Uno de los lugares de
provincia en donde más se cuentan leyendas, es sin duda en Guanajuato, sitio
evocador en donde parece que se detuvo el tiempo, dando la idea de que en cada
bocacalle saldrá un conde de capa y espada, o una carretela tirada de caballos
de donde descenderá una elegante dama.
Cada residencia o
callejón tiene su propia historia, relatos amorosos, trágicos, espeluznantes o
cómicos, los que fueron conocidos y el vulgo se encargó de esparcirlos y que al
paso del tiempo se convierten en una leyenda que se multiplica y no se pierde
por ser parte de la vida misma del pueblo.
El Callejón de la
Condesa, era una calle estrecha llamada de los Depósitos (conocida hoy como
calle de Pocitos) a donde daba la puerta de la servidumbre de la Casa del conde
de Valenciana. Esta residencia obra del arquitecto Eduardo Tresguerras, (al
lado del antiguo Palacio de Gobierno de esta capital), fue escenario de
importantes acontecimientos, de los cuales el que más destaca es sobre la vida
de la condesa María Ignacia de Obregón de la Barrera, esposa del que fue primer
conde don Diego Rul, llamado “Conde de Valenciana”.
Se dice que don
Diego, bizarro y donjuanesco, cortesano y galante, caballeroso y diabólico, fue
un aventurero hispano que vino a México a mediados del siglo XVIII, sin más
recursos que los que traía puestos.
Cuenta Juan José
Prado, que se estableció en la villa de Salamanca, provincia de la entonces
intendencia de Guanajuato, en donde abrió un pequeño negocio de compraventa de
semillas; pero ambicioso y audaz se relacionó con las autoridades de la
Intendencia y de la Corona de España, logrando primero el título de Vizconde de
las Tetillas de la provincia de Zacatecas y más tarde, el de Conde de
Valenciana.
Comerciar con
semillas se le hizo de poca categoría, más sabiendo de la bonanza minera en
Guanajuato, con el descubrimiento que se hizo en 1767 de plata y oro, nuestro
personaje cambió se dedicó a la minería.
Con el fin de
descollar y hacerse indispensable, don Diego que ya para entonces tenía muchos amigos,
gestionó ser nombrado comandante de las milicias provinciales, y se sabe que en
varias ocasiones peleó al lado del general Félix María Calleja del Rey,
distinguiéndose por su valor y disciplina.
El entonces vizconde
de las Tetillas, era buen tipo, tenía unos enormes ojos soñadores, nariz larga,
boca fina. Según el retrato que eligiera el pintor Roberto Montenegro, es un
caballero pleno de marcialidad, de rasgos nobles y finos, lleva con bizarría el
vistoso uniforme del coronel de las Milicias Provinciales. Era tan fino y
caravamiento que parecía un embajador japonés, con actos de cortesía que
enloquecían a las mujeres.
Este hombre ambicioso
y enamorado, conoció a la condesa doña María Ignacia Obregón de la Barrera,
hija de don Antonio Obregón y Alcocer y de doña María Guadalupe Barrera y
Torrescano (este matrimonio tuvo tres hijos, don Antonio Obregón de la Barrera,
doña María Ignacia que se casó con Diego de Rul y doña María Gertrudis, esposa
de don Antonio Pérez de Andújar Gálvez, Crespo y Gómez, primer conde de Pérez
Gálvez). Después de algún tiempo de noviazgo, pensaron en casarse, siendo ella
una condesa, don Diego quiso obtener un título igual y logró el de “Conde de
Valenciana”, entroncando con la casa de Valenciana, al unirse en matrimonio con
doña María Ignacia.
Poco tiempo después
de casados, empezaron las dificultades. Las hazañas militares en que participó
siguieron en ascenso, contándose entre las más notables el asalto y toma de
Zitácuaro, villa que redujo a cenizas por órdenes de Calleja casi en los
albores de la Guerra de Independencia, acción que le valió la designación de
gobernador de la Villa. Sus hechos de guerra se sucedían, así como sus
aventuras amorosas.
Doña María Ignacia
conocía sus andanzas, las “amigas”, se desvivían por irle a contar lo que
sabían del Vizconde de las Tetillas, Conde de la Casa Rul y esto, le
entristecía cada vez más. Se “murió” para el mundo, jamás volvió a salir por la
puerta principal de su residencia, cuando tenía necesidad de arreglar algún
asunto en la calle, lo hacía por la puerta de la servidumbre, quedaba el
callejón de los Depósitos, y eso, a la hora en que nadie pudiera verla.
Se cuenta que doña
María Ignacia la condesa de la Casa Rul y Valenciana, encareció como María
Antonieta -en una noche- su pelo era completamente blanco, y su rostro, que aún
era joven, se le enjuto poniéndosele apergaminado; sus ojos, de tanto llorar le
quedaron chiquitos y saltones.
El tiempo corría su
marcha irremediable y la condesa sólo sabía de su marido por lo que le contaban,
las hazañas militares eran constantes, él acumulaba triunfos y ella,
decepciones. Cuando incógnita salía la condesa, acompañada de sus doncellas,
sentía que la gente la miraba, y ella, sin hacer aprecio aparente, sólo veía
con el rabo del ojo las miradas de curiosidad que le lanzaban algunas personas.
