa de terror, la condesa se dio cuenta que apareció ante ella el espectro de Juana sin cabeza, el cual extiende sus manos en actitud de imploración hacia aquella que le había dado muerte, y cuanto más se acercaba aquel fantasma decapitado, creció el pavor de la mujer. Logró al fin la condesa eludir aquella aparición y fustigó a los caballos huyendo del lugar a toda carrera.
Al día siguiente, la condesa trató inútil y desesperadamente de recordar en donde pudo esconder la cabeza de Juana de Armendáriz, pero si ella trataba de recordarlo durante el día, por la noche alguien llegaba a refrescarle la memoria: el espectro de Juana que imploraba ante el balcón. Noche a noche la condesa escuchaba el macabro arrastrar de aquellos pies y sentía que le tocaban esas manos suplicantes; al mismo tiempo, el conde agobiado por el dolor de la muerte de su amante, se ahoga en vino, y como el vino no lograba aminorar su pena, decidió poner fin a todo escándalo y se ahorcó.
Temerosa y transida de dolor por la muerte del esposo, la condesa decidió refugiarse en un convento y llevando una cuantiosa dote, ingresó como novicia en el convento de las Carmelitas Descalzas, que se localiza, aún en nuestros días, junto a la iglesia del cerrito en la Villa. La mujer cayó el secreto que la atormentaba, mientras pedía a Dios la iluminación para encontrar la cabeza de Juana de Armendáriz, porque el espectro le imploraba y la seguí hasta el convento y la llamaba noche a noche. Era ya un tormento horrible aquel arrastrar de pies hasta cerca del ventanillo de su celda. Y es tanta la frecuencia con que se apareció el espectro, que varias monjas pudieron verle.
La noche del 14 de octubre de 1689, la condesa sufrió un intempestivo ataque, cayendo presa de estertores delirantes, se levantó como una sonámbula, y con la astucia que suele ayudar en estos casos, salió a la calle por la puerta de la capilla, y sin que nadie la vea, continuó hacia la calle repitiendo: “¡ya la veo… Ya la veo… Si… Al fin sé en dónde está”. Rascando con sus propias manos, hizo un hoyo en un solar baldío, y después de excavar con febriles movimientos, extrajo la cabeza descarnada de Juana de Armendáriz, a la que la luna ilumina en forma espantosa.
Con aquella cosa horripilante, volvió por sus pasos tomando la misma calle de Medicinas; mientras tanto, la hermana Refugio de Carabantes, que parecía disentería, salió al patio descubriendo la puerta interior de la capilla abierta, e inmediatamente da noticia de ello. Con gran estupor las monjas viejas comprobaron que lo dicho por la hermana Refugio era verdad, por lo que se convocó a una reunión urgente para ver si alguna de las novicias se había escapado; aún no se cumplía la orden, cuando la portera descubrió algo en el interior de la capilla: una novicia venía entrando con una cabeza humana en las manos. Doña Mariana, presa de una extraña hipnosis, extendió hacia las monjas la cabeza de doña Juana de Armendáriz, y cuando presas del terror no la recibieron, la condesa la dejó caer para ella misma dar sobre el suelo, desmayada.
Fray Juan Manuel de Pazos se hizo cargo al día siguiente del despojo humano, al que dio sepultura junto con su cuerpo, en el cementerio en donde fuera enterrada la mujer por su amante conde.
Y cuenta esta leyenda que jamás volvió a merodear por el convento, ni las calles de la capital de la Nueva España, aquel espectro sin cabeza. ¿Más, que fue de la condesa-novicia después que hubo entregado aquel despojo? Se  supo muy muy poco al respecto, pero se dice que reveló el secreto que agobiaba su alma. Los anales conventuales son secretos, más se dijo en ese tiempo que la condesa fue despojada del hábito de novicia, pues con el pecado que traía cuestas no le permitieron profesar. Su cuerpo fue cubierto con una saya gris de penitente, se le mantuvo encerrada en una celda.
La leyenda termina aquí. ¡Nunca se supo que fue de ella! Ni cómo ni cuándo, la noche del asesinato oculto la cabeza de su rival. ¿Cómo explicárselo del fantasma decapitado?, lo de la cabeza. ¿Demencia de la condesa o castigo divino?… Ustedes dirán

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