Durante el México Colonial, era un barrio de
indígenas, conocido como Cuepopan, que en náhuatl quiere decir “donde abren sus
corolas las flores”. Hoy en día lo conocemos como el barrio de la Concepción, que tomó el nombre
por el convento, no estaba muy poblado por el año de 1830, ya que todavía no se
habían construido las casas ubicadas en el lado norte de la plazuela, que hasta
nuestros días conocemos como plaza de la Concepción, y en la antigüedad no
tenía salida hacia el poniente. Durante aquella época la calle era llamada de
la "rejas" de la Concepción.
Esta calle
corre de sur a norte después de la del Puente de la Mariscal, siendo ahí su
comienzo, y sufrir en la esquina de la plazuela de la Concepción. Cabe
destacar, que llevó el nombre de "calle de la Rejas de la Concepción"
porque el lado del convento que daba esa calle, las monjas mandaron hacer sus
locutorios, denominados "rejas", para así comunicarse con las
personas que las visitaban.
El estado tan primitivo de la calle provoco que se
hicieran varios cambios en ella; en el año de 1793, por disposición del Virrey
Conde de Revillagigedo, la zanja que servía de cauce a las aguas del canal que
abastecía a las acequias del Carmen y de Santa Ana, fue convertida en atarjea,
trayendo para los habitantes consecuencias beneficiosas para la higiene,
evitando así la fetidez y las inmundicias, pero a pesar de todo el aspecto
seguía siendo muy triste porque no había casas, y en los altos muros del
convento lo único que se veían eran las puertas cerradas y polvorientas de los
locutorios, que se abrían los jueves y domingos por las tardes en los tiempos
que no eran de Cuaresma ni de Adviento.
Con la exclaustración de las religiosas, las cosas
vendrían a cambiar; en el año de 1861 fue abierta la calle del Progreso (hoy
Primera de República de Cuba), que partía desde el convento en su lado
occidental, quedando la larga calle de las Rejas dividida en dos partes: la
primera, de la esquina de la calle de la Espalda de San Andrés, hasta la nueva
del Progreso; la segunda, desde esta última, hasta la esquina de la plazuela de
la Concepción. Entre los siglos XVIII y XIX se empezaron a construir muchas
casas con sus respectivos comercios, dándole vida a aquellos antes solitarios
rumbos.
Ahora vamos a ir a una de las partes más
interesantes de la plaza de la Concepción, en donde podremos encontrar en su
centro una capillita en forma octagonal,
que fue levantada sólidamente durante el primer tercio del siglo XVII
por los franciscanos, dedicada a Santa Lucía.
Su hermosa portada barroca es
custodiada por dos óculos laterales que iluminan el interior, su redonda bóveda
representa a San Francisco y a los dos símbolos marianos que se encuentran en
los extremos del friso.
El pequeño nicho está constituido por una concha con
pilastras estradas de capitel toscano;
en la parte superior está representada la Virgen María y en su interior se encuentra una escultura de
cantera de Jesús Nazareno cargando la Cruz,
Se dice que en esa capilla se celebró la primera
misa en el México católico, y se supone que para conmemorar aquel acto
religioso, fue levantada dicha capilla. Muchos autores reconocidos dicen que
esta versión es pura mentira, siendo el verdadero origen de la capilla la
construcción de su iglesia, y que en la de la Concepción pertenecía a la
parroquia de Santa María la redonda. La historia nos cuenta el cura que cuidaba
era franciscano, y al igual que todos los demás templos, tenía su mayordomo y
su sacristán que atendían a su aseo y a abrirla los días en que se rezaba en
ella, o se celebraba misa, porque era de las que disfrutaban de este privilegio
y también de tener campana.
Muchas iglesias por desgracia no se salvaron de la
destrucción, pero ésta sobrevivió gracias a que la de Santa Lucía no se
encontraba en ninguna vía que estorbase, ni servía de depósito de inmundicias
porque un hermano tercero que vivía frente a la capilla, cuidaba de ella todo
el tiempo, la abría con frecuencia y no faltaban las almas piadosas que fueran
a depositar en su altar velas encendidas y tiestos con flores.
Muerto aquél buen hombre, la capillita quedó sin
que nadie la cuidara, no faltando quien solicitara se le vendiera la plazuela y
con ella se incluía el pequeño templo; pero el mayordomo del Convento de la
Concepción, don Jorge Madrigal, se opuso a esta medida, presentando una serie
de documentos ante el Cabildo, que acreditaban la propiedad del Convento sobre
aquella Plazuela. Las leyes de Reforma concluyeron con esa propiedad,
vendiéndose en tre mil pesos a una sociedad compuesta de dos personas, quienes
a su vez la vendieron a don Ignacio Unzain, pasando después a don Ignacio Alas,
y de éste a don Silvestre Olguín. La plazuela se hallaba en su poder cuando la
ciudad planeó poner el depósito de cadáveres de los pobres, y para tal fin en
la compró en seis mil pesos. A finales del siglo XIX se le conoció como la
Capilla de los Muertos, porque ahí eran depositados los cuerpos de los
pordioseros; algunos aseguran que esta historia es un engaño y que dicho
depósito nunca existió.
Durante el gobierno de Plutarco Elías Calles fue
instalada en la capilla una biblioteca, resultó ser un rotundo fracaso. De sus
elementos originales que tenía en el interior, no queda rastro alguno de su
existencia. Fue declarada monumento histórico el 9 de abril de 1931.
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