sábado, 21 de agosto de 2010

La famosa casa llamada de Don Juan Manuel ó de Torre de Cosío, protagonista de una extraordinaria leyenda (República de Uruguay número 90)


Esta hermosa casona fue construida en 1783; su fachada consta de tres cuerpos con torreón, posee también tres gárgolas con la forma de un cañón y está hecha de chiluca y tezontle, como toda casona que se preciara durante el siglo XVIII; destacan sobre todo sus enormes puertas de madera con remaches de metal.

El interior fue remodelado en su totalidad para establecer comercios, pero todavía conserva parte de su antiguo esplendor que tuviera en su mejor época. Esta casona se volvió famosa porque fue la protagonista de un dramático acontecimiento que llegó a oídos de toda Nueva España. En las primeras publicaciones del blog podrás leer la leyenda completa.

En breves palabras, se cuenta que en aquella casona vivió un hombre llamado Juan Manuel de Solórzano, quien tenía una gran fortuna y era gran amigo del virrey don Lope Díaz de Armendáriz, marqués de Cadereita y, bajo su sombra realizó magníficos negocios, algunos de los cuáles despertaron el interés de la Real Audiencia por no ser del todo cabales. Así pasó un tiempo, y un día el caballero don Juan Manuel fue a dar a la cárcel con todo y sus zapatitos, por un pelito lo mandan al patíbulo; ya que fue salvado por su amigo el marqués de Cadereita para que le otorgaran en perdón.

Este incidente le afecto fuertemente en el ámbito social y económico, a tal punto que perdió parte de su antigua arrogancia, con lo que se retiró de los negocios públicos y se encerró en su casa lleno de amargura. A consecuencia de la fuerte depresión por la que pasaba, fue que empezó a sospechar que su linda y bondadosa esposa doña Mariana de Laguna lo engañaba; y su alma envenenada de celos idea vigilarla a toda hora cada uno de sus movimientos de la pobre mujer. Se dedicó en cuerpo y alma a hurgar hasta el último rincón de la casa, en busca de una prueba que confirmara su infidelidad, nunca la encontró.

Conforme pasaban los días, los celos de don Juan Manuel se llegaron a convertir en enfermizos, a tal grado llegó su locura que hasta invocó al Maligno (Lucifer), ofreciéndole su alma a cambio de conocer a aquel hombre que le requería de amores a su esposa.

A lo que el rey del inframundo le dio la instrucción de que saliera de su casa a las once de la noche y matara al primer incauto que pasara cerca de ella. Y comenzaron los acontecimientos que dieran origen a la leyenda.

  • Perdone usarcé, ¿qué horas son?
  • Las once
  • ¡Dichoso usarcé que sabe la hora en que muere!

Acto seguido hundía su puñal en el pecho de la víctima hasta cuatro veces, para asegurarse de que le había cortado la vida.

Al día siguiente la ronda levantaba el cuerpo sin vida del hombre muerto, acuchillado; ante estos hechos, toda la cuidad se hallaba consternada y llena de pavor de salir por las noches por miedo de ser asesinados.

Don Juan Manuel, como la fresca mañana seguía ejecutando sus crímenes cada noche, llevándose en su labor a personas muy queridas y en las cuáles confiaba, fue en ese momento que su mente tuvo algo de lucidez y razón, y arrepentido corrió al Convento Grande de San Francisco en busca de un fraile que le confesara.

El religioso escuchó con atención los horrendos crímenes de aquel hombre, y al finalizar le impuso como penitencia presentarse durante tres noches en la Plaza Mayor, que se arrodillara al pie de la horca y rezara un rosario.

La primer noche que acudiera el caballero a cumplir la penitencia, se vio rodeado de espectros que a coro lo atormentaban anunciándole su próxima muerte; lo mismo se repitió la segunda noche, pero causándole todavía más pavor; y al tercer día la población de Nueva España observaba atónita a aquel hombre colgado de la horca.

Su muerte fue atribuida a las ánimas de aquellas personas a quienes el había dado muerte, y de ahí nació aquella leyenda. Tal vez en realidad haya sido un crimen, nunca lo sabremos; pero lo que si conocemos es la tradición que va pasando de generación en generación.

