Las tradiciones y leyendas mexicanas registran
hechos insólitos, sucedidos escalofriantes y aterradores que aún nos llenan de
espanto. A la fecha, el convento de la Merced está limpio y restaurado; y a
veces cuando el silencio se anida entre sus muros, suelen escucharse y verse
cosas espantosas. Por aquellos carcomidos y ruinosos pasillos, se han visto
figuras de ultratumba que vagan quejumbrosas.
Retrocedamos ahora al año de 1673, cuando era
virrey don Pedro Nuño de Colón, duque de Veraguas; tiempo en el que también llega nuestro
personaje principal a la Nueva España, don Cosme Zepeda y Villagómez, y había
sido adelantado en el Perú. Trajo grandes fortunas y beneficios. Se instaló en
la casa 8 de la calle de Balvanera (hoy Jesús María).
Pronto se dedicó a la usura, prestando con grandes
ventajas a la clase media de la capital de la Nueva España; nadie más se
dedicaba a este tipo de negocios, por lo que la casa de don Cosme era visitada
con frecuencia. Estando cerca el mercado de indios, “El Volador” y el parián,
algunos naturales acudían al usurero cuando necesitaban dinero para sembrar,
comprar animales y hacer frente a enfermedades o casamientos, pero en ocasiones
hacía los préstamos a cambio de tener a las indias un tiempo en su casa;
algunos naturales comprendían el fondo inmoral de los tratos y no aceptaba,
pero otros, si las vendían por miserables reales. Aquella conducta tan
licenciosa del usurero, alarmó a los decentes moradores de la colonia, hasta
que los principales caballero de la capital que decidieron dar parte al virrey,
comisionando a don Manuel Zaínos para tal empresa; sin embargo, aquella
denuncia no resultó porque aquel hombre era un pariente muy cercano del virrey.
Con Cosme continuó comprando indias impúberes y
prestando oro con elevados intereses, entonces, cierto día, se presentó en su
casa un caballero llamado don Juan Galván Mercadante, primer importador de
Nueva España, quien necesitaba dinero para construir unos navíos, y le ofreció
como garantía del préstamo su hermosa casa. Esa misma tarde se presentó el
usurero en casa de don Juan, ubicada en la calle de la Amargura (hoy Honduras),
fue el mismo dueño quien salió a recibirlo y los introdujo a la casona. Al
ingresar recorrió con los ojos todo su lujoso interior, y a pesar de todo dijo
que no podía garantizar del todo el oro que le prestara; mientras conversaban
apareció Inés, la hermosa hija de don Juan, toda una joya de belleza, de gracia
y juventud, y como era de esperarse, los
ojos del usurero se clavaron en ella, mientras la ansiedad y el deseo se
apoderaban de él. Entonces el inmoral propuso algo insultante: le prestaría al
caballero cuanto oro quisiera, si le daba
su hija en matrimonio. La reacción del ofendido padre no se hizo esperar
y echó de su casa a don Cosme.
Transcurrieron varios días, durante los cuáles Inés
vio como su padre se ponía cada vez más desesperado, y tratando de salvarlo de
la ruina, una noche la joven escribió una esquela; tan pronto la recibiera el
usurero, se apresuró a considerar la situación. Entonces, su mente perversa
ideo un plan siniestro, que consistía en casarse con Inés y al mismo tiempo
cobrar el oro, y para que todo le saliera a la perfección, redactaría un
documento que hiciera alusión al préstamo y a la promesa matrimonial, más la
fecha de vencimiento la fijaría él a última hora. Don Cosme a su vez, escribe
una nota de contestación a la ingenua Inés, en donde le decía que fuera a su
casa al día siguiente para firmar el documento y hacer el juramento.
Al día siguiente, pretextando ir al rosario, la
joven fue a la casa del usurero acompañada de la fiel sirvienta y armada con un
puñal, por si aquel hombre intentaba hacerle algo. Don Cosme ya la esperaba
para que firmara el documento, lo leyó detenidamente y lo firmó, después el
usurero la condujo ante un crucifijo para que jurara antes este, que se casaría
con él si su padre no pagaba tiempo, y doña Inés hizo un juramento que nadie
iba a poder romper ni eludir; pero a don Cosme no le pareció suficiente y
exigió jurara también que pasara lo que pasara, ella se casaría. Después el
jubiloso usurero entregó a la joven los dineros, acto seguido se subió en su
carruaje, mientras don Cosme la fue a despedir a la calle con deseo. Al llegar
a la casa de don Juan, la sirvienta cumplió las instrucciones de Inés,
mintiéndole a don Juan, diciéndole que un enviado había traído mucho oro de
parte del usurero, y que le pagaría a su debido tiempo.
