lunes, 30 de marzo de 2009

Doña Francisca la embrujada (Sucedió en la hoy calle de Venustiano Carranza)

Que nadie ose negar la existencia de poderes diabólicos y sobrenaturales, que se sustentan del alma y cuerpo humanos, la maldad y hechicería, son hijas del demonio y las sombras de la noche…
Si, este suceso ocurrido en el siglo XVI, aquí en nuestra capital, nos habla de un caso de hechizo diabólico y perverso; se que algunos de los lectores dudarán de éstos poderes, sin embargo, sépase que en México y en otros países, aún sigue practicándose la hechicería.
Retrocedamos al año 1554, a plena mitad del siglo XVI y veamos en una visión retrospectiva, esta casona y esta calle que llamóse de la Cadena; gobernaba en ese siglo el virrey Don Luis de Velasco I, y ésta casa tenía el número siete, de la que hoy es Venustiano Carranza. Habitaba la casa en cuestión, Doña Felipa Palomares de Heredia, rica viuda de uno de los conquistadores, de quien fuera heredera; pero si Felipa había heredado nombre y fortuna del esposo, también habíale quedado un hijo joven y apuesto, llamado Domingo de Heredia y Palomares, criado con lujo desmedido y cuidados extremos, érase este joven Domingo la adoración y consuelo de la madre, y llevada de su amor maternal, lo cuidaba y mimaba con exceso y siempre le recordaba que ya estaba en edad casadera, que encontrara a una chica que le gustara, que tuviera alcurnia y abolengo, claro, la madre tenía que aprobar a la muchacha.
El joven deseaba en verdad esposa y buscaba con ansias entre las chicas una de la Nueva España; solía reunirse con otros jóvenes también deseosos de casorio y escogían así a las mejores muchachas. Durante varios meses buscó a la chica que le gustase y fuese un buen partido del agrado de la madre, sin hallarla; pero al fin cierta tarde, vio acercarse al templo a una hermosa chiquilla, cuyo nombre y cuna desconocía, sin embargo era de una belleza virginal, que hizo dar vuelcos al corazón del joven Domingo; llena de misticismo y de candor, pasó junto al joven, el cuál lanzó un hondo suspiro. Ella entró a la iglesia y mientras oraba con fervor, el chico la miraba cada vez más cautivado por esa angelical figura; al terminar de orar, ella se acercó a la pila de agua bendita y el le ofreció sus dedos húmedos, emocionado, después, como era la costumbre en ese siglo, el la siguió a prudente distancia, para saber donde vivía, la chica, que al parecer se dio cuenta de que la seguían, no trató de apresurar el paso; entonces ella llegó ante una casa de mediana fábrica, allá por entonces calle Cerrada de Nacatitlán (hoy Novena de Cinco de Febrero); ella sin embrago, volvió sus glaucos ojos hacia el joven y le clavó una mirada que llevaba toda la ternura del mundo.
A partir de entonces, Domingo de Heredia y Palomares, acompañado de un juglar y amigos, comenzó el asedio de la chica, llamada Doña Francisca de Bañuelos y era hija única de padres humildes; al fin una noche escapó entre barrotes y tiestos florecidos una mano trémula que recibió ardiente beso de amor, y noches después, entre suspiros y perfumes de jazmines, unos labios musitaron la declaración de amor.
Más la Colonia era chica y pronto dos lenguas oficiosas fueron con la noticia de estos amores a la madre de Domingo, lo que le contaron a la mujer no le agradó en absoluto, pero más tardaron en marcharse las dos damas informantes, que Doña Felipa en salir rumbo a la casa de Francisca, acto seguido, su mano firme, cruel, golpeó contra el zaguán el pesado aldabón, había en sus golpes furia y decisión; fue las misma muchacha la que abrió el zaguán, su sorpresa no tuvo límites, pues conocía ya a la furiosas dama; la joven invitó a pasar a la mujer a su casa, como la noto indecisa le repitió la invitación, entonces empezó a hablar, comunicándole no volviera a ver a Domingo, pues ella era una plebeya sin nombre ni fortuna y que su hijo la iba obedecer sin reclamos; en ese momento apreció el joven y ante el asombro de Felipa que jamás había visto a su hijo en tal actitud, el joven defendió su amor y autonomía; furiosa la madre se fue, mientras los dos jóvenes ratificaban su amor y sus deseos de casarse. Pero cuanto más mostraba su decisión por casarse con Francisca, Doña Felipa sufría más y más, llenando su dolor con lágrimas amargas; en su loca desesperación por evitar la boda de su hijo, Doña Felipa supo la existencia de una bruja tan poderosa como temida y fue a verla, ansiosa por lograr por medio de siniestros maleficios, el alejamiento de los enamorados, se apresuró a buscar a la bruja en su jacal, la hechicera la recibió como si supiera a que iba la dama, ésta le explicó su caso a aquella mujer, la segunda le prometió para tenerle la solución para el jueves y la angustiada Felipa le pagaría con largueza.
Esa misma noche, Domingo y su madre tuvieron otra discusión, con respecto a la decisión de el de casarse con Francisca, pidiéndole aguardar hasta el viernes.