Lo que si fue un hecho es que aquella casona le perteneció a don Juan Manuel González de Cosío, conde de la Torre de Cosió, quien era descendiente del emperador Moctezuma II Xocoyotzin.

domingo, 15 de agosto de 2010

El famoso Palacio de los Condes de la Cortina


Aquí vivió el Conde José Justo Gómez de la Cortina, mejor conocido como el Conde de la Cortina, quien fuera un hombre sobresaliente en el México del siglo XIX; hijo de Ana María Gómez de la Cortina, fue el último heredero de un título nobiliario nacido en 1783. En ese año el rey Carlos III concedió al abuelo de José Justo, de nombre de Servando, el condado de la Cortina; las armas asignadas por el monarca eran un escudo de armas partido y cortado en tres, formando ocho cuarteles.

Don Servando contrajo nupcias con doña Paz Gómez Rodríguez, quien era nieta del Conde de San Bartolomé de Xala (de quien hablaremos más en próximas entradas); de esta unión nació Ana María Gómez de la Cortina, que quedó huérfana de padre y madre y al heredar la enorme fortuna, junto con el título de condesa, mandó construir ésta casa.

El edificio cuenta con una gran fachada con puerta de balcón arriba, ventanas de cantera almohadillada y torreón en una de sus esquinas; se dice que fue modificada al abrirse la avenida 20 de noviembre. Las piezas de habitación y estudio estaban envigadas, la cocina enladrillada y con varios hornos para pan, tortillas y carnes. Actualmente alberga en su interior oficinas y locales comerciales.

En 1799 nació en esa casona José Gómez de la Cortina, que fuera nombrado gobernador de la cuidad de México por Antonio López de Santa Anna en 1834; también fue ministro de Hacienda entre 1838 y 1839, y aunque no parezca, sus actividades políticas pasaban a segundo plano ante su verdadera vocación: las artes y la ciencia.

Fue fundador y primer presidente de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en 1833; en 1829 había sido nombrado miembro de la Real Academia de la Historia y estuvo en el servicio diplomático de España, donde estudió y vivió muchos años. Era un hombre muy culto, pero también escribió un diccionario de sinónimos, un manual de voces técnicas de bellas artes y el famoso relato de “La Calle de Don Juan Manuel”.

Donde tal vez se manifestó su refinamiento al máximo, fue en el arreglo de la “Casa Colorada” del Parque Lira, que a lo largo de su vida adulta fue embelleciendo con terrazas, rampas, escalinatas, fuentes y glorietas. Desde allí editó tres revistas célebres: “El registro Trimestral”, con artículos sobre educación, economía, arquitectura y matemáticas; “El semanario para las señoritas”, destinado a la educación científica y moral de las mujeres; y “El mosaico mexicano”, en el que colaboraron las mejores firmas de la época, como Manuel Payno, José Bernardo Couto y José Bustamante.

domingo, 8 de agosto de 2010

El Palacio de los Condes de Calimaya


En 1528 don Hernán Cortés le cedió este solar a su primo don Juan Gutiérrez Altamirano, quien inmediatamente empezaría a diseñar su nueva morada; para 1536 contrataría al cantero maestro de obras Bartolomé Coronado para que realizara los trabajos de reedificación de su mansión. Se cuenta que el mismísimo don Juan ayudó a acarrear la enorme cabeza de serpiente, al cuál originalmente formaba parte del “coatepantli”, la plataforma de serpientes que rodeaba el recinto del Templo Mayor destruido por los españoles para luego ser colocada en la esquina de su casona en la parte inferior, como señal de triunfo sobre la antigua civilización.

El rey español Felipe III en 1616, le concede a la familia en título de Condes de Santiago de Calimaya y Senescal de las Filipinas; y de ahí deriva el nombre de la casona que conocemos actualmente. El palacio fue reconstruido en su totalidad en 1774 por uno de los arquitectos barrocos más importantes de la época: don Francisco de Guerrero y Torres, quien también es autor de la Capilla del Pocito en la Villa de Guadalupe.

