domingo, 17 de agosto de 2014

La celda de la mano (Zacatecas)

El Convento y Colegio Apostólico de Santa María de Guadalupe, fue construido en la Ciudad de Zacatecas, por el franciscano Antonio Magil de Jesús, apóstol de México y Guatemala, célebre por haberse formado entre apóstoles que fueron los santos misioneros evangelizadores de Texas, Tamaulipas, Tarahumara, Nayarit y California.
El levantamiento de esta bella joya arquitectónica fue en el año en gracia de 1707, edificio que albergó por ciento cincuenta años a lo civilizadores de la mayor parte del territorio nacional, dio origen a la formación de la Villa de Guadalupe de Zacatecas, que se destaca por contar con uno de los monasterios más célebres del país, en donde florecieron las ciencias y las artes.
En el año de 1718, vivió en el Convento de Guadalupe un fraile que tenía fama de sabio y santo entre toda la comunidad, que en todo momento mencionaba al convento. Este misionero franciscano, originario de Mazapil, respondía al nombre de fray José Calahorra.
Por aquel tiempo falleció una persona influyente de muy grande caudal. Por este motivo, se habían suscitado dificultades entre sus herederos, quienes cada vez se ponían peor, tanto así que podía haber cómo desenlace un crimen.
Vivía en el mineral de Mazapil, una dama de noble cuna y lucidez de juicio, ya entrada en edad, y al ser poseedora de tales virtudes, se había granjeado la estimación y respeto, no solamente del pueblo, sino también en muchas leguas a la redonda, donde se la lavaba por igual su grande caridad. Sucedió entonces un día, que mientras la ilustre señora pasaba la velada, durante la noche invernal al amparo de la chimenea de la gran sala de su casona, escucho llamar con discreción a la puerta; sin dudarlo pensó que era alguno de sus familiares, que acostumbraban  visitarla a esas horas. Mandó a que hicieran pasar a la persona al interior de la casona.
Resonaron los pasos en la sala y acercándose lentamente hicieron alto frente a ella, que aún no levantaba los ojos de su labor. Una voz masculina la saluda y su sorpresa es inenarrable al encontrarse con un extraño misterioso personaje, ataviado todo de negro a la usanza de la época y embozado en amplia capa del mismo color, que impedía verle el rostro. Sin decirle su identidad, habló lentamente con voz ronca, y encarecidamente le pidió por amor de Dios, moviera sus influencias y prestigio en hacer luz en el problema testamentario de la familia.
Muda de terror quedó la señora, y sin darle tiempo a responder, desapareció aquel personaje como por encanto. Siendo la noble dama persona de cultura no vulgar, así como también de sólidos principios cristianos y mucha piedad, no podía dar crédito a la superstición, atribuyendo lo sucedido a alucinaciones de su temperamento excitable o tentaciones del espíritu maligno.
Después se daría cuenta de que el embozado no fue producto de su imaginación, pues este personaje la visitaba noche a noche sin interrupción al sonar la última campanada de las doce en el antiguo reloj de la sala, pidiéndole cada vez con mayor insistencia llevara a efecto por caridad su encargo, sin que la señora lograra contestarle, porque el miedo le helaba la sangre y no le permitía articular palabra.
A raíz de este incidente, la salud de la dama se veía bastante quebrantada, y pasaba los días sumida en una triste postración y abatimiento y su carácter jovial, se tornó sombrío. Era asesor espiritual de la señora, el señor cura del lugar, hombre ya entrado en años, de blancos cabellos y aspecto venerable vasta cultura, gran talento y mucha experiencia de la vida, adquirida en el largo desempeño de su ministerio.
La señora le contó todo lo referente a las misteriosas visitas del personaje, pidiéndole consejos sobre lo que debía contestarle. El cura le aconsejo se entrevistará con él, para tratar de sus asuntos.
Entonces la dama pasó todo ese día pidiendo a Dios la fuerza suficiente para resolverse a dar el recado del señor cura a su visitante nocturno, y esa misma noche al sonar las doce, hizo un supremo esfuerzo e implorando la ayuda de Cristo Nuestro Señor, logró sobreponerse al miedo que la dominaba y con temblorosa voz le dio el recado. El personaje sin decir palabra alguna desapareció.
La noche era dominada por densas tinieblas que envolvían la tierra. El señor cura venía de confesar a un enfermo. En esos momentos atravesaba apartada y solitaria calle de arrabal, cuando al volver de una esquina, de repente se topó con el personaje que se la parecía la señora de la casona vestido todo de negro y embozado en amplia capa del mismo color que impedía verle el rostro, quien con su elevada estatura se paró frente a él interceptándole el paso, en la actitud imponente silenciosa. El personaje comenzó a hablar, pero el señor cura aterrorizado dio media vuelta y salió huyendo como alma que lleva el diablo.
