No le importaba a don Gonzalo que
fuesen bonitas que fuesen feas. Don Gonzalo Venegas de Quesada era ecléctico en
la elección; le gustaban todas las mujeres, absolutamente todas, sin
preferencias. Pero de ninguna mujer se enamoraba, sino que únicamente tenía el
obstinado capricho por ella hasta que satisfacía sus malos deseos, y luego,
abandonada dejábala y se iba a otra con exaltado incansable, sin apagar nunca
sus ansias quemantes.
Era un ejercicio singular andar
robando corazones y ensuciando virginidades. ¡Maldito hombre éste! A su
voluntad había encadenado muchas voluntades. Detrás de sí no dejaba el mal
caballero, a los largo de toda su vida, sino desesperaciones, lágrimas y
arrepentimientos, que fueron a refugiarse muchas veces en los conventos para
esperar allí el perdón por sus pecados de amor.
¡Qué vida esa de don Gonzalo! Dedicada
toda ella, por entero, a menoscabar honras, a derribar la entereza de las
vírgenes. Su vida siempre estaba cautiva en los lazos de la concupiscencia más
abyecta, salpicando de verano las flores de las virtudes. Su gozo era inquietar
doncellas, manchándoles los candores de su pureza. Envenenaba el sagrario de la
conciencia si el menor remordimiento,
todo risas, con suavidad melosa en sus palabras, con las que sabía derretir
negativas.
El pérfido y ruin don Gonzalo
Venegas de Quesada. Todas las maldades resplandecían en el fondo de sus ojos
verdes. Era un enamorador de oficio, hidrópico de deseos; el diablo lo guiaba
hábilmente en su camino de perdición; estaba Belcebú declarado en favor suyo y
le allanaba con toda delicia cualquier dificultad para que alcanzara la flor
del placer, para que su pasión gozase satisfecha. No le bastaba todo el corazón
para la plenitud de su gozo. Por un solo deleite daba años de vida don Gonzalo.
Pasaba sus días en sones, bailes y
danzas, bañándose como en agua rosada en sus vicios. Navegaba como por un mar
de dulzor, era un Aranjuez de todos gustos. Vivía éste hombre prosperado y
abastado de riquezas, pues que siempre le corrió buena dicha; pero eso sí, no
daba paso sin pecar, no hacía cosa buena nunca, no había torpeza que no
ejecutara y con escándalo siempre; este marco del escándalo lo ponía, alegre, a
sus hechos. Estaba oscurecido en abominaciones y por eso tenía el alma sucia
como un corral de vacas. A juzgar por lo que hacía, parece que se declaró por
enemigo de Dios, desatendiendo todas sus santas leyes; iba totalmente contra la
razón pues siempre tuvo malas intenciones y peores obras y se deslizaba
contantemente en perversos deleites y superfluidades. No era don Gonzalo
Venegas de Quesada sino una mala bestia como un serón de estiércol a cuestas;
un muladar cubierto de nieve.
Con padres, con maridos, con
hermanos de las desdichadas seducidas, que lo llamaban a disputa, tuvo desafíos
frecuentes y siempre salió victorioso, pues era hábil y artero esgrimidor. Con
mañosa habilidad se ponía en armas contra cualquiera, y sólo una que otra vez
le pasó muy de cerca la muerte en la punta de una espada, en la bala de un
pistolete; pero, gallardo, salaz y feliz, seguía en sus constantes conquistas
sin importarle el decoro de ninguna mujer, ni tampoco el hombre que se
interpusiera, pues buenos medios tenía don Gonzalo para deshacerse de él.
Por todo esto era el terror
contante de la pacífica ciudad. Y lo que se contaba de este caballero no tenía
fin, y aun sus cosas se hacían mayores al ir de labio en labio, aumentándole la
fama siniestra. A todos los corazones puros, ingenuos, los llenaba de miedos y
espantos. Atemorizaba como visión de infierno. Apenas ponía el verde maléfico
de sus ojos encima de una doncella, la pobre criatura sentíase toda frágil y
desvalida y su ingenuidad candorosa no podía oponer ninguna resistencia a
aquella atracción mala, irresistible.
Para conquistar la gratitud de una
dama que lo desdeñaba, pagó bien al cochero, a fin de que desbocase a las mulas
del coche, y él partió en su ligero caballo cuatralbo a darle alcance al
carruaje y sacó en sus brazos desmayada a la desdichada señora cuyo marido,
lleno de agradecimiento, lo llevó a su casa hidalga para regalarlo espléndidamente
por el bien que le había hecho de salvarle a la esposa. El cándido, el buen
señor, no supo lo que hizo al meter al gavilán en el palomar; porque son
Gonzalo, con su terrible habilidad, le robó pronto a la mujer y al poco tiempo
se la devolvió como cosa inútil.
