domingo, 21 de agosto de 2016

Dar lo más por lo menos



¡Qué mala, que malísima suerte, era la de Nabor Orihuela! Nunca le podía salir nada bien al pobre hombre; como dicen por ahí, andaba con el santo de espaldas. La fortuna era inconstante señora en la vida de este triste ser: clavó su rueda con firmeza y con los fuertes clavos que le puso ya no la dejó subir. No había cosa que emprendiera Nabor que le saliese bien. Decían que desde antes de nacer le echó terribles maldiciones una tal que fue amasia de su padre, quien la dejó en abandono para casarse, como Dios manda, con la buena y apacible madre de Nabor, el de la siniestra ventura.
La viruela le dejó múltiples e indelebles marcas en el rostro; la tiña le exterminó mucha parte del pelo; un mal de estómago le descompuso la salud para siempre la salud y le dejó permanentes agruras que le quemaban como brasas el esófago, también lo dejó muy flaco, los huesos se le transparentaban por la piel, toda arrugada y reseca. En sus tiempo de juventud anduvo en la soldadesca, y en una escaramuza sin maldita importancia, una bala de arcabuz mal dirigida le partió en dos el hueso de una pierna y para siempre se quedó con el paso desnivelado; en otra ocasión un lanzazo por poco le quiebra un ojo, solamente le quedó una ancha cicatriz que le pasaba desde la nariz hasta la oreja. Se casó después con  una buena y excelente mujer, y al poco tiempo viudo se quedó. Probó el amor con sufrimiento, su corazón estaba hecho un mar crecido de amargura, pasaron por él grandes avenidas de penas. Cada día traíale un sufrimiento nuevo y así tantos dolores y angustias le tenían hecho a prueba de trabajos, armó a su alma de resignación y no salía de paciencia; bienaventurados los mansos porque de ellos es el reino de los Cielos.
Fue Nabor oficial de péñola en el Consulado de Comercio; desempeñó bajo oficio con el almotacén del Ayuntamiento; después aún más ínfimo al lado del balanzario de la Real Casa de Moneda; en seguida sirvió como portero de la Alhóndiga; al poco tiempo en el hospital de San Andrés daba unciones en la sala del morbo gálico, pues allí quitaba Mercurio lo que daba pródigamente doña Venus; lo hicieron bedel en el Colegio de Infantes Músicos de la Catedral Metropolitana; fue criado que repartía comida en las oscuras mazmorras de la Acordada; pasó a la Sala del Crimen a atar legajos con el rojo balduque y de ahí lo bajaron a mozo de retrete. Cada vez empeoraba más el infeliz Orihuela, iba dando más miserable caída.
Andaba todo traspillado, roto y lleno de flecos, aunque algunos agujeros de sus viejísimas ropas los tapó de inhábil manera con remiendos a grandes puntadas. Prácticamente se moría de hambres en un cuartucho de extramuros de la ciudad; muebles no había entre aquellas cuatro paredes llenas de telarañas, de adobe descubierto, ahí el duro suelo tenía por cama el pobre Orihuela. Su fortuna y ajuar lo llevaba a cuestas y el testamento en una uña. Lo apretaba la necesidad y ya estaba en lo último de la miseria; no tenía en que caerse muerto, ni cosa que llevarse a la boca. Era Nabor Orihuela el más pobre entre los pobres.
Encontróse una mañana en el portal de Agustinos, también llamado de la Preciosa Sangre, con su amigo Oropeza, quien le comento que un alto ministro de nombre Tadeo Grajales, estaba buscando a una persona de fiar que mantuviera bien  barrida y sin telarañas, una finca que llevaba tiempo sin rentar. Nabor aceptó ir a presentarse con aquel personaje para que le diera el puesto. Don Tadeo le vio a Orihuela cara de hombre muy de bien y sacó de un cajón de su bufete una gran llave de hierro, y le dijo el número de la casa, el precio del arrendamiento, y le recomendó mucho el cuidadoso aseo de la finca para  que tuviera mejor ver a los ojos del interesado alquilador. Loa casa era muy vieja y maciza, del siglo XVI, con bastos balcones de hierro vizcaíno, dos enormes patios de elevados muros; el aspecto de la casona deshabitada era por demás asombroso.
