Si alguien deseaba poseer una escultura perfecta,
bella y armoniosa debía acudir sin ninguna duda Mario Lafuente; estera en toda
la ciudad el más extraordinario artista es especialidad; si la figura
representaba a un hombre curtido por el sol y el aire del campo, el tallado de
su escultura era de trazos vigorosos, duros, como si el escoplo, herramienta de
trabajo del artista, hubiese sido lanzado con fiereza contra la piedra. En
cambio, si la imagen tallada debía ser la de una virgen, la piedra había sido
esculpida con suavidad, los rasgos del rostro eran limpios, dulces. Ésa era la
personalidad de Mario Lafuente; sabía adaptarse con una facilidad asombrosa a
los gustos del cliente más exigente; por eso en todas las casas pudientes de la
ciudad había alguna escultura que adornaba y enriquecía con su presencia el más
suntuoso salón o el lugar preferido de su jardín. Tampoco faltaba en ninguna
iglesia convento la imagen de alguna virgen que no fuera esculpida por Mario
Lafuente. Muchos ruegos y grandes cantidades de dinero costaba el que acudiera
a trabajar para quien fuera, pues en él no habían distingos, ni existían
órdenes sociales, sino el dinero que ponían en sus manos; pero casi todos los
trabajos que le encargaban tardaban en terminarse. Mario pasaba días y días con
el trabajo interrumpido, sin preocuparse por proseguirlo.
Alguien aseguraba que eso se debía a que en sus
arranques de furia y mal genio, en el que daba rienda suelta sus impulsos más
bárbaros, arrojaba contra la figura casi terminada, toda clase de objetos,
hasta que conseguía reducirla pedazos. Naturalmente, luego debía empezarla de
nuevo y por lo tanto el tiempo empleado se convertía en el doble del
concertado. Sin embargo, esos ataques, que se producían con demasiada
frecuencia, no se debían tan sólo a los impulsos de su carácter, sino que
provenían de un más acusado fundamento: era el juego de los dados y cartas el
que lo tenía verdaderamente embrujado y sujeto a su triste infortunio.
Los días que conseguía tener la suerte a su lado
iba luego al trabajo con renovados bríos…, por el contrario, si ninguna jugada
le favorecía se desquitaba al llegar a su estudio dando rienda suelta a toda la
cólera que germinaba en su interior.
Aquel sábado Mario Lafuente se dirigió, con los
ojos brillantes de gozo, a la casa de un amigo donde le esperaban otros
compañeros para pasar la noche jugando a los dados. Al poco rato ya se
encontraba sentado, junto con otros, alrededor de una mesa, único testigo
impasible de las jugadas que se sucederían. Eran las dos de la madrugada y a
Mario todavía no la había sonreído la suerte en ningún momento. Los dados
parecían no darse cuenta de que él estaba allí esperando conseguir fortuna
gracias a ellos. Efectivamente, el dinero fue escapándosele de sus manos a
raudales y al amanecer todo su capital había desaparecido. Ciego de ira
abandonó sus amigos y maldiciendo su mala suerte se fue su casa, encerrándose
en el estudio.
De nuevo, y como tantas veces hizo, descargó su mal
humor lanzando toda clase de objetos que encontró a mano contra sus obras con
redoblada furia sin darse cuenta de lo que hacía. Después de los primeros
momentos de exaltación su espíritu fue calmándose poco a poco; las energías
gastadas en su explosión de ira lo habían agotado también la bebida ingerida
durante la noche, por lo que, dando unos golpes en el colchón para mullirlo, se
tendió en él, hasta que el sueño le venció. Pasadas unas horas el escultor
volvió a abrir los ojos, molesto por el sol que se filtraba por los cristales
de las ventanas. Se desperezó y sin lavarse apenas ni tomar bocado, se disponía
a continuar la obra empezada cuando se acordó del destrozo que produjo la
madrugada pasada. Por lo tanto, debía empezar de nuevo, pero ya no le quedaba
dinero para poder adquirir otro bloque donde tallar la figura. Recordaba que
había pedido la cantidad a cobrar con anterioridad y ahora, gastada inútilmente
en el juego, no podía ya hacer uso de ella. Se encontraba verdaderamente
desesperado, pues no sabía a quién recurrir en aquella situación. De pronto
unos golpes en la puerta le hicieron volver a la realidad. Se trataba de fray
Lorenzo, quien venía dispuesto a rogarle a Mario Lafuente que para el convento,
en el que profesaba la elaboración crucifijo de tamaño natural, pues pensaba
destinarlo a la capilla del convento. El escultor, a quien tan necesario le
era en aquellos momentos el dinero,
aceptó la proposición con todos los inconvenientes, pues el fraile le puso como
condiciones, el que durante la construcción del crucifijo debería permanecer
encerrado en una celda del convento hasta que hubiera terminado su obra. Sin
embargo, también Mario exigió por su parte. Le pidió al monje que le
adelantara una tercera parte del pago,
igual cantidad al concluir la cabeza y manos de Nuestro Señor y el resto al
terminar definitivamente su trabajo. Fray Lorenzo se mostró de acuerdo con la
petición del escultor y le prometió que tendría aquellas cantidades de dinero
tal como había pedido.
