domingo, 1 de marzo de 2015

La fuente embrujada (Sucedió en las fuentes brotantes de Tlalpan)

El pavoroso secreto de la magia no ha desaparecido, dormido durante algunos siglos aún no tenemos cerca, a nuestro lado. Este crispante relato ocurrido  en Nueva España, allá por el siglo XVII en lo que hoy son fuentes brotantes de Tlalpan, nos dará la razón.
Este suceso tuvo lugar allá por el mes de mayo de 1664, siendo virrey provisorio el arzobispo don Diego Osorio de Escobar y Llamas, en el sitio que hoy conocemos como el Pedregal, que entonces se llamaba el Carrascal y más allá, en lo que hoy son fuentes brotantes, había otra fuente; sin embargo, el sitio era frecuentado por cazadores de ciervos, que en ese siglo los sabía y muchos, uno de estos avezados cazadores lo era don Fernando Lorenzo de Guevara, sobrino mimado del efímero virrey-arzobispo. Cierto día, el caballero andaba de cacería, cuando logra herir a un siervo, el cual herido buscaba refugio entre la vegetación y más allá, donde ésta era cada vez más abundante; la herida infligida por don Fernando era mortal, así que pronto caería por tierra muerto, sin embargo, parecía como que, a medida que se acercaba al bosque, mayor energía recobraba; Don Fernando salto del riachuelo en persecución de su presa, no la dejaría por nada.
Al ver que el amo saltaba el arroyuelo, los criados acicatearon sus caballos y trataron de alcanzarlo, pero al llegar ante el arroyuelo, se quedaron mudos, quietos, con el terror pintado en sus rostros. Por más que le advertían y le gritaban a su amo que no se acercara a la fuente embrujada, porque corría el riesgo de perder su alma, él los ignoro por completo pensando que eran solamente supercherías y continuó su persecución.
Durante algunos minutos don Fernando persigue al ciervo agonizante, siguiendo su cada vez más grueso rastro de sangre, y al fin llegó hasta un lugar donde le era imposible continuar a caballo, dejó entonces libre su cabalgadura y continua tras las huellas de sangre. Así llegó hasta una cascada de aguas diamantinas, que se precipitaba desde lo alto de un risco, el sol ya cayendo hacia el poniente, daba toques dorados y rojizos a la cascada cantarina; de pronto don Fernando se quedó arrobado, las aguas cantaban una extraña melodía, y de la parte de abajo escapaban voces, cánticos, letanías dulces y acogedoras. El caballero perdió la noción del tiempo y siguió la corriente del arroyo que continuaba emitiendo raras sonoridades; de súbito, se halló bajo las frondas de un fresco boscaje que rodeaba una laguna, sus aguas eran tranquilas, doradas por el sol muriente de la tarde y sus ondas parecían dos enormes ojos garzos.
Mientras tanto, los dos criados temerosos por la suerte del amo, nos atrevían a cruzar el arroyo. De pronto, entre las sombras que comenzaban a invadirlo todo, descubrieron la figura de su amo; sin embargo, él parecía idiotizado, ebrio, fuera de sí, anonadado. Don Fernando no dijo una sola palabra, sus ojos idiotizados, parecían estar viendo aun lo que había visto allá en el bosque; mudo, ido de la mente, fue conducido por los criados hasta su casona que fuera más tarde el Palacio del Arzobispado; dicho palacio fue reconstruido en el siglo XVIII por el famoso arquitecto don Jerónimo de Balbás, introductor de la estípite arquitectónica.
Allí se encerró don Fernando, dejando transcurrir las horas, sentado en escaño de alto espaldar, taciturno, silencioso, con esa misma mirada que trajo después de salir del bosque halla en el Pedregal. Su único paseo era el de salir al patio y ver la fuente en su interminable chorrear de agua cantarina, y allí pasaba las horas y dejaba caer la tarde, creyendo escuchar un misterioso mensaje en el surtidor. Largas horas de la noche las pasaba al caballero en vela, a veces su mente enfebrecida lograba conciliar el sueño, y entonces le asaltaban extrañas pesadillas; los gritos y risotadas del amo atraían a los criados que acudían hasta su lecho a indagar. Despertó sobresaltado y ordenó que le tuvieran los caballos y los perros listos al amanecer para ir de cacería al Pedregal.
Don Fernando corría y corría, fingiendo que iba en pos de algún siervo o una liebre, pero en cuanto llegaba al arroyo, se apeaba del caballo, ordenaba a los criados atar a los perros y marchaba. Pasaba por la cascada cantarina, musical, y continuaba si el bosque, después, extasiado, de pie, aguardaba a la orilla del estanque misterioso… ¿Qué aguardaba?
Regresaba y volvía a cerrarse en la casona arzobispal, taciturno, silencioso, ido, y cada vez más desmejorado; parecía que una rara enfermedad minaba su cuerpo y algo sobrenatural se había posesionado de su espíritu, palidecía como sin enfermedad interior, desconocida, le fuese dejando sin sangre. En ese estado ni tan siquiera se dio cuenta que su tío, a los dos meses dejaba de ser virrey, pues tomaba posesión del virreinato don Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, el 15 de octubre de 1664.