La noche del jueves Doña Felipa fue en busca de la bruja, que le reveló un plan siniestro y de venganza, el cual consistía en que ambos jóvenes se casaran y después darle un diabólico presente a Francisca, que la iría matando poco a poco. ¿Quieres saber que es? Entonces, sigue leyendo.
Aún sin salir de su incredulidad los jóvenes estos se casaron y fueron recibidos muy bien por Doña Felipa; pronto se dieron cuenta de que si la chica no era de linaje, su belleza y dones espirituales sobrepasaban cualquier deseo. A esas mismas horas en la laguna de Macuitlapilco, la bruja celebrará un diabólico rito con un ánade (una especie de patito); y la bruja degolló más patos, hasta contar siete y con su sangre se embijó el rostro mientras continuaba su invocación a Satanás. Tres días después, cuando todo era dicha y felicidad entre los recién casados, se presentó muy amable Doña Felipa, la cuál le dio aquel presente a Felipa, que era un cojín de plumas muy bonito, relleno de aquellas plumas de pato embrujadas; desde esa noche, el cojín de terciopelo fue la almohada donde reposaba su cabeza la ingenua Francisca, pero he aquí que desde le día siguiente, la joven se levantó de la cama con un extraño malestar: dolo de cabeza, mareos. En efecto, corrieron ante Doña Felipa, a quien le contaron el extraño malestar con que había amanecido la hermosa recién casada; pero ni cuidados ni descansos fueron suficientes, día con día se sentía Francisca desmejorada y pálida, de fresca y lozana habíase tornado paliducha y débil y su alegría había desaparecido para dar paso a una honda tristeza; pero a medida que pasaron los días, la muchacha se sentía peor, ya su rostro desencajado era cadavérico, Y Domingo viendo el estado de su esposa llamó al médico, que desde luego examinó a la enferma, para rendir un diagnóstico, que no fue nada bueno, pues la pobre mujer presentaba el aspecto de los presos de las galeras y mazmorras. Los temores de Francisca no fueron infundados, antes de deis meses había muerto víctima de aquel extraño mal; una vez enterrada Domingo se encerró en su alcoba durante días y días, apenas si comía lo que tomaba de la cocina por las noches y se negó por mucho tiempo a dejar entrar a su ,madre que fingidamente trataba de consolarle, sin embargo su desgracia del joven por las noches le pesaba enormemente regando el lecho de su amado con su llano; e hizo entonces un santuario en su alcoba y besó los lugares que ella tocaba y durmió sobre su cojín de terciopelo rojo.
Al fin, una de esas noches Domingo se despertó sobresaltado, al sentir la presencia de algo sobrenatural junto a su lecho; surgió entonces de entre las sombras dela alcoba, la visión más horrenda que pudieran contemplar ojos humanos: era Doña Francisca descarnada, que había venido de ultratumba a advertirle del cojín embrujado, el cuál provocó su muerte, chupándole la sangre poco a poco, hasta llevarla a la tumba, y que las autoras del crimen habían sido su madre y la bruja.
Antes de que el horrible fantasma se diluyera entre las sombras, Domingo le hizo un juramento, que era vengar su muerte; entonces, el muchacho salió a hurtadillas de la casa y se dirigió a hacer la denuncia ante el Santo Oficio, que esa misma tarde se presentó a la casa; de un tajo fue roto el cojín de terciopelo rojo, cayendo al suelo extrañas plumas de ánade, lo espantoso fue que, a la hora de oprimir el cañón de las plumas, se escapó un líquido rojo, que era sangre humana, de aquella victima, Francisca de Bañuelos. Y al ver las plumas caídas en el suelo, se comprobó que se movían como sierpes (víboras), como impulsadas por una satánica fuerza, furioso, piso aquellas plumas Domingo, hasta que la sangre que contenían formó extenso charco. Tratando de hallar piedad en su acto criminal, Doña Felipa cayó de rodillas ante el fraile.
Sometida a torturas crueles, Doña reveló el sitio donde se hallaba la bruja, de allí la sacó el Santo Oficio; cabe decir que, aunque establecido el Tribunal de la Fe, hasta 1571, los castigos contra brujas y herejía se practicaban ya en Nueva España, y que estos juicios se celebraban en forma rápida y expedita; los acusados eran encarcelados tras el juicio y después conducidos a la horca ó la quema. En un juicio sumario, se condenó a ambas mujeres a morir quemadas en la entonces Plaza de Santo Domingo; Doña Felipa de Heredia y la bruja, cuyo nombre real jamás se supo, fueron atadas a los postes, y según rezaba la sentencia, fueron quemadas en leña verde, para después esparcir sus cenizas a los vientos diabólicos de la noche.
Durante algunos mese Domingo de Hurtado y Palomares se encerró en su casona rumiando su tristeza, tal vez su arrepentimiento; la gente y el mismo se señalaba como el delator de su madre y el responsable de su horrible y vergonzante muerte.
No volvió a saberse nada sobre Domingo, aunque algunos aseguran se marchó a España, llevándose consigo pena y fortuna.
¿Y después de leído este verídico suceso, aún hay quien dude que la brujería existe y perdure hasta nuestros días? No lo duden más y mientras lo piensan, yo les prepararé otra historia macabra y real como ésta. Nos vemos la próxima semana.

