El pavoroso secreto de la magia no ha desaparecido,
dormido durante algunos siglos aún no tenemos cerca, a nuestro lado. Este
crispante relato ocurrido en Nueva
España, allá por el siglo XVII en lo que hoy son fuentes brotantes de Tlalpan,
nos dará la razón.
Este suceso tuvo lugar allá por el mes de mayo de
1664, siendo virrey provisorio el arzobispo don Diego Osorio de Escobar y
Llamas, en el sitio que hoy conocemos como el Pedregal, que entonces se llamaba
el Carrascal y más allá, en lo que hoy son fuentes brotantes, había otra
fuente; sin embargo, el sitio era frecuentado por cazadores de ciervos, que en
ese siglo los sabía y muchos, uno de estos avezados cazadores lo era don
Fernando Lorenzo de Guevara, sobrino mimado del efímero virrey-arzobispo.
Cierto día, el caballero andaba de cacería, cuando logra herir a un siervo, el
cual herido buscaba refugio entre la vegetación y más allá, donde ésta era cada
vez más abundante; la herida infligida por don Fernando era mortal, así que
pronto caería por tierra muerto, sin embargo, parecía como que, a medida que se
acercaba al bosque, mayor energía recobraba; Don Fernando salto del riachuelo
en persecución de su presa, no la dejaría por nada.
Al ver que el amo saltaba el arroyuelo, los criados
acicatearon sus caballos y trataron de alcanzarlo, pero al llegar ante el
arroyuelo, se quedaron mudos, quietos, con el terror pintado en sus rostros.
Por más que le advertían y le gritaban a su amo que no se acercara a la fuente
embrujada, porque corría el riesgo de perder su alma, él los ignoro por
completo pensando que eran solamente supercherías y continuó su persecución.
Durante algunos minutos don Fernando persigue al
ciervo agonizante, siguiendo su cada vez más grueso rastro de sangre, y al fin
llegó hasta un lugar donde le era imposible continuar a caballo, dejó entonces
libre su cabalgadura y continua tras las huellas de sangre. Así llegó hasta una
cascada de aguas diamantinas, que se precipitaba desde lo alto de un risco, el
sol ya cayendo hacia el poniente, daba toques dorados y rojizos a la cascada
cantarina; de pronto don Fernando se quedó arrobado, las aguas cantaban una
extraña melodía, y de la parte de abajo escapaban voces, cánticos, letanías
dulces y acogedoras. El caballero perdió la noción del tiempo y siguió la
corriente del arroyo que continuaba emitiendo raras sonoridades; de súbito, se
halló bajo las frondas de un fresco boscaje que rodeaba una laguna, sus aguas
eran tranquilas, doradas por el sol muriente de la tarde y sus ondas parecían
dos enormes ojos garzos.
Mientras tanto, los dos criados temerosos por la
suerte del amo, nos atrevían a cruzar el arroyo. De pronto, entre las sombras
que comenzaban a invadirlo todo, descubrieron la figura de su amo; sin embargo,
él parecía idiotizado, ebrio, fuera de sí, anonadado. Don Fernando no dijo una
sola palabra, sus ojos idiotizados, parecían estar viendo aun lo que había
visto allá en el bosque; mudo, ido de la mente, fue conducido por los criados
hasta su casona que fuera más tarde el Palacio del Arzobispado; dicho palacio
fue reconstruido en el siglo XVIII por el famoso arquitecto don Jerónimo de
Balbás, introductor de la estípite arquitectónica.
Allí se encerró don Fernando, dejando transcurrir
las horas, sentado en escaño de alto espaldar, taciturno, silencioso, con esa
misma mirada que trajo después de salir del bosque halla en el Pedregal. Su
único paseo era el de salir al patio y ver la fuente en su interminable
chorrear de agua cantarina, y allí pasaba las horas y dejaba caer la tarde,
creyendo escuchar un misterioso mensaje en el surtidor. Largas horas de la
noche las pasaba al caballero en vela, a veces su mente enfebrecida lograba
conciliar el sueño, y entonces le asaltaban extrañas pesadillas; los gritos y
risotadas del amo atraían a los criados que acudían hasta su lecho a indagar.
Despertó sobresaltado y ordenó que le tuvieran los caballos y los perros listos
al amanecer para ir de cacería al Pedregal.
Don Fernando corría y corría, fingiendo que iba en
pos de algún siervo o una liebre, pero en cuanto llegaba al arroyo, se apeaba
del caballo, ordenaba a los criados atar a los perros y marchaba. Pasaba por la
cascada cantarina, musical, y continuaba si el bosque, después, extasiado, de
pie, aguardaba a la orilla del estanque misterioso… ¿Qué aguardaba?
Regresaba y volvía a cerrarse en la casona
arzobispal, taciturno, silencioso, ido, y cada vez más desmejorado; parecía que
una rara enfermedad minaba su cuerpo y algo sobrenatural se había posesionado
de su espíritu, palidecía como sin enfermedad interior, desconocida, le fuese
dejando sin sangre. En ese estado ni tan siquiera se dio cuenta que su tío, a
los dos meses dejaba de ser virrey, pues tomaba posesión del virreinato don
Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, el 15 de octubre de 1664.
