domingo, 3 de julio de 2016

El misterio del fantasma

Antiguo era el caserón, recio y simple, sin los afiligranados primores de cantería que tienen otros en México. Fuerte, robusto y sombroso, daba impresión de eternidad. Lo labró el conquistador Martín Oyarza, que anduvo con el intrépido Francisco Vázquez de Coronado en aquella larga expedición en busca de las misteriosas ciudades de Cíbola y Quivira. Sus cimientos fueron macizados con ídolos y piedras que se arrancaron a los templos de los indios; junto al basto portón sobresalía del suelo la redonda cabeza de una serpiente espantable de las de la cerca, zompantle, que rodeaban el Templo Mayor. Martín Oyarza , ya viejo, vendió ese caserón a un fulano Vega, quien casó con una doña Rosario Vique; ambos fundaron un mayorazgo y establecieron en una de sus cláusulas que si en su sucesión llegaba a haber un clérigo, pasara ese inmueble al mayor, si es que era varón, de la línea lateral, siempre y cuando no fuese del clero regular nivel secular; y como, a fines del siglo XIII, apareció en la descendencia de los Vega y Vique un sacerdote, apenas se ordenó, le puso pleito su primo Salvador Vega de Cosío, para hacer cumplir a disposición testamentaria de los fundadores del mayorazgo.
La casona quedó en lamentable abandono durante mucho tiempo, y empezó a derruirse, al grado de que, muy a menudo, caían a la calle gruesas piedras, con riesgo de transeúntes y vecinos; varios de estos se quejaron al obrero mayor, pidiéndole que se reparase la finca, porque peligraban sus vidas, y entonces él hicieron revocos, se le puso el pretil de arcos invertidos con sus retorcidos estípites de piedra chiluca; pero el alarife de ciudad declaró, mediante nimio examen pericial, que esas piedras no se desprendían por sí solas, pues que la fachada no estaba en estado tal de miseria que se desmoronase, sino que, indudablemente, las arrancaba alguien que era el que echábalas a la rúa con grave peligro de aplastar a transeúntes descuidados.
Por dondequiera tenía sombras esta casona vieja de la calle de la Encarnación; aún en pleno día, el sol no podía barrer esa oscuridad perenne; pero en la hosca mansión estaba presente la suave alegría de una fuente que cantaba en medio de su patio enlosado y con robustas columnas que sustentaban el corredor alto de tosco barandal de forja. Rumor inocente, grácil, el del agua en aquella sombría vetustez, y quién sabe qué cosas alborozadas le contaba al ciprés que estaba en un arriate, que asentía a todo cabeceando grave rígido.
A don Luis Dorantes vino a parar esta casa ombrajosa y ancha de los Vega y Vique, y decían que por ella andaba vagando un fantasma misterioso, alma en pena que no tenía paz. Don Luis afirmaba que ese bulto era un gallardo caballero envuelto en amplia capa o en un manto santiaguista, y que siempre traía un fino tintineo de espuelas de plata; pero la dueña, doña María Barquín -enjuta, almidonada y con gran peineta- juraba y perjuraba que era un fraile de hábito mercedario. Los criados, unos lo vieron como decía don Luis, y otros, como lo miraba doña María; pero todos los de la casa estaban de acuerdo en que se desvanecía como vaga neblina contra los muros, frente a los muebles en los que parece que se embebía, y muchas veces se le vio que, en medio del patio o de los anchos corredores, se evaporaba, desleyéndose inconsútil en el aire como vapor. Entonces, todos los de la casa se afirmaron en la creencia de que aquellas grandes piedras que a diario caían en la calle, ese fantasma fue quien las había tirado.
