Antiguo era
el caserón, recio y simple, sin los afiligranados primores de cantería que
tienen otros en México. Fuerte, robusto y sombroso, daba impresión de
eternidad. Lo labró el conquistador Martín Oyarza, que anduvo con el intrépido
Francisco Vázquez de Coronado en aquella larga expedición en busca de las
misteriosas ciudades de Cíbola y Quivira. Sus cimientos fueron macizados con
ídolos y piedras que se arrancaron a los templos de los indios; junto al basto
portón sobresalía del suelo la redonda cabeza de una serpiente espantable de
las de la cerca, zompantle, que rodeaban el Templo Mayor. Martín Oyarza , ya
viejo, vendió ese caserón a un fulano Vega, quien casó con una doña Rosario
Vique; ambos fundaron un mayorazgo y establecieron en una de sus cláusulas que
si en su sucesión llegaba a haber un clérigo, pasara ese inmueble al mayor, si
es que era varón, de la línea lateral, siempre y cuando no fuese del clero
regular nivel secular; y como, a fines del siglo XIII, apareció en la
descendencia de los Vega y Vique un sacerdote, apenas se ordenó, le puso pleito
su primo Salvador Vega de Cosío, para hacer cumplir a disposición testamentaria
de los fundadores del mayorazgo.
La casona
quedó en lamentable abandono durante mucho tiempo, y empezó a derruirse, al
grado de que, muy a menudo, caían a la calle gruesas piedras, con riesgo de
transeúntes y vecinos; varios de estos se quejaron al obrero mayor, pidiéndole
que se reparase la finca, porque peligraban sus vidas, y entonces él hicieron
revocos, se le puso el pretil de arcos invertidos con sus retorcidos estípites
de piedra chiluca; pero el alarife de ciudad declaró, mediante nimio examen
pericial, que esas piedras no se desprendían por sí solas, pues que la fachada
no estaba en estado tal de miseria que se desmoronase, sino que,
indudablemente, las arrancaba alguien que era el que echábalas a la rúa con
grave peligro de aplastar a transeúntes descuidados.
Por
dondequiera tenía sombras esta casona vieja de la calle de la Encarnación; aún
en pleno día, el sol no podía barrer esa oscuridad perenne; pero en la hosca
mansión estaba presente la suave alegría de una fuente que cantaba en medio de
su patio enlosado y con robustas columnas que sustentaban el corredor alto de
tosco barandal de forja. Rumor inocente, grácil, el del agua en aquella sombría
vetustez, y quién sabe qué cosas alborozadas le contaba al ciprés que estaba en
un arriate, que asentía a todo cabeceando grave rígido.
A don Luis
Dorantes vino a parar esta casa ombrajosa y ancha de los Vega y Vique, y decían
que por ella andaba vagando un fantasma misterioso, alma en pena que no tenía
paz. Don Luis afirmaba que ese bulto era un gallardo caballero envuelto en
amplia capa o en un manto santiaguista, y que siempre traía un fino tintineo de
espuelas de plata; pero la dueña, doña María Barquín -enjuta, almidonada y con
gran peineta- juraba y perjuraba que era un fraile de hábito mercedario. Los
criados, unos lo vieron como decía don Luis, y otros, como lo miraba doña
María; pero todos los de la casa estaban de acuerdo en que se desvanecía como
vaga neblina contra los muros, frente a los muebles en los que parece que se
embebía, y muchas veces se le vio que, en medio del patio o de los anchos
corredores, se evaporaba, desleyéndose inconsútil en el aire como vapor.
Entonces, todos los de la casa se afirmaron en la creencia de que aquellas
grandes piedras que a diario caían en la calle, ese fantasma fue quien las
había tirado.
Hombre de
muchas letras y de esclarecida virtud era don Luis Dorantes. No se sabía de ese
señor que era más grande, si su saber o su bondad. De todo tenía gran copia.