Una noche en que todo parecía propicio para lo
macabro y diabólico, pues soplaba viento y ululaban calles, don Fernando mando
llamar al viejo, criado de su tío, para preguntarle cuáles eran los secretos
que guardaba la fuente embrujada a cerca de aquella hermosa mujer que ahí se
aparecía, pues él ya estaba loco de amor por ella. Ante la terquedad del
mancebo, el anciano le contó la historia:
“Hace ya casi un siglo, llegó a la capital de la
Nueva España una rica joven damita de brillante linaje. Jamás se quitaba el
velo que obscurecía su rostro, pero a juzgar por sus bondades, se creía era muy
bella; socorría a la Iglesia, daba de comer al hambriento y medicinas al
enfermo, dama más caritativa no la hubo jamás. Al saber la bella y afortunada,
varios galanes la pidieron por esposa, mas ella, por alguna causa, rechazaba a
todos; entonces el vulgo comenzó a correr la versión de que no rechazaba ella
los galanes, sino ellos a ella, porque al ver su feo rostro salían huyendo.
Dicen que recorrió a la magia negra para obtener amores y a la magia blanca
para hacerse bella, y para lograrlo se embijaba el rostro con la sangre de
animales y niños que ofrecía en holocausto al demonio; de pronto su rostro
adquiría belleza, pero sólo por la noche y entonces salía a buscar al galán que
su corazón le indicara. Quién sabe cómo ella adivinaba si movía al galán una
pasión insana y le castigaba de horrible manera, transformando su rostro en un
animal cualquiera, y ante tal impresión, la víctima salía corriendo como alma
que lleva el diablo.
Pasaron los años, no se sabe si desaparece esta
mujer, si se la llevó el demonio, pero su casa queda abandonada y en ruinas; y
tal es la mujer que habita a la orilla de la fuente embrujada y qué aguarda a
un galán.” Don Fernando no le creyó al anciano aquella historia tan
descabellada, y lejos de asustarse, se encaprichó más con su adorada Blanca de
Gazcón, como se llamara en vida.
A la madrugada siguiente el caballero salió a todo
galope de la ciudad, iba en pos de aquella misteriosa mujer; pasaba ya el
mediodía, cuando sobre su caballo sudoroso llegó a las inmediaciones del
Pedregal. Esta vez no le importaba la caza del ciervo, por la cacería consistía
en atrapar un sueño, un imposible; llegó al arroyo y bajó del caballo, de allí
debería continuar a pie, y le ordenó a su animal que regresara a la casa. Salto
el arroyo que esta vez le pareció que llevaban brillantes y mil pececillos
dorados, después a la cascada cantarina, que está vez dejaban escapar frases de
amor envueltas en una musicalidad ultra terrena.
Cuando llegó a la entrada del bosque, su alma
estaba hechizada de amor y su corazón daba vuelcos de emoción porque esta vez,
podía llamar a la extraña mujer por su nombre, y sin pensarlo más así lo hizo.
De pronto sopló una brisa fresca y sobre las aguas irisadas se reflejó la
figura de aquella mujer extraña, quien emergió de las aguas extendiendo los
brazos llamando a su amado. Sin importarle si aquel espíritu era errabundo o
alma del averno, don Fernando camino sobre las aguas para reunirse con Blanca.
Como dos amantes separados por el tiempo y la
distancia, juntaron sus labios y se fundieron en un solo amor, después, sin
sentirlo, sin darse cuenta, Fernando se fue hundiendo en las azules aguas de la
fuente, así abrazado a ella; entonces brazos viscoso se extendieron en el fondo
de la fuente, lianas y raíces pútridas los aprisionaron.
Mil estrellas estallaron en los ojos de Fernando,
mientras escuchaba aquella voz ultra terrena, pero de pronto, el rostro bello
de aquella mujer fue convirtiéndose en una máscara de horror, ya descarnado
mostró una amarillenta calavera de ojos huecos y boca grotesca horripilante. De
su cuerpo, de su pelo, sólo quedaban restos llenos de fango putrefacto, pero
don Fernando Lorenzo de Guevara ya no vio aquel horror, su alma había sido
arrastrada al fondo de un abismo ignoto.
Nadie supo explicar aquel misterio, pero desde
entonces, dejó de ser aquella la fuente embrujada, volvieron a sus orillas los
siervos y coyotes y furtivos cazadores que iban sin temor; aunque algunas
veces, alguien creía escuchar, partiendo de las aguas, un murmullo de amor y de
ternura.
Hoy en día conocemos este sitio como fuentes
brotantes de Tlalpan y nadie habla de aquel hecho añejo y olvidado. Sin
embargo, no será difícil que una noche, no un cazador furtivo, sino un
transeúnte, logré ver a la pareja de doña Blanca y don Fernando.
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