Hombre de muchas letras y de esclarecida virtud era don Luis Dorantes. No se sabía de ese señor que era más grande, si su saber o su bondad. De todo tenía gran copia. Inagotable era su mansa cordialidad que a todos extendíase. Al pensamiento bueno añadía la ponderación. Sus manos se hallaban siempre revolviendo en papeles añosos o en libros que subía y bajaba de los repletos plúteos de su extensa biblioteca, o estaba escribiendo, pues siempre tuvo levantada la mente a la consideración intelectual. Había compuesto, admirable labor de muchos años, un grueso volumen en el que quedó impresa su sabiduría. Todos ponderaban ese libro, tanto por lo terso del estilo, como porque resplandecían sus páginas una gravedad ingenua. Andaba de mano en mano de las personas más doctas de la ciudad, que le hallaban muchas excelencias. Un maestro de la Universidad había llamado Crónica espiritual de las flores del claustro plantadas en el Real Monasterio de Nuestra Señora de la Encarnación de la Ciudad de México y fue estampado en 1688 por la viuda de Bernardo Calderón, que tan bellas cosas sacaba de su oficina; lo adornaban lindas capitulares y grabados que abrió en boj un ingenuo xilógrafo.
Las manos de la dueña estaban siempre afanadas, ora en un levísimo tejido de gancho, o haciendo deshilados en el grueso, fragante y fresco lino de sábanas y manteles, ora bordando paños de terciopelo con un primor minucioso; volcaba en ellos su aguja y sus sedas una reluciente flora de quimera, o ya hacían sus manos guisados de magníficos, de insuperables sabores, o dulces que, bella ¡válgame Dios!, Desde que se veían, entraba un inefable gozo en el cuerpo y se saboreaban con la boca del alma. Estos dulces y estos guisados de sabrosos mojes, muchos de cuyas deliciosas recetas venían del cercano convento de la Encarnación, eran para darle goce infinito a la boca golosa de don Luis, que con todo ello sentía los subidos y peregrinos toques del amor de Dios. Pero tanto las manos de él, como las de ella, dejaban sus ocupaciones para santiguarse devotamente al mirar el fantasma blanco, caballero o fraile, que pasaba lento, sonando ya fuese el rosario o ya fuesen sus leves espuelas de plata. Con una entrecortada ¡Ave María Purísima!, Acompañaban don Luis y doña María el vuelo de la temblorosa mano por el rostro lleno de asombro.
El padre don Mariano Grutas, jesuita, había dicho eficaces exorcismos; roció agua bendita en pisos, techos y muros, para volver al otro mundo aquel ser extraño; pero no valieron y rezos, ni asperges; se retiraba el fantasma algunos días, unos cuantos meses, y tornaba otra vez a sus paseos constantes por los corredores, por el patio penumbroso; se detenía junto a la fuente como oyendo, en misteriosa quietud, el musitar del chorrillo que caía hacia lo sinfín, o cruzaba por las amplias estancias con grave lentitud procesional. Así fuese de día o ya oscuro, salía a sus andanzas, sembrando terror en los que alcanzaban a verlo. A la luz del día se miraba como más etéreo y más leve; al atardecer o en la noche, resaltaba su blancor fluido y movedizo, pero el rostro nadie en la casa había alcanzado a mirárselo, blancura entre blancura, y toda ella deslizándose impalpable como empujada por un blanco viento.
Ya no había sosiego en aquella casa montañosa; había alterado el siniestro aparecido el ritmo de su vivir pacífico. Todos los ojos estaban estupefactos, de todas las bocas brotaban, de continuo, largos gritos despavoridos. Se rompió la dulce calma de doña María; la pausa de los días uniformes de don Luis quedó rota. Hasta en sus sueños se mete el espectro y le apretaba el corazón con pesadillas angustiosas. Una noche se llenó toda la casa con un tremendo grito de don Luis; los ecos se levantaron, finos y largos, extendiendo más el pavor del erudito caballero. Acudió rápida doña María al lecho de su señor y lo halló con la amplia ropa de excusa casi desfallecido en un sillón, comportándose con leves traguillos de moscatel.
