Un hombre anciano llegó procedente
de Europa, a la Villa Rica de la Vera Cruz; la gente lo miraba con extrañeza
pues traía consigo varios baúles. No llegó buscando hospedaje, pues, se decía,
ya había comprado un lugar para vivir. Sin embargo y lejos de lo que todos
pensaban, su nueva morada no era lujosa ni grande, por el contrario, era un
sitio pequeño en el que solamente cabía una persona. El viejo era misterioso,
no platicaba con nadie, sólo se le veía los domingos en misa, entraba a la
miscelánea a dotarse de víveres y por las noches se le oía cortar, que clavar y
pegar madera. La incertidumbre invadía a los curiosos, pues el ruido nocturno
había aumentado.
Al siguiente día, su duda fue
disipada. El anciano abrió una pequeña librería de viejo, todos los textos
serán suyos pero había decidido venderlos, intercambiarlos y a su vez comprar
otros tantos. Afortunadamente hubo varias personas interesadas en el nuevo
lugar y gustosos entraban a hojear los textos, se maravillaban de la antigüedad
de los mismos y sobre todo muchas personas se sorprendían al contemplar las
ilustraciones.
Joaquín era un joven ávido de
emociones, gustaba de los libros de historia pero sobre todo de los religiosos,
pues era castizo y necesitaba saber bajo que convenciones sus antepasados
fueron sometidos y obligados a profesar la religión católica. La librería que
había abierto el anciano le brindó una puerta hacia temas desconocidos y una
visión distinta, ya que había textos en otros idiomas. Durante varias semanas
visitó la librería, y aunque el viejo ya lo conocía, se negaba a entablar
cualquier tipo de relación con él; Joaquín por su parte, trataba de
interrogarlo sobre el origen de los libros y los autores, pero el dueño no
aportaba ningún tipo de información. Por tanto, el joven se vio en la la
necesidad de hojear todos los libros religiosos existentes; en el fondo de un
anaquel se encontró con un texto que no había visto, aún tenía polvo y las
portadas estaban descuidadas y muy viejas; ahí estaba la ilustración de un
cáliz que llamó mucho su atención, pues hasta ahora no había visto algo
similar.
Pregunto por el precio y el costo
era muy elevado, a pesar de pertenecer a una familia un tanto adinerada, no
alcanzaba a cubrir el monto. Varios días pasaron y no había juntado ni siquiera
la mitad del dinero, por lo que decidió llevárselo a escondidas del viejo,
leerlo, estudiar la ilustración y regresarlo nuevamente a la librería. No tuvo mayor dificultad para
sacarlo. El camino a casa fue diferente, pues a pesar de recorrer siempre la
misma distancia, esta vez había fatigado un poco. Al entrar en su alcoba miró
la ilustración, el cáliz se mostraba reluciente, contrastaba con el resto de
las imágenes y de las páginas que lucían amarillentas y carcomidas, sin embargo
la imagen le parecía distinta a cuando la había observado por primera vez.
Se había concentrado tanto en la
lectura que se olvidó de comer, solo pasaron unas horas y se sentía muy
extraño. Se dirige al sanitario y lo que vio en el espejo lo dejó horrorizado
¡había envejecido por lo menos15 años!, parecía un hombre de por lo menos 35
años, cuando ni siquiera rebasaba los 20. Volvió a mirar la imagen del cáliz y
se encontró con que se veían aún mejor, sin embargo sucedía todo lo contrario con
él, cada minuto que pasaba se volvía más viejo. Rápidamente tomó la decisión de
regresar el texto la tienda, pues pensó que el origen de su mal radicaba en el
libro sustraído; al llegar a la librería, se encontró con que aquel viejo,
dueño del local, lucía notablemente más joven.
Joaquín atemorizado dejó el libro
donde lo encontró pero su aspecto continuaba igual, la piel comenzaba a
arrugarse, habían aparecido algunas canas y los achaques, propios de la edad,
se hacían presentes. En vano intentó cuestionar al viejo sobre lo que sucedía,
pues éste no respondía ninguna pregunta; Joaquín notaba que entre más viejo se
volvía el dueño de la librería adquiría una juventud portentosa. La gente al
entrar en la tienda confundía al dueño con el viejo Joaquín, quien desesperado
trataba de explicar a los visitantes lo que sucedía, sin embargo, sus
argumentos fueron desdeñados, ya que el dueño, hábilmente, dijo que debido a la
edad tan avanzada de su padre, los desvaríos de éste eran constantes; así que
los compradores hicieron caso omiso de los gritos de Joaquín.
Con una malicia inusitada, el
dueño de la librería corrió a Joaquín del lugar, le pidió no volverse a parar
por ahí, que su acto atrevido había tenido consecuencias, por lo que le sugirió
no volver a tomar sin permiso algo que no fuera suyo. El librero aventó el
texto del cáliz al fondo de un anaquel y dijo que mientras existieran curiosos
como Joaquín, él se mantendría vivo, pues su rejuvenecimiento estaba
garantizado.
Cuenta la leyenda que Joaquín
murió a los pocos días de causas naturales, nadie reclamó su cuerpo, pensaron
que se trataba de algún mendigo; por su parte los padres del muchacho dieron
aviso a las autoridades de la desaparición de su hijo e iniciaron la búsqueda.
Mientras el dueño de la librería se había convertido en un hombre atractivo
para las damas solteras de la ciudad. Se dice que el hombre había vendido su
alma al diablo y que éste le devolvería su juventud, a cambio de almas
nuevas y joviales; curiosos que fueran
capaces de todo por conseguir el libro del cáliz.

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