domingo, 22 de marzo de 2009

La venganza del Caballero Escarlata

La calzada de Tlacopan (Tacuba), corría desde atrás de la Catedral, hasta la Talxpana, pero algunos tramos tuvieron nombres diferentes, por ejemplo: san Hipólito, Puente de Alvarado, Rivera de san Cosme, etc. Un tramo de ésta calzada, hoy Primera y Tercera de Tacuba, llamose San Andrés; se le dio ese nombre, debido a que, en un tiempo hubo un colegio con ese nombre en dicho tramo. Lo ocupaban las Jesuitas, quienes al ser expulsados (1767) se dispuso que pasara a ese edificio el colegio de San Juan de Letrán.
Por 1779, precisamente cuando apareció en la Nueva España la epidemia de viruelas, habíase terminado de construir una elegante casona junto a dicho colegio, la cuál pasó a ocupar Mariana de Añorve y sus tíos y tutores Pablo y Jerónimo.
Si bien, en la literatura universal amorosa, ha habido célebres parejas como Romeo y Julieta y Abelardo y Eloísa, Mariana y Juventino de Muñoz, fueron la pareja más famosa de enamorados de la Nueva España. No hubo amor más puro y sincero que el que esa pareja, que aguardaba un navío de España para casarse. Navío en el cuál, los padres de Juventino le enviarían inmensa fortuna para que el galán pudiese pagar esponsales, y fincar su futuro.
Pero una corriente perversa se oponía a la celebración del matrimonio: Don Pablo y Don Jerónimo, tíos de Mariana, éstos rechazaban el matrimonio, porque tendría que rendir cuentas de bienes y fortuna a su sobrina y en intento desesperado de reponer las pérdidas económicas decidieron probar suerte en el juego. Pero así como aumentaba cada día el amor de Juventino y Mariana, así jugaban noche y día con desesperación, apostando cada vez sumas más fuertes; pero en vez de ganar las partidas las perdían y claro, la fortuna de Mariana iba disminuyendo día con día. Las celebraciones de sus esporádicas ganancias se prolongaban hasta la madrugada en varias tabernas de la Nueva España. Durante varias semanas fueron estas las actividades de los perversos tíos de la enamorada Mariana: juego y francachelas.
Al fin un día, llegó Juventino de Muñoz a la casa de su amada y llamó ansiosamente al zaguán, había angustia, casi terror en su rostro, cuando entró a la casa y le habló a Mariana; al saber la urgencia con que los llamó el joven, los tíos temieron que habían sido descubiertos; pero en la mente de Jerónimo hubo algo más que temor: MALDAD Y MUERTE; fue el quien se enfrentó al muchacho, pero cuando habló en galán, hubo un gran tono de tristeza en sus palabras y la joven, viendo la actitud de su amado, intervino para que hablara de lo que aquejaba su alma, entonces Juventino relató su triste historia: el navío que traía su herencia naufragó en las traidoras aguas de Florida y sin ese dinero no podría pagar la dote para desposarse con su amada.
La revelación llenó de júbilo a los tíos, pues no casándose con Mariana, no tendrían que rendir cuentas de la mermada herencia. Don Jerónimo se adelantó fingiendo pesadumbre, al tiempo que su perversa mente fraguó un plan: el tío le dijo al muchacho que la boda no se cancelaría, pues el un hombre de bien y con buenas amistades, pronto amasaría una gran fortuna.
En esos momentos Juventino, el enamorado galán hizo un juramento que iba a dar origen a esta leyenda: mientras el fuego de su amor no se extinguiera y su corazón siguiera latiendo el siempre vestiría de color escarlata.
A partir de aquel día, la figura de Juventino de Muñoz fue una de las más admiradas en la capital de Nueva España; pasaba el tiempo, el joven se hizo famoso, tanto como Mariana pobre, pues sus tíos continuaron dilapidando su fortuna en el juego; durante el trayecto de la casa de juego a su casona, Pablo no pudo preguntar nada a su hermano, pero al fin se decidió: no les alcanzaba el dinero para pagar una deuda de juego, discutieron lo que iban a hacer al respecto y finalmente decidieron ir a pedir un préstamo a Don Lizardo de Zavaleta, un hombre avaro.
Al otro día fueron con el prestamista a primera hora, pero la garantía que les pidió el viejo y repulsivo avaro a los tíos de Mariana, no fue cuantiosa, pero su increíble: ¡la misma Mariana como esposa!; a cambio de devolverles su fortuna intacta. Pero había un problema; la joven ya estaba comprometida con el caballero escarlata, la forma en que iban a quitar del en medio a Juventino fue de los más cruel y cobarde: ¡el asesinato por medio del puñal!; armados como los truhanes, de puñales, aguardaron a que el joven se acercara a su casa y acto seguido le clavó el arma blanca en el pecho; sin embargo la flaqueza de Pablo al causar la muerte, Juventino cayó agonizante al suelo.
Fue tal la fuerza del golpe, que el puñal de Don Jerónimo quedó clavado hasta la empuñadura en el pecho del galán; próximo a la muerte lanzó su segundo juramento: juró ante Dios vengar su propia muerte y pidió permiso para quedarse en el mundo terrenal a velar por su amada.
Pablo y Jerónimo de Añorve huyeron como los criminales, mientras Juventino lanzaba su último suspiro.
