domingo, 14 de agosto de 2016

La paz colonial

La llamada paz colonial, es cierto que en un periodo de tres siglos sólo se alteró contadas veces por movimientos de carácter político, pues el único que se puede citar de esta clase, por su trascendencia fue el promovido por los hijos de Cortés y los hermanos Ávilas, que intentaron separar formalmente en el siglo XVI la Colonia de la Metrópoli. Algunos otros intentos semejantes se registraron en el curso de los siglos XVII y XVIII, pero las ambiciones, más o menos notables, no vinieron a ser de importancia, sino a fines de la última de aquellas centurias y a principios de la siguiente, en que se crearon cuerpos de ejército permanente o se acantonaron tropas, cuando asomaba el peligro de ataque de enemigos extranjeros.
Las conspiraciones y sublevaciones que fueron más frecuentes obedecían a insurrecciones de indios que pretendían restablecer sus antiguos cultos idolátricos, o que eran víctimas de vejaciones en los minerales, maltratados por los corregidores y alcaldes de los pueblos, o que se levantaban en armas cuando el hambre los acosaba por la carestía de los víveres, que alzaban altos precios durante las pérdidas de las cosechas, por las heladas, escasez de lluvias y punibles monopolios.
En la llamada paz colonial, estuvo siempre en constante tensión la tranquilidad de los habitantes de rancherías, haciendas, pueblos y ciudades, por otro orden de acontecimientos, a saber: los asaltos, rapiñas y robos, de que eran víctimas los citados habitantes de estos lugares, que muchas veces fueron teatro de escenas en las cuales imperó la violación, el incendio y el asesinato.
Es interesante llamar la atención sobre algunas cosas y hechos, que demuestran el estado continuo de alarma en que vivían los vecinos y las mismas autoridades en aquellos tiempos, que por no ser bien conocidos se han juzgado de paz envidiable. Las casas, los templos, los monasterios y los edificios públicos, eran verdaderas fortalezas por su aspecto exterior. Gruesos los muros, coronadas las azoteas de torreones y almenas; con fuertes rejas las claraboyas, las ventanas y los garitones. Las puertas de sólidas maderas forradas de láminas sostenidas con grandes clavos, y aseguradas en el interior por sendas chapas, pasadores y cerrojos de hierro, como si no fuera bastante todo esto, atrancadas con vigas que se introducían por sus extremos en agujeros hechos al efecto en los alféizares de las puertas y ventanas. Todavía más. Pesadas cadenas cruzaban por el interior de las puertas, con objeto de que, al entreabrirlas, se pudiese observar sin peligro quien era el que llamaba por fuera al sonar los aldabones. Otras tenían pequeñas ventanillas, bien enrejadas para ver también a los que las tocaban.
En el interior de las habitaciones, las puertas estaban provistas a su vez de trancas, picaportes, cerrojos y aldabones; y aún las ventanas que caían a los patios, estaban aseguradas con fuertes rejas; y los cubos de los zaguanes y en la parte superior de las escaleras, a la entrada de los corredores, había casi siempre portones de hierro o de madera.
No satisfecho los vecinos de la Nueva España con tal lujo de seguridades, despiertos o dormidos, estaban siempre armados y sus joyas y dinero, los encerraban en herrados arcones, en muebles llenos de secretos, en alacenas cubiertas con tapices, y muchos los enterraban para tenerlos más seguros. Vivían en continua alarma, temiendo los de las poblaciones lejanas de la capital del virreinato los asaltos de los indios bárbaros, que no respetaban sexo ni edad en sus rapiñas y homicidios. En las ciudades se repetían, noche a noche, en las calles, los robos a mano armada, y los escalamientos de las casas, a pesar de las rondas de corchetes y alguaciles, que con sus varas y farolillos por más prisas que se daban, al oír los gritos de auxilio socorro, casi siempre llegaban tarde.
Los caminos eran un doble problema para los viajeros y las autoridades. El que viajaba, previa confesión general y otorgamiento de disposiciones testamentarias, encomendaba su ánima a Dios y a todos los santos de que era devoto. Buscaba la compañía de los arrieros que conducían sus recuas sobre los convoyes de carros. Si era rico capitalista o hacendado, aparte de ir en cómoda litera o en coche monumental, tirado por dos o más troncos de mulas, se hacía seguir y rodear de números escolta de criados, que cabalgaban en buenos caballos con buenas monturas, vestido de cuero, y armados hasta los dientes, con espadas, machetes, puñales, pistolas, mosquetes y al arcabuces, llevando, además, recias reatas que también le servían como un arma de defensa.
