lunes, 12 de septiembre de 2011

Fiestas Patrias Mexicanas


Aprovechando que las Fiestas Patrias se encuentran prácticamente a la vuelta de la esquina, en esta ocasión traigo para ti un mini documental de cómo se festejan estos días en México. Aquí te platico un poco sobre las celebraciones en tiempos pasados, el grito, la comida típica, las bebidas, entre otras cosas más. Espero te resulte interesante, y ya sabes que cualquier comentario es bienvenido. ¡Felices Fiestas!


domingo, 4 de septiembre de 2011

El Colegio de las Vizcaínas


En tiempos de la Colonia, existía un solar que se encontraba limitado por los callejones de Pañeras, Caleras, Esmeralda y Gorilla, y que actualmente conocemos como las calles de Vizcaínas, Meave, Aldaco y Echeveste, donde se encuentra construido el famoso Colegio de las Vizcaínas o Colegio de San Ignacio, inaugurado en el año de 1766.
Las crónicas nos cuentan que a mediados del siglo XVIII, vivían en la capital de Nueva España un grupo de tres amigos que habían vivido en comunión espiritual con estrictos entrenamientos; estos hombres eran Ambrosio de Meave, originario de Villa de Durango, Vizcaya; Francisco de Echeveste, de Villa de Usurbil, Guipúzcoa; y José de Aldaco, proveniente de Oyarzun.
El primero de ellos llegó muy joven a tierras mexicanas, haciendo fortuna en el comercio, después el Ayuntamiento y la Archicofradía del Santísimo, le encomendaron la tarea de administrar los fondos para construcción del Hospicio de San Hipólito y la reedificación de los Colegios de Aranzazú y el de las Doncellas.
El segundo fue general del rey de los galeones de Filipinas y embajador enviado al Rey de Tonquín del imperio chino, y en México llegó a convertirse en prior del Tribunal del Consulado.
El tercero fue muy destacado aquí en México por ser  el apartador general de oro y plata, así como también por ser reactor de la Cofradía de Nuestra Señora de Aranzazú.
En 1671 estos tres hombres tuvieron la idea de crear una hermandad que sirviera como centro y escuela de caridad para niñas pobres, donde se tenía preferencia por las vascas en primer lugar, y después las españolas, sin mancha alguna en su nacimiento, pues no se admitían con mezcla de sangre porque desprestigiaban a la institución: Así quedaría conformado en Colegio de Niñas de San Ignacio de Loyola, mejor conocido en nuestro días como el Colegio de las Vizcaínas.
El lugar donde se encuentra en pie este edificio, en algún tiempo fue un terreno baldío que servía de muladar, y que fue comprado por la cantidad de 33 mil 618 pesos fuertes, y la obra costo más de 2 millones. La construcción comenzó a mediados del año de 1734, donde estuvo a cargo el Obispo de Durango, doctor Martín de Elizacochea; el colegio fue terminado el primero de septiembre de 1753, dando su aprobación por su fundación y constitución el rey Carlos III.
Al parecer ya todo estaba terminado, pero el problema que enfrentaban sus fundadores era que quería que la docencia fuera independiente del clero del Estado, situación que siempre los tuvo en una prolongada lucha, que adquiriera grandes penalidades contra prelados y autoridades, llegando a complicarse de tal modo, que uno de los fundadores propuso a sus otros dos compañeros que si no obtenían la autonomía le prendieran fuego a lo que tanto tiempo y recursos les había constado forjar.
El colegio de las Vizcaínas, al igual que el colegio de San Ildefonso, es un claro ejemplo de cómo eran los planteles educativos durante la época de la colonia, cuando el estilo arquitectónico que predominaba  era el barroco. La primera traza del proyecto, según nos cuentan las crónicas, fue de  la autoría de don Pedro Bueno Basori, quien murió cuando se comenzaron los trabajos de construcción, después la obra quedaría a cargo del maestro de arquitectura don Miguel José de Quiera.
Actualmente, cuando pasamos por enfrente de este hermoso lugar, podemos apreciar en su portada la crestería en forma piramidal, lo cual da al edificio un aspecto de inconfundible majestuosidad. La portada de la capilla fue construida en 1786 por Lorenzo Rodríguez; pero lo que se podrá considerar la columna vertebral son los cuatro patios principales, trazados de tal forma pues el tránsito entre corredores queda perfectamente comunicado, y por si no fuera poco también hay que destacar su monumental escalera. Tampoco puede pasar inadvertida su hermosa fachada de tezontle, los portalones de cantería y su fuente, son obras de la más exquisita belleza.
En cuanto a la capilla, afortunadamente todavía conserva sus retablos estilo churrigueresco, y además cuenta con un pequeño museo con pinturas, muebles y objetos de orfebrería, que fueron encontrados todos desperdigados.
El 8 marzo 1800 la ciudad de México sería azotada por un terrible terremoto, que dejó el inmueble bastante dañado; por suerte demandado reparar al poco tiempo y quién quedaría a cargo de este trabajo, fue el director de arquitectura de la Academia don José Antonio González Velázquez, junto con don Ignacio Castera.

