domingo, 9 de junio de 2013

La novia del usurero (Sucedió en el ex convento de la Merced)

Las tradiciones y leyendas mexicanas registran hechos insólitos, sucedidos escalofriantes y aterradores que aún nos llenan de espanto. A la fecha, el convento de la Merced está limpio y restaurado; y a veces cuando el silencio se anida entre sus muros, suelen escucharse y verse cosas espantosas. Por aquellos carcomidos y ruinosos pasillos, se han visto figuras de ultratumba que vagan quejumbrosas.
Retrocedamos ahora al año de 1673, cuando era virrey don Pedro Nuño de Colón, duque de Veraguas;  tiempo en el que también llega nuestro personaje principal a la Nueva España, don Cosme Zepeda y Villagómez, y había sido adelantado en el Perú. Trajo grandes fortunas y beneficios. Se instaló en la casa 8 de la calle de Balvanera (hoy Jesús María).
Pronto se dedicó a la usura, prestando con grandes ventajas a la clase media de la capital de la Nueva España; nadie más se dedicaba a este tipo de negocios, por lo que la casa de don Cosme era visitada con frecuencia. Estando cerca el mercado de indios, “El Volador” y el parián, algunos naturales acudían al usurero cuando necesitaban dinero para sembrar, comprar animales y hacer frente a enfermedades o casamientos, pero en ocasiones hacía los préstamos a cambio de tener a las indias un tiempo en su casa; algunos naturales comprendían el fondo inmoral de los tratos y no aceptaba, pero otros, si las vendían por miserables reales. Aquella conducta tan licenciosa del usurero, alarmó a los decentes moradores de la colonia, hasta que los principales caballero de la capital que decidieron dar parte al virrey, comisionando a don Manuel Zaínos para tal empresa; sin embargo, aquella denuncia no resultó porque aquel hombre era un pariente muy cercano del virrey.
Con Cosme continuó comprando indias impúberes y prestando oro con elevados intereses, entonces, cierto día, se presentó en su casa un caballero llamado don Juan Galván Mercadante, primer importador de Nueva España, quien necesitaba dinero para construir unos navíos, y le ofreció como garantía del préstamo su hermosa casa. Esa misma tarde se presentó el usurero en casa de don Juan, ubicada en la calle de la Amargura (hoy Honduras), fue el mismo dueño quien salió a recibirlo y los introdujo a la casona. Al ingresar recorrió con los ojos todo su lujoso interior, y a pesar de todo dijo que no podía garantizar del todo el oro que le prestara; mientras conversaban apareció Inés, la hermosa hija de don Juan, toda una joya de belleza, de gracia y juventud, y como era de esperarse,  los ojos del usurero se clavaron en ella, mientras la ansiedad y el deseo se apoderaban de él. Entonces el inmoral propuso algo insultante: le prestaría al caballero cuanto oro quisiera, si le daba  su hija en matrimonio. La reacción del ofendido padre no se hizo esperar y echó de su casa a don Cosme.
Transcurrieron varios días, durante los cuáles Inés vio como su padre se ponía cada vez más desesperado, y tratando de salvarlo de la ruina, una noche la joven escribió una esquela; tan pronto la recibiera el usurero, se apresuró a considerar la situación. Entonces, su mente perversa ideo un plan siniestro, que consistía en casarse con Inés y al mismo tiempo cobrar el oro, y para que todo le saliera a la perfección, redactaría un documento que hiciera alusión al préstamo y a la promesa matrimonial, más la fecha de vencimiento la fijaría él a última hora. Don Cosme a su vez, escribe una nota de contestación a la ingenua Inés, en donde le decía que fuera a su casa al día siguiente para firmar el documento y hacer el juramento.
Al día siguiente, pretextando ir al rosario, la joven fue a la casa del usurero acompañada de la fiel sirvienta y armada con un puñal, por si aquel hombre intentaba hacerle algo. Don Cosme ya la esperaba para que firmara el documento, lo leyó detenidamente y lo firmó, después el usurero la condujo ante un crucifijo para que jurara antes este, que se casaría con él si su padre no pagaba tiempo, y doña Inés hizo un juramento que nadie iba a poder romper ni eludir; pero a don Cosme no le pareció suficiente y exigió jurara también que pasara lo que pasara, ella se casaría. Después el jubiloso usurero entregó a la joven los dineros, acto seguido se subió en su carruaje, mientras don Cosme la fue a despedir a la calle con deseo. Al llegar a la casa de don Juan, la sirvienta cumplió las instrucciones de Inés, mintiéndole a don Juan, diciéndole que un enviado había traído mucho oro de parte del usurero, y que le pagaría a su debido tiempo.