Un día en el mes de mayo, doña María Ignacia tuvo noticias de que su esposo, el
intrépido don Diego de Rul, el conde de Valenciana, había muerto. Su deceso, en
el cumplimiento de su deber, había sido en Cuautla, lugar glorioso para las
gestas insurgentes. En el mensaje que le fue entregado decía, que el que fuera
comandante de las Milicias Provinciales había recibido los honores militares
póstumos que a su jerarquía y valor, correspondían…
La condesa no quería
creerlo, aún amaba a don Diego su esposo, del que tenía esperanza regresara
algún día pidiéndole perdón de sus calaveradas y ella, seguramente lo
perdonaría. Con un dolor intenso, y un rasgo de nobleza, quiso ver a su esposo
y emprendió el viaje hasta Cuautla, recogió el cadáver y se lo llevó a la
Ciudad de México en donde le dio cristiana sepultura en la iglesia de San
Hipólito, previas las solemnes y lujosas exequias que en su memoria hizo
celebrar.
Sobre la muerte del
conde, relata don Luis González Obregón: “Entonces un niño de 12 años de edad,
llamado Narciso Mendoza, natural del pueblo y que a la sazón se hallaba oculto
entre las casuchas del lado norte de la Plaza de San Diego, vio venir a la
columna enemiga, de Dragones del Regimiento de Guanajuato, con su valiente y
arrojado Jefe a la cabeza, don Diego de Rul, Conde de Casa Rul, que montaba un
alazán hermoso y de gran alzada.
Los dragones venían a
todo correr, sable en mano; jadeantes y sudorosos sus caballos, y ellos
ahogándose de fatiga, por el calor y el polvo. Avanzaban, llegaron al parapeto
donde se encontraba el cañón solitario, al que sólo le hacían compañía, mudos y
yacente soldados muertos, que habían caído allí mortalmente heridos, vitoreando
a nuestra causa y a nuestro gran Morelos. El Niño Narciso Mendoza no espero
más, saltó sobre los muertos, pisó sobre la sangre encharcada, ya fría, que
derramaron nuestros bravos artilleros, cuyos cuerpos estaban tendidos aquí y
allá, y corre en dirección a la pieza. Uno de los jinetes, prevenido de lo que
el niño iba ejecutar, extendió su espada sobre la trinchera, ella Narciso en el
brazo derecho.
El niño, para no
caerse se afirmó en su estaca, y rápido como el pensamiento que había
concebido, tomó la antorcha encendida que se hallaba enclavada y dio fuego al
cañón. Relampagueante la luz del fogonazo; el humo de la pólvora enciende los
aires; el disparo base ensordecer los oídos estremecer el piso, la trinchera y
las casas de la calle. El Conde de Casa Rul, cae herido y es llevado por los
suyos para morir después. Su muerte fue el 19 de abril de 1814.”
Después de que la
condesa de Casa Rul y Valenciana sepultó a su marido, regresó a Guanajuato. Aún
se encerró todavía más. No quería ver a nadie, y sólo acompañada de sus dos
fieles servidoras, asistía a misa. Jamás volvió a salir por la puerta principal
de la residencia y dio instrucciones de que ni a su muerte, se violara su voto
de no hacer más uso de la puerta principal de la casa de los Condes de
Valenciana. Pocos meses le sobrevivió su esposo y su cuerpo fue sacado por la
puerta trasera, la de la servidumbre, como muestra decía Juan José prado;
“reiterada de su desagrado ante la infidelidad de su esposo, pues la noble
dama, con ello, quiso significar que no se consideraba como la dueña de la casa,
sino humilde servidora de su desleal marido…”
Después de la muerte
de la condesa el callejón de Güirles, como se le conocía, se le empezó a decir
“Callejón de la Condesa”, y así se le sigue llamando en recuerdo de aquella
silenciosa mujer que como un espectro, salía de su elegante mansión por la
puerta de servicio, para hacer patente su tristeza de ser “ninguneada” y
despreciada por el hombre que había amado.
Esta historia es
relatada con frecuencia por guías, en su mayoría niños, al hacer un recorrido
por las calles de Guanajuato, como algo insólito, de pasión, o de locura…
Sin embargo, recién a
la muerte de la condesa de Casa Rul y Valenciana, doña María Ignacia de Obregón
de la Barrera, mucho se dijo que a alguna hora determinada, se escuchaba cómo
se abría la puerta del Callejón de Güirles, y en silencio sale una mujer
vestida de negro, que recorría las calles, llegaba a la Iglesia, y se perdía.
Otras personas
llegaron a decir que por el callejón de la Condesa se veía caminar una mujer,
como una sombra, la que rezaba en voz alta y que al seguirla, desaparecían una
pared. A la fecha, al hacer un relato sobre esta leyenda en el propio Callejón
de la Condesa, aseguran los relatores que ellos han visto “con estos ojos que
sean de, los gusanos”, salir una mujer vestida de negro, con un manto en la
cara, acompañada de dos jóvenes sirvientas. Esto sucede todos los días por la
mañana.
Otros, aseguran, que
las han visto sentadas frente al kiosco de la plaza, del lado en donde se
encuentra la Posada de Santa Fe, propiedad de los Herrera Romo. Lo cierto es
que en este bello Guanajuato, parece que se detuvo el tiempo y se advierte en
el nostálgico Callejón de la Condesa, el espíritu de doña María Ignacia Obregón
de la Barrera, la desdichada esposa de don Diego Rul, a quien tan mal sentaron
la ambición, las mujeres… y los insurgentes.

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