Una de las leyendas
que a la fecha se siguen contando en
Celaya, es sobre el origen de la calle de Los Ajusticiados por haber
sido una de las tantas injusticias que se cometen en nombre de la ley.
Después de consumada
la Independencia de México, por muchísimos años hubo un desajuste natural en
toda la República por cambiar un sistema de gobierno que había prevalecido por
300 años. Se cuenta que por el año de 1824, los generales dirigentes de tropas,
eran los que tenían la mayor autoridad en los Estados, ya que todavía no se
establecían en los municipios los tribunales que otorgaban justicia, así que la
última palabra en cualquier acto de la vida política la determinaban los
militares, cuyas órdenes no se discutían. Prevalecía el estado de ánimo o
criterio de estos -muchas veces improvisados- que eran los que tienen a su
cargo establecer la disciplina.
Por aquellos días en
la ciudad de Celaya, el general don Nicolás Bravo estaba al mando del batallón
que agrupaba a soldados que combatieron en la guerra de Independencia, pero
también a su cargo había tanto indígenas como españoles, que al no conseguir
trabajo por la escasez que existía, se habían enrolado en las filas para poder
subsistir. La ciudad de Celaya, como todas las del país, estaba inquieta; en
ese Estado se había fraguado la Independencia y aún había rencillas y malestar,
al grado que las personas sólo salían a la calle para arreglar los asuntos más
indispensables. Se acabó la alegría y el bullicio, y la mayoría de la gente no
salía de su casa, cuando muchos se veían moverse los visillos de las ventanas
para curiosear lo que pasaba afuera. Las “piadosas mujeres”, al clarear el día,
salían de sus hogares para asistir a sus deberes religiosos y todos, a temprana
hora, se recogían y no se veía ni alma en la calle.
Fue una época
difícil, como siempre en una posguerra. Los comestibles escasearon, lo que
había era caro y malo y la miseria se asomaba en cada puerta de las casas. En
voz baja se comentaba la situación en la que se encontraba el país, la carencia
de todo y la falta de trabajo. Esto no les era ajeno a los jóvenes que
engrosaban el batallón al mando del general Nicolás Bravo y entre ellos,
comentaban el grave problema por el que atravesaba el país, y la situación que
ellos estaban pasando, así como la injusticia del nuevo gobierno al no pagarles
puntualmente lo poquísimo que percibían, pensando que los alimentaban las
golondrinas. Tenían hambre, y veían con una pena profunda que si no podían
comer, mucho menos ayudar un poco a su familia, la que se encontraba a punto de
morir de inanición.
Ellos platicaban;
eran optimistas pensando que pronto cambiaría todo y México florecería, ya que
es un país rico, con grandes recursos y trabajando todos, como un solo hombre,
se normalizaría la situación. Pasaban los meses y todo era igual, deberían
plantear su crítica a sus superiores para que en conciencia aumentaran su
salario y sobre todo, que les pagarán puntualmente. Uno de ellos, el más audaz,
pensando que la unión hace la fuerza, reunió a sus compañeros haciéndoles ver
la conveniencia de que un grupo de ellos en representación del batallón,
hablara con el General Bravo, le expusieron la situación y en nombre de todos,
pidieron un pequeño aumento para que pudiera solventar con dignidad sus gastos
más indispensables.
Pero, nunca falta un
delator y entre los compañeros resultó un “Judas” que fue con el “chisme” con
el general Nicolás Bravo. Lo escucho con paciencia y una vez que el acusante determinó
con la información, se enfureció, no comprendió que el grupo de soldados estaba
en su legítimo derecho de pedir un aumento de sueldo, defender sus intereses…
Sino que tomó esto como un acto de rebeldía, desobediencia y traición…
Con el poder que tenía
el General Bravo, y como si aún estuvieran en guerra, decretó la pena de muerte
para aquel grupo de jóvenes que llamo sublevados, los que no se habían apegado
a la disciplina del batallón, por lo que deberían morir, por traición a la
patria. El soldado delator, al que llamó desleal con sus compañeros, también
ideal paredón. Grupos de personas atrevieron a ver al General Bravo, parientes
y amigos de los reclutas abogaron por ellos, pero el militar impertérrito, se
negó a recibir a las personas y a alguna que lo paró en la calle suplicante,
contestó: “La orden está dada”. Y fue en julio de 1824 cuando el grupo de
soldados del batallón del general Nicolás Bravo salió del cuartel rumbo al
barrio de San Miguel, y en la calle de Lerdo los formaron, siendo al delator a
quien se le dio la orden de ejecutar a sus compañeros.
