domingo, 22 de marzo de 2015

La redención del escultor

Si alguien deseaba poseer una escultura perfecta, bella y armoniosa debía acudir sin ninguna duda Mario Lafuente; estera en toda la ciudad el más extraordinario artista es especialidad; si la figura representaba a un hombre curtido por el sol y el aire del campo, el tallado de su escultura era de trazos vigorosos, duros, como si el escoplo, herramienta de trabajo del artista, hubiese sido lanzado con fiereza contra la piedra. En cambio, si la imagen tallada debía ser la de una virgen, la piedra había sido esculpida con suavidad, los rasgos del rostro eran limpios, dulces. Ésa era la personalidad de Mario Lafuente; sabía adaptarse con una facilidad asombrosa a los gustos del cliente más exigente; por eso en todas las casas pudientes de la ciudad había alguna escultura que adornaba y enriquecía con su presencia el más suntuoso salón o el lugar preferido de su jardín. Tampoco faltaba en ninguna iglesia convento la imagen de alguna virgen que no fuera esculpida por Mario Lafuente. Muchos ruegos y grandes cantidades de dinero costaba el que acudiera a trabajar para quien fuera, pues en él no habían distingos, ni existían órdenes sociales, sino el dinero que ponían en sus manos; pero casi todos los trabajos que le encargaban tardaban en terminarse. Mario pasaba días y días con el trabajo interrumpido, sin preocuparse por proseguirlo.
Alguien aseguraba que eso se debía a que en sus arranques de furia y mal genio, en el que daba rienda suelta sus impulsos más bárbaros, arrojaba contra la figura casi terminada, toda clase de objetos, hasta que conseguía reducirla pedazos. Naturalmente, luego debía empezarla de nuevo y por lo tanto el tiempo empleado se convertía en el doble del concertado. Sin embargo, esos ataques, que se producían con demasiada frecuencia, no se debían tan sólo a los impulsos de su carácter, sino que provenían de un más acusado fundamento: era el juego de los dados y cartas el que lo tenía verdaderamente embrujado y sujeto a su triste infortunio.
Los días que conseguía tener la suerte a su lado iba luego al trabajo con renovados bríos…, por el contrario, si ninguna jugada le favorecía se desquitaba al llegar a su estudio dando rienda suelta a toda la cólera que germinaba en su interior.
Aquel sábado Mario Lafuente se dirigió, con los ojos brillantes de gozo, a la casa de un amigo donde le esperaban otros compañeros para pasar la noche jugando a los dados. Al poco rato ya se encontraba sentado, junto con otros, alrededor de una mesa, único testigo impasible de las jugadas que se sucederían. Eran las dos de la madrugada y a Mario todavía no la había sonreído la suerte en ningún momento. Los dados parecían no darse cuenta de que él estaba allí esperando conseguir fortuna gracias a ellos. Efectivamente, el dinero fue escapándosele de sus manos a raudales y al amanecer todo su capital había desaparecido. Ciego de ira abandonó sus amigos y maldiciendo su mala suerte se fue su casa, encerrándose en el estudio.
De nuevo, y como tantas veces hizo, descargó su mal humor lanzando toda clase de objetos que encontró a mano contra sus obras con redoblada furia sin darse cuenta de lo que hacía. Después de los primeros momentos de exaltación su espíritu fue calmándose poco a poco; las energías gastadas en su explosión de ira lo habían agotado también la bebida ingerida durante la noche, por lo que, dando unos golpes en el colchón para mullirlo, se tendió en él, hasta que el sueño le venció. Pasadas unas horas el escultor volvió a abrir los ojos, molesto por el sol que se filtraba por los cristales de las ventanas. Se desperezó y sin lavarse apenas ni tomar bocado, se disponía a continuar la obra empezada cuando se acordó del destrozo que produjo la madrugada pasada. Por lo tanto, debía empezar de nuevo, pero ya no le quedaba dinero para poder adquirir otro bloque donde tallar la figura. Recordaba que había pedido la cantidad a cobrar con anterioridad y ahora, gastada inútilmente en el juego, no podía ya hacer uso de ella. Se encontraba verdaderamente desesperado, pues no sabía a quién recurrir en aquella situación. De pronto unos golpes en la puerta le hicieron volver a la realidad. Se trataba de fray Lorenzo, quien venía dispuesto a rogarle a Mario Lafuente que para el convento, en el que profesaba la elaboración crucifijo de tamaño natural, pues pensaba destinarlo a la capilla del convento. El escultor, a quien tan necesario le era  en aquellos momentos el dinero, aceptó la proposición con todos los inconvenientes, pues el fraile le puso como condiciones, el que durante la construcción del crucifijo debería permanecer encerrado en una celda del convento hasta que hubiera terminado su obra. Sin embargo, también Mario exigió por su parte. Le pidió al monje que le adelantara  una tercera parte del pago, igual cantidad al concluir la cabeza y manos de Nuestro Señor y el resto al terminar definitivamente su trabajo. Fray Lorenzo se mostró de acuerdo con la petición del escultor y le prometió que tendría aquellas cantidades de dinero tal como había pedido.