Datos curiosos
  • El obispo don Martín Elizacochea  era peninsular, pues nació en Azpilicueta, Navarra fue catedrático en Alcalá y se traslado a la Nueva España como canónigo de México, pero a este hombre se le recuerda por haber erigido en su ciudad episcopal el templo de Santa Rosa.
  •  En el colegio de San Ignacio, estudió doña Josefa Ortiz de Domínguez, la Corregidora de Querétaro, quien  siempre se destacó por ser una alumna muy inteligente, pero muy traviesa.
  • Se dice que don Benito Juárez, le bautizó con el nombre de Colegio de la Paz.
Hoy en día podemos ver todavía en pie el colegio de San Ignacio o de las Vizcaínas, mejor conocido con este último nombre, pero desgraciadamente se encuentra bastante deteriorado, y es difícil creer que en ese lugar se hagan eventos importantes, debido a que el rumbo no es muy bonito que digamos, pues con todo el dinero que sacan de la renta lo mínimo que podrían hacer los encargados es tener bonita del edificio, no sólo para organizar eventos, sino por su enorme valor histórico y cultural.

domingo, 14 de agosto de 2011

La calle de la Escalerilla y su relación con el Señor del Buen Despacho


Esta leyenda causó revuelo en la capital de la Nueva España, tanto así que todavía podemos conocerla hasta nuestros días a pesar del paso de tantos años.
El protagonista de esta historia era un hombre que vivía en una terrible pobreza, que le había arrebatado sus bienes y su familia, asunto que lo hacía pasar enormes penurias, pues casi nunca tenía dinero para comer un mendrugo de pan.
Cierta noche en que no podía conciliar el sueño, acurrucado en el resquicio de una puerta, escuchó que una misteriosa voz le hablaba y le decía repetidas veces: “Si quieres pan, anda y roba”; el desdichado hombre lleno de pavor, se puso a rezar de manera frenética, creyendo que el que le hablaba era el Diablo que se hallaba escondido quien sabe dónde. Cerró los ojos, lleno de pavor espero a que el amanecer de un nuevo día alejara aquellas malas consejas salidas de un ser maligno.
Comenzaron a salir los primeros rayos del sol y el mendigo cogió sus mantas sucias y encaminó sus pasos a una casa cercana para ir a pedir agua, pero apenas hubo abierto la pesada puerta, comenzó a escuchar aquella voz que tanto miedo le daba, y que le empezaba a decir “Si quieres pan, anda y roba”, “quiero pan” contestó el hombre, “pues ve a robarlo”, “¡me ahorcarán!”, “ve a robar”. “¿Quién me lo ordena? ¿Dios o el Diablo? No hubo respuesta alguna a esas interrogantes, a lo que el mendigo insistió: “¿No hay quien responda?”, y lo que la voz contestó “Ve a robar”.
Asustado y turbado, el hombre salió corriendo hacia la Plaza Mayor hasta llegar a la Catedral, encaminó sus pasos hacia el interior del templo y se sentó. Trataba de rezar, pero las palabras se le hacían como madeja de estambre en la lengua, en ese momento levanto su cabeza hacia donde estaba una dama que rezaba piadosamente con la cara levantada viendo a la gloria del retablo dorado; y fue en ese momento que los ojos se le iluminaron cuando vio que la mujer traía en el cuello un hermoso collar de piedras preciosas, se levantó rápidamente y ocultándose en una columna vio como ella se acercaba a prender una veladora en el altar de las Reliquias. Aprovechando la penumbra del lugar, el mendigo se acercó lentamente y con un hábil movimiento despojó de la joya a su propietaria, para luego correr hacia la salida.