La Fábula dice que el
día que fueron fusilados los soldados llovía “a cántaros”, los rayos iluminaban
la ciudad y después se soltó un aire que silababa como triste lamento que
corriera por la ciudad. Los jóvenes, algunos casi niños, indígenas y españoles
con estoicismo esperaron la muerte. Algunos invocaron a Dios pidiendo perdón
para su verdugo, un patriota grito “Viva México” y otros maldecían a Bravo. Y
así uno a uno fueron cayendo en el empedrado de la calle de Lerdo. Aquel acto
de barbarie fue conocido por toda la ciudad, causando verdadero pánico entre
los celayenses, los que veían y no podían creer; era el infierno de Dante. Las
mujeres se santiguaban y lloraban, los hombres indignados guardaba su coraje y
odio para los que aplicaban injustamente la “Ley”. ¿Esto era la Independencia
de México? Nadie se lo explicada pero estaba sucediendo en Celaya, según la
leyenda. La calle de Lerdo se convirtió en una pesadilla; desde entonces el
ingenioso pueblo le cambio el nombre, le comenzó a llamar “La Calle de los
Ajusticiados”. Nadie quería pasar por ese lugar, pues decían que se escuchaban
lamentos, y que la sangre de aquellos “justos”, a pesar de la copiosa lluvia,
permanecía allí.
Los soldados tenían
temor de hablar, no quería ni pensar para qué no les fuera a leer el
pensamiento don Nicolás Bravo y darle a conocer el odio que se había ganado a
pulso…
Se bordaron muchas
historias de la calle de Lerdo, así como en todo el barrio de San Miguel. Personas
aseguraban que por las noches se veía pasear por todo el suburbio la figura de
un general, la que llegando a la calle de Lerdo, se perdía. Otras gentes
juraban que noche a noche se repetía la escena del fusilamiento; se escuchaban
los rezos de los jóvenes soldados, el grito de “Viva México”, así como las
maldiciones a Bravo y aún los disparos de aquel momento. Aquello aterra va a
los vecinos los que fueron abandonando las casas de la calle de Lerdo, y
algunas de las manzanas aledañas.
El tiempo va curando
las heridas y olvidando los rencores, aquella historia que se contó de padres a
hijos por muchas décadas; se fue olvidando en el tiempo y poca gente conoce
este relato que indignó a los habitantes de esa región. Sin embargo, a la fecha
se cuentan cosas extrañas que suceden en el barrio de San Miguel, pero nadie
sabe el porqué de esos sucedidos. Se dice que un fuereño llegó a la ciudad y
compró una propiedad en la calle de Lerdo, la que a su vez alquilaba. Decía que
había sido una mala compra, que tenía mala suerte, ya que más tardaba en
alquilarse, que en desocuparse al poco tiempo sin saber el motivo, pues era
casa grande, agradable y la renta accesible.
Pero un día, uno de
sus inquilinos le dijo que aunque tenía contrato, no iba a vivir más allí, porque
con frecuencia se veían sombras las que se desvanecían lentamente hasta
perderse en la pared de una habitación. Otras veces se escuchaban lamentos,
gritos y rezos que salían, quién sabe de dónde, así como ruidos de cadenas que
no dejaban dormir. Doña Tencha, la dueña de una tienda del barrio, decía que
mucho se hablaba que en una de las casas del callejón de Lerdo, espantaban. Con
frecuencia platicaban que veían sombras de figuras de hombres, los que veían
cayendo lentamente uno a uno y desaparecían en el suelo. Que por las noches se
escuchaba un lastimero ladrido de perro, que nunca se vio por más que lo
buscaban en el patio o en la calle. Asimismo se rumoraba que cuando todo estaba
en silencio, se escuchaba como si 100 gatos estuvieran peleando, pero al
encender la vela, no había nada y el ruido terminaba.
Así se contaban
muchas historias que recogía doña Tencha, la de la tienda de la esquina, -que
se encontraba a un costado de la callecita de Lerdo,-y que ella oralmente iba
transmitiendo, por lo que por mucho tiempo se habló que en el Barrio de San
Miguel, a raíz del fusilamiento de los soldados, no se podía vivir en paz, como
si en ese lugar se dieran cita todos los muertos de Celaya “a platicar o
discutir diferencias”, por lo que los vecinos vivían aterrados. El tiempo fue
acabando con esas fantasías hilo de la “Calle de los Ajusticiados”, sólo se
cuenta como una de las tantas leyendas que corren y forman tradición de un
pueblo.

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