Se enamoró de la hija de don
Donato Pérez Beleña, cirujano que era del Hospital Real de Indios, en donde
tenía habitación, y el 19 de enero de 1722, después de que se representó la
pieza Las piezas de Jerusalén o
Desagravios de Cristo en el teatro que había en esa enorme casa y el que
alquilaban los hipólitos para con sus productos sostener la benéfica
institución que tenían encomendada a sus cuidado, después de esa comedia, no se
supo de qué medios se sirvió el tal don Gonzalo, el caso es que ardió el
coliseo y parte del hospital, y luego se presentó, decidido y valeroso, a
salvar a la muchacha en quién había puesto sus pensamientos pérfidos, y tras de
arrodillarse muy beato frente el Santísimo Sacramento que entre cánticos
llevaron los padres agustinos ante el formidable incendio para que los
extinguiera, se lanzó decidido, entre las llamas y sacó en brazos a la
damisela, que a poco fue una de sus desventuradas víctimas, pues en el tumulto
de la quemazón se la llevó a donde él sólo sabía.
También en un lujoso paseo que en
el lago de Texcoco ofrecían a sus amigos unos ricos señores, barrenó la canoa
en la que iba una cierta dama a quién cortejaba, y como procuró que la frágil
embarcación estuviese aislada cuando el agua la invadió, hizo el simulacro de
un arriesgado salvamento, con gran derroche de valor, lo que ya le valió lo que
él quería: el favor de la señora, y aprovechó su agradecimiento de manera perversa el diabólico de don Gonzalo.
Sabía fingir oportunos desmayos para caer en un tibio regazo de mujer y darle
así largo gusto al tacto.
La ciudad estaba indignada contra
él, llena de furor por una gran villanía que cometió. Don Gonzalo Venegas de
Quesada no sabía hacer sino cosas indignas. Se andaba bebiendo los vientos tras
la gracia inocente y pueril de la hija de los ricos señores Torregrosa, pero
era desdeñado de la frágil doncella, Matilde, de tersos ojos azules. Para
vengarse de que se resistiera a sus malos deseos, dio una fuerte suma de dinero
a la lavandera de la casa por toda la ropa sucia que estaba encargada, y el muy
bellaco la fue a tender en los balcones y ventanas de sus morada con un rótulo
cada pieza que decía a quién pertenecía, si al grave de don Anastasio, si a su
mujer doña Susana, o si a Matilde, la de ojos ensoñadores, o bien a su tía, la
gruñona y repolluda doña Filomena. Además cada prenda tenía alguna explicación
adecuada y terrible para aclarar algo que en ella se miraba.
Gran muchedumbre había ante la
casa de don Gonzalo, en contemplación de aquellas ropas sucias, leyendo las
chocarreras explicaciones que tenían. Airadísima estaba toda la gente en México
por aquella acción indigna; pero ansiosa iba a fisgonear y a leer aquellos
letreros que, muy en secreto, se confesaba, con íntima complacencia, que eran
chistosos.
Fueron mandados alguaciles a
retirar aquellas ropas, y don Gonzalo los dejó entrar a la casa, sin
resistencia alguna; pero en el patio se
les echaron encima los numerosos criados, juntos con muchos hampones pagados para
el caso, y les dieron una gentil tunda, tremenda, horrorosa paliza, y a las
ocho que fueron los echaron luego, uno tras otro, a la calle por los balcones,
y al que con la caída no se le rompieron las piernas , se le quebró un brazo o
ambos, o se le rajó el cráneo, o se le estropeó el costillaje de modo
lamentable o se le hizo trizas la nariz. Quedaron los desgraciados alguaciles hechos
un desastre por las graves consecuencias de las caídas, empeoradas éstas con la
rociada de leña que antes habían recibido, muy a disgusto suyo. Más subió el indignado
enojo de la ciudad por este proceder de don Gonzalo.
Pero como temió el bárbaro señor
que fuese más fuerza a aprehenderlo, pues no era tan sandio para darle coces al
aguijón, se retiró a los secreto y escindido de la casa de un fulero, su
amigacho, mientras que se ponía a derramar plata y oro para comprar la
impunidad, torciendo el rigor de la ley. Pronto, con esos medios, volvería a
salir a la calle, no sólo perdonado de sus delitos, sino hasta con disculpas y
exquisitas satisfacciones por haber cometido
con él el imperdonable error de perseguirlo por una cosa tan insignificante,
tan baladí; tal vez hasta se lamentara no haberle dado un buen premio. El
necesitaba salir a la calle porque tenía ya entre ceja y ceja el sabroso antojo
de una sobrina del prebendado Castorena y Sánchez.
