domingo, 18 de septiembre de 2016

El Palacio del Arzobispado


Está ubicada en las calles de Moneda y Licenciado Verdad, antes llamada Cerrada de Santa Teresa la Antigua. Antes estuvo ahí el adoratorio de Tezcatlipoca, muy cerca del gran teocalli de los mexicas. Cuando llegaron los españoles este lugar fue destruido y en su lugar se edificó el Palacio del Arzobispado.
El predio fue adquirido por Juan de Zumárraga en 1530 durante los trabajos de contrucción; se dice que ahí el indio Juan Diego le mostró al obispo la tilma donde quedó plasmada la imagen de la Virgen de Guadalupe. Pasaron los años y las inclemencias del tiempo fueron deteriorando la construcción, pero en el siglo XVII el virrey arzobispo don Antonio de Vizarrón y Eguiarreta lo reedificó en su totalidad. Entre el estípite (espacio ente dos columnas de tipo estípite) del lado izquierdo se lee la frase: “Ecce nova Facio Omnia”, que se traduce así: “He aquíque todo se hace de nuevo”.
El encargado de hacer estas obras fue el reconocido arquitecto y artista de origen sevillano Jerónimo de Balbás, quien fuera el encargado de introducir en Nueva España la columna estípite; se cuenta que el balcón central alguna vez estuvo en la primitiva catedral.
Funciono como Arzobispado hasta 1859, cuando al clero le fueron confiscados sus bienes pasando a ser propiedad del Gobierno, quien lo destinó primero a Contaduría Mayor de Hacienda, después jardín de niños y luego bodega; actualmente es el Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Don Ernesto Pallares narra en su libro de casonas sobre la reconstrucción del Palacio y la felicidad que implicó este acontecimiento:
“…se habían puesto a dialogar las campanas de la cuidad. Doña María, San José y la Santa Bárbara, de la Catedral; platicaban con sus hermanas María de los Ángeles, María de Guadalupe y San Joaquín, de la Santísima.
La esquila de San Miguel Arcángel y la sonora de San Agustín, de Santa Catalina, tenían coloquios con la tiple de San Gregorio y de San Rafael, de Loreto.
La grave de San Juan Bautista, el Evangelista y las dobles de San Pedro y San Pablo, de la Enseñanza, respondían a las llamadas de los esquilones de La Purísima, de Santiago el Apóstol y del Ángel Custodio, de la Encarnación. A lo lejos, San Lorenzo platicaba con la Concepción.
De la primera, el esquilonete de Jesús se entrelazaba con la de Santo Domingo de Guzmán. De la segunda, la peregrina de San Ignacio, abrazaba con sus ecos a la acordonada de San Francisco…”.
Para conocer más a fondo todo lo que se hacía en el Palacio del Arzobispado, Manuel Romero de Terreros lo relata en su libro “La vida social en la Nueva España” y Francisco de la Maza en su obra “La Cuidad de México en el Siglo XVII”.

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