Cuando pensó que había consumado su fechoría de manera exitosa, un caballero se atravesó y lo detuvo en el camino al tiempo que le recriminaba de porque robaba, a lo que el mendigo angustiado respondió que quería pan; el caballero le dijo que él le daría todo lo que quisiera comer y que no lo denunciaría, siempre cuando regresara la alhaja robada a su dueña. Así lo hizo aquel hombre; regresó con la dama y le pidió una disculpa, después siguió al caballero que había conocido.
Los hombres se encaminaron hacia un rumbo apartado, hasta llegar a una vieja casucha donde entraron y se encontraron con otros mendigos armados con látigos y disciplinas, golpeando sin parar un bulto cubierto con lienzos sucios y raídos, pero eran tantos, que no se podía ver lo que abajo se encontraba. El caballero le explicó al mendigo que su trabajo iba a consistir en solo golpear, ya que al ser poseedor de gran fortuna, podía costearse ciertos caprichos. La labor que tenía que desempeñar el pordiosero consistía en venir todas las mañanas a golpear un bulto, y que al sonar las campanadas de las tres de la tarde en todas las iglesias pegara más fuerte, con todas las fuerzas que le diera su cuerpo; eso sí, tendría toda la comida que quisiera siempre y cuando no abriera la boca sobre aquel asunto, y para terminar de convencerlo, su patrón le adelanta un duro como incentivo y le dijo que le diera las gracias a Astaronth por haber tenido esta oportunidad y que le sábado no fuera a trabajar, pues ese día la casa estaría cerrada para todos. Dadas las instrucciones el hidalgo salió de la casa.
El mendigo quedó muy contento porque ya tenía salario, comida y techo, así lleno de energía se dispuso a dar de golpes al bulto hasta quedar exhausto;  llegó la media noche, cuando la curiosidad se apoderó de su mente y pensó que quería ver lo que envolvían las telas sin testigo alguno, desató los nudos quitando las pesadas hebillas y clavos y alzó las pesadas telas, pero al levantarlas se encontró con algo que nunca imaginaría: ¡Un  Santo Cristo calvado en una tosca cruz! El pobre hombre quedó mudo y pálido al ver el sacrilegio que había cometido sin saberlo, y lleno de angustia se arrodilló ante la imagen y le pidió perdón.
Salió a la calle como loco corriendo y gritando por clemencia para su terrible falta, en ese momento iba pasando una ronda, quienes pensaron que aquel hombre estaba loco o hechizado, por lo que decidieron llevarlo atado de pies y manos al cuartel. En ese cuartel el mendigo le relato a la justicia de que en cierta casucha de la ciudad era azotada la imagen de Dios. Ni tarda ni perezosa intervino la Santa Inquisición para dar con aquel pecador, que investigando muy minuciosamente, resultó ser un nigromante adinerado, quien a base de mentiras se hizo de un crucifijo muy grande, uno de muchos de lo que había mandado Felipe II o su padre don Carlos; y todo esto solo para azotar la imagen. Descubierto aquel secreto, aquel hombre fue apresado, torturado y condenado a la hoguera, y su casa fue derribada.
La imagen fue trasladada a la Catedral, donde le fueron rezadas varias novenas para desagraviar al ofensa, y con el tiempo fue adquiriendo fama de conceder favores en tiempo y forma, por lo que la gente lo empezó a llamar como “El Señor del Buen Despacho”.
En la actualidad lo podemos ver todavía en la capilla que lleva su nombre, en la nave oriente de la Catedral. Dicen que todavía sigue siendo tan milagroso como en los tiempos de la Colonia.