No obstante tamañas precauciones, en las goteras de la ciudad, en medio del camino, al pie de una loma o cerro, junto a un río, a la entrada, en el centro a la salida de un bosque, al pasar un puente o al llegar un pueblo, los viajeros eran detenidos, vejados, despojados de sus vestidos, robados de todo lo que llevaban, incluso sus armas, y si ponían mucho poca resistencia, los mataban o cuando menos salían apaleados o aporreados.
Desde el siglo XVI, los caminos estuvieron infestados de ladrones y asesinos, los cuales formaban cuadrillas con sus respectivos capitanes, de a pie o de a caballo, bien armados o provistos sólo de garrotes, y unas veces eran indios que pertenecían a broncas e irreductibles tribus, y otras eran españoles, negros, mulatos o mestizos, desechos repugnantes del vicio o de la vagancia que imperaban en las ciudades coloniales; y no fue raro el caso en que tales cuadrillas estuviesen constituidas al mando de los hijos de nobles corrompidos arruinados.
En tiempos del virrey don Luis de Velasco, así el año de 1554, por el poniente noroeste de la Nueva España los asaltos de indios chichimecas fueron muy frecuentes. Por el año de 1569, los chichimecas estaban muy insolentes, haciendo gran daño a los viajantes que iban a Zacatecas, por lo cual había dado orden el virrey de que de distancia en distancia se erigieran presidios, principalmente en los puestos que llaman Ojuelos y Portezuelos, sitios a propósito para las emboscadas de aquellos bárbaros, y que aunque en el gobierno de don Luis de Velasco se habían mandado fortificar, parece que en aquella obra no se había puesto mano. En esto entendía cuando fue avisado de los indios huachichiles, que eran un ramo de los chichimecas, que hacían excursiones hasta Guanajuato, robando y matando cuanto encontraban.
Los reyes sucesores de Velasco y de Enríquez continuaron estableciendo colonias, que a medida que se poblaban se erigían sucesivamente en villas, pueblos y ciudades. En la parte más septentrional de la Nueva España, los asaltos de indios bárbaros llegaron a ser un permanente azote no sólo para los viajeros, sino también para los pacíficos vecinos de las pequeñas poblaciones, y aun para las ciudades de alguna importancia. Los asaltos eran seguidos de robos, violaciones, martirios de misioneros abnegados.
El pánico que sembraron los salvajes, obligó a los virreyes a no dejar de seguir estableciendo nuevas colonias militares, llamadas “Presidios”, que además del cuartel, tenían una iglesia, donde reside a los misioneros, pero cuartel e Iglesia presentaban en su construcción toda la solidez de una fortaleza.
En el interior del país, los bandoleros de otras razas y castas se multiplicaron durante los siglos XVII y XVIII. No hubo camino ni poblado que no asaltaran y robaran. Viajeros y habitantes vivían en perpetuo alarma. El gobierno español, reflexionando que no eran suficientes los cuadrilleros de la Santa Hermandad que infatigables recorrían los caminos, persiguiendo sin tregua colgando de los árboles a los bandidos, resolvió instituir el célebre Tribunal de la Acordada, privativa para perseguir, aprisionar y juzgar a los ladrones. Los jueces de este Tribunal, ejecutaron centenas de bandoleros, que como el famoso “Pillo Madera”, llegaron ser legendarios por sus crímenes.
En la misma ciudad de México, los asaltos y robos a mano armada tenían aterrorizados a los vecinos, por lo frecuentes que eran y por las circunstancias trágicas que algunos revistieron. Los azotes que se daban a los ladrones por las calles, montados en sendas cabalgaduras, eran espectáculos repugnantes, casi diarios, pero necesarios. La horca y el garrote funcionaban de continuo en la Plaza Mayor, frente a frente del Real Palacio.
Se necesitó, para atenuar tanta plaga de bandidos, que el talento y la mano férrea de un Revillagigedo, organizara un verdadero servicio de policía, y que con ejemplar actividad y severidad procediera a formar causas tan ejecutivas como la celebérrima de los asesinos de Dongo.
Resumiendo: la llamada paz colonial, relativamente a las conjuras políticas y a los intentos de emancipación, se mantuvo con más o menos dificultades y con sólo una guardia de alabarderos y las milicias que se organizaban al asomar una guerra, al estallar un motín, en los corregimientos y alcaldías; pero aquella paz colonial fue casi un mito en tratándose de la seguridad pública.

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