Una de las
tradiciones que nuestra tierra atesora y quizá, la más antigua que corre de
boca en boca entre personas que gustan de relatos fantásticos; la leyenda de la
Llorona. En tiempo de la Revolución muchas familias emigraron tanto de
Zacatecas como de Aguascalientes, Durango, León y otros Estados, a la ciudad de
Lagos de Moreno, la que se convirtió en el lugar propicio para refugiarse las
acaudaladas familias, por el temor de ser saqueadas por revolucionarios, lo que
hasta las hijas les querían robar. La ciudad de Lagos de Moreno, era un lugar
atractivo, aristocrático, muy culto y acogedor, en donde las familias que
emigraron encontraron un oasis. Todas eran personas conocidas o emparentadas en
alguna manera.
Muchas veces se
reunían en numerosas tertulias; realizaban recitales poéticos, musicales, o se
juntaban a escuchar algún relato del diestro cuentista, que nunca falta. Y
entre estos se platicaba que la Llorona, la que también echó sus reales en la
pintoresca ciudad de Lagos, cuna de grandes escritores, poetas y artistas
plásticos. Dice la leyenda que en una de las mejores familias del lugar,
después de varios años de espera, llegó a este mundo una hermosa niña. El lugar
de los señores Peón Valdez y Ariscorneta se llenó de alegría por aquel deseado
advenimiento.
Blanca Rosa se llamó
la primogénita de don Rubén y doña Blanca Peón Valdez, a la que le dieron todo
su cariño y sus cuidados. Era una niña dulce, tan blanca que parecía de
porcelana y tan sonriente como una sonaja. Pasaron los años y el matrimonio
tuvo otro hijo, Francisco, al que también querían entrañablemente, pero Blanca
Rosa, la “niña de mis ojos”, como le llamaba el padre, tenía un lugar muy
especial en el corazón de sus progenitores.
Pertenecían a la flor
y nata de la sociedad laguense, y quienes tenían fama por ser muy buenos
anfitriones y recibir en su casa que era un palacio a lo más granado de la
aristocracia lugareña. Blanca Rosa, era muy bella, tenía pretendientes de su
alcurnia, jóvenes apuestos que pretendían su blanca mano, pero ella, mustiamente
los despreciaba, al grado que sus padres pensaban que su vocación era de
religiosa, por lo que estaban muy contentos. Pasaron algunos años y Blanca
Rosa, “no daba color”, ni se metía al convento, ni aceptaba relaciones con
ninguno de los partidos que la acosaban.
Una noche, como
todas, la niña fue a que sus padres le dieran la bendición y las buenas noches.
Se retiró a su aposento…
Las campanas de la
iglesia llamaban a misa de seis, el sol empezaba a salir y doña Blanca lista
para salir a su acostumbrada misa mañanera, a buscar a su hija, su fiel
acompañante. Llevó una gran sorpresa; la cama no estaba destendida, la niña no
se encontraba en su aposento y de la ventana a medio abrir, colgaba una cuerda.
La madre dando de gritos salió del cuarto; preguntaba a la servidumbre por su
hija y nadie daba razón de su paradero. Se registraron los pasillos, la azotea,
las bodegas, las covachas, y ni su luz de Blanca Rosa. Pensaron que había sido
un plagio. Se hacían cruces, no era posible la desaparición de la niña. La
justicia tomó providencias, pero todo fue inútil, la niña no se encontraba y la
noticia corría como reguero de pólvora por toda la ciudad.
Como en todos los
pueblos se empezó a hablar de Blanca Rosa, y pronto salió un corrido que se
escuchaba en la Plaza de Armas, en el atrio de la iglesia, en las esquinas.
“Año de 1900 presente lo tengo yo, que en la casa de los Peón, una tragedia
paso, una tragedia paso… Dejaron la jaula abierta y Blanquita se escapó y
Blanquita se escapó”. Nunca se supo el paradero de la niña. Decían las malas
lenguas que Chicho el caballerango se había enamorado de ella, y como no era de
malos bigotes, también Blanca Rosa se perdió por los soñadores y chinos ojos de
Narciso Romo. Como sabían que era imposible su matrimonio, decidieron huir; no
se sabía si para San Pancho en Aguascalientes, o a Valparaíso en Zacatecas en
donde Chicho tenía parientes.
Pasaron muchos años,
la señora Peón Valdez falleció de la pena de no saber nada de su hija, y poco a
poco, en la memoria del pueblo se fue olvidando aquel suceso que fuera un
escándalo y que se había quedado en el misterio más profundo, sepultado por el
pueblo el que había lanzado un rumor, y que sobre él, se bordaban toda clase de
historias. También se habló de que Narciso Romo, el caballerango de los Peón
Valdez, se había aburrido de la aristócrata dama, y la había dejado llevándose
a sus cuatro hijos. De esto no se supo a ciencia cierta, pero cuenta la Leyenda
que el día que murió don Rubén, se vio una silueta envuelta en un velo blanco,
la que cruzaba las calles y plazas de la ciudad; llevaba en sus brazos un bulto
y como una sombra se veía correr después de las 12 de la noche, hasta llegar al
río en donde desaparecía.
El bulto lo tiraba al
río, pero antes daba un alarido y gritando: ¿En dónde los hallaré?, Parecía que
caminaba por encima del riachuelo, dando unos hondos quejidos y luego se
perdía. Otros cuentan que a los niños, Chicho los mató por haberla encontrado
con otro hombre. Y estaba pagando su pecado. Lo cierto es que por muchos años
se vio y escuchó aquella cosa sobrenatural, lo que todos decían era el alma de
Blanca Rosa, la “niña de los ojos” de don Rubén y doña Blanca, la que por su
mala cabeza los había abandonado, y arrepentida lloraba sus pecados. El pueblo
le comenzó a llamar la Llorona, y así se le conoció por mucho tiempo; hasta que
un buen día, sin saber cómo, jamás volvió a aparecer esta figura blanca con un
bulto en los brazos.

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