Varias semanas Mariana vistió de luto y lloró inconsolable la muerte del amado; después hizo saber su intención de entrar de novicia a un convento; entonces, ante situación tan desesperada, decidieron decirle la verdad: habían perdido la mayor parte de la fortuna en “negocios” y no había para la dote conventual; pero no todo estaba perdido, ya que podía casarse con algún hombre rico y acaudalado, exactamente el avaro prestamista. Mariana muy confundida, no supo que responder y dijo a sus tíos que hicieran con ella lo que les viniera en gana. Pero cuando los tíos con la buena noticia al viejo avaro les dio la gran sorpresa: sabiendo que ellos le habían dado muerte al joven de la manera más cobarde y vil, decidió romper cualquier tipo de trato con los tíos y nunca volverlos a ver. A partir de entonces, la sangre de Juventino de Muñoz pareció cerrar toda puerta y camino a los dos perversos hermanos de Añorve; cuando vieron que no tenían más que un último recurso, después de haberlo intentado todo, y cometido un crimen, llevaron a su casa a jugar a quien debían: con este caballero tenían una deuda de juego y en dado que perdieran, el podría llevarse a Mariana y los ojos de Don Pedro Agüeros; que era un caballero sin moral y consumado tahúr, brincaron de lujuria, éste hombre comprendiendo que de otra manera jamás le pagarían aquellos hombres, pronunció solo una palabra: ¡Aceptada!
Jugaron las primeras manos de aquella partida vergonzosa; las frentes perladas de sudor y las manos temblorosas, indicaban que los hermanos de Añorve iban perdiendo; poseídos de nerviosismo y desesperación, lo arriesgaron todo a una sola carta, pero desgraciadamente perdieron.
La inocente Mariana no lloró, no gritó ni protestó ante el atentado; bien sabía que todo era inútil. Partió el carruaje a toda velocidad, llevándose su preciada carga; pero cuando apenas había salido de la ciudad, un inesperado personaje, un jinete misterioso comenzó a seguir al carruaje, cubriendo su identidad en las sombras de la noche, le fue a la zaga hasta que llegaron al coto de caza de aquel tahúr inmoral; Don Pedro bajó a la inerte Mariana, pero en esos momentos escuchó una voz siniestra: era Juventino de Muñoz al rescate de su amada, pero esta vez convertido en un horrible y espeluznante espectro. Antes de desmayarse de terror, Mariana pronunció algunas palabras: ¡Juventino! ¡Oh pobre amado mío!
Pero más aterrorizado don Pedro ente aparición tan espantosa, devolvió a la doncella a su carruaje, bajo las indicaciones del espectro. Quedó el tahúr petrificado allí, mientras el “Caballero Escarlata” subía al pescante para guiar a los caballos hacia la cuidad, y lo que había sido cosa de horas, se realizó en segundos; el carruaje entró a la capital de Nueva España; pero ésta causó pavor entre los noctívagos habitantes que tuvieron la desgracia de verlo.
El “Caballero Escarlata” devolvió sana y salva a Doña Mariana a las puertas de su casa y la joven le pidió a su amado le ayudara a poder entrar de novicia a un convento y después de cumplir esto que Dios le concediera el descanso eterno. Mientras tanto los malvados tíos estaban jugando a los naipes, cuando macabros acontecimientos ocurrían y cuando dijeron que respaldarían su apuesta con una casa, propiedad de su sobrina; en ese momento el espectro hizo acto de presencia. Al mismo tiempo que los hermanos reconocieron la voz de Juventino de Muñoz, miran hacia el jugador hallándose ante el horrible espectro; los dos jugadores se miraron extrañados, pues no lo podían ver. Con el terror retratado en sus rostros, los dos hermanos salieron de la taberna y pararon un carruaje para que los llevara a su casa, pero entonces volvió a sonar la voz cavernosa del espectro, causando mayor pavura en los hermanos.
A partir de aquella noche, el fantasma del “Caballero Escarlata” no los dejó salir a la calle; acorralados, aterrorizados, sin otra salida, imploraron el perdón del espectro una noche y dictó entonces su sentencia: pedir limosna para juntar el dinero de la dote y una vez hecho esto, confesar a la ley su crimen.
Dice la leyenda y asientan documentos, que los tíos imploraron la caridad pública, reunieron en dos años la dote conventual y pagaron tan nefando crimen con sus vidas en la horca.
Pero el vulgo que conoció de esto, dio en asegurar que el “Caballero Escarlata” seguía apareciéndose en defensa de enamorados en desgracia, o sea, un espectro pavoroso embellecido con la leyenda.
Como dato curioso les diré que a la iglesia del colegio vecino a la casa de Mariana, se trajo el cadáver de Maximiliano embalsamado; y se dice que Juárez y Lerdo de Tejada efectuaron a media noche y con mucho sigilo, una visita al cadáver del archiduque; era al efecto gobernador José Baz, quien acompañó a los dos personajes.
Y por cierto que las personas adictas al imperio concurrieron en forma tumultuosa, y se dieron a criticar el fusilamiento de Maximiliano, esos mexicanos desorientados, criticaron duramente al gobierno de Juárez y dieron en llamar aquella iglesia “La capilla del Mártir”; pero ninguno se comprometió a hacerlo en el tiempo corto que quería Baz. Y entonces el tomó la cosa por su cuenta.Acompañado de una cuadrilla de gentes, una noche casi demolió la capilla, y luego le prendió fuego a todo con aguarrás; el incendio se propagó rápidamente y terminó también con la casa que ocupara Mariana de Añorve. De la casona no queda nada, ni del colegio de Jesuitas, lo que quedó se demolió durante el gobierno de Porfirio Díaz para construir ahí, la dirección de correos.