A la mañana siguiente el religioso se entrevistó con la señora y no bien se había saludado, cuando ansiosamente ella, reflejando pavor en su rostro, le manifestó que había dado su recado al personaje y que este, tan pronto como terminó de hablar desapareció; y aún sin sobreponerse de su sobresalto, escucho a su espalda un suspiro y al volver el rostro, poco le faltó para caer muerta, pues el personaje misterioso estaba tan cerca, que le rozaba la capa su cara y con espantosa voz le dijo, que se había apersonado al señor cura intentó hablarle, pero el aterrorizado había huido dejándolo con la palabra en la boca y con más insistencia que nunca le suplico, pusiera en práctica su petición.
El religioso consideró prudente consultar de tan grave y sorprendente caso, al Reverendo padre fray José Calahorra, residente en el Convento de Guadalupe, pues confiaba en que él podía hacer luz en el asunto, ya que recordaba haber podido platicar hacía años, que un señor muy principal y acaudalado murió en los brazos de un religioso que lo auxilió en sus últimos momentos, habiéndole también entregado su testamento.
Esa misma noche el cura le escribí una larga y detallada carta al respecto. Al terminar de escribir le ordenó a su mozo, que muy temprano en la mañana se levantara y fuera con él para entregarle una carta que debía llevar al Convento de Guadalupe, previniéndolo de no venirse hasta traer la contestación.
En esos momentos en el Convento, el padre fray José salía de maitines, yéndose enseguida a su celda a preparar un sermón que debía decir al siguiente día. Se encontraba sentado frente a su mesa de trabajo, teniendo ante él a dos religiosos que habían ido a su celda a hacerle una consulta, cuando unos fuertes golpes en la pared distrajeron su atención. Al volver el rostro ven con gran asombro, que saliendo de la pared una mano les hacía señas con una carta, indicando que deberían tomarla. Los religiosos llenos de terror dirigían miradas angustiosas a fray José, sin saber qué hacer. La rojiza y débil luz de la bujía colocada cerca de ellos, proyectaba la sombra de una calavera que estaba sobre la mesa del fraile, haciendo más impresionante la escena.
Entonces fray José sin inmutarse, con esa entereza que da la virtud y la santidad, se levantó de su asiento y con lentos y seguros pasos llegó hasta la mano y tomó la carta. La mano desaparece inmediatamente. Acto seguido desdobló la carta y leyó su contenido con toda calma, y como si se tratara del asunto más común le dijo a los religiosos: “Hermanos, esta carta necesita pronta respuesta, con su venia me pongo a escribir, seré breve, aguardad”, y con seguro pulso escribió la contestación.
Los religiosos dominados por el miedo, con el mayor asombro lo contemplaban y pedían en su interior a Dios, pusiera fin a ese asunto. Cuando el fraile hubo terminado la carta, se escucharon de nuevo fuertes golpes en la pared y al volver a un tiempo los ahí presentes el rostro hacia aquel sitio, vieron que de ella sale a la mano, por lo que fray José se levantó de su asiento y entregó su carta. Al instante la mano se perdió.
En dicha carta expresar fray José, que hacía años a las altas horas de la noche, fue llevado de la misión en donde se encontraba, por los criados de un acaudalado e importante señor, el cual se encontraba herido en su carruaje no lejos de allí, ya que había sido asaltado por una gavilla de bandidos; necesitaba el religioso para que lo asistiera en sus últimos momentos, y después de haberle escuchado su confesión y puesto el Santo Óleo, el señor le dio su testamento suplicándole encarecidamente la entregará al guardián de un convento. Tiempo después el guardián falleció sin haber tenido tiempo de arreglar el legado del difunto, por lo que deben acudir al convento en demanda de noticias.
Cuando salían los primeros rayos del sol coloreando de escarlata los altos picachos de las montañas de Mazapil, se levantó el párroco a mandar la carta a su destino, encontrándose para su asombro, con la contestación de fray José.
Después de leerla, se arrodilla dando gracias al cielo por haber hecho luz, en tan escabroso asunto por medio de un justo. Una vez conocidas las disposiciones testamentarias, cesaron las divisiones entre los herederos y cada uno de ellos percibió lo que le pertenecía, y el misterioso personaje ataviado de negro y embozado con su amplia capa del mismo color que impedía verle la cara, jamás volveré a visitar a la ilustre señora de la casona.
Desde entonces la habitación de fray José Calahorra quedó registrada en la historia del Convento de Guadalupe como la Celda de la Mano.

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