domingo, 31 de julio de 2016

Un niño juguetón

La calle de Alfonso Herrera, ubicada en la colonia San Rafael, es un rumbo tranquilo; los días son sorprendidos con el sol mañanero, que es fresco y aparece poco a poco en las montañas tímidamente. Pero las noches son diferentes en la casa marcada con el número 91 de dicha calle. Con una fachada al estilo de los años 40: balcones, puerta central con medio arco, ventanas pequeñas, pisos de madera y techos altos.
Se contaba que las noches son diferentes en esa calle, especialmente en aquella casa. Aparentemente, el tiempo pasa igual, pero no es así. Allí, a las horas y los minutos, hasta los segundos, parecen dar marcha atrás, como si las manecillas del reloj se movieran en una carrera desenfrenada contra el tiempo. La luna oculta sus verdaderas intenciones y la casa se remonta al pasado para revivir su tragedia una y otra vez.
Los vecinos dicen que escuchar los pasos apresurados de un niño, pero eso no puede ser porque ahora alberga oficinas y durante el día sólo se escuchan los rumores de poses adultas, computadoras, y todo el ruido característico de una oficina. Pero la noche, todo cambia. Con el silencio, únicamente se oyen los pasos cansados y tranquilos de don Facundo, el velador; cuya presencia anuncia con su linterna, cuando le da flojera prender las luces. Si está arriba, oye aquellos pasitos que corren por la planta baja exista abajo, las carreras escuchan arriba.
Al principio se asustaba, se pone nervioso, le sudaban las manos y prendía toda la casa. Así dejaba que las horas se desgranara lentamente, sobre todo las de la madrugada, las más pesadas y largas. Don Facundo llevó a pensar que tenían más de los 60 minutos de rigor y les tomó el tiempo. Efectivamente, las horas de la madrugada sólo tenían los 60 minutos ordinarios, sin embargo, por su nieve sus nervios parecían más largas. Pero don Facundo, con el tiempo, dejó de asustarse, se acostumbró tanto que resignaría los pasos del chamaco.
Una noche escuchó el silencio se aterrorizó más que con las corretizas. Estaba abajo y alumbró las escaleras que llevaban a las recámaras. En el pasillo vio claramente la silueta de un niño que se metió una de las piezas. Don Facundo subió despacio, cuidando de no hacer ningún ruido, para cerciorarse de que estaba completamente solo en la planta alta. Esta vez no se asustó, pero estaba muy intrigado, juraba haber visto al causante de aquellas carreras nocturnas.
Platicando con los vecinos fue como se enteró de la tragedia. Allí vivió una familia cuyo nombre se perdió en el tiempo. Lo cierto es que sólo tenía un vástago, un pequeño que era la adoración del matrimonio. El niño creció, era travieso, corre gritaba por toda la casa dándole vida y alegría todo lo que sus manitas tocaban. Para qué decir que sus padres se reflejaban en él. Ese chiquillo era lo más preciado que tenían, hasta el nefasto día en que corre por los pasillos de las recámaras, como era su costumbre, tropezó con un bote y cayó desde lo alto. Estupefacta, su madre observó la cruel escena; inmediatamente, bajo las escaleras y alzó en sus brazos al pequeño; no lo soltó hasta que por la fuerza se lo arrebataron: había perdido la razón.
De esa familia no se volvió a saber nada. El esposo, adolorido y deprimido, dejó la casa en la que fue tan feliz y miserable a la vez.
La puerta principal de medio arco se cerró y no volvió a abrirse en años. Finalmente se vendió y se convirtió en una casa para oficinas. Ahora, el inmueble incluye las carreras de unos pies pequeños y traviesos, todas las noches. No hay por qué asustarse, sólo se trata de un niño que pretende darle vida y alegría a una antigua casona de la colonia San Rafael.

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