lunes, 9 de febrero de 2009

Casa de los Condes del Valle de Orizaba ó Casa de los Azulejos(Francisco I. Madero núm. 4).



Ésta casa habitación perteneció al condado del Valle de Orizaba; éste título fue otorgado por Felipe III a Rodrigo Vivero, en el año de 1627; la leyenda dice que su descendiente Luis de Vivero Ircio de Mendoza, joven de costumbres disipadas, un día fue amonestado por su padre, quién al reprenderle le advirtió: "Tu nunca harás casa de azulejos". El joven se enmendó y decidió reconstruir su casa cubriéndola de azulejos.

La historia en cambio, nos da noticia de cómo la quinta Condesa del Valle de Orizaba que durante su matrimonio vivió en Puebla, al morir su esposo en 1708 regresó a la cuidad de México y hacia 1737 ordenó la reparación de su palacio, obra magna del barroco en la que el artista logró combinar magistralmente los azulejos de factura poblana con el fino labrado de la cantera de Chiluca.

En ésta casa Andrés Diego Suárez de Peredo, Conde del Valle de Orizaba, fue asesinado durante el Motín de la Acordada. El asesino fue sentenciado a garrote vil. En 1781, el edificio fue condicionado para el Jockey Club; había salones de lectura, de descanso, fumadores, sala de armas, comedores y billares entre otros. En 1905 el arquitecto Guillermo Heredia prolongó la casa hacia el norte, hasta la recién abierta calle de 5 de mayo. A principios del siglo XX a un lado del Jockey Club, se instaló una farmacia con la primera fuente de sodas que con el tiempo dio origen a la Casa Sanborns. Después de la revolución, José Clemente Orozco pintó en la escalera del edificio su mural "Ominiscencia".

Recientemente después de un incendio, la casa fue remodelada y se ampliaron las instalaciones del restaurante de Sanborns.

domingo, 25 de enero de 2009

Misa de difuntos en Catedral




Nada tan escalofriante ó aterrador, como la presencia de un fantasma entre nosotros y a veces los seres de ultratumba traspasan los linderos de la vida y surgen hechos macabros, como el que a continuación se relata.
Vamos a remontarnos a mediados del siglo XVIII a una casona ubicada en la calle de las Causas, después de la Acequia y actualmente es de la Corregidora; aquí vivió notable caballero llamado Don Alfonso de Gándara y Cifuentes, que había heredado en 1656 la fortuna y nombre de su padre, muerto 3 años atrás.
Pero un día su tranquila y lujosa vida se vio perturbada por un misterioso acontecimiento. Con las manos temblorosas, el rostro congestionado por la ira, el caballero preguntó a sus criados a cerca de una misteriosa carta que había encontrado debajo de su copa de vino la cuál decía: “estad preparado, debéis acudir a misa”.
Los criados se miraron sorprendidos, sin tener la menor idea de que les hablaba su amo. Hacia semanas que Don Alfonso venía recibiendo esas notas misteriosas, sin saber, como llegaban a sus manos, topándose con ellas en momento menos esperado. Pero de pronto aumentó el misterio y las cartas se multiplicaron, hallándolas en todos sitios y a todas horas. Al fin un día con la paciencia colmada el caballero vio una carta más y su primer impulso fue el de destruir aquel papel, la tomó para hacerla pedazos, pero de pronto sintió una extraña sensación; como si sus manos estuviesen impulsadas por una fuerza misteriosa, comenzó a abrir la carta. Sus ojos mostraron terror, asombro, duda, al leer el contenido de la carta, que ahora tenía otro mensaje: “esta noche a medianoche en Catedral, debéis acudir a misa…”.
Más tarde, ya no pudiendo encontrar paz en su alma, fue a contarle lo sucedido a su confesor y amigo; el religioso le pidió la carta para ver si podía saber quien era el autor analizando la letra, pero cuando Don Alonso buscó entre sus ropas no la encontró; sin embargo para el caballero la letra le resultaba muy familiar, pero no sería hasta la misa que descubriría quien era su autor.
Dispuesto a saber quien lo citaba a medianoche, para castigarle, Don Alfonso cruzó la plaza de armas aquella noche. Todo estaba oscuro y silencioso, apenas el viento arrastraba murmullos lejanos, rodeando el alma del caballero, de gran presentimiento. Se acercó a la puerta de Catedral; continuaba aquel silencio ominoso; reinaba la oscuridad de la cercana medianoche.
De pronto descubrió que por entre las rendijas de las maderas, escapaba una luz vivísima, se disponía a tocar cuando la puerta se abrió sin hacer ruido alguno, sin que viera quien la abría; poco después se encontraba frente al altar del Perdón, en donde estaba a punto de celebrarse una misa.
Don Alfonso, sin asombro pensó que después de todo, no había sido una broma lo de aquella misa y se arrodilló en un reclinatorio que parecía estarlo aguardando; ahora solo faltaba saber por para quien era esa misa. Cuando el caballero levantó la vista, ya estaba oficiando el sacerdote, un cura anciano y par el desconocido; todo transcurrió normalmente, los rezos eran solo un murmullo triste y apagado. En determinado momento, salió un fraile franciscano recogiendo la limosna para la hermandad, como era la costumbre.
Cerca de Don Alfonso un caballero depositó una moneda, llamándole la atención que no hiciera ruido y para que no se dijera de su nombre y de su alcurnia sacó dos monedas de oro, pero al ir a hacerlo, el rostro se dibujó en su rostro, resbalando las monedas de sus manos, cayendo una de ellas al suelo, pues advirtió que las manos que sostenían la charola de las limosnas eran descarnadas: el fraile era un esqueleto; acto seguido pegó un grito de terror.
Se levantó y retrocedió buscando la salida; los gritos y ruidos provocados por Don Alfonso llamaron la atención de los demás asistentes a la misa, que también estaban muertos.
En ese momento la puerta se abrió con un chirriar escalofriante y una figura femenina apareció en el claro, sosteniendo un candelabro en cada mano y el caballero reconoció a ese espectro como su difunta madre. Tembloroso y sintiendo que las fuerzas le faltaban continuó hacia la puerta, advirtiendo que aquellos espantosos seres se dirigían hacia el, también buscado la salida, los seres espectrales se acercaban cada vez más hasta sentir en su rostro el vaho frío de los muertos, se sintió atropellar por los espectros; que sus huesos le tocaban, lo abatían y por último antes de perder el conocimiento, pegó el alarido más crispante que haya emitido ser alguno. Nunca supo como salió de la Catedral.
A la mañana siguiente fue encontrado bajo la cruz Manozca, dibujándose en su rostro un terror tal que parecía haber visto al mismísimo Lucifer; rodeado de gente despertó de su largo desmayo. Don Alfonso fue llevado a su casa por unas amables personas y ahí se quedó guardando reposo de su macabra experiencia, pero por la tarde mandó llamar a su confesor fray Miguel de Almeida y le contó lo sucedido, después le pidió al religioso que hablara con el obispo para poder corroborar su historia en aquella capilla.
El caballero fue y habló con el señor obispo, el cuál estaba enterado de este suceso. La historia comienza cuando el obispo junto con otros pasajeros, entre ellos los padres de Don Alfonso venían de España camino al nuevo mundo, todo marchaba con tranquilidad, hasta que de repente empezó una terrible tempestad, los rayos caían tan cerca del barco que todos pensaron que iban a morir en ese momento. Entonces toda la tripulación hizo una promesa: si llegaban sanos y salvos se llevaría a cabo una misa en el altar del Perdón. Todos llegaron sanos y salvos, cada uno tomó su rumbo, el padre de Alfonso amasó una gran fortuna a lo largo de los años; pero a la hora de querer reunir a toda esa gente descubrió que todos ya estaban muertos, desgraciadamente el señor murió pocos años después.
Al escuchar todo lo anterior el obispo y el mancebo fueron a aquel altar y en efecto ahí encontraron los candelabros y la moneda.
Así que ya saben, si visitan la Catedral a medianoche y ven que hay una misa, tengan cuidado de no llevarse una mala sorpresa…