domingo, 7 de agosto de 2011

La leyenda de la calle de Don Juan Manuel

Toque del Angelus en Catedral

La calle de las Escalerillas (Hoy República de Guatemala)

Este pequeño tramo alguna vez formó parte de la calle de Tacuba, ubicada atrás de la Catedral. Los cronistas nos cuentan que se le llamó así porque había unas escalerillas que daban subida al atrio de la Catedral, y otros más dicen que el templo dedicado a Huitzilopochtli tenía unas escalerillas que conducían a una plataforma superior y que daba hacia esa calle, que en aquel entonces era el principio de la calzada de Tacuba.
Dando vuelta a la calle, en la Plazoleta del Márquez, frente a donde se encontraban las casas de Hernán Cortez, Marqués del Valle de Oaxaca, que hoy conocemos mejor como Nacional Monte de Piedad, los indígenas construían sus humildes chozas a pesar de las prohibiciones de las autoridades, que muchas veces los expulsaron de manera violenta y hacían cachitos su humildes moradas; este comportamiento de los naturales se debía a que en ese lugar había sido la sede de su Templo Mayor, que habitado por sus deidades, y por esta razón los pobres sufrían y lloraban terriblemente porque veían los restos de lo que quedaba del gran teocalli, la destrucción de su ciudad, la gran México – Tenochtitlán.

Los vestigios prehispánicos
La calle de las Escalerillas, como se mencionó anteriormente, se encuentra justa atrás de Catedral, la cual es uno de los sitios más importantes del Centro Histórico, tanto por su basta historia, como de su arquitectura.
La iglesia del Sagrario de la Catedral fue construida sobre los vestigios prehispánicos de la pirámide dedicada al Dios Sol (Tonatiuh). Cuando dieron inicio los trabajos para reforzar los cimientos de dicho Templo (debido a su hundimiento progresivo), fueron encontrados restos de dicha pirámide, por lo que se decidió colocar una placa que explicara todo lo relativo a aquellos hallazgos, que dice lo siguiente:
En templo del Sol y el glifo Chalchíhuitl, bajo este acceso hecho expresamente fue descubierto durante las obras de recimentación del Sagrario, en febrero de 1976, el talud septentrional de la Pirámide del Sol, al ser hallada un lápida tallada en relieve con el glifo chalchiuitl o símbolo solar, este petroglifo fue descubierto en el frente de dos (en las excavaciones subterráneas que se practicaron bajo el sagrario), a una profundidad de 5.54 metros, desde el nivel del piso terminado de feligresía del sagrario.
La lápida, que se encontró ya fragmentada en una de las esquinas, se hallaba boca abajo. Al ser volteada se descubrió que estaba labrada. Es cuadriforme y en su anverso está adornada con el jeroglífico de Chalchíuitl, glifo relacionado con el sol.
El glifo ha sido descifrado como Chalco y expresa la primera sílaba de Chalchíuitl “Piedra preciosa de color verde” con que los mexicanos representaban al astro diurno. El jeroglífico se lee como “Lugar de lo precioso o sagrado”, en el interior de este acceso, sobre una parte del talud piramidal que se pudo conservar, se encuentra una segunda lápida, similar a la primera, todavía en situ, y una tercera, que se encontró bajo el talud este que actualmente se puede ver en el propio museo de la Catedral, las tres se encuentran totalmente policromadas en colores similares (La segunda y tercera) presentaban los siguientes colores, según análisis del INAH: círculo central: rojo; segundo círculo: verde turquesa; tercer círculo: rojo; elementos radiales: blanco delineado en negro; círculos pequeños: blanco delineado en negro, y espacios circundantes rojo."