Al día siguiente Mario Lafuente fue recibido cordialmente en el convento. Luego lo llevaron a su habitación en la que estaba preparado todo lo necesario para que diera principio su trabajo. Un gran trozo de cedro esperaba ser tallado por las manos geniales del gran artista. El cincel, el escoplo y demás herramientas encontraban esparcidas encima de un gran tablero. Una gran ventana daba paso a la luz que se filtraba a raudales por toda la habitación, que además de estudio le iba a servir de vivienda, pues también habían colocado los solícitos frailes una mesa para comer y una blanda cama para descansar. Tal como habían pactado, Lafuente le pidió al fraile que le adelantara la primera cantidad de dinero estipulada, a lo que accedió de buen grado el religioso, no sin advertirle luego que, a partir de aquel momento y hasta que no tuviera  terminada la escultura, debería permanecer encerrado en la habitación, por lo que quedaría a merced de ellos. Dicho esto se despidió del artista y cerrando la puerta con llave, desapareció por el corredor. Al verse presa en aquellas cuatro paredes, Mario se encendió de rabia y tomando una silla, pues fue lo primero que encontró a mano, la lanzó con furia contra la puerta maldiciendo a todos los frailes del convento, tachándoles de estafadores. No contento con la silla rota que había quedado en el suelo, se dedicó a coger las herramientas de trabajo y a lanzarlas contra el bloque de cedro que aguardaba ser tallado. Sin embargo la ira que llevaba dentro de si no había concluido, pues entre insultos y maldiciones se lanzaba contra Laporta con el fin de derribarla, sin conseguir su objeto.
Al cabo de un par de horas, Mario Lafuente tuvo que echarse en la cama exhausto, por las energías gastadas en su arrebato de cólera. En aquel momento, vio que por una ventanilla que quedaba disimulada en la puerta un fraile introducía la comida que le correspondía; al ver esto, de nuevo todo el cuerpo le vibró de rabia, por lo que tomando el plato la mando por la ventana sin querer mirar siquiera si era de su gusto lo que le habían preparado. Otra vez los pobres religiosos volvieron a oír las increpaciones del escultor que gritaba desaforadamente. De esta forma pasaron los días sin que Mario Lafuente quisiera saber nada de la comida que le servían a las horas correspondientes. Sólo la cama había servido para dar descanso a que el cuerpo que aparentaba servir solamente para gritar y maltratar objetos. Por fin, y viendo que de nada servía entregarse aquellos arrebatos, se dedicó a buscar todas las herramientas que se encontraban esparcidas por el suelo y, reuniéndolas, las colocó sobre la mesa de trabajo; tomó el cincel y dirigiéndose al bloque de cedro empezó de mala gana a bocetar la figura, pero poco a poco su genio de artista fue apoderándose de él, hasta dominarlo por completo. Una satisfacción bullía en su interior al ver que con tanta facilidad brotaba de sus manos el cuerpo decaído y azotado por el dolor de Nuestro Señor en la Cruz.
