El convento de la Concepción fue de los primeros fundados en la nueva España y dio nombre al barrio donde fue edificado; casi frente a ella había una plazuela a cuyas espaldas se encontraba una casa muy grande y suntuosa que había pertenecido a don Andrés de Tapia, conquistador venido con Hernán Cortés. Muy interesantes la historia de dicha casa, pero por hoy la dejaremos de lado para ocuparnos de cierta leyenda que mucho se comentó y qué sucedió en la plazuela, más bien en una de su fuentes, que se creía de construcción indígena todavía. Nadie reparaba en ella, ya que estaba algo apartada del paso de los transeúntes y medio oculta entre unos arbustos, y posiblemente nadie se hubiera ocupado de ella nunca, de no empezar a ocurrir allí cosas extrañas y sobrecogedoras.
Cierta noche o una mujer y su criada iban cruzando la plazoleta para encaminar sus pasos rumbo al templo de la Concepción, pero a medio camino se encontraron a un tecolote de aspecto siniestro, las dos mujeres pensando que era el mismísimo demonio, apresuraron el paso para alejarse de la oculta fuentecilla, oyendo el lúgubre graznido del avechucho casi sobre ellas; Pascuala y su ama corrían despavoridas, mientras el tecolote parecía perseguirlas, la patrona acabo desmayándose presa del miedo y quiso el destino que en esos momentos anduviera cerca un caballero, quien se precipitó a auxiliarla, mientras el pajarraco seguía su vuelo sin ocuparse más de ellos y se perdía entre los árboles de la plaza.
Cierta noche o una mujer y su criada iban cruzando la plazoleta para encaminar sus pasos rumbo al templo de la Concepción, pero a medio camino se encontraron a un tecolote de aspecto siniestro, las dos mujeres pensando que era el mismísimo demonio, apresuraron el paso para alejarse de la oculta fuentecilla, oyendo el lúgubre graznido del avechucho casi sobre ellas; Pascuala y su ama corrían despavoridas, mientras el tecolote parecía perseguirlas, la patrona acabo desmayándose presa del miedo y quiso el destino que en esos momentos anduviera cerca un caballero, quien se precipitó a auxiliarla, mientras el pajarraco seguía su vuelo sin ocuparse más de ellos y se perdía entre los árboles de la plaza.
Esa misma noche el caballero se encontraba en
profundo sueño, el cuál se vio interrumpido cuando su esposa Elena escuchó un
golpeteó que le sobrecogió el corazón, entonces don Eduardo siguió el lúgubre
golpeteó que se escuchaba en la habitación contigua, entrando decido a abrir la
ventana, y eso le permitió ver la silueta del avechucho que aleteaba en los
cristales, al quedar contra la luz de la Luna. Sin quererlo, aquella le causó
un estremecimiento; pero sin darle importancia, se armó con un palo y con sus
manos temblando ligeramente, descorrió los cerrojos que aseguraban la ventana. Doña Elena oyó el
ruido y los gritos de su marido, acto seguido corrió a auxiliarlo porque el ave
le quería sacar los ojos, y armándose de valor logró ahuyentar al maligno
avechucho.
El tecolote salió por la ventana, pero antes de
alejarse volteó la cabeza hacia la asustada pareja y les lanzó una siniestra
mirada con aquellos ojos como brasas. Don Eduardo veía un gran parecido con el
búho que tenía el difunto tío de Elena en su cuarto; por lo que llegó a pensar
que aquel hombre había vuelto en forma ave porque nunca estuvo de acuerdo con
el amor entre ellos, pues murió maldiciéndolos. Don Eduardo no habló más del
tema, pero su esposa tuvo que recordar sus palabras, experimentando gran inquietud
por la supuesta reencarnación de su tío Nicolás.
Nicolás de Villegas había adoptado desde pequeña a
Elena, hija de un lejano pariente suyo muerto en tierras filipinas, había ido a
sacarla de un convento donde cuidaban niñas huérfanas, para llevarla a vivir a
su casa y tratarla como si fuera su propia hija. Don Nicolás fue como un padre
para ella, hasta que cumplió los dieciocho años, cuando le regaló un hermoso
collar de piedras preciosas; fue la primera vez que ella advirtió una luz
extraña en los ojos de su tío, pero en su inocencia de doncella no le dio
importancia.
Elena nunca se había preocupado por saber a qué se
dedicaba su tío por las noches, cuando todo mundo se recogía en sus
habitaciones, tenía remotas noticias de que era un hombre sabio, que realizaba
ciertas investigaciones extrañas, y que tenía que hacerlo ocultamente para
evitar a la Santa Inquisición que tanto perseguía a todo lo que pudiera parecer
herejía. Lo curioso era que siempre se encerraba con su querido búho Sócrates,
para hablar sobre sus deseos de volver a ser joven para poder ¡casarse con su
sobrina!, pues a toda costa quería retenerla a su lado por siempre. Lo que
menos se imaginaba don Nicolás era que Elena se veía desde hace tiempo con
cierto apuesto y noble galán, a quien invitó al baile del virrey para
presentarlo antes su tío y el joven
aprovecharía para pedirle la mano de su amada. La enamorada pareja logró
cambiarse un beso furtivo, mientras la sirvienta que acompañaba a doña Elena se
distraía, y luego se acomodaron en aquella fuentecita semi oculta entre los
arbustos del jardín de la Concepción, para seguir diciéndose ternezas.