Al día siguiente Mario Lafuente fue recibido
cordialmente en el convento. Luego lo llevaron a su habitación en la que estaba
preparado todo lo necesario para que diera principio su trabajo. Un gran trozo
de cedro esperaba ser tallado por las manos geniales del gran artista. El
cincel, el escoplo y demás herramientas encontraban esparcidas encima de un
gran tablero. Una gran ventana daba paso a la luz que se filtraba a raudales
por toda la habitación, que además de estudio le iba a servir de vivienda, pues
también habían colocado los solícitos frailes una mesa para comer y una blanda
cama para descansar. Tal como habían pactado, Lafuente le pidió al fraile que
le adelantara la primera cantidad de dinero estipulada, a lo que accedió de
buen grado el religioso, no sin advertirle luego que, a partir de aquel momento
y hasta que no tuviera terminada la
escultura, debería permanecer encerrado en la habitación, por lo que quedaría a
merced de ellos. Dicho esto se despidió del artista y cerrando la puerta con
llave, desapareció por el corredor. Al verse presa en aquellas cuatro paredes,
Mario se encendió de rabia y tomando una silla, pues fue lo primero que
encontró a mano, la lanzó con furia contra la puerta maldiciendo a todos los
frailes del convento, tachándoles de estafadores. No contento con la silla rota
que había quedado en el suelo, se dedicó a coger las herramientas de trabajo y
a lanzarlas contra el bloque de cedro que aguardaba ser tallado. Sin embargo la
ira que llevaba dentro de si no había concluido, pues entre insultos y
maldiciones se lanzaba contra Laporta con el fin de derribarla, sin conseguir
su objeto.
Al cabo de un par de horas, Mario Lafuente tuvo que
echarse en la cama exhausto, por las energías gastadas en su arrebato de
cólera. En aquel momento, vio que por una ventanilla que quedaba disimulada en
la puerta un fraile introducía la comida que le correspondía; al ver esto, de
nuevo todo el cuerpo le vibró de rabia, por lo que tomando el plato la mando
por la ventana sin querer mirar siquiera si era de su gusto lo que le habían
preparado. Otra vez los pobres religiosos volvieron a oír las increpaciones del
escultor que gritaba desaforadamente. De esta forma pasaron los días sin que
Mario Lafuente quisiera saber nada de la comida que le servían a las horas
correspondientes. Sólo la cama había servido para dar descanso a que el cuerpo
que aparentaba servir solamente para gritar y maltratar objetos. Por fin, y
viendo que de nada servía entregarse aquellos arrebatos, se dedicó a buscar
todas las herramientas que se encontraban esparcidas por el suelo y,
reuniéndolas, las colocó sobre la mesa de trabajo; tomó el cincel y
dirigiéndose al bloque de cedro empezó de mala gana a bocetar la figura, pero
poco a poco su genio de artista fue apoderándose de él, hasta dominarlo por
completo. Una satisfacción bullía en su interior al ver que con tanta facilidad
brotaba de sus manos el cuerpo decaído y azotado por el dolor de Nuestro Señor
en la Cruz.
Por el ventanillo por donde le pasaban la comida
todos los días, algunos frailes miraban a Mario Lafuente que febrilmente
tallaba con nerviosismo la cabeza y el torso del Salvador. Los religiosos
quedaban admirados de la genialidad del artista y de la espiritualidad que
sabía imprimir a la figura. No acababan de entender el que un hombre que horas
antes había lanzado tantas blasfemias, pudiera realizar una obra tan delicada.