Por el ventanillo por donde le pasaban la comida todos los días, algunos frailes miraban a Mario Lafuente que febrilmente tallaba con nerviosismo la cabeza y el torso del Salvador. Los religiosos quedaban admirados de la genialidad del artista y de la espiritualidad que sabía imprimir a la figura. No acababan de entender el que un hombre que horas antes había lanzado tantas blasfemias, pudiera realizar una obra tan delicada. Excitado pidió  a gritos que le entregaran unos colores que necesitaba con urgencia para pintar la imagen. La inspiración que se había apoderado de Mario, debía ser aprovechada en aquellos momentos para que la escultura tuviera la intensidad que necesitaba para dar la exacta impresión de que aquel cuerpo había sufrido momentos antes de ser crucificado. Los frailes al ver que el escultor estaba terminando la figura decidieron llevarle la Cruz en que debía reposar el cuerpo de Jesucristo, pero para no despertar el instinto de fuga de Mario al abrir la puerta resolvieron pasársela por la ventana. Así lo hicieron y de esta forma el artista no sintió ningún deseo de concluir su trabajo para poder ir a jugar.
En poco tiempo la figura quedó terminada. Era una imagen impresionante que arrebataba al admirador que se pusiera delante de ella. Mario Lafuente había logrado transmitir tan arrolladora fuerza a su obra que el dolor del Salvador era casi palpable. Las heridas repartidas por el cuerpo estaban trazadas con un verismo sin precedentes. Era, en fin, la mejor escultura de aquel artista genial. Fray Lorenzo, por la pequeña ventanilla de la puerta, le entregó satisfecho la cantidad total del trabajo, pero no le dio todavía la libertad a Mario, pues debía esperar a que la pintura se secara por completo, y ello no sería hasta un par de días después; además era necesario saber si necesitaría algún retoque final.
Aquellas horas que faltaban de reclusión le parecían interminables al escultor y una noche en que la pasión por el juego le hizo hervir de nuevo la sangre, decidió escapar como fuera de la habitación, para poder saciar su sed de innato jugador; de forma que se las compuso para fugarse.
Sabedor de que por la puerta era inútil hallar la salida, pues estaba muy bien cerrada, intento hacerlo por otro lugar. Pensó y observo unos momentos y, por fin, halló la solución. Abrió la ventana, y recordando que el día anterior le habían pasado la cruz por aquel conducto, la tomó y colocándola de forma que se apoyara la cabeza en su ventana y los pies en la que daba al pasillo, se dispuso a traspasar aquel improvisado puente. Procurando hacer el menor ruido posible, con mucho cuidado y en el silencio de la noche, empezó a pasar sobre el crucifijo. Con gran tiento iba adelantado y cuando ya se encontraban las piernas del Señor, sintió de pronto y con gran pavor, que unas nervudas manos le cogían por un brazo impidiéndole dar un paso más. Instintivamente volvió la cabeza y cuál no sería su estupor cuando vio tras sí e incorporado al Señor que con gran dulzura y reflejado el dolor en su rostro le decía: “¿Por qué quieres irte? Quédate aquí para siempre, pues en esta casa me hallarás”.
Impresionado por aquel acontecimiento decisivo en su vida, lanzó un grito desgarrador, perdió el  conocimiento y se desplomó sobre el cuerpo de Jesús. Los frailes, atraídos por el inesperado quejido  en la noche, acudieron al lugar del suceso y excitados por el cuadro que se ofrecía ante la vista de ellos, con sumo cuidado recogieron el cuerpo del escultor y lo llevaron a su habitación.
Al colocarlo en la cama, Mario Lafuente fue preso de una gran excitación y pasó toda la noche profiriendo exclamaciones ininteligibles. A unas palabras, que no tenía sentido alguno, seguían unos llantos desgarradores. Ninguno de los religiosos que le visitaban para atenderles su estado lograba comprender aquellas reacciones. Por fin, a la mañana siguiente Mario Lafuente abrió los ojos bañados en lágrimas y cual si estuvieran iluminados por una luz divina murmuró:
- Perdóname, Señor. Me arrepiento de todos mis pecados. Ahora yo os he hallado en mí. Se levantó de la cama y arrodillándose ante fray Lorenzo le pidió un hábito de novicio para quedarse para siempre en aquel convento junto a los frailes. De esta forma Mario Lafuente halló el bienestar tan deseado para conseguir, cuando Dios le llamará su lado, la paz y la vida eternas.

BIBLIOGRAFÍA: Los 10 mejores cuentos Americanos.


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