Al día siguiente, muy de madrugada salió don Juan llevando el oro hasta el puerto de Veracruz, ya que era urgente hacer zarpar los barcos hacia España, para que pronto estuviesen de regreso. Al volver, se le veía feliz, iba a ir con don Cosme esa misma noche para firmar el documento del préstamo; al ver que no podía callar más, triste y angustiada Inés cayó de rodillas llorando ante su padre para confesarle el juramento de matrimonio y le plazo que tenía de tres meses. Transcurrieron días de angustia y desesperación para don Juan, ¡sus naves no arribarían en tres meses! Entonces, para salvar a su hija de aquella boda afrentosa, decidió enviarla a Puebla hasta que se deshiciera el compromiso; pero a pesar de todo, sentía aquella angustia mordiéndole el alma a medida que las semanas pasaban. Entonces un aciago día se presentó ante don Juan un trágico emisario, para comunicarle que al salir sus barcos de la Habana, habían sido arrastrados por un furioso temporal a la Florida, fueron arrojados contra los cayos, resultando destruidos y muerta toda la tripulación. Desesperado, bebió  vino con exceso, y entonces se le ocurrió la siniestra idea de suicidarse para evitarle el matrimonio a  su hija.
Esa misma noche llevó a efecto su plan, el día lo ocupó arreglando todos sus asuntos, más cuando ya colocaba la soga al cuello, escuchó la voz dulce y amorosa de su hija Inés, quien venía a impedir que si padre cometiera tal locura, y también a decirle que ella sería el instrumento de Dios para castigar las infamias cometidas por don Cosme; la joven entonces le pidió a don Juan  le informara al usurero que la boda iba a celebrarse en la fecha fijada, a las doce de la noche en la capilla del convento de la Merced. Después de dar su mensaje, Inés pareció desaparecer entre las sombras de la puerta y en vano su padre le gritó y siguió, pero ya no escuchó nada, solo el lejano toque del convento de la Concepción llamando a maitines. El infeliz terminó por creer que su hija había dejado Puebla, y que habíase ido a la iglesia, en vano esperó que la joven bajara de sus habitaciones, ya que en esos momentos entro de manera abrupta una sirvienta a la habitación  para informarle que Inés había muerto en la noche a la hora de maitines.
Don Juan lloró su desgracia varios días, y después consultó al santo fraile don Sebastiano Hurtado, el convento de la Merced, quien le aconsejo debía de dejar que  el espíritu de su hija viniera a cumplir su última voluntad.  Finalmente se venció la fecha de la boda y don Cosme, que aceptó las condiciones llegó a las doce de la noche; poco después arribó don Juan, quién descubrió con terror que en el pequeño atrio esperaba un bulto vestido de novia, no acertó a decir nada, aquella figura que sabía era su hija vuelta del más allá, como flotando, al templo entró. El fraile con  tono sombrío, dijo las palabras rituales, él y el padre de la muerta, ni palabra cruzaron, pues en la capilla flotaba un olor ultraterreno. El lujurioso y pecador agiotista salió de la casa de Dios, nervioso, junto a la novia; pero aún dijo al tribulado don Juan que ahora solo le faltaba pagar el oro que le había prestado, pero el pobre hombre nada contestó, solo se limitaba a ver como el fantasma de Inés se alejaba con el miserable aquel.
En esos momentos, don Cosme al tocar a la novia, sintió que un viento helado bañaba su cuerpo; y cuenta  la leyenda, que la recién casada se levantó el velo, dejando ver un rostro horrible y descarnado, aquella aparición hizo que el viejo usurero lanzara un espantos grito. Impulsado por el terror que dio alas a su ancianidad, corrió hacia don Juan y el fraile gritando que se había casado con una muerta. Fray Hurtado y don Juan fueron a inspeccionar el carruaje, donde hallaron solo el vacío vestido nupcial… y un olor a ultratumba, a misterio; a algo que nos impone pavura, porque no había explicación alguna para ello.
Don Cosme cayó gravemente enfermo y dejó de dedicarse a la usura, decidió perdonar a sus deudores y llamó a los frailes mercedarios para que se hicieran cargo de su fortuna, y la repartieran entre los pobres. Un mes después murió arrepentido de sus culpas.
Y así llega a su fin esta escalofriante leyenda, que lleno de pavura los corazones de toda Nueva España; pero si alguna duda les queda o desena saber alago más, vengan una des tas noches al convento de la Merced, tal vez, cuando el silencio se unte en sus muros carcomidos, ustedes puedan oír otros detalles de las bocas de los muertos. ¿Quién es  el valiente?

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