Don Nicolás estaba realmente ilusionado el día del
baile, por eso es fácil imaginar lo que
sintió al advertir el galanteo de don Eduardo de Alquisiras, en torno de Elena
durante el sarao, y no faltó quien le felicitara cordialmente por aquello. El
galán en cuestión era uno de los
solteros más codiciados en Nueva España, tenía grandes propiedades que solo podían
recorrerse a caballo y el Mayorazgo de los Alquisirias. En esos momentos don
Eduardo va a hablar con don Nicolás para acordar el día en que le haría una
visita formal a su casa, y tuvo que hacer grandes esfuerzos para morderse la
lengua para no lanzar un improperio. Quedando fijado el día, el joven se alejó
del anciano, quien sentía morirse de rabia, a toda costa iba a conseguir que
Elena fuera suya y solo suya.
La doncella nada advirtió cuando más tarde
regresaban del baile, iba absorta en su felicidad. Cuando llegaron a la casa,
don Nicolás fue directamente al sótano, donde trabajó por varias horas, sin más
compañía que la de Sócrates, revisando libros, mezclando sustancias y hasta
pronunciando conjuros, hasta que finalmente creyó haber encontrado la fórmula
que le devolvería la juventud.
Mientras el tecolote graznaba lúgubremente, el
anciano se apuró a beber la infernal sustancia, pero apenas lo hubo hecho
comenzó a gemir y gritar. Elena y los criados despertaron abruptamente al
escuchar aquellos gritos, fueron rápidamente al sótano, y un búho salió
graznando de modo sobrecogedor, el mayordomo intentó bajar las escaleras, pero
en el acto aparece don Nicolás para impedirle la entrada. Doña Elena no pudo
evitar que se escapase de su garganta un grito de horror, pues su tío estaba
profiriendo maldiciones y con la mayor desesperación pintada en el rostro,
caminó tambaleante hacia la puerta de la calle, en vano fue que quisieran
detenerlo. Seguido del Sócrates salió de la casa y corriendo, cayendo,
levantándose, caminó sin rumbo hasta llegar al parque de la Concepción, llegó
entonces a la fuentecilla, testigo del romance de Elena y Don Eduardo, y quiso
beber de su agua.
Al poco tiempo don Eduardo recibía un mensaje de su
amada para avisarle que su tío estaba moribundo, y en acto se dirige a su casa
para darle apoyo. El joven hizo acudir a un sacerdote que bendijo el
laboratorio del anciano, y donde se enteraron de todos sus secretos al leer un
diario donde anotaba todo. Mientras tanto, don Nicolás comenzaba a tener un
aspecto extraño, y cuenta la leyenda que mientras se bendecía y destruía todo
lo de su laboratorio, él se agitaba y gritaba con la desesperación de un
condenado. Al mismo tiempo que se acabó con lo que había en el sótano, mientras
el sacerdote cerraba sus puertas para que nadie entrara allí, son Nicolás entró
en los estertores de la muerte, maldiciendo varias veces a la pareja; después
de proferir un espantoso alarido, dejó de existir.
Aquella historia de don Nicolás de Villegas, misma
que doña Elena recordó mientras curaba las heridas de su marido, a quien veló
toda la noche, y al amanecer se dirigió al templo para contarle al sacerdote lo
sucedido con el búho. Mucho se hizo para ahuyentar al tecolote de la casa del
joven matrimonio, pero parecía especialmente empeñado en perseguir a don
Eduardo; noche con noche aparecía, primero en la fuentecilla del parque de la
Concepción, y luego emprendía el vuelo hacia la casa para golpear con su sobrecogedor
alteo en los cristales de las ventanas.
Con el auxilio del sacerdote, doña Elena impregnó
de agua bendita la madera de las puertas y los cristales de todas las ventanas
de la casa, y desde entonces solo se le vio volar en los alrededores de la
casa, pero sin acercarse; sin embargo, la gente que acertaba pasar ya
oscurecido, por la fuente de la Concepción, veía aquel búho de ojos de fuego en
el borde. Muchos murieron de horror al verlo, pues a su lado alcanzaban a ver
el espectro de don Nicolás, y no fueron pocos los que al querer huir
despavoridos, sucumbían bajo sus garras, pues los perseguía con saña inaudita.
¿Qué cómo se acabó con la infernal amenaza? ¡Imposible saberlo! En ninguna
parte está consignado. Y como el parque aún existe, en la actual calle de
Belisario Domínguez, frente al templo de la Concepción, quizá aún se aparezca
el tecolote en sus alrededores.
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