La casona esta hecha con cantera y tezontle, su espléndido zaguán cuenta con unas imponentes y enormes puertas de cedro bellamente labradas con figuras alusivas a la heráldica de la familia; en cuanto a la herrería es de Toledo y forjada a mano.

Su bello patio en las enjutas de los arcos, se aprecian los escudos de las familias emparentadas con la casa de Santiago; la fuente adosada en la pared, tiene la forma de una concha y el surtidor es una sirena de dos colas tocando una guitarra. La escalera hecha en piedra, tiene en su arranque las figuras de dos leones. Pasando al piso superior, destaca la portada de la capilla doméstica con un hermoso trabajo de cantera labrada.

El Conde de Calimaya contaba con el poder de tener sus propios guardias en su casa; uno de los descendientes suprimió esta actividad y en sus lugar mandó poner en el pretil de la azotea, soldados de piedra con lanza y casco colocados en unas cortas plataformas sobre cañones que sirven como gárgolas; en la esquina un soldado de cuerpo entero portaba alabarda en la mano derecha.

Para 1826, las figuras fueron retiradas y se dice que fueron enterradas cuidadosamente y en secreto en diversas partes de la casona; pero desgraciadamente nunca se tomaron cartas en el asunto para tratar de localizarlas.

Algunas leyendas hablan sobre un gran tesoro que se encuentra por ahí escondido y que durante la noche se escuchan los alaridos que profiere el Marqués don Carlos, quien muriera vilmente asesinado a mediados del siglo XVIII; manos llenas de sangre que dejan sus huellas en los muros y lastimeros llantos de niños chiquitos que parecen salir del fondo de la fuente.

En la parte alta estuvo alguna vez el estudio del pintor Joaquín Clausell, que estuvo casado con una de las descendientes de los condes. Toda la pared se puede ver decorada con esbozos que el artista hacía para pintar sus pinceles. Actualmente es el Museo dela Cuidad de México.

lunes, 26 de julio de 2010

El Conde de Regla


Don Pedro Romero de Terreros y Ochoa, mejor conocido como el Conde de Regla nació en Cortegana Huelva, España en 1710; dejó sus estudios a medias en la Universidad de Salamanca para trasladarse a la capital de Nueva España para atender la testamentaria de su hermano José. Tiempo después se trasladó a Querétaro para hacerse cargo de los negocios de su tío Juan Vázquez de Terreros, quien además de estar enfermo también se encontraba en bancarrota; pero como dijera un dicho, donde habita el fracaso de unos se gesta la fortuna de otros, esto fue cuando al fallecer el tío, la explotación de las minas de Real del Monte pasó a ser propiedad de don Pedro. Tras trece años de esfuerzo y perseverancia logró llegar a la veta de La Vizcaína, lo cuál lo convirtió en uno de los hombres más ricos del país.

Fue alcalde ordinario de Querétaro, después alférez real y finalmente alguacil mayor; pero lejos de ser avaro y miserable, este hombre estableció una misión franciscana entre los apaches, sin mucho éxito; también se dedicó a dar generosas limosnas a los colegios de propaganda de fide de Santa Cruz Querétaro, san Francisco de Pachuca y San Fernando de México, al cuál además le donó un órgano. Sufragó los gastos de los conventos de San Pablo y Corpus Christi y contribuyó a la fundación del de Capuchinas en la Villa de Guadalupe; también ayudó a los hospicios de los pobres de México y de Pachuca, hizo préstamos al mismísimo virrey de Croix por 400 mil pesos entre los años de 1771 y 1773, que le fueron pagados tiempo después por la Casa de Moneda.

