El
Convento y Colegio Apostólico de Santa María de Guadalupe, fue construido en la
Ciudad de Zacatecas, por el franciscano Antonio Magil de Jesús, apóstol de
México y Guatemala, célebre por haberse formado entre apóstoles que fueron los
santos misioneros evangelizadores de Texas, Tamaulipas, Tarahumara, Nayarit y
California.
El
levantamiento de esta bella joya arquitectónica fue en el año en gracia de
1707, edificio que albergó por ciento cincuenta años a lo civilizadores de la
mayor parte del territorio nacional, dio origen a la formación de la Villa de
Guadalupe de Zacatecas, que se destaca por contar con uno de los monasterios
más célebres del país, en donde florecieron las ciencias y las artes.
En el año
de 1718, vivió en el Convento de Guadalupe un fraile que tenía fama de sabio y
santo entre toda la comunidad, que en todo momento mencionaba al convento. Este
misionero franciscano, originario de Mazapil, respondía al nombre de fray José
Calahorra.
Por aquel
tiempo falleció una persona influyente de muy grande caudal. Por este motivo,
se habían suscitado dificultades entre sus herederos, quienes cada vez se
ponían peor, tanto así que podía haber cómo desenlace un crimen.
Vivía en
el mineral de Mazapil, una dama de noble cuna y lucidez de juicio, ya entrada
en edad, y al ser poseedora de tales virtudes, se había granjeado la estimación
y respeto, no solamente del pueblo, sino también en muchas leguas a la redonda,
donde se la lavaba por igual su grande caridad. Sucedió entonces un día, que mientras
la ilustre señora pasaba la velada, durante la noche invernal al amparo de la
chimenea de la gran sala de su casona, escucho llamar con discreción a la
puerta; sin dudarlo pensó que era alguno de sus familiares, que acostumbraban visitarla a esas horas. Mandó a que hicieran
pasar a la persona al interior de la casona.
Resonaron
los pasos en la sala y acercándose lentamente hicieron alto frente a ella, que
aún no levantaba los ojos de su labor. Una voz masculina la saluda y su
sorpresa es inenarrable al encontrarse con un extraño misterioso personaje,
ataviado todo de negro a la usanza de la época y embozado en amplia capa del
mismo color, que impedía verle el rostro. Sin decirle su identidad, habló
lentamente con voz ronca, y encarecidamente le pidió por amor de Dios, moviera
sus influencias y prestigio en hacer luz en el problema testamentario de la
familia.
Muda de
terror quedó la señora, y sin darle tiempo a responder, desapareció aquel
personaje como por encanto. Siendo la noble dama persona de cultura no vulgar,
así como también de sólidos principios cristianos y mucha piedad, no podía dar
crédito a la superstición, atribuyendo lo sucedido a alucinaciones de su
temperamento excitable o tentaciones del espíritu maligno.
Después
se daría cuenta de que el embozado no fue producto de su imaginación, pues este
personaje la visitaba noche a noche sin interrupción al sonar la última
campanada de las doce en el antiguo reloj de la sala, pidiéndole cada vez con
mayor insistencia llevara a efecto por caridad su encargo, sin que la señora
lograra contestarle, porque el miedo le helaba la sangre y no le permitía
articular palabra.
A raíz de
este incidente, la salud de la dama se veía bastante quebrantada, y pasaba los
días sumida en una triste postración y abatimiento y su carácter jovial, se
tornó sombrío. Era asesor espiritual de la señora, el señor cura del lugar,
hombre ya entrado en años, de blancos cabellos y aspecto venerable vasta
cultura, gran talento y mucha experiencia de la vida, adquirida en el largo
desempeño de su ministerio.
La señora
le contó todo lo referente a las misteriosas visitas del personaje, pidiéndole
consejos sobre lo que debía contestarle. El cura le aconsejo se entrevistará
con él, para tratar de sus asuntos.
Entonces
la dama pasó todo ese día pidiendo a Dios la fuerza suficiente para resolverse
a dar el recado del señor cura a su visitante nocturno, y esa misma noche al
sonar las doce, hizo un supremo esfuerzo e implorando la ayuda de Cristo
Nuestro Señor, logró sobreponerse al miedo que la dominaba y con temblorosa voz
le dio el recado. El personaje sin decir palabra alguna desapareció.
La noche
era dominada por densas tinieblas que envolvían la tierra. El señor cura venía
de confesar a un enfermo. En esos momentos atravesaba apartada y solitaria
calle de arrabal, cuando al volver de una esquina, de repente se topó con el
personaje que se la parecía la señora de la casona vestido todo de negro y
embozado en amplia capa del mismo color que impedía verle el rostro, quien con
su elevada estatura se paró frente a él interceptándole el paso, en la actitud
imponente silenciosa. El personaje comenzó a hablar, pero el señor cura
aterrorizado dio media vuelta y salió huyendo como alma que lleva el diablo.