Excitado pidió a gritos que le entregaran
unos colores que necesitaba con urgencia para pintar la imagen. La inspiración
que se había apoderado de Mario, debía ser aprovechada en aquellos momentos
para que la escultura tuviera la intensidad que necesitaba para dar la exacta
impresión de que aquel cuerpo había sufrido momentos antes de ser crucificado.
Los frailes al ver que el escultor estaba terminando la figura decidieron
llevarle la Cruz en que debía reposar el cuerpo de Jesucristo, pero para no
despertar el instinto de fuga de Mario al abrir la puerta resolvieron pasársela
por la ventana. Así lo hicieron y de esta forma el artista no sintió ningún
deseo de concluir su trabajo para poder ir a jugar.
En poco tiempo la figura quedó terminada. Era una
imagen impresionante que arrebataba al admirador que se pusiera delante de
ella. Mario Lafuente había logrado transmitir tan arrolladora fuerza a su obra
que el dolor del Salvador era casi palpable. Las heridas repartidas por el
cuerpo estaban trazadas con un verismo sin precedentes. Era, en fin, la mejor
escultura de aquel artista genial. Fray Lorenzo, por la pequeña ventanilla de
la puerta, le entregó satisfecho la cantidad total del trabajo, pero no le dio
todavía la libertad a Mario, pues debía esperar a que la pintura se secara por
completo, y ello no sería hasta un par de días después; además era necesario
saber si necesitaría algún retoque final.
Aquellas horas que faltaban de reclusión le
parecían interminables al escultor y una noche en que la pasión por el juego le
hizo hervir de nuevo la sangre, decidió escapar como fuera de la habitación,
para poder saciar su sed de innato jugador; de forma que se las compuso para
fugarse.
Sabedor de que por la puerta era inútil hallar la
salida, pues estaba muy bien cerrada, intento hacerlo por otro lugar. Pensó y
observo unos momentos y, por fin, halló la solución. Abrió la ventana, y
recordando que el día anterior le habían pasado la cruz por aquel conducto, la
tomó y colocándola de forma que se apoyara la cabeza en su ventana y los pies
en la que daba al pasillo, se dispuso a traspasar aquel improvisado puente.
Procurando hacer el menor ruido posible, con mucho cuidado y en el silencio de
la noche, empezó a pasar sobre el crucifijo. Con gran tiento iba adelantado y
cuando ya se encontraban las piernas del Señor, sintió de pronto y con gran pavor,
que unas nervudas manos le cogían por un brazo impidiéndole dar un paso más.
Instintivamente volvió la cabeza y cuál no sería su estupor cuando vio tras sí
e incorporado al Señor que con gran dulzura y reflejado el dolor en su rostro
le decía: “¿Por qué quieres irte? Quédate aquí para siempre, pues en esta casa
me hallarás”.
Impresionado por aquel acontecimiento decisivo en
su vida, lanzó un grito desgarrador, perdió el
conocimiento y se desplomó sobre el cuerpo de Jesús. Los frailes,
atraídos por el inesperado quejido en la
noche, acudieron al lugar del suceso y excitados por el cuadro que se ofrecía
ante la vista de ellos, con sumo cuidado recogieron el cuerpo del escultor y lo
llevaron a su habitación.
Al colocarlo en la cama, Mario Lafuente fue preso
de una gran excitación y pasó toda la noche profiriendo exclamaciones
ininteligibles. A unas palabras, que no tenía sentido alguno, seguían unos
llantos desgarradores. Ninguno de los religiosos que le visitaban para
atenderles su estado lograba comprender aquellas reacciones. Por fin, a la
mañana siguiente Mario Lafuente abrió los ojos bañados en lágrimas y cual si
estuvieran iluminados por una luz divina murmuró:
- Perdóname, Señor. Me arrepiento de todos mis
pecados. Ahora yo os he hallado en mí. Se levantó de la cama y arrodillándose
ante fray Lorenzo le pidió un hábito de novicio para quedarse para siempre en
aquel convento junto a los frailes. De esta forma Mario Lafuente halló el
bienestar tan deseado para conseguir, cuando Dios le llamará su lado, la paz y
la vida eternas.
BIBLIOGRAFÍA: Los 10 mejores cuentos Americanos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario