domingo, 16 de junio de 2013

Capilla de la Concepción o Capilla de la Conchita (Belisario Domínguez 5, esquina Callejón del 57)


Durante el México Colonial, era un barrio de indígenas, conocido como Cuepopan, que en náhuatl quiere decir “donde abren sus corolas las flores”. Hoy en día lo conocemos como el  barrio de la Concepción, que tomó el nombre por el convento, no estaba muy poblado por el año de 1830, ya que todavía no se habían construido las casas ubicadas en el lado norte de la plazuela, que hasta nuestros días conocemos como plaza de la Concepción, y en la antigüedad no tenía salida hacia el poniente. Durante aquella época la calle era llamada de la "rejas" de la Concepción.
 Esta calle corre de sur a norte después de la del Puente de la Mariscal, siendo ahí su comienzo, y sufrir en la esquina de la plazuela de la Concepción. Cabe destacar, que llevó el nombre de "calle de la Rejas de la Concepción" porque el lado del convento que daba esa calle, las monjas mandaron hacer sus locutorios, denominados "rejas", para así comunicarse con las personas que las visitaban.
El estado tan primitivo de la calle provoco que se hicieran varios cambios en ella; en el año de 1793, por disposición del Virrey Conde de Revillagigedo, la zanja que servía de cauce a las aguas del canal que abastecía a las acequias del Carmen y de Santa Ana, fue convertida en atarjea, trayendo para los habitantes consecuencias beneficiosas para la higiene, evitando así la fetidez y las inmundicias, pero a pesar de todo el aspecto seguía siendo muy triste porque no había casas, y en los altos muros del convento lo único que se veían eran las puertas cerradas y polvorientas de los locutorios, que se abrían los jueves y domingos por las tardes en los tiempos que no eran de Cuaresma ni de Adviento.
Con la exclaustración de las religiosas, las cosas vendrían a cambiar; en el año de 1861 fue abierta la calle del Progreso (hoy Primera de República de Cuba), que partía desde el convento en su lado occidental, quedando la larga calle de las Rejas dividida en dos partes: la primera, de la esquina de la calle de la Espalda de San Andrés, hasta la nueva del Progreso; la segunda, desde esta última, hasta la esquina de la plazuela de la Concepción. Entre los siglos XVIII y XIX se empezaron a construir muchas casas con sus respectivos comercios, dándole vida a aquellos antes solitarios rumbos.
El callejón de la Concepción es una calle transversal, situada de sur a norte, a través de la Iglesia de San Lorenzo, seguida de la calle del Cincuenta y Siete. Antes de ser abierta a esta última y la del Progreso, dicho callejón se hallaba cerrado por el poniente y sur, y dichas calles fueron abiertas hasta el año de 1861, decisión muy acertada que mejoró mucho su aspecto.
Ahora vamos a ir a una de las partes más interesantes de la plaza de la Concepción, en donde podremos encontrar en su centro una capillita en forma octagonal,  que fue levantada sólidamente durante el primer tercio del siglo XVII por los franciscanos, dedicada a Santa Lucía. 
Su hermosa portada barroca es custodiada por dos óculos laterales que iluminan el interior, su redonda bóveda representa a San Francisco y a los dos símbolos marianos que se encuentran en los extremos del friso. 
El pequeño nicho está constituido por una concha con pilastras estradas de capitel  toscano; en la parte superior está representada la Virgen María y en su  interior se encuentra una escultura de cantera de Jesús Nazareno cargando la Cruz,
Se dice que en esa capilla se celebró la primera misa en el México católico, y se supone que para conmemorar aquel acto religioso, fue levantada dicha capilla. Muchos autores reconocidos dicen que esta versión es pura mentira, siendo el verdadero origen de la capilla la construcción de su iglesia, y que en la de la Concepción pertenecía a la parroquia de Santa María la redonda. La historia nos cuenta el cura que cuidaba era franciscano, y al igual que todos los demás templos, tenía su mayordomo y su sacristán que atendían a su aseo y a abrirla los días en que se rezaba en ella, o se celebraba misa, porque era de las que disfrutaban de este privilegio y también de tener campana.
Muchas iglesias por desgracia no se salvaron de la destrucción, pero ésta sobrevivió gracias a que la de Santa Lucía no se encontraba en ninguna vía que estorbase, ni servía de depósito de inmundicias porque un hermano tercero que vivía frente a la capilla, cuidaba de ella todo el tiempo, la abría con frecuencia y no faltaban las almas piadosas que fueran a depositar en su altar velas encendidas y tiestos con flores.
Muerto aquél buen hombre, la capillita quedó sin que nadie la cuidara, no faltando quien solicitara se le vendiera la plazuela y con ella se incluía el pequeño templo; pero el mayordomo del Convento de la Concepción, don Jorge Madrigal, se opuso a esta medida, presentando una serie de documentos ante el Cabildo, que acreditaban la propiedad del Convento sobre aquella Plazuela. Las leyes de Reforma concluyeron con esa propiedad, vendiéndose en tre mil pesos a una sociedad compuesta de dos personas, quienes a su vez la vendieron a don Ignacio Unzain, pasando después a don Ignacio Alas, y de éste a don Silvestre Olguín. La plazuela se hallaba en su poder cuando la ciudad planeó poner el depósito de cadáveres de los pobres, y para tal fin en la compró en seis mil pesos. A finales del siglo XIX se le conoció como la Capilla de los Muertos, porque ahí eran depositados los cuerpos de los pordioseros; algunos aseguran que esta historia es un engaño y que dicho depósito nunca existió.
Durante el gobierno de Plutarco Elías Calles fue instalada en la capilla una biblioteca, resultó ser un rotundo fracaso. De sus elementos originales que tenía en el interior, no queda rastro alguno de su existencia. Fue declarada monumento histórico el 9 de abril de 1931.

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