martes, 20 de enero de 2009

Catedral Metropolitana




El segundo recinto sagrado (siendo el primero la Basílica) más importante de la cuidad de México es la Catedral Metropolitana, que se encuentra ubicada en el Centro Histórico. Cada año millones de visitantes nacionales y extranjeros acuden a conocerla, quedando impresionados y maravillados con su magnificencia y majestuosidad; sin embargo éste recinto tiene toda una larga historia que contar, que relataremos a lo largo de éste blog.
La construcción de ésta bella catedral está dedicada a la Asunción de la Virgen María, tiene unas dimensiones de 55 metros de ancho por 110 de largo, cuenta con unas alturas de 30 metros en la nave central. Su construcción duró 242 años y comenzó en 1571, cincuenta años después de la caída de México-Tenochtitlán.
La primera piedra fue puesta por el virrey Martín Enríquez y el arzobispo Pedro Moya de Contreras su construcción tenía el objetivo de que la iglesia tuviera un lugar adecuado para servir a Dios y a la corona española, por eso varios reyes españoles cubrieron todos los gastos, como lo muestra éste pequeño fragmento:

“…la suma del costo de la obra hasta la dedicación de 1657 fue de 1.759.000 pesos. Dichos costo fue cubierto en buena parte por los reyes Felipe II, III y IV Y Carlos II…”

Muchísimos años después, en 1973 el arquitecto al Manuel Tolsá le fue encomendada la tarea de concluir la construcción de la Catedral, que finalmente fue concluida en 1813.
La Catedral fue edificada encima de antiguos recintos aztecas; a lo largo de su construcción y diferentes excavaciones hechas a lo largo de su historia se han encontrada vestigios de templos aztecas. ¿Qué más prueba podemos tener que el Templo Mayor está junto a la Catedral?
Los aztecas ó mexicas llegaron a Aztlán en 1168 y se convirtió en México-Tenochtitlán hasta 1364; a partir de ese año el imperio azteca evolucionó hasta convertirse en una gran cuidad; pero todo esto se acabaría con la llegada de los españoles el 13 de agosto de 1521.
Donde es hoy el Zócalo en aquella época era el centro ceremonial, con una extensión territorial de 500 metros y contaba con 78 edificios, según dicen fuentes documentales.
El edificio que más sobresalía era el Templo Mayor, el cuál fue dedicado a dos deidades: Huitzilopochtli y Tlaloc, dioses de la tierra y el agua.
Después de la conquista, los españoles instauraron la religión católica y con las mismas piedras de los templos construyeron la Catedral.
Fue gracias a las investigaciones realizadas por el programa de la Dirección General de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural de la Secretaría de Educación Pública desde el año 1991 a 1998 y al programa de Arqueología Urbana, que se ha logrado conocer las edificaciones prehispánicas que se encuentran debajo de la Catedral Metropolitana; entre ellas se encuentra el Templo del Sol ó de Tonatiuh. También se pueden encontrar vestigios de la primera catedral, que data de 1555 a 1562, los restos de ésta descansan en las entrañas de la nueva Catedral, según hallazgos realizados en 1982.
Las investigaciones surgieron por un grave problema que tiene el Centro Histórico: el hundimiento. Esto es debido a que el DF era una zona lacustre y la extracción de agua a través de los años; el hundimiento ha sido de un aproximado de 7 metros.
Curiosidades
- La Biblioteca Turriana era con la que contaba la Catedral, creada el 21 de mayo de 1534.
- Se le llamó “Turriana” en honor a sus fundadores, iniciando con el jurosconsulto Luis Antonio Torres Quintero
- La biblioteca de la Catedral fue creada por la real cédula del 21 de mayo de 1534, y fue la segunda biblioteca pública que se creó en México, después de la que tuvo la Real y Pontificia Universidad de México (actualmente UNAM)
- La Biblioteca Turriana estuvo en servicio por 63 años
- Parte de su acervo lo podemos encontrar el la Biblioteca Nacional de México
REGLAMENTO DE LA BIBLIOTECA TURRIANA
1. No lo tenas por esclavo, pues es libre. Por lo tanto, no lo señales con ninguna marca.
2. No lo hieras ni de corte ni de punta. No es un enemigo.
3. Abstente de trazar rayas en cualquier dirección. Ni por dentro ni por fuera.
4. No pliegues ni dobles las hojas. Ni dejes que se arruguen.
5. Guárdate de garabatear en los márgenes.
6. Retira la tinta a más de una milla. Prefiere morir a mancharse.
7. No intercales sino hojas de limpio de papiro.
8. No se lo prestes a otros…
9. Aleja de el los ratones, la polilla, las moscas y los ladronzuelos.
10. Apártalo del agua, del aceite, del fuego, del moho y de toda suciedad.
11. Usa, no abuses de el.
12. Te es lícito leerlo y hacer los extractos que quieras…
13. Una vez leído no lo retengas indefinidamente.
14. Devuélvelo como lo recibiste, sin maltratarlo ni menoscabado alguno.
15. Quien obre así, aunque sea desconocido, estará en el álbum de los amigos. Quien obrare de otra manera, será borrado.