A la
mañana siguiente el religioso se entrevistó con la señora y no bien se había
saludado, cuando ansiosamente ella, reflejando pavor en su rostro, le manifestó
que había dado su recado al personaje y que este, tan pronto como terminó de
hablar desapareció; y aún sin sobreponerse de su sobresalto, escucho a su
espalda un suspiro y al volver el rostro, poco le faltó para caer muerta, pues
el personaje misterioso estaba tan cerca, que le rozaba la capa su cara y con
espantosa voz le dijo, que se había apersonado al señor cura intentó hablarle, pero
el aterrorizado había huido dejándolo con la palabra en la boca y con más
insistencia que nunca le suplico, pusiera en práctica su petición.
El
religioso consideró prudente consultar de tan grave y sorprendente caso, al
Reverendo padre fray José Calahorra, residente en el Convento de Guadalupe,
pues confiaba en que él podía hacer luz en el asunto, ya que recordaba haber
podido platicar hacía años, que un señor muy principal y acaudalado murió en
los brazos de un religioso que lo auxilió en sus últimos momentos, habiéndole
también entregado su testamento.
Esa misma
noche el cura le escribí una larga y detallada carta al respecto. Al terminar
de escribir le ordenó a su mozo, que muy temprano en la mañana se levantara y
fuera con él para entregarle una carta que debía llevar al Convento de
Guadalupe, previniéndolo de no venirse hasta traer la contestación.
En esos
momentos en el Convento, el padre fray José salía de maitines, yéndose
enseguida a su celda a preparar un sermón que debía decir al siguiente día. Se
encontraba sentado frente a su mesa de trabajo, teniendo ante él a dos
religiosos que habían ido a su celda a hacerle una consulta, cuando unos
fuertes golpes en la pared distrajeron su atención. Al volver el rostro ven con
gran asombro, que saliendo de la pared una mano les hacía señas con una carta,
indicando que deberían tomarla. Los religiosos llenos de terror dirigían
miradas angustiosas a fray José, sin saber qué hacer. La rojiza y débil luz de
la bujía colocada cerca de ellos, proyectaba la sombra de una calavera que
estaba sobre la mesa del fraile, haciendo más impresionante la escena.
Entonces
fray José sin inmutarse, con esa entereza que da la virtud y la santidad, se
levantó de su asiento y con lentos y seguros pasos llegó hasta la mano y tomó
la carta. La mano desaparece inmediatamente. Acto seguido desdobló la carta y
leyó su contenido con toda calma, y como si se tratara del asunto más común le
dijo a los religiosos: “Hermanos, esta carta necesita pronta respuesta, con su
venia me pongo a escribir, seré breve, aguardad”, y con seguro pulso escribió
la contestación.
Los
religiosos dominados por el miedo, con el mayor asombro lo contemplaban y
pedían en su interior a Dios, pusiera fin a ese asunto. Cuando el fraile hubo
terminado la carta, se escucharon de nuevo fuertes golpes en la pared y al
volver a un tiempo los ahí presentes el rostro hacia aquel sitio, vieron que de
ella sale a la mano, por lo que fray José se levantó de su asiento y entregó su
carta. Al instante la mano se perdió.
En dicha
carta expresar fray José, que hacía años a las altas horas de la noche, fue
llevado de la misión en donde se encontraba, por los criados de un acaudalado e
importante señor, el cual se encontraba herido en su carruaje no lejos de allí,
ya que había sido asaltado por una gavilla de bandidos; necesitaba el religioso
para que lo asistiera en sus últimos momentos, y después de haberle escuchado
su confesión y puesto el Santo Óleo, el señor le dio su testamento suplicándole
encarecidamente la entregará al guardián de un convento. Tiempo después el
guardián falleció sin haber tenido tiempo de arreglar el legado del difunto,
por lo que deben acudir al convento en demanda de noticias.
Cuando
salían los primeros rayos del sol coloreando de escarlata los altos picachos de
las montañas de Mazapil, se levantó el párroco a mandar la carta a su destino,
encontrándose para su asombro, con la contestación de fray José.
Después
de leerla, se arrodilla dando gracias al cielo por haber hecho luz, en tan
escabroso asunto por medio de un justo. Una vez conocidas las disposiciones
testamentarias, cesaron las divisiones entre los herederos y cada uno de ellos
percibió lo que le pertenecía, y el misterioso personaje ataviado de negro y
embozado con su amplia capa del mismo color que impedía verle la cara, jamás
volveré a visitar a la ilustre señora de la casona.
Desde
entonces la habitación de fray José Calahorra quedó registrada en la historia
del Convento de Guadalupe como la Celda de la Mano.
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