Al día siguiente, muy de madrugada salió don Juan
llevando el oro hasta el puerto de Veracruz, ya que era urgente hacer zarpar
los barcos hacia España, para que pronto estuviesen de regreso. Al volver, se
le veía feliz, iba a ir con don Cosme esa misma noche para firmar el documento
del préstamo; al ver que no podía callar más, triste y angustiada Inés cayó de
rodillas llorando ante su padre para confesarle el juramento de matrimonio y le
plazo que tenía de tres meses. Transcurrieron días de angustia y desesperación
para don Juan, ¡sus naves no arribarían en tres meses! Entonces, para salvar a
su hija de aquella boda afrentosa, decidió enviarla a Puebla hasta que se
deshiciera el compromiso; pero a pesar de todo, sentía aquella angustia
mordiéndole el alma a medida que las semanas pasaban. Entonces un aciago día se
presentó ante don Juan un trágico emisario, para comunicarle que al salir sus
barcos de la Habana, habían sido arrastrados por un furioso temporal a la
Florida, fueron arrojados contra los cayos, resultando destruidos y muerta toda
la tripulación. Desesperado, bebió vino
con exceso, y entonces se le ocurrió la siniestra idea de suicidarse para
evitarle el matrimonio a su hija.
Esa misma noche llevó a efecto su plan, el día lo
ocupó arreglando todos sus asuntos, más cuando ya colocaba la soga al cuello,
escuchó la voz dulce y amorosa de su hija Inés, quien venía a impedir que si
padre cometiera tal locura, y también a decirle que ella sería el instrumento
de Dios para castigar las infamias cometidas por don Cosme; la joven entonces
le pidió a don Juan le informara al
usurero que la boda iba a celebrarse en la fecha fijada, a las doce de la noche
en la capilla del convento de la Merced. Después de dar su mensaje, Inés
pareció desaparecer entre las sombras de la puerta y en vano su padre le gritó
y siguió, pero ya no escuchó nada, solo el lejano toque del convento de la
Concepción llamando a maitines. El infeliz terminó por creer que su hija había
dejado Puebla, y que habíase ido a la iglesia, en vano esperó que la joven
bajara de sus habitaciones, ya que en esos momentos entro de manera abrupta una
sirvienta a la habitación para
informarle que Inés había muerto en la noche a la hora de maitines.
Don Juan lloró su desgracia varios días, y después
consultó al santo fraile don Sebastiano Hurtado, el convento de la Merced,
quien le aconsejo debía de dejar que el
espíritu de su hija viniera a cumplir su última voluntad. Finalmente se venció la fecha de la boda y
don Cosme, que aceptó las condiciones llegó a las doce de la noche; poco
después arribó don Juan, quién descubrió con terror que en el pequeño atrio
esperaba un bulto vestido de novia, no acertó a decir nada, aquella figura que
sabía era su hija vuelta del más allá, como flotando, al templo entró. El
fraile con tono sombrío, dijo las
palabras rituales, él y el padre de la muerta, ni palabra cruzaron, pues en la
capilla flotaba un olor ultraterreno. El lujurioso y pecador agiotista salió de
la casa de Dios, nervioso, junto a la novia; pero aún dijo al tribulado don
Juan que ahora solo le faltaba pagar el oro que le había prestado, pero el
pobre hombre nada contestó, solo se limitaba a ver como el fantasma de Inés se
alejaba con el miserable aquel.
En esos momentos, don Cosme al tocar a la novia,
sintió que un viento helado bañaba su cuerpo; y cuenta la leyenda, que la recién casada se levantó
el velo, dejando ver un rostro horrible y descarnado, aquella aparición hizo
que el viejo usurero lanzara un espantos grito. Impulsado por el terror que dio
alas a su ancianidad, corrió hacia don Juan y el fraile gritando que se había
casado con una muerta. Fray Hurtado y don Juan fueron a inspeccionar el carruaje,
donde hallaron solo el vacío vestido nupcial… y un olor a ultratumba, a
misterio; a algo que nos impone pavura, porque no había explicación alguna para
ello.
Don Cosme cayó gravemente enfermo y dejó de
dedicarse a la usura, decidió perdonar a sus deudores y llamó a los frailes
mercedarios para que se hicieran cargo de su fortuna, y la repartieran entre
los pobres. Un mes después murió arrepentido de sus culpas.
Y así llega a su fin esta escalofriante leyenda,
que lleno de pavura los corazones de toda Nueva España; pero si alguna duda les
queda o desena saber alago más, vengan una des tas noches al convento de la
Merced, tal vez, cuando el silencio se unte en sus muros carcomidos, ustedes
puedan oír otros detalles de las bocas de los muertos. ¿Quién es el valiente?
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