A la Marina Real le regaló un navío de 80 cañones llamado Conde de Regla, construido y botado al agua en 1786 en el astillero real de la Habana, que en 1805 partiera a la batalla de Trafalgar contra la flota inglesa. Finalmente, por todos lo servicios prestados a la monarquía, Carlos III le confirió el título de conde de Santa María de Regla y expidió para sus hijos segundo y tercero, así como para sus sucesores, los títulos de marqueses de San Fernando y de San Cristóbal respectivamente. Este de buen corazón murió en la hacienda de San Miguel Regla en 1781, recordándolo hasta nuestros días por sus labores altruistas.

domingo, 18 de julio de 2010

Palacio Nacional


Se encuentra ubicado en el costado este de la plaza de la Constitución ó Zócalo Capitalino; esta limitado con las calles de Moneda al norte, Corregidora al sur y Correo Mayor al este. Se cree que fue construido en el mismo lugar que ocupaba el Palacio de Moctezuma II.
Este lugar a lo largo de su historia ha sido sede de gestas heroicas, casa de Virreyes, recinto de obras artísticas y casa de los Presidentes de la República hasta 1934, este inmueble ya es considerado monumento, y alberga dentro de sus 4 manzanas, 11 edificios, 14 patios y 4 niveles la mayor parte de los acontecimientos que le dieron forma a la historia de México.
La historia del Palacio Nacional comienza cuando los españoles lo construyeron con mano de obra indígena con un costo de 24 mil pesos de la época, las escrituras fueron redactadas el 19 de enero de 1562 en Madrid, España.
En 1529 la propiedad fue cedida por Carlos V a Hernán Cortés como pago a sus servicios prestados en la conquista y pacificación de Nueva España. Más adelante la Corona española le compraría el inmueble a Martín Cortés, hijo del conquistador, y desde 1562 pasó a ser sede del gobierno colonial. Ese mismo año quedaron establecidas ahí las habitaciones para el representante del rey, la cárcel de la corte, el archivo, la audiencia y años más tarde la casa de acuñación de moneda. El 6 de junio de 1692 fue quemada parcialmente por una revuelta popular y tuvo que ser reconstruida por varios años.
En septiembre de 1896 el gobierno de Porfirio Díaz instaló la campana de la iglesia de Dolores sobre el balcón central del edificio, en el mismo sitio donde alguna vez estuviera un reloj y una campana sin badajo, durante la época colonial.
Para 1927, Plutarco Elías Calles ordenó añadir otro nivel, con lo que el palacio quedaría como lo conocemos hoy en día; el arquitecto encargado de esta labor fue Augusto Petricioli, quien también dispusiera que se mandaran cubrir las paredes de tezontle para darle un aspecto neocolonial y así armonizara mejor con las demás casonas circundantes.
Actualmente se continúa poniéndole pilotes de 35 metros de profundidad para controlar el hundimiento que padece este majestuoso y señorial edificio, debido a la zona y vibraciones que transmite en paso de los trenes del Sistema de Transporte Colectivo, mejor conocido como Metro.
Ahora vamos a dar un pequeño recorrido por las diferentes áreas del Palacio Nacional:
  1. Al costado sur – poniente podemos observar pinturas de mediados del siglo XIX; una de ellas pertenece al poeta e historiador José Martí, quien viviera cerca de ahí antes de partir a colaborar en la liberación cubana.
