La época colonial mexicana brilló en todo su
esplendor durante la segunda mitad del siglo XVII; la clase acomodada, formada
por cortesanos y prebendados, se daban cita los domingos en la Alameda Central.
El pueblo sufría, ya que todas las prerrogativas las tenían los peninsulares.
La hermosa Catedral consagrada en 1656, era otro piadoso y permanente sitio de
reunión; los habitantes de la capital de la Nueva España se acostaban temprano
y las calles se quedaban desiertas, sólo turbadas por el paso de los alguaciles
y el grito del sereno. Por eso resultaba inexplicable que un anciano sacerdote
caminase sólo a altas horas de la noche, el cual era el reverendo Agenor
Gavito, quien cada noche iba a cumplir una importante misión que el Señor le
había encomendado. Llegaba al frente de la puerta del Templo, la abría y se
cerraba con un sordo ruido, mientras los pasos del padre se perdían en el
interior; a las cuatro la mañana sonaban las campanas de los conventos,
llamando Martínez, y poco antes de las cinco llegaba el sacristán de la
Catedral a preparar el Altar Mayor para la misa. Después de la primera visita
del padre Gavito, a la mañana siguiente siempre se encontraban las velas
totalmente consumidas.
Una semana después la cofradía del Espíritu Santo
celebró una reunión para discutir las nuevas ordenanzas, y en medio de la
reunión el religioso se quedó dormido; su Excelencia creyendo que el anciano
estaba cansado tomando a dormir a su habitación, sin darle más importancia al
asunto.
Durante un mes, el buen sacerdote visitó la
Catedral a las 12:00 de la noche, perdiéndose entre las tinieblas del templo;
el sacristán no volvió a encontrar las velas gastadas, pero en una ocasión que
llegó se encontró con hileras de cirios recién quemados. Inmediatamente fue dar
aviso y los religiosos del Espíritu Santo se levantaron a las cuatro de la
mañana, menos el padre Gavito quien tenía permiso de dormir dos horas más por
su avanzada edad.
Por aquella época, don Lucas Latorre y don Simón
Escalante, dos alegres caballeros de la Nueva España visitaban las tabernas,
cuando cierta noche en que regresaban de una de sus juergas, pasaron cerca de
la catedral a las 12 de la noche, y quiso la casualidad que vieran al padre
Gavito presuroso rumbo a la Catedral, cargando varias velas. Sin darle mucha
importancia al asunto se encaminaron rápidamente a sus casas.
A la noche siguiente los dos amigos se volvieron a
reunir para pasar un buen rato, y como había ocurrido anteriormente, pasaron a
la misma hora por el Templo y vieron nuevamente al religioso introduciéndose
tras la pesada puerta. Los caballeros llenos de curiosidad querían averiguar
cuál era el secreto que tan celosamente guardaba el anciano, por lo que idearon
un plan para descubrirlo.
Todas las noches a las siete, la gente acudía a la
Catedral para rezar el rosario y recibir la bendición del Santísimo, entre los
ahí presentes se encontraban caballeros que tanto gustaban de la vida disipada,
y claro que a mucha gente le extrañó su presencia: tal vez estaban arrepentidos
de todos sus pecados.
El sacristán se retiró después de apagar la última
lámpara, y las naves quedaron aparentemente desiertas; para no ser descubiertos
y mirar a sus anchas, los caballeros se habían escondido en los confesionarios,
ahora sólo les quedaba aguardar pacientemente hasta la medianoche. Vieron las
nueve, y las 10, después las 11 y luego la hora tan esperada: a los pocos
minutos el reloj anunciaba las 12. De pronto escucharon que alguien ingresaba
al templo, el padre David encendió todas las velas y se arrodilló ante el altar,
reinando ahí el más completo silencio; de pronto un viento frío atravesó las
naves, unas figuras fantasmales avanzaron: ¡era un desfile de espectros
impresionantes! Mientras tanto los confesionarios, los caballeros estaban
paralizados de miedo.
El religioso comenzó a rezar el rosario en compañía
de las ánimas del purgatorio, era la razón por la cual todas las noches acudía
en punto de las 12 a la Catedral. Miles de voces profundas le contestaban desde
todos los ámbitos del templo, enseguida venían las letanías.
Fue tanta la impresión, que don Lucas terminó
volviéndose loco, y don Simón sufrió un ataque al corazón; se dice que su alma
al abandonar el cuerpo fue confundida por los fantasmas entre toda la muchedumbre,
y el padre Gavito absorto en sus rezos no se dio cuenta del drama.
Amaneció sobre la capital de la Nueva España, las
campanas llamaban a misa. Poco antes de las cinco, el sacristán abrió la puerta
de la Catedral, los fieles comenzaron a llegar; entre ellos estaban las
muchachas que vieron a don Lucas y a don Simón la noche anterior.
Inmediatamente se dirigieron a los confesionarios para decir sus culpas, pues
ese día les tocaba comulgar; cuando la primera se hinco para hacer examen de
conciencia, gran susto se llevó una cuando encontró a un muerto, y la otra
mujer a don Lucas diciendo incoherencias totalmente loco. Los alguaciles se
llevaron al completamente trastornado o Lucas.
Los anteriores sucesos produjeron conmoción y
asombro en todos los habitantes de la muy noble y leal Ciudad de los Palacios,
y en el convento del Espíritu Santo el padre Gavito le contó con detalle a su
Excelencia todos los detalles, de él porque acudía todas las noches a la
Catedral.
Afirman las crónicas que durante mucho tiempo, por
las noches, se escucharon voces en la Catedral, hasta que el tiempo borró de la
memoria el Rosario de las Ánimas.
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