Inagotable era su mansa cordialidad que a todos extendíase. Al pensamiento
bueno añadía la ponderación. Sus manos se hallaban siempre revolviendo en
papeles añosos o en libros que subía y bajaba de los repletos plúteos de su
extensa biblioteca, o estaba escribiendo, pues siempre tuvo levantada la mente
a la consideración intelectual. Había compuesto, admirable labor de muchos años,
un grueso volumen en el que quedó impresa su sabiduría. Todos ponderaban ese
libro, tanto por lo terso del estilo, como porque resplandecían sus páginas una
gravedad ingenua. Andaba de mano en mano de las personas más doctas de la
ciudad, que le hallaban muchas excelencias. Un maestro de la Universidad había
llamado Crónica espiritual de las flores
del claustro plantadas en el Real Monasterio de Nuestra Señora de la
Encarnación de la Ciudad de México y fue estampado en 1688 por la viuda de
Bernardo Calderón, que tan bellas cosas sacaba de su oficina; lo adornaban
lindas capitulares y grabados que abrió en boj un ingenuo xilógrafo.
Las manos de
la dueña estaban siempre afanadas, ora en un levísimo tejido de gancho, o
haciendo deshilados en el grueso, fragante y fresco lino de sábanas y manteles,
ora bordando paños de terciopelo con un primor minucioso; volcaba en ellos su
aguja y sus sedas una reluciente flora de quimera, o ya hacían sus manos
guisados de magníficos, de insuperables sabores, o dulces que, bella ¡válgame
Dios!, Desde que se veían, entraba un inefable gozo en el cuerpo y se
saboreaban con la boca del alma. Estos dulces y estos guisados de sabrosos
mojes, muchos de cuyas deliciosas recetas venían del cercano convento de la
Encarnación, eran para darle goce infinito a la boca golosa de don Luis, que
con todo ello sentía los subidos y peregrinos toques del amor de Dios. Pero
tanto las manos de él, como las de ella, dejaban sus ocupaciones para
santiguarse devotamente al mirar el fantasma blanco, caballero o fraile, que
pasaba lento, sonando ya fuese el rosario o ya fuesen sus leves espuelas de
plata. Con una entrecortada ¡Ave María Purísima!, Acompañaban don Luis y doña
María el vuelo de la temblorosa mano por el rostro lleno de asombro.
El padre don
Mariano Grutas, jesuita, había dicho eficaces exorcismos; roció agua bendita en
pisos, techos y muros, para volver al otro mundo aquel ser extraño; pero no
valieron y rezos, ni asperges; se retiraba el fantasma algunos días, unos
cuantos meses, y tornaba otra vez a sus paseos constantes por los corredores,
por el patio penumbroso; se detenía junto a la fuente como oyendo, en
misteriosa quietud, el musitar del chorrillo que caía hacia lo sinfín, o
cruzaba por las amplias estancias con grave lentitud procesional. Así fuese de
día o ya oscuro, salía a sus andanzas, sembrando terror en los que alcanzaban a
verlo. A la luz del día se miraba como más etéreo y más leve; al atardecer o en
la noche, resaltaba su blancor fluido y movedizo, pero el rostro nadie en la
casa había alcanzado a mirárselo, blancura entre blancura, y toda ella
deslizándose impalpable como empujada por un blanco viento.
Ya no había
sosiego en aquella casa montañosa; había alterado el siniestro aparecido el
ritmo de su vivir pacífico. Todos los ojos estaban estupefactos, de todas las
bocas brotaban, de continuo, largos gritos despavoridos. Se rompió la dulce
calma de doña María; la pausa de los días uniformes de don Luis quedó rota.
Hasta en sus sueños se mete el espectro y le apretaba el corazón con pesadillas
angustiosas. Una noche se llenó toda la casa con un tremendo grito de don Luis;
los ecos se levantaron, finos y largos, extendiendo más el pavor del erudito
caballero. Acudió rápida doña María al lecho de su señor y lo halló con la amplia
ropa de excusa casi desfallecido en un sillón, comportándose con leves
traguillos de moscatel.