  2. El corredor de las figuras nacionales comienza con las pinturas de Nezahualcóyotl y Cuauhtémoc, más adelante podemos ver a la mayoría de los presidentes mexicanos, pero algunos como Antonio López de Santana no aparecen. El corredor se encuentra adornado con jarrones chinos y candiles con el emblema del águila coronada, que fue herencia del emperador Maximiliano de Absburgo.
  3. En la escalera de honor, como así se le conoce, que comunica con el despacho presidencial se puede leer la frase: “La patria es primero”, la cuál fue inmortalizada por Vicente Guerrero. Los muros de la oficina del Primer Mandatario están decorados con cuadros de Gerardo Murillo, “Dr. Alt”.
  4. Más adelante podemos ver el Salón de los Fumadores, decorado con mobiliario otomano y un espejo francés; ahí se reunió en varias ocasiones Luis Echeverría Álvarez, a la sazón Secretario de Gobernación con líderes estudiantiles de 1968.
  5. Después encontramos el Salón de los Acuerdos, decorado con bustos de filósofos griegos Sócrates y Platón, para unos pasos más delante encontrar la biblioteca, en la que se ubica el primer elevador que hubo en la cuidad de México, que data de 1902 y que incluso tiene un reloj de pared.
  6. Después pasamos al Salón Azul, en cuál tiene una pintura de Simón Bolívar y el Salón Verde, con imágenes de George Washington y el rey español Carlos III; durante el siglo XIX estos salones fueron uno solo y eran destinados a fiestas y banquetes. A un lado podemos encontrar el Salón Morado, conocido a principios del siglo XX como el Salón de los Secretos. En algún tiempo Porfirio Díaz llegó a atender las conferencias de prensa.
  7. Ahora pasamos a uno de los salones más importantes del palacio, es llamado de los Embajadores; esto es porque el Primer Mandatario recibe las cartas credenciales de los representantes de otras naciones. Este lugar es muy importante y emblemático en la historia de México, debido a que ahí se firmó el Acta de Independencia en 1821, también tuvo lugar el velorio de Benito Pablo Juárez García y en su honor fue colocada una exposición permanente; esta se encuentra abierta al público y nos muestra como vivió este presidente.
  8. Continuamos con el salón de las Recepciones que da al balcón central donde se hace sonar la campana ó esquilón todos los días 15 de septiembre; aquí estuvo preso por 19 días el Benemérito de las Américas.
  9. Existe una estatua llamada Pegaso, la cuál representa la inteligencia, el valor y la prudencia y está ubicada en el Patio de Honor. Fue colocada en siglo XIX en lo que era la Plaza de Armas, hoy conocida como Plaza de la Constitución, y fue Plutarco Elías Calles quien ordenara su traslado a Palacio Nacional.
  10. El reconocido y célebre muralista Diego Rivera pintó un total de 14 murales en el interior del Palacio Nacional entre los años 1929 – 1935 y 1941 – 1952, los cuáles abarcan 62 metros cuadrados. El último nos cuenta la entrada de los conquistadores españoles a Veracruz, esta obra corresponde a 1951.
  11. En el lado oriente está ubicada la iglesia, que fue mandada edificar por la Emperatriz Carlota; a un costado estaban los edificios que sufrieron severos daños por el terremoto de 1985, por tal motivo fueron demolidos y creada una extensión del jardín, en el que destacó el árbol de Manita, que dio lugar a un dicho de los tiempos del virreinato: “Si no da el árbol de la Manita, el Virrey moría”.
Actualmente en el recinto funcionan las oficinas de las Secretaría de Hacienda y Crédito Público, así como de Desarrollo Social; también es la sede de la I Zona Militar, y en ocasiones se celebran actos con la participación del Primer Mandatario.

