domingo, 24 de agosto de 2014

El teatro en México (Época Prehispánica)


Pasada la jornada de inevitable asombro, los conquistadores proceden a establecer en el nuevo dominio el viejo sistema feudal de la división del trabajo: cuerpos y almas. Soldados y misioneros trabajan intensamente: aquellos, preparando el tributo para el César; éstos, condimentando el fabuloso ofrecimiento a Dios.Los primeros enseñan el español a los indios; los segundos aprenden de éstos el secreto de las lenguas nativas. Unos buscan sólo el porvenir o, más bien, el presente; otros intentan penetrar el extraordinario pasado. Gracias a los soldados y los representantes oficiales, averigua España que hay en la tierra sometida minas nunca vistas de oro y de plata. Merced a los frailes, tenemos una idea amplia de la vida y de las artes de las grandes razas neolíticas que han perdido su señorío. Pero unos y otros son fatalmente medievales. Es el espíritu de la Edad Media el que dirige y anima en ellos todos los trabajos de construcción o destrucción. Para no ser absorbidos y trastocados por la fuerza de la raza que señorean -poderosa y completa hasta la Conquista- importan de España un duplicado de su vida occidental, cortado sobre un patrón que es medieval sin remedio, y condenan a México, para tanto tiempo, habrá de durar el dominio hispano, a vivir bajo el sol de una Edad Media más enorme y menos delicada que nunca.
Sabemos por fray Toribio de Benavente, por fray Diego Durán y por el propio Cortés, que entre otras ciencias y artes, poseían los indios la poesía lírica y la dramática, y que disponían de teatros, consistentes en terraplenes cuadrados y descubiertos, emplazados, ya en los mercados, ya en el atrio inferior de algún templo, a la altura necesaria para que pudiera todo mundo disfrutar de los espectáculos. Con o sin riesgo, puede aventurarse la suposición de que toda función teatral de los indios, incluyendo himnos, máscaras, danzas y farsas, tenía una base esencialmente esotérica, simbolista y ritual. No pueden citarse, más muestras de aquella literatura teatral que el himno a Tláloc y los himnos de Nezahualcóyotl. En efecto, una y otras composiciones tienen una estructura claramente definida de diálogos, sustentados en la mayoría de los casos, entre una divinidad y su adorador. Las siguientes réplicas, entresacadas del himno a Tláloc, apuntalan esta teoría:

  1. El Dios aparece en México; tu bandera se despliega en todas direcciones y nadie llora.
  2. Yo, el Dios, he vuelto otra vez; he vuelto otra vez al lugar que abunda en sacrificios de sangre; allí cuando el día envejece, yo soy visto como un dios.
  3. Tu obra es la de un hombre mágico; tú te has hecho de verdad ser de nuestra carne; tú te has hecho a ti mismo; y ¿quién se atreve a provocarte?
  4. Ciertamente, aquel que me provoca no se encuentra bien conmigo; mis padres tomaban por la cabeza a los tigres y a las serpientes.

Puede suponerse, sin embargo, que si estas suposiciones han llegado a la actualidad con pasaporte de himnos es porque “en el canto entonaban dos un verso y les respondían todos”, y porque tal vez, al suprimirse las grandes ceremonias nativas, siguieran siendo recitadas en forma de monólogos para su conservación a través de los tiempos.
Es cosa comprobada, no sólo históricamente, sino también por la observación del espíritu mexicano moderno, que los bailes y festejos -dirigidos siempre por un armonioso sentido del color y del movimiento- tenían una trascendencia particular para las antiguas razas de México. Cabe acotar que “el baile se hacía casi siempre con acompañamiento de canto; pero tanto este cuanto los movimientos de los que bailaban se sujetaban al compás de los instrumentos… En el intervalo que dejaban las líneas de bailarines, solían bailar algunos bufones, imitando a otros pueblos en el traje, o con disfraces de fieras y otros animales, y procurando hacer reír al pueblo con sus bufonadas… Tales eran las formas de la danza ordinaria; pero había otras muy diferentes, en que, o representaban algún misterio de su religión, o algún suceso de su historia, o alguna escena alusiva a la guerra, a la caza o a la agricultura”. La farsa era, por consiguiente, también familiar a los indios. Es probable, sin embargo, que en ellas improvisaran los diálogos los propios actores, y  en general, consistían según parece, en escenificaciones de los hechos, tal como se encontraban referidos o se suponía que debieran acontecer.
En los templos de Tlatelolco y de Cholula existieron terraplenes de los mencionados antes, y las representaciones de que ha quedado noticia tenían, aparentemente, lugar en Cholula, durante las fiestas en honor de Quetzalcóatl, divinidad que -por el reflujo de las cosas de los siglos- ha vuelto instalarse entre nosotros.
“Este templo tenía un patio mediano, donde el día de su fiesta se hacían grandes bailes, regocijos y muy graciosos entremeses, para lo cual había en medio de este patio un pequeño teatro de a treinta pies en cuadro, curiosamente encalado, el cual enramaban y aderezaban para aquel día, con toda la policía posible, cercándolo todo de arcos hechos de toda diversidad de rosas y plomería, colgando a trechos muchos pájaros y conejos, y otras cosas apacibles, donde después de haber comido, se juntaba toda la gente, y salían los representantes donde hacían entremeses, fingiéndose sordos, cojos, ciegos y mancos, viniendo a pedir sanidad al ídolo, los sordos respondiéndole adefesios; y los cojos cojeando decían sus miserias y quejas, que hacían reír grandemente a los del pueblo; otras salían en nombre de la sabandijas, unos vestidos como escarabajos, y otros como sapos, y otros como lagartijas, etcétera; y encontrándose allí referían sus oficios, y volviéndose cada uno por sí, tocaban algunas fábulas de que gustaban sumamente los oyentes; porque eran muy ingeniosas. Fingían asimismo muchas mariposas y pájaros de diversos colores, sacando vestidos a los muchachos del templo en estas formas, los cuales subiendo en una arboleda, que allí plantaban, los sacerdotes del templo les tiraban con cerbatanas, donde había en defensa de unos y ofensa de los otros graciosos dichos con que entretenían mucho a los circunstantes, lo cual concluido, haciendo un gran mitote o baile con todos estos personajes se concluya la fiesta, y esto acostumbraban hacer en las principales fiestas.”
Estas diversiones eran en cierto modo comunes a las diversas razas que poblaban a México. La representación de comedias originales entre los indios conversos del Estado de Yucatán es afirmada por fray Diego de Landa, y algunas de esas piezas -como las “conquistas” mezcladas con canto y baile- continuaron subsistiendo entre ellos por lo menos hasta la segunda mitad del siglo XIX.

Fuente: México en el Teatro. Rodolfo Usigli

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