Refirió que, sin saber si estaba despierto o si estaba dormido, había visto el fantasma blanco que se hallaba junto a su padre, don Pablo, que fue un cumplido abogado de la Real Audiencia, quien, con mano temblorosa se lo señalaba y le decía:
 -Pregúntale, Luis, sin temor, en donde estaba oculto el tesoro. Pregúntaselo, no tengas miedo. Anda, háblale.
Que entonces él quiso obedecer el mandato de su padre, pero no pudo articular palabra; se le acabaron todas al ver los ojos grandes, negros, luminosos, que llenaban la cara del aparecido, y se le clavaron en la suya, insistentes, como queriéndosela perforar.
-¡Pregúntale, pregúntale; no tengas miedo! -volvió a mandar con imperio don Pablo.
Entonces quiso hacerlo, pero brotó de su boca árida, en vez de palabras, un confuso estertor; su voz se había ausentado, y sólo pudo tender hacia el extraño personaje los brazos agitados en súplica; el aparecido se puso de rodillas y se afanaba por levantar una de las tablas del piso, y se oía claro, distinto, el aseverado arañar de sus manos ansiosas sobre la madera. “¿Qué, ahí está el dinero?” preguntó con gusto don Pablo, pero el difunto, sin contestarle, se alzó rápido, como empujado por la violencia de un resorte potente, y en el acto, como si fuese de una sola pieza, se fue de espaldas sobre don Luis y al caerle encima sintió como si se le hubiese posado en todo el cuerpo desnudo una gran lámina de hierro, mojada, que le enfrió hasta los mismos tuétanos y le sacó helado sudor de la frente, y de la boca el grito aquel que se dilató por toda la casa y despertó ecos, largos, finos, ondulantes.
Esa misma tarde don Luis y doña María decidieron levantar las tablas que, en el sueño, señaló el difunto, y ayudados de barreta y martillo lo hicieron con facilidad descubriendo gran hueco. “¡El tesoro!”, Gritó don Luis lleno de gozo. “¡El tesoro!”, Como un eco alegre, repliqué doña María. Una cosa blanca estaba en el fondo de aquel agujero, alargó un brazo don Luis y le extrajo. Era un envoltorio liviano atado con rojo balduque. Por su leve peso no era dinero, no. Los dedos ansiosos y ágiles de la dueña deshicieron los nudos, el envoltorio después, y quedó un cuaderno manuscrito.
-¡Ay, son papeles! ¡Solamente papeles! -exclamó con desfallecido desconsuelo doña María.
-¡Son papeles! -Dijo don Luis con festivo alborozo; pero, de pronto palideció, se le fue toda la sangre al carcañal y se quedó como amor decido a leer unos cuantos renglones de la primera página-. ¡Ahí, que cosa tremenda, Dios mío! -murmuró bamboleándose como si le hubiesen descargado en la cabeza un golpe potente.
-¡A ver, a ver qué cosa es! -dijo doña María, y le arrebató con ansiosa curiosidad una parte de sus papeles; pero apenas fijó los ojos en un folio grito consternadísima-: ¡Jesús mil veces! ¡Santa Cruz de Querétaro! ¡La Virgen María y el Seráfico me valgan! Yo ignoraba completamente esto, yo sabía que don…
Pero no acabó la frase, ni dijo lo que sabía de ese señor que iba a nombrar, porque le extinguió la palabra un desmayo súbito que la puso de golpe en el suelo, en donde lo Luis ya estaba tirado cuan largo era, apretando sobre el pecho el resto de aquellos papeles misteriosos.
Del patio, entró lento, rígido, el bulto aquel, envuelto en su amplia vestimenta blanca, se inclinó sobre don Luis, después sobre doña María, y les quitó los papeles y con ellos se fue despaciosamente por la estancia, y desapareció tras de una roja cortina de labrado damasco, que se quedó ondulando, llena de cambiantes.

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