Nabor Orihuela recorría aquellas vastas habitaciones vacías. ¿Quiénes habrían vivido en aquellos cuartos de elevada techumbre? ¿Cuál era la ocupación de esas gentes? ¿Alegre o plácida fue su vida, o acaso, se metió en ella como en la suya, la malaventura? ¿Cuántos habrían muerto en esas estancias? Pensando en esto le saltó inquieta en su cerebro esa idea peregrina: ¡”Ay, qué bueno sería si alguno de los que vivieron aquí hubiese enterrado dinero, se me apareciera y me dijese dónde está;  yo en recompensa, para el bien de su alma le mandaría decir dos misas!”
Desde aquel día Orihuela traía ese pensamiento metido en la cabeza, con  él se dormía y levantaba; a diario acudía a misa a las iglesias cercanas: Santo Domingo, la capilla del señor de la Expiación, San Lorenzo, la Enseñanza, y no hacía otra cosa más que pedir a Dios que le concediera aquel milagro que tanto anhelaba su corazón, repitiendo a su vez el ofrecimiento de las misas. No solo se le imploraba al creador, sino que también a toda la corte celestial; dicha petición la hacía a todas horas del día. Gastaba la noche en la oración y durante el día replicaba sus ruegos con más llanto y sollozos.
Una noche después de su miserable cena, Orihuela se hallaba sentado en el tranco de la puerta de la estancia anchurosa que tenía por morada en aquel caserón; mientras pensaba como escapar de su pobreza vio un bulto alto y blanco que salía de atrás del brocal del pozo, que caminó con pasos tácitos y lentos y al fin se paró inmóvil bajo el arco que unía a los dos patios. Tremendo susto se pegó Orihuela, estaba totalmente fuera de sus sentidos, y con el corazón a mil por hora. Aquella figura espectral sacó un brazo de entre la vaporosidad de la túnica que la envolvía y varias veces, con enérgico ademán, señaló un punto entre los cipreses; después desapareció de la misma manera en que había venido.
A Orihuela se le metió un frío muy sutil hasta el tuétano de los huesos y los seguían bañando copiosísimos trasudores. Por fin le entró el sosiego y con él una leve y graciosa alegría que le recorría el cuerpo. Apenas hubo amanecido salió en busca de las herramientas necesarias para sacar el tan anhelado tesoro de sus sueños. Poco después volvió a la vetusta casona, trayendo pala y zapapico y con diligencia se puso a abrir un ancho hoyo en el lugar indicado por el aparecido. Pronto quedó abierta una zanja, en donde aparecieron los amarillos huesos de un esqueleto humano, entre las costillas estaba un orinecido puñal. De pronto apareció un panzudo cantarillo; de puro gusto se frotaba las manos Orihuela.  “Allí están los dineros que voy a recibir como justa  recompensa de tantas y tantas desdichas y trabajos que me ha dado la vida. Ese oro es el que merezco, pues que oro ha de ser por lo pequeñín de la vasija”, se dijo a sí mismo seguro convencimiento y rebosante regocijo.  Y añadió: “Tu querido difunto, cuenta con un triduo de misas de sufragio con ornamentos negros, con  tus responsos, además de los rosarios y de los quince sudarios ya ofrecidos”.
Con un contundente golpe rompió el cantarillo, y en vez de encontrar un fabuloso tesoro, lo único que obtuvo fue veinticuatro centavos de cobre, negros y orinecidos. Orihuela estaba pasmado, no podía creer que el espectro se burlara así de su esperanza. Otra vez quedó ajeno a sus sentidos. Cuando le volvió el alma al cuerpo dio un gran puñetazo en el aire y comenzó a echar chispas por los ojos y hasta humadas por la narices, ¡y ni se diga lo que salió de su boca!, ¡puras maldiciones y más pestes!
Pronto se le bajó aquella terrible llama de furor al infeliz Orihuela, pues era de natural manso y pacífico, y con pasos arrastrados se vino caminando, lente y trabajosamente, con el cuerpo inclinado con agobio hacia delante. Se sentó en el quicio de la puerta y se puso a llorar.

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