domingo, 11 de enero de 2009

Las dos hermanas malditas (Sucedió en la Calle del Espíritu Santo, hoy Isabel la Católica)


Esta leyenda de finales del siglo XVII, tuvo como escenario principal una rica casona de las calles del Espíritu Santo, hoy Isabel la Católica. Ahí vivían las hermanas Juana y Simona de Cedillo, nativas de Andalucía (España). Tan hermosas como casquivanas, desbocadas y de conducta prostituida.

Estas perversas hermanas ya tenían muy mala fama, pues tenían un oscuro y horrible pasado: por sus pésimas costumbres que tenían unos rufianes dieron muerte a su padre; y que al saberlas como son, perversamente prostituidas, de dolor murió poco después su madre, no obstante estando en agonía y delante del padre confesor lanzó sobre ellas poderosa maldición.

Las hermanas Cedillo, sabiéndose hermosas, seducían a cuanto caballero se atravesara en su camino, haciéndoles un picaresco guiño. Los pobres diablos, creyendo que iban a pasar un rato agradable en brazos de aquellas “damas”, no encontraban otra cosa que la muerte. Nada importaba a las dos hermanas que muchos hombres murieran por ellas; noche a noche se divertían escandalosamente, despilfarrando la fortuna de su padre, rico minero de Potosí. Fueron muy temidas y ruinosas sus orgías.

El escándalo de sus “fiestas” era cada noche, durando hasta el amanecer. Los vecinos ya estaban artos y todos los días pedían al Santísimo que se llevara lejos de allí a aquellas mujeres.

Al parecer las plegarias tuvieron sus frutos, pues de pronto un día la casa amaneció sola y silenciosa; así pasaron las semanas y los meses, sin vestigios de vida. ¿Qué había sucedido?

Cierta noche los conocidos jóvenes calaveras Jerónimo García de Montealegre y Alonso Ortiz de Murguía corrían otra de sus juergas y como es natural también iban en busca de los placeres de la carne; echaron a andar por aquella calleja donde caminaban, cantando incoherencias.

De pronto los dos amigos quedaron estupefactos, al ver frente a ellos a dos hermosísimas mujeres, eran nada menos que las dos diabólicas hermanas Cedillo. Pasaron junto a los dos jóvenes haciendo el consabido guiño a los galanes. ¿Cuándo habían vuelto de su viaje?

De repente las hermanas caminaron rápidamente hasta su casona, y los jóvenes con dificultades les pudieron dar alcance; llegaron hasta el zaguán iluminado de aquella casa del Espíritu Santo. No se veían a las mujeres, pero escucharon ruido de música y risas en el interior.

Alonso y Jerónimo entraron y vieron una escena que no esperaban. Músicos, un juglar y las dos mujeres en medio del zaguán vacío y espacioso; los jóvenes pensando que estaban importunando pidieron disculpas; pero las damas los invitaron a participar en la juerga.

Las horas fueron pasando al compás de los cantos del juglar. Los dos jóvenes hallaron lo que buscaban: besos, música y mujeres. Hasta que, cuando las primeras luces de la aurora se adivinaron en la estancia, las hermanas dieron por terminada la sesión de amor y locura.

Y cuenta la leyenda y así se encuentra asentado en documentos de la Inquisición, de pronto, por entre la camisa abierta de Alonso asomó un pesado crucifijo de oro. Al verlo Simona, que era su pareja, se apartó de el bruscamente. El joven creyó que la dama tenía temor de cometer pecado en frente del crucifijo.

Las mujeres insistieron a los caballeros para que se fueran y finalmente éstos cumplieron su deseo. Pero los dos galanes quedaron impresionados con la belleza y las caricias de las hermanas y después de dormir unas horas regresaron a la casa, la cuál se encontraba cerrada y silenciosa. En ese momento pasó un anciano al que decidieron interrogar y cual sería su sorpresa cuando les dijo que esa casa se encontraba deshabitada desde hace meses.