Refirió que,
sin saber si estaba despierto o si estaba dormido, había visto el fantasma
blanco que se hallaba junto a su padre, don Pablo, que fue un cumplido abogado
de la Real Audiencia, quien, con mano temblorosa se lo señalaba y le decía:
-Pregúntale, Luis, sin temor, en donde estaba
oculto el tesoro. Pregúntaselo, no tengas miedo. Anda, háblale.
Que entonces
él quiso obedecer el mandato de su padre, pero no pudo articular palabra; se le
acabaron todas al ver los ojos grandes, negros, luminosos, que llenaban la cara
del aparecido, y se le clavaron en la suya, insistentes, como queriéndosela
perforar.
-¡Pregúntale,
pregúntale; no tengas miedo! -volvió a mandar con imperio don Pablo.
Entonces
quiso hacerlo, pero brotó de su boca árida, en vez de palabras, un confuso
estertor; su voz se había ausentado, y sólo pudo tender hacia el extraño
personaje los brazos agitados en súplica; el aparecido se puso de rodillas y se
afanaba por levantar una de las tablas del piso, y se oía claro, distinto, el
aseverado arañar de sus manos ansiosas sobre la madera. “¿Qué, ahí está el
dinero?” preguntó con gusto don Pablo, pero el difunto, sin contestarle, se
alzó rápido, como empujado por la violencia de un resorte potente, y en el
acto, como si fuese de una sola pieza, se fue de espaldas sobre don Luis y al
caerle encima sintió como si se le hubiese posado en todo el cuerpo desnudo una
gran lámina de hierro, mojada, que le enfrió hasta los mismos tuétanos y le
sacó helado sudor de la frente, y de la boca el grito aquel que se dilató por
toda la casa y despertó ecos, largos, finos, ondulantes.
Esa misma
tarde don Luis y doña María decidieron levantar las tablas que, en el sueño,
señaló el difunto, y ayudados de barreta y martillo lo hicieron con facilidad
descubriendo gran hueco. “¡El tesoro!”, Gritó don Luis lleno de gozo. “¡El
tesoro!”, Como un eco alegre, repliqué doña María. Una cosa blanca estaba en el
fondo de aquel agujero, alargó un brazo don Luis y le extrajo. Era un
envoltorio liviano atado con rojo balduque. Por su leve peso no era dinero, no.
Los dedos ansiosos y ágiles de la dueña deshicieron los nudos, el envoltorio
después, y quedó un cuaderno manuscrito.
-¡Ay, son
papeles! ¡Solamente papeles! -exclamó con desfallecido desconsuelo doña María.
-¡Son
papeles! -Dijo don Luis con festivo alborozo; pero, de pronto palideció, se le
fue toda la sangre al carcañal y se quedó como amor decido a leer unos cuantos
renglones de la primera página-. ¡Ahí, que cosa tremenda, Dios mío! -murmuró
bamboleándose como si le hubiesen descargado en la cabeza un golpe potente.
-¡A ver, a
ver qué cosa es! -dijo doña María, y le arrebató con ansiosa curiosidad una
parte de sus papeles; pero apenas fijó los ojos en un folio grito
consternadísima-: ¡Jesús mil veces! ¡Santa Cruz de Querétaro! ¡La Virgen María
y el Seráfico me valgan! Yo ignoraba completamente esto, yo sabía que don…
Pero no
acabó la frase, ni dijo lo que sabía de ese señor que iba a nombrar, porque le
extinguió la palabra un desmayo súbito que la puso de golpe en el suelo, en
donde lo Luis ya estaba tirado cuan largo era, apretando sobre el pecho el
resto de aquellos papeles misteriosos.
Del patio,
entró lento, rígido, el bulto aquel, envuelto en su amplia vestimenta blanca,
se inclinó sobre don Luis, después sobre doña María, y les quitó los papeles y
con ellos se fue despaciosamente por la estancia, y desapareció tras de una
roja cortina de labrado damasco, que se quedó ondulando, llena de cambiantes.

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