Alfagemes, era como las Leyes de Partida les llamaban los barberos, que en esa época no tenían otra función más que la de cortar el pelo y afeitar; desde entonces, este oficio ha sido libre, y a los que lo han ejercido se les ha llamado rapistas, barberos y peluqueros. En el pasado desempeñaron otras labores por las que se les consideraba, como los últimos profesores en el arte de la cirugía y que ocupaban el primer escalón para ascender a cirujanos romanticistas.
Cuando desempeñaban dichas funciones se les conocían como flebotomianos, y dependían del Protomedicato, en donde se les aplicaban rigurosos exámenes. Para obtener su examen debían de presentar su fe de bautismo, información de buenas costumbres y el certificado de práctica de cuatro años, con un maestro recibido. Durante el examen se les sometía a prueba práctica de sangrías y extracciones de muelas, de poner ventosas simples y sajadas, de poner y curar cáusticos, picados y supurados, de aplicar sanguijuelas y de abrir fuentes. La parte de teoría únicamente se reducía al conocimiento de las venas y de las arterias, y explicación de los medios para corregir los accidentes que ocurrían durante las operaciones. En la época de la colonia, la única autoridad que podía examinar y expedir los títulos, era el Protomedicato, que estaba conformado por tres médicos y el secretario; y como radicaba en la Ciudad de México, para los exámenes en el exterior, una vez cubiertos los requisitos preliminares, delegaban sus atribuciones en algún facultativo de la región. Los títulos eran expedidos en papel sellado, firmados por los tres médicos y por el secretario.
El 21 noviembre 1831 el Protomedicato dejó de existir, y desde aquel momento comenzó la anarquía, porque al crearse la Facultad Médica del Distrito, entre sus funciones no estaban incluidas las que desempeñará la extinta institución; sin embargo, sin estar regulados los estudios de flebotomianos por las leyes y sin tener en la escuela cátedras establecidas, todavía existieran dichos exámenes durante muchos años, también los de dentistas. Legalmente estos oficios desaparecieron, pero la tradición y la costumbre hicieron que los barberos siguieran ejerciendo, extendiéndose otros territorios, como en algunos pueblos apartados. En 1852, había un total de seis flebotomianos mexicanos y cinco dentistas extranjeros.
De los barberos no existen registros, sino hasta 1859, año en que había registradas 102 barberías y 11 peluquerías, nombre que fue traído por los barberos extranjeros, siendo uno de los primeros Pedro Montauriol, que estuvo establecido en la primera calle de Plateros número dos. En las peluquerías se pueden encontrar los servicios de afeitado, corte y rizado de cabello, elaboración de pelucas y otros trabajos: algunas vendían perfumes, cepillos para diversos usos, billetes y algunos efectos más. Los sillones serán fijos y de buena presentación, algunas veces tenían cubiertas de mármol las repisas, y los espejos eran de regular tamaño; en el centro de la habitación había un aparato redondo de lámina de fierro calentado con carbón constantemente, con muchos agujeros alrededor, en donde estaban las tenazas calentándose para atender a cualquier hora a los que quisieran rizarse el pelo, según se usaba en aquel entonces; en la parte superior del aparato había un depósito para tener agua caliente. Las tijeras, navajas, peines, aceites y pomadas, eran de regular calidad y en las de lujo, de muy buena calidad.
Estos establecimientos que frecuentaba la gente acomodada, nada tenían que ver a las barberías; éstas eran de muchas clases y categorías. Había barberos que rasuraban y pelaban al aire libre en las plazuelas y en los corrales, uno de los lugares en donde siempre se veía, en el costado de la iglesia de Santa Ana, en donde los asientos eran huacales. En algunos barrios había accesorias, en donde muy temprano por la mañana se vendía atole y algunas otras cosas más, y más tarde, se podía ver a los clientes sentados en la silla rasurándose o cortándose el cabello. A medida que se caminaba hacia el centro de la ciudad, los establecimientos iban mejorando su aspecto y de categoría, pero puede decirse que en la mayor parte había lo siguiente: una accesoria con piso de ladrillo, las vigas al descubierto y con las paredes pintadas a la cal; todos usen maltratado. En el exterior un letrero que decía: BARBERÍA, y en ocasiones, el nombre del propietario, seguido de la leyenda BARBERO Y FLEBOTOMIANO; junto o separado, pero siempre había otro letrero que anunciaba la MÚSICA PARA BAILES.
Colgados a los lados de la puerta y hacia dentro, había unos pequeños aparadores, en donde se exhibían las navajas y demás instrumentos para las peleas de gallos, además de las muelas de las víctimas que habían caído en manos del sacamuelas, y que según el número le servían de anuncio y de crédito. En una mesa se podían ver los botes u ollas con las sanguijuelas que todos los días se sacaban a la orilla de la banqueta para que tomaran el sol; en un aparador estaban los vasos especiales para poner ventosas, en otra parte se guardaban las lancetas para sangrar y el gato para sacar las muelas. La guitarra y el bandolón nunca faltaban colgados en un clavo.
Enfrente de unos sillones corrientes había una mesita, sobre la que estaba el pomo con aceite de toronjil o de lináloe, los corazones de membrillo para pegar los rebeldes cabellos, y un bote con pomada de tuétano.
En cuanto al corte del pelo, no había más que tres formas: casquete bajo, casquete corto y a peine.
Después de afeitar a un cliente, el barbero la acomodaba en el cuello un trastecito con agua y un trapo para lavarle la cara. Cuentan las crónicas que cuando el cliente pedía chambelán, el barbero tomaba un buche de agua perfumada con toronjil y lo arrojaba medio pulverizado a la cara del cliente.
Una de las cosas más temidas por la gente era la extracción de muelas, pues se usaba un instrumento llamado gato, que era un T de fierro, provista en el pie de una pieza con tornillo que servía para apretar la muela que se desarticulaba, dándole vuelta al instrumento, pero para que la muela no se rompiera con la presión directa del fierro, se le enredaba una poca de cinta de manufactura especial.
Como las barberías eran de tan mal aspecto, las personas de categoría acostumbraban mandar traer al barbero a sus casas para cortar el pelo y afeitar, y por esta razón se veía constantemente a estas personas en las calles, a todo correr, con su trastecito bajo el brazo, las toallas y los paños en su interior. Los barberos tenían otras actividades: casi todos eran músicos, tocaban en los bailes y muchos formaban parte de las bandas de la guarnición. Durante los carnavales, en las barberías y peluquerías, se alquilaban los disfraces.
Hubo barberos y peluqueros que se hicieron famosos, como es el caso de Escabasse, quien tenía su peluquería en dónde estuvo la joyería de La Esmeralda (tienda de discos Mixup); y Micolo, que estuvo en frente. Contaba con la clientela más acomodada, y entre ellos estaban los hijos de los capitalistas, que todos los días estacionaban en la puerta por horas enteras, matando el tiempo antes de que el tiempo los matara a ellos.
En algunas peluquerías se jugaba al ajedrez; como en el caso de la peluquería de don Mariano Eguiluz, ubicada en el Coliseo Viejo número 13 y llegó a ser uno de los mejores jugadores de esta Capital. Villena y Padilla fueron los sucesores de la peluquería de Montauriol, en la primera calle que Plateros número 10; Villena fue por muchos años el peluqueros del General Díaz.

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