domingo, 23 de junio de 2013

La fuente del tecolote (Sucedió en Belisario Domínguez)


El convento de la Concepción fue de los primeros fundados en la nueva España y dio nombre al barrio donde fue edificado; casi frente a ella había una plazuela a cuyas espaldas se encontraba una casa muy grande y suntuosa que había pertenecido a don Andrés de Tapia, conquistador venido con Hernán Cortés. Muy interesantes la historia de dicha casa, pero por hoy la dejaremos de lado para ocuparnos de cierta leyenda que mucho se comentó y qué sucedió en la plazuela, más bien en una de su fuentes, que se creía de construcción indígena todavía. Nadie reparaba en ella, ya que estaba algo apartada del paso de los transeúntes y medio oculta entre unos arbustos, y posiblemente nadie se hubiera ocupado de ella nunca, de no empezar a ocurrir allí cosas extrañas y sobrecogedoras.
Cierta noche o una mujer y su criada iban cruzando la plazoleta para encaminar sus pasos rumbo al templo de la Concepción, pero a medio camino se encontraron a un tecolote de aspecto siniestro, las dos mujeres pensando que era el mismísimo demonio, apresuraron el paso para alejarse de la oculta fuentecilla, oyendo el lúgubre graznido del avechucho casi sobre ellas; Pascuala y su ama corrían despavoridas, mientras el tecolote parecía perseguirlas, la patrona acabo desmayándose presa del miedo y quiso el destino que en esos momentos anduviera cerca un caballero, quien se precipitó a auxiliarla, mientras el pajarraco seguía su vuelo sin ocuparse más de ellos y se perdía entre los árboles de la plaza.
Esa misma noche el caballero se encontraba en profundo sueño, el cuál se vio interrumpido cuando su esposa Elena escuchó un golpeteó que le sobrecogió el corazón, entonces don Eduardo siguió el lúgubre golpeteó que se escuchaba en la habitación contigua, entrando decido a abrir la ventana, y eso le permitió ver la silueta del avechucho que aleteaba en los cristales, al quedar contra la luz de la Luna. Sin quererlo, aquella le causó un estremecimiento; pero sin darle importancia, se armó con un palo y con sus manos temblando ligeramente, descorrió los cerrojos que  aseguraban la ventana. Doña Elena oyó el ruido y los gritos de su marido, acto seguido corrió a auxiliarlo porque el ave le quería sacar los ojos, y armándose de valor logró ahuyentar al maligno avechucho.
El tecolote salió por la ventana, pero antes de alejarse volteó la cabeza hacia la asustada pareja y les lanzó una siniestra mirada con aquellos ojos como brasas. Don Eduardo veía un gran parecido con el búho que tenía el difunto tío de Elena en su cuarto; por lo que llegó a pensar que aquel hombre había vuelto en forma ave porque nunca estuvo de acuerdo con el amor entre ellos, pues murió maldiciéndolos. Don Eduardo no habló más del tema, pero su esposa tuvo que recordar sus palabras, experimentando gran inquietud por la supuesta reencarnación de su tío Nicolás.
Nicolás de Villegas había adoptado desde pequeña a Elena, hija de un lejano pariente suyo muerto en tierras filipinas, había ido a sacarla de un convento donde cuidaban niñas huérfanas, para llevarla a vivir a su casa y tratarla como si fuera su propia hija. Don Nicolás fue como un padre para ella, hasta que cumplió los dieciocho años, cuando le regaló un hermoso collar de piedras preciosas; fue la primera vez que ella advirtió una luz extraña en los ojos de su tío, pero en su inocencia de doncella no le dio importancia.
Elena nunca se había preocupado por saber a qué se dedicaba su tío por las noches, cuando todo mundo se recogía en sus habitaciones, tenía remotas noticias de que era un hombre sabio, que realizaba ciertas investigaciones extrañas, y que tenía que hacerlo ocultamente para evitar a la Santa Inquisición que tanto perseguía a todo lo que pudiera parecer herejía. Lo curioso era que siempre se encerraba con su querido búho Sócrates, para hablar sobre sus deseos de volver a ser joven para poder ¡casarse con su sobrina!, pues a toda costa quería retenerla a su lado por siempre. Lo que menos se imaginaba don Nicolás era que Elena se veía desde hace tiempo con cierto apuesto y noble galán, a quien invitó al baile del virrey para presentarlo antes su  tío y el joven aprovecharía para pedirle la mano de su amada. La enamorada pareja logró cambiarse un beso furtivo, mientras la sirvienta que acompañaba a doña Elena se distraía, y luego se acomodaron en aquella fuentecita semi oculta entre los arbustos del jardín de la Concepción, para seguir diciéndose ternezas.
Don Nicolás estaba realmente ilusionado el día del baile, por eso es fácil  imaginar lo que sintió al advertir el galanteo de don Eduardo de Alquisiras, en torno de Elena durante el sarao, y no faltó quien le felicitara cordialmente por aquello. El galán en cuestión era uno  de los solteros más codiciados en Nueva España, tenía grandes propiedades que solo podían recorrerse a caballo y el Mayorazgo de los Alquisirias. En esos momentos don Eduardo va a hablar con don Nicolás para acordar el día en que le haría una visita formal a su casa, y tuvo que hacer grandes esfuerzos para morderse la lengua para no lanzar un improperio. Quedando fijado el día, el joven se alejó del anciano, quien sentía morirse de rabia, a toda costa iba a conseguir que Elena fuera suya y solo suya.
La doncella nada advirtió cuando más tarde regresaban del baile, iba absorta en su felicidad. Cuando llegaron a la casa, don Nicolás fue directamente al sótano, donde trabajó por varias horas, sin más compañía que la de Sócrates, revisando libros, mezclando sustancias y hasta pronunciando conjuros, hasta que finalmente creyó haber encontrado la fórmula que le devolvería la juventud.
Mientras el tecolote graznaba lúgubremente, el anciano se apuró a beber la infernal sustancia, pero apenas lo hubo hecho comenzó a gemir y gritar. Elena y los criados despertaron abruptamente al escuchar aquellos gritos, fueron rápidamente al sótano, y un búho salió graznando de modo sobrecogedor, el mayordomo intentó bajar las escaleras, pero en el acto aparece don Nicolás para impedirle la entrada. Doña Elena no pudo evitar que se escapase de su garganta un grito de horror, pues su tío estaba profiriendo maldiciones y con la mayor desesperación pintada en el rostro, caminó tambaleante hacia la puerta de la calle, en vano fue que quisieran detenerlo. Seguido del Sócrates salió de la casa y corriendo, cayendo, levantándose, caminó sin rumbo hasta llegar al parque de la Concepción, llegó entonces a la fuentecilla, testigo del romance de Elena y Don Eduardo, y quiso beber de su agua.
Al poco tiempo don Eduardo recibía un mensaje de su amada para avisarle que su tío estaba moribundo, y en acto se dirige a su casa para darle apoyo. El joven hizo acudir a un sacerdote que bendijo el laboratorio del anciano, y donde se enteraron de todos sus secretos al leer un diario donde anotaba todo. Mientras tanto, don Nicolás comenzaba a tener un aspecto extraño, y cuenta la leyenda que mientras se bendecía y destruía todo lo de su laboratorio, él se agitaba y gritaba con la desesperación de un condenado. Al mismo tiempo que se acabó con lo que había en el sótano, mientras el sacerdote cerraba sus puertas para que nadie entrara allí, son Nicolás entró en los estertores de la muerte, maldiciendo varias veces a la pareja; después de proferir un espantoso alarido, dejó de existir.
Aquella historia de don Nicolás de Villegas, misma que doña Elena recordó mientras curaba las heridas de su marido, a quien veló toda la noche, y al amanecer se dirigió al templo para contarle al sacerdote lo sucedido con el búho. Mucho se hizo para ahuyentar al tecolote de la casa del joven matrimonio, pero parecía especialmente empeñado en perseguir a don Eduardo; noche con noche aparecía, primero en la fuentecilla del parque de la Concepción, y luego emprendía el vuelo hacia la casa para golpear con su sobrecogedor alteo en los cristales de las ventanas.
Con el auxilio del sacerdote, doña Elena impregnó de agua bendita la madera de las puertas y los cristales de todas las ventanas de la casa, y desde entonces solo se le vio volar en los alrededores de la casa, pero sin acercarse; sin embargo, la gente que acertaba pasar ya oscurecido, por la fuente de la Concepción, veía aquel búho de ojos de fuego en el borde. Muchos murieron de horror al verlo, pues a su lado alcanzaban a ver el espectro de don Nicolás, y no fueron pocos los que al querer huir despavoridos, sucumbían bajo sus garras, pues los perseguía con saña inaudita. ¿Qué cómo se acabó con la infernal amenaza? ¡Imposible saberlo! En ninguna parte está consignado. Y como el parque aún existe, en la actual calle de Belisario Domínguez, frente al templo de la Concepción, quizá aún se aparezca el tecolote en sus alrededores.  

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