lunes, 12 de julio de 2010

La casa del conde de la Cadena


Se encuentra ubicada en el número 49 de la calle de Venustiano Carranza. Esta casona cuenta con una elegante fachada estilo barroco con paños de tezontle y molduras de cantera chiluca, destaca entre dos edificios de arquitectura moderna. Ha sido remodelada varias veces, la última se llevó a cabo en 1923 respetando los antiguos elementos de la casona y así convertirlo en el Hotel Mancera.

En el último piso del edificio podemos ver dos guardamalletas de cantera escoltando el vano principal rematado con un nicho con columnas de estilo salomónico y flores. Su antiguo patio esta cubierto por un tragaluz hecho de acero y emplomados. La entrada principal conserva su arquitectura original; y aquí se aloja en famoso bar de Mancera. Otra parte del edificio es la sede alterna de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal y otra parte del lugar le corresponde al Restaurante Bar Taurino La Faena.

La casa lleva este nombre porque en algún tiempo le perteneció a don Antonio de la Cadena, quien fuera funcionario de la Real Hacienda. Este personaje nació en Sevilla y vino a México en 1524 en compañía de su cuñado el factor Gonzalo de Salazar, a quien sustituyera en la factoría de 1533 a 1537.

Durante muchos siglos aquella calle fue conocida como la Calle de la Cadena y en ese número 49 se puso una placa que recuerda al primer dueño de la casa: “Hombre de mucha calidad y de bue consejo y gobierno”. Este hombre fue alcalde de la capital durante seis ocasiones. Contrajo nupcias con Francisca de Sotomayor y al fallecer ésta, se desposó con María Vázquez de Bullón , con la que tuviera varios hijos, entre ellos el padre Melchor de la Cadena, rector de la Universidad de México en 1573 y postulado obispo de Chiapas.

martes, 22 de junio de 2010

Los macabros moradores de la casa de los Arcos (Sucedió en la calle de Analco, hoy Arcos de Belem)

De la época colonial son pocos los vestigios que quedan en la hoy llamada Avenida Arcos de Belem; si acaso el templo y el convento de los betlemitas, que después fuera por muchos años la Escuela Médico Militar.

En nombre del progreso han entrado en los viejos edificios el pico y la pala con su obra devastadora, demoliendo casas llenas de historia y tradición; tal fue el caso del Palacio de Doña Soledad de Castaño y Burgos, dama sobre la cual se aborda una extraordinaria historia y espeluznante leyenda y que, según las crónicas vivió en el año 1642. En aquella época era virrey el duque de Escalona, conocido entre otras cosas por haber dado a su gobierno el aspecto de una ostentosa corte, en la que privaban la corrupción y la intriga.

Mucho se habló de amoríos secretos entre el duque y doña Soledad, que nadie sabía de dónde había obtenido su cuantiosa fortuna, el hecho que la dama en cuestión hacía honor a la época de lujo, derroche y disipación ofreciendo grandes saraos en su palacio de la calle de Analco. Nunca se le vio al virrey asistir a una de esas fiestas, pero si, en cambio se veía sumamente concurrida por cortesanos y nobles que se disputaban una sonrisa ó una mirada de doña Soledad, desde los más jóvenes hasta los más maduros; siempre había riñas entre los caballeros asistentes y para que las cosas no pasaran mayores intervenía la dueña de la casa.

Siempre al terminar una fiesta doña Soledad esperaba a un caballero en su alcoba, en esta ocasión fue don Vicente, pero el afortunado resultó un joven que astutamente había permanecido escondido. Su juvenil corazón empezó a latir furiosamente, al oír que los criados cerraban el portón, y los menudos pasos de la dama por el corredor, salió de su escondite y le habló de lo que los sentimientos que habían despertado en su corazón. Sin embargo, a pesar de mostrarse sorprendida y hasta escandalizar, lo cierto es que a la poco escrupulosa doña Soledad le halagaba en apasionamiento del muchacho; afecta a buscar nuevas experiencias una vez más dio rienda suelta a sus pasiones.

Don Vicente llegaría dos horas después, que traía una llave de una puertecita secreta que la mujer le había dado, pero al querer entrar en la alcoba que según le habían dicho se encontró nada menos que al joven y acto seguido entraron en combate, y sin más el chico lanzó un furioso mandoble sobre el sorprendido don Vicente que apenas pudo esquivar; pero el segundo más diestro y experimentado en el manejo de la espada, pronto cedió el lance en su favor; doña Soledad creyó perdido al mancebo y ofuscada por el miedo se arrojo sobre don Vicente armada de filoso puñal, pero desafortunadamente el caballero cayó hacia delante y accidentalmente atravesó al indefenso joven, ambos cayeron heridos de muerte.

La dama rectificó que nadie se hubiera percatado de los hechos, y acto seguido arrastro el cadáver de don Vicente al otro extremo del corredor donde movió una moldura de la decoración de la pared, ésta cedió dejando ver una escalera que bajaba en medio de la oscuridad, arrojó en seguida el cuerpo inanimado del hombre dando tumbos hasta chocar con una corriente de agua, después hizo lo mismo con el joven. La pared se volvió a cerrar y doña Soledad se dispuso a limpiar cuidadosamente la sangre de piso y muros y a pensar en una historia creíble de las repentinas desapariciones.