Una noche en que todo parecía propicio para lo macabro y diabólico, pues soplaba viento y ululaban calles, don Fernando mando llamar al viejo, criado de su tío, para preguntarle cuáles eran los secretos que guardaba la fuente embrujada a cerca de aquella hermosa mujer que ahí se aparecía, pues él ya estaba loco de amor por ella. Ante la terquedad del mancebo, el anciano le contó la historia:
“Hace ya casi un siglo, llegó a la capital de la Nueva España una rica joven damita de brillante linaje. Jamás se quitaba el velo que obscurecía su rostro, pero a juzgar por sus bondades, se creía era muy bella; socorría a la Iglesia, daba de comer al hambriento y medicinas al enfermo, dama más caritativa no la hubo jamás. Al saber la bella y afortunada, varios galanes la pidieron por esposa, mas ella, por alguna causa, rechazaba a todos; entonces el vulgo comenzó a correr la versión de que no rechazaba ella los galanes, sino ellos a ella, porque al ver su feo rostro salían huyendo. Dicen que recorrió a la magia negra para obtener amores y a la magia blanca para hacerse bella, y para lograrlo se embijaba el rostro con la sangre de animales y niños que ofrecía en holocausto al demonio; de pronto su rostro adquiría belleza, pero sólo por la noche y entonces salía a buscar al galán que su corazón le indicara. Quién sabe cómo ella adivinaba si movía al galán una pasión insana y le castigaba de horrible manera, transformando su rostro en un animal cualquiera, y ante tal impresión, la víctima salía corriendo como alma que lleva el diablo.
Pasaron los años, no se sabe si desaparece esta mujer, si se la llevó el demonio, pero su casa queda abandonada y en ruinas; y tal es la mujer que habita a la orilla de la fuente embrujada y qué aguarda a un galán.” Don Fernando no le creyó al anciano aquella historia tan descabellada, y lejos de asustarse, se encaprichó más con su adorada Blanca de Gazcón, como se llamara en vida.
A la madrugada siguiente el caballero salió a todo galope de la ciudad, iba en pos de aquella misteriosa mujer; pasaba ya el mediodía, cuando sobre su caballo sudoroso llegó a las inmediaciones del Pedregal. Esta vez no le importaba la caza del ciervo, por la cacería consistía en atrapar un sueño, un imposible; llegó al arroyo y bajó del caballo, de allí debería continuar a pie, y le ordenó a su animal que regresara a la casa. Salto el arroyo que esta vez le pareció que llevaban brillantes y mil pececillos dorados, después a la cascada cantarina, que está vez dejaban escapar frases de amor envueltas en una musicalidad ultra terrena.
Cuando llegó a la entrada del bosque, su alma estaba hechizada de amor y su corazón daba vuelcos de emoción porque esta vez, podía llamar a la extraña mujer por su nombre, y sin pensarlo más así lo hizo. De pronto sopló una brisa fresca y sobre las aguas irisadas se reflejó la figura de aquella mujer extraña, quien emergió de las aguas extendiendo los brazos llamando a su amado. Sin importarle si aquel espíritu era errabundo o alma del averno, don Fernando camino sobre las aguas para reunirse con Blanca.
Como dos amantes separados por el tiempo y la distancia, juntaron sus labios y se fundieron en un solo amor, después, sin sentirlo, sin darse cuenta, Fernando se fue hundiendo en las azules aguas de la fuente, así abrazado a ella; entonces brazos viscoso se extendieron en el fondo de la fuente, lianas y raíces pútridas los aprisionaron.
Mil estrellas estallaron en los ojos de Fernando, mientras escuchaba aquella voz ultra terrena, pero de pronto, el rostro bello de aquella mujer fue convirtiéndose en una máscara de horror, ya descarnado mostró una amarillenta calavera de ojos huecos y boca grotesca horripilante. De su cuerpo, de su pelo, sólo quedaban restos llenos de fango putrefacto, pero don Fernando Lorenzo de Guevara ya no vio aquel horror, su alma había sido arrastrada al fondo de un abismo ignoto.
Nadie supo explicar aquel misterio, pero desde entonces, dejó de ser aquella la fuente embrujada, volvieron a sus orillas los siervos y coyotes y furtivos cazadores que iban sin temor; aunque algunas veces, alguien creía escuchar, partiendo de las aguas, un murmullo de amor y de ternura.
Hoy en día conocemos este sitio como fuentes brotantes de Tlalpan y nadie habla de aquel hecho añejo y olvidado. Sin embargo, no será difícil que una noche, no un cazador furtivo, sino un transeúnte, logré ver a la pareja de doña Blanca y don Fernando.

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