Una noche se echó a la calle don
Gonzalo Venegas. Solitaria, en gran quietud, estaba la del Relox, por la que
iba muy envuelto en su capa. De pronto salió de la Perpetua una dama; don
Gonzalo pensó en el acto que sería una de las del cinturón dorado. Blanco y
vaporoso era su traje, pero la espesa neblina negra de un velo le cubría el
rostro. Acelerada iba la dama; ágil, airoso era su andar; dejaba tras de sí una
estela de perfume suavísimo.
Don Gonzalo apresuró el paso y ella
volvía de cuando en vez la cabeza, como para invitarlo a que la siguiese.
Sonreía satisfecho el caballero; fácil era la conquista. ¿Qué importaba que
fuera loca de su cuerpo, fácil moza de partido, de las de casa llana y venta
común, o dama de recato, de alta alcurnia? Una calle, otra más y varias, hasta
llegar a la calle de Arcinas (hoy República de Bolivia). Ya le iba a dar
alcance don Gonzalo cuando ella se lo esquivó, empujando una puerta que cedió
en el acto a la ligera presión de su mano enguantada, y se fue veloz por el
zaguán en sombra, sonando el leve cascabel de una risa, como respondiéndole a la voz buena de la fuente
que estaba adormeciendo a un ciprés que ya cabeceaba de sueño en medio del
patio ancho, con columnas.
Don Gonzalo la siguió gozoso; la
casa estaba envuelta en un gran silencio; sólo el agua que fluía mansa lo
turbaba melodiosamente. La dama subió la escalera, don Gonzalo tras ella. Cruzó
rápido el corredor y ya casi re rozaba don Gonzalo la vestidura blanca y
olorosa, y hasta la iba a tomar por un brazo, cuando entró ella por una puerta
de talladas jambas en un pasillo estrecho, resonante, al final del cual se
veían unas luces. Penetraron en una habitación. En el centro de la desmantelada
estancia estaba en el piso un gran paño negro y sobre él tendido un ataúd con
un difunto tendido con cuatro cirios, no en blandones, sino pegados en el
suelo. Junto al féretro se hallaban de rodillas un caballero y una dama,
enlutado él, con amplio manto ella.
La señora fugitiva se arrodilló
también y le puso al cadáver un beso leve en las manos descoloridas que tenía
cruzadas. Se alzó y se fue ágil, ligera, a la hitación contigua, cuya puerta de
cuarterones se abrió sola y lentamente para darle paso. Un ceñudo anciano
estaba junto a esa puerta, por el lado de adentro; tenía una de sus manos,
blanca, larga y fina, puesta sobre el pecho; de ella le pendía un rosario. Don
Gonzalo se estremeció largamente; un grito se le quedó ahogado en la garganta.
Ese anciano caballero era su
abuelo, don Lesmes de Virraurritia; su actitud era la misma que tenía en un
viejo retrato resquebrajado que estaba en una cámara de su casa. Se empezó a
llenar de pavor y sobresalto don Gonzalo. Alagó la mirada y descubrió que el
caballero arrodillado era don Pedro Antonio, su padre, muerto hacía más de diez
años, y la dama del manto su madre, doña Guadalupe de Quesada, también
fallecida había mucho tiempo. Ellos lo miraron a su vez con una mirada
apacible, pero llena de dolor, de piedad, inclinaron luego la cabeza con
abatimiento.
Don Gonzalo estaba inmóvil, el
vigor huyó de su ánimo; le temblaban las carnes de espanto, se le quedaron
heladas. Fueron sus ojos a posarse, llenos de ansia azorada, en el difunto y un
escalofrío le subió en el acto por toda la espalda, ramificándosele, muy sutil,
por todos los miembros. El que estaba rígido en el ataúd era él, él mismo. Su
barba rubia y su cabellera ensortijada eran aquellas; su traje recamado era
igual al que llevaba puesto, dorado y negro, y hasta tenía el desgarrón que se
tocaba en ese momento. Estaban sus ojos abiertos, y se le veía el verde líquido
de las pupilas satánicas, sus mismos ojos. Dio un enorme grito don Gonzalo al
reconocerse idéntico en aquel muerto y sintió como que se le iban las fuerzas,
desvaneciéndose.
En gran conmoción estaba el
convento del Carmen. En la portería había aparecido esa mañana un humilde ataúd
de pino con el cadáver de don Gonzalo Venegas de Quesada. No sabían los nuevos
frailes carmelitanos quién lo llevó allí. Cuando el hermano portero, viejecito
suave y candoroso, abrió el portón, vio en el zaguán ese féretro entre cuatro
cirios, ya casi consumidos, pegados en el suelo entre chapas de cera cuajada.
Un Padre dijo que oyó por la noche doblar las campanas de la iglesia; otro
fraile también aseguró que había escuchado ese toque funeral, largo y
gemebundo. Eso era todo.

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