Al día siguiente los sirvientes no hicieron preguntas acerca del joven, por lo que la mujer aprovechó esto para diseminar la versión de que se había ido de la casa sin dar aviso alguno y como si nada hubiera pasado siguió con su vida de orgías y disipación; aunque para los habitantes del México Colonial pasaban cosas extrañas en torno a doña Soledad, sus amantes que desaparecían sin dejar rastro, brujería, entre otros rumores. Pero el tío del joven, don Andrés de Calderón y Díaz no se podía quedar tranquilo y decidió averiguar las extrañas actividades de aquella mujer llendo a su casa para hablar también sobre la repentina desaparición de su sobrino. La discusión entre ambos llegó a tal grado, que doña Soledad aprovechó esto para llorar y que aquel hombre que era todo un caballero no podía ver lágrimas en los ojos de una dama sin sentirse conmovido.

Don Andrés estaba a punto de retirarse, cuando la mujer le ofreció alojamiento en su casa, insistiéndole hasta poderlo convencer y nuevamente el caballero se vio desarmado ante ella; pero la oferta de la dama no era de a gratis, ya que esa misma tarde inició sus labores de seducción con una rica comida, decidida a hacer que el señor de Calderón se olvidara de investigar lo que había sido de su sobrino Diego.

Cuando por la noche se retiraron a dormir, don Andrés ya no podía apartarla de su pensamiento, soñando con doña Soledad permaneció largo rato, hasta que de pronto sitió la presencia de alguien más en su habitación, y no precisamente que estuviera vivo; pasado el suceso, el hombre sentía escalofríos y se sirvió un vaso de vino, pero al querer llevárselo a los labios sintió que algo le jalaba el brazo, la impresión que le hizo aquel contacto invisible y helado lo hizo soltar aterrorizado el vaso. Los cabellos se le erizaron y miró asustado a su alrededor, la temperatura comenzó a disminuir y eso lo hizo estremecerse de pies a cabeza, acto seguido la luz de la bujía se apagó y sin embargo, la habitación quedó iluminada por una extraña y lúgubre fosforescencia. El terror había paralizado a don Andrés, pues la silueta que se destacaba en una de las esquinas de la habitación empezó a moverse lentamente hacia él, hasta que se destacó claramente ante sus ojos el rostro de aquella aparición, que conocía muy bien: era su sobrino Diego. El joven pálido y frío le lanzó una tristísima mirada y entreabrió los labios como para decir algo; pero una sombra gigantesca surgió y lo envolvió totalmente, dejando la habitación sumida en la oscuridad; acto seguido entró la seductora doña Soledad alarmad, al verle tembloroso y con el rostro pálido pregúntole que le acontecía, para lo que el hombre le relato aquel sobrenatural suceso.

La astuta mujer se las ingenió para salirse con la suya una vez más, pues don Andrés sucumbió a sus encantos como tantos otros, sin embargo, no por eso se tranquilizó. A la mañana siguiente el día estaba nublado y los corredores de la casa sumamente oscuros; pero cuando el abandonó su cuarto para dirigirse al comedor volvió a experimentar una extraña sensación, pues sentía que varias presencias invisibles y etéreas lo seguían, pero sin volver la cabeza apresuró el paso hasta entrar en el comedor. Sin embargo, cuando más tarde volvió a tener la misma sensación empezó a intrigarse seriamente sobre lo que podría ser; pero mientras más hacía por vencer el miedo y establecer contacto con todos aquellos fantasmas, más parecía impedirlo, ya que la sombra gigantesca que siempre los cubría para hacerlos desaparecer.

Intrigado por estos acontecimientos sobrenaturales, don Andrés decide dar parte a las autoridades del Santo Oficio, aún exponiéndose a que lo acusaran de herejía; pero doña Soledad se entera de sus planes y pone el grito en el cielo, pero al resultarle imposible convencerlo de los contrario, recurre nuevamente a sus armas de seducción para impedirle al preocupado hombre que pusiera en marcha sus propósitos. Finalmente don Andrés quedó convencido de que podía ir al Santo Oficio a la mañana siguiente.