Los jóvenes incrédulos se fueron a una taberna a matar el tiempo hasta que callera la noche, cuando ésta fue lo suficientemente oscura regresaron a la casona. En ese momento escucharon las voces de las hermanas tras de ellos, volvieron sorprendidos de verlas y entraron juntos.

La misma escena se repitió; pero llegó un momento en que las damas hicieron beber vino a los jóvenes, hasta reventar. De pronto se les nubló la vista y todo fue estallar de luces y sombras confusas.

A la mañana siguiente se encontraban tirados en la calle todos orinados y viendo a los curiosos burlándose de ellos, molestos y avergonzados salieron corriendo. Más tarde indignados, queriendo una explicación fueron a la casa de las hermanas y comenzaron a golpear el zaguán furiosamente, pero nadie les abrió y entonces decidieron entrar por la fuerza.

Dentro de la casona se respiraba humedad y abandono, no podían creer lo que veían sus ojos. Ansiosos por descifrar el misterio se dirigieron a las respectivas recámaras de las hermanas.

Al abrir la puerta, Alonso quedó paralizado de terror al ver sobre el lecho polvoso y cubierto de bichos a Simona, pero descarnada y horrorosa. Al mismo tiempo se escuchón un grito horrible en la recámara contigua. Los jóvenes salieron corriendo de la casa, decidiendo ir a dar parte a la justicia, pero no tuvieron que molestarse en ir, porque alguien se ocupó de hacerlo la ver que forzaban y el zaguán de la casa.

Los jóvenes les relataron su historia, pero nadie les dio crédito a sus palabras, pues estaban locos de de terror.

La justicia penetró en la casa y encontraron los dos esqueletos enjoyados de las hermanas malditas. En cuanto a Alfonso y Jerónimo no se les pudo tomar declaración, puesto que puras incoherencias dijeron. Se les envió a una prisión, donde terminaron muertos sin recobrar jamás la razón.

A pesar del paso del tiempo, ésta historia tomó cuerpo en nuestros días; todo empieza cuando dos jóvenes recogieron a dos mujeres en una carretera de Pachuca, y que luego con ellas tuvieron una aventura romántica, pero cuando las buscaron de nuevo en su casa encontraron… ¡la misma escena macabra que vieron los jóvenes de la época colonial!

Ésta historia también es conocida en otras partes del país, con algunas pequeñas variantes.

lunes, 5 de enero de 2009

La Calle de Don Juan Manuel (Hoy República de Uruguay)


Cuenta la leyenda que hace muchos años vivía en Nueva España en una calle detrás del convento de San Bernardo un hombre llamado Don Juan Manuel de Solórzano, pero a pesar de ser un hombre acaudalado y de tener a una esposa bella e inteligente, el no era feliz pues no tenía descendientes; tanta era la tristeza que lo embargaba que decidió divorciarse de su esposa y tomar los hábitos en el convento de San Francisco, pero no tenía quién administrara sus negocios y le escribió a su sobrino radicado en España para que viniera a cumplir esa tarea.
Pero junto con el sobrino llegaron las dificultades en forma de celos a Don Juan Manuel, el cuál en su desesperación entregole su alma al Diablo a cambio de que le ayudara a descubrir quién lo deshonraba.
Siguiendo las indicaciones del Diablo, en punto de las 11:00pm el caballero salió a la calle decidido a dar muerte al primer transeúnte que se atravesara en su camino y así lo hizo. Al día siguiente feliz, pensando que había consumado su venganza el Diablo se le aparece y le dijo que la víctima de esa noche era inocente, pero debía continuar hasta que matara al culpable y como señal éste iba a aparecer al lado del cadáver.
Juan Manuel obedeció ciegamente y todas las noches salía a cumplir su sangrienta tarea en vuelto en una capa negra esperando la oportunidad; salía y preguntaba:
Perdone vuestra merced ¿Qué hora es?
Las once de la noche.
¡Dichosa su merced que sabe la hora en que va a morir!
Acto seguido se veía el brillo de un puñal, después un grito sofocado, el golpe del cadáver al caer y el asesino volviendo a u morada.
Muy temprano un día la ronda llevó a la casa del caballero el cadáver de su adorado sobrino asesinado por el; al verlo sintió un terrible remordimiento y fue al convento de san Francisco a confesar todos sus pecados; el fraile le puso como penitencia rezar durante 3 días el rosario al pie de la orca en punto de las once de la noche, para así poder ser absuelto de sus crímenes.
Don Juan fue la primera noche a cumplir su castigo y no había terminado el rosario cuando escuchó una voz de ultratumba:
¡Un padre nuestro y un Ave María por le alma de Don Juan Manuel!
Asustado salió corriendo a su casa y a la mañana siguiente contó al fraile lo sucedido y éste le ordenó regresar a cumplir su penitencia y cuando sintiera miedo hiciera la señal de la santa cruz.
Obedeciendo al fraile el caballero regresó al pie de la orca puntualmente, no había empezado su rezo cuando vio un cortejo fantasmal que con sirios encendidos conducían su propio cadáver en un ataúd.
Al otro día pidió al fraile su absolución por si moría antes de tiempo, el favor le fue concedido con la condición de que consumara su penitencia.
Esa noche fue Juan Manuel puntual a su cita, que sería la última; nadie sabe que pasó esa noche, pues al otro día amaneció Don Juan Manuel colgado de la orca, se dice que los ángeles lo colgaron, pero a ciencia cierta no se sabe que fue lo último que vio ésta alma penitente, solo el y Dios lo saben…