La noche se presentó oscura y desapacible, fuerte vendaval estremecía las copas de los árboles y cimbraba puertas y ventanas de la casa. Mientras tanto, dentro de las casa, el caballero había podido dormirse tal vez por no haberlo hecho bien la noche anterior y la mujer lo contemplaba de una manera muy extraña planeando algo por demás malo; del buró preciosamente tallado que había junto a su cama, extrajo una filosa daga de mango de marfil y acto seguido levantó la mano para descargar un brutal golpe de cuchillo sobre el corazón de don Andrés, pero hubo de soltar la daga casi en seguida, pues sintió que dos manos fuertes y vigorosas le atenazaban el brazo para impedirle todo movimiento; entonces comenzó a sentir que el brazo le ardía de una manera horrible y al escuchar los gritos, se despierta el caballero, quien quiso aliviarla de su dolor y fue cuando advirtió unas manchas enrojecidas en el tornado y blanco brazo de la dama, y don Andrés ayudado por los sirvientes colocó compresas frías en su brazo, pero esto servía de nada porque los dolores eran cada vez más intensos, hasta que finalmente perdió el sentido.

El tío de Diego, dado a los acontecimientos decide ir acto seguido al Santo Oficio a relatar los sucesos. Entre tanto doña Soledad se encontraba en sus aposentos recobrando el sentido y una de sus sirvientas le relata lo que el caballero fue a hacer.

Ante el azoro de la sirvienta, la mujer saltó del lecho y quiso salir de la habitación, la primera quiso detenerla, pero la segunda la apartó con un vigoroso empujón. La dama salió espantada por el corredor, mientras la criada daba desesperadas voces; doña soledad llega al final del corredor y mueve la moldura de la pared se introduce en la puerta que se abrió y en ese preciso momento llegaban don Andrés y el sacerdote, quienes sorprendidos la vieron descender por aquella escalera oscura y lúgubre; optaron por seguirla, la oscuridad era cada vez más impenetrable y el sacerdote encendió el cirio bendito que llevaba.

Doña Soledad se encontraba en el último peldaño de la escalera mirando como hipnotizada las negras aguas que se abrían a sus pies; don Andrés y los sacerdotes contemplaron algo que los dejó de una pieza: de las turbulentas aguas surgió una extraña embarcación con un tétrico remero que se acercó hasta donde se encontraba la mujer y le tendió la mano, ella de manera instintiva retrocedió, pero aquella mano peluda y bestial la aferró fuertemente del brazo haciéndola lanzar un alarido de dolor; en ese momento, de debajo de las aguas surgieron infinidad de espectros y bestias infernales, que la hicieron entrar a la siniestra embarcación y debatiéndose con desesperación entre aquellos entes infernales, doña Soledad se alejó de la orilla a bordo de la lancha remada por el extraño encapuchado.

En sacerdote miró con el rostro desencajado a don Andrés, corroborando el religioso lo que el caballero le había venido a relatar momentos antes.

La casa fue bendecida y se dijeron muchos exorcismos para liberarla de los espíritus infernales, que se creía la habitaban, pero con todo eso, continuaron las pariciones de Diego y otros más, entre los que se reconocieron los antiguos amantes de doña Soledad, y por ese motivo la casa a la que le decían de los Arcos por estar frente a los Arcos de Belem, fue llamada también de los moradores macabros.

Don Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla, Duque de Escalona fue destituido a poco de estos acontecimientos, pues mucho se dijo que en parte fue por haber sido protector de doña Soledad.

La casa quedó abandonada. Don Andrés decidió mandar decir varias misas en sufragio del alma de su sobrino Diego; y siglo y medio después, cuando empezaba a hablarse de las insurrecciones contra España, la casa de los Arcos ó de los habitantes macabros fue demolida, pero al arrasarla encontraron entre el lodo que había en sus cimientos varios esqueletos, para lo cual se dio parte a la Inquisición, pero misteriosamente no dio importancia al hecho, ¿la razón?, quizá porque seguían pensando que aquel lugar era la entrada del infierno, y que los cadáveres encontrados pertenecían a personas codenadas por sus culpas.