domingo, 23 de enero de 2011

Un juramento macabro (Sucedió en el callejón del Manco, hoy de la Igualdad)

Durante mucho tiempo se le llamó a la calle de la Igualdad, “Callejón del Manco”. El vulgo lo bautizó así debido a un espantoso suceso ocurrido ahí, esta leyenda conserva está la fecha, la sabrosura y el misterio de aquel siglo.

Toda historia debe tener su principio y su final, comencemos aquí en la iglesia de la Profesa, que si no la conoces, podrás leerla en publicaciones anteriores toda su historia. Retrocedamos hasta el siglo XVIII, época en que ocurrió este suceso. Cuentan las viejas crónicas que en ese tiempo vivió el capitán llamado Diego Ginés, cuya vida licenciosa no respetaba santos, lugares, linajes; y esto uno vez más lo demuestra durante una misa cuando una respetable mujer casada es requerida de amores por aquel caballero; la dama y la azafata que la acompañaban se retiran del osado capitán muy indignadas por aquel atrevimiento, pero el caballero aguarda hasta terminar la misa y entonces se le interpone sin recato ni respeto alguno echándose a sus pies.

Del templo que no respetará, salió don Diego, y en la taberna, al igual que en las lides amorosas, tenía gran suerte; sus contrincantes derrotados luego no le podían pagar con moneda pero si de otra forma… si el capitán no tenía escrúpulos, los jugadores que se lo ofrecían, mucho menos; como uno de ellos que al perder una apuesta le entregara al día siguiente a su bellísima hermana; y así el carruaje en que iban partió velozmente hasta aquel nido de amor, en que la deuda sería saldada.

Pero esto fue poco, comparado con la otra gran aventura que tuvo don Diego Gines, cuando fija sus ojos en un convento; con su plan perfectamente trazado entra en acción tocando la puerta del santo lugar y acto seguido una rugosa mano emerge de entre la puerta semicerrada, don Diego le ofrece una bolsita de oro a cambio de que lo deje llevarse a una de las monjas por la que andaba locamente enamorado. Con la ayuda de la monja vieja, tentada de pecado y de codicia, se lleva a la novicia; y como el viejo drama del tenorio, que esta leyenda pudo inspirar, el capitán llevó a la religiosa a un romántico lugar, pero para su sorpresa la mujer se quita la vida por amor a Cristo.

Aquel lance fue uno más de la vida licenciosa del capitán Diego Ginés, pues no habían pasado tres días, cuando ya estaba de nuevo enamorando a doncellas viudas y damas casadas; una tras otra, como si fuesen flores de un jardín privado, don Diego iba en pos de las mujeres… incluyendo las casadas, que lo maridos defiendo el honor de sus mujeres, se batían en duelo chocando prestos sus aceros con aquel seductor empedernido.

Pero de repente algo cambia en el capitán, pues pasan varios meses y a la taberna “El Ciervo”, entra cuitado, en un rincón alejado, se sienta y ante una mesa, queda en silencio, callado: mal de amores, por extraño que parezca. Aquella dama que lo traía por la calle de la amargura llevaba por nombre Inés, mujer de gran hermosura; y a todo caballero o plebeyo que pasara por la casa de la dama, lo sometía a interrogatorio sobre su vínculo con ella, hasta que un día se topó con el que habría de ser el futuro marido, y por más loco que parezca, le deja el camino libre al capitán.

Y como dice el dicho, cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía, don Diego fue a cerciorarse de que aquel hombre no mentía indagando por toda la vecindad, pero entre más averiguaba, aquella mujer más mentía, y sin saber de esta situación el antes seductor se compromete en matrimonio con Inés.

Poco antes de la boda el capitán, loco de amor, recibió una nota con una llave que lo hizo ponerse frenético de ira: el contenido de esta le decía que por la alcoba de Inés habían pasado ya varios hombres. Acto seguido Ginés sale a la calle como una sombra que se desliza en la oscuridad.

Con esa llave va a la casa citada en la nota y abre la puerta, encontrando un salón sumido en la penumbra, y con una vela lee las instrucciones siguiéndolas al pie de la letra, la cual le dice que se queda agazapado el osado capitán, que se muerde de rabia la ver a su adorada entrando a la alcoba en brazos de un apuesto mancebo, se besan y se acarician sin temores, sin recato, pues Inés está segura de que no hay nadie en la habitación e impotente el capitán escucha como su amada se refiere de manera despectiva hacia él.

Desistió de matar a la infiel y su amante, y entre besos y suspiros de la casa aquella se alejó; furioso y ciego de celos pensando en la venganza don Diego llega a su casa y de pronto, sus ojos negros miraron una espada, acto seguido toma la hoja cortante, fuerte en su mano siniestra dispuesto a asestar un golpe, y de repente estalla un grito horroroso que nadie escucha en la noche, afuera en la calle escueta, pincela de rojas notas el farol de la hornacina.

Tres días y noches después va a celebrarse la boda del capitán y María Inés; ella oculta su pecado con la albura del tocado y el regio traje de novia, y llega el caballero elegante y ataviado con terciopelo y brocado, ¡trae en la mano un regalo! Hay emoción y alegría, la boda va a comenzar, pero de pronto el soldado con el talante muy fiero grita fuerte en el altar sobre su juramento de ofrecerle su mano, y ante el terror del cura, Inés y la tía, su mano mutilada arroja a los pies; hay gritos y desmayos, y ante el asombro de todos, el capitán sale del templo burlándose a carcajadas y agitando el brazo sin mano, como despidiéndose de la gente.

El cura mando a la autoridad a enterrar la mano en un frasco con aguardiente en el atrio de la iglesia de la Soledad. Diego Ginés vivió todavía muchos años en una casa de las calles de la Igualdad, y por eso el vulgo le puso el nombre de “El Callejón del Manco”.

sábado, 15 de enero de 2011

Las calles de México

Como todos sabemos, la traza de esta hermosa ciudad tiene unos orígenes antiquísimos, que se remontan a la época prehispánica. A la llegada de los españoles el soldado Alonso García Bravo, quiso aprovechar la distribución de las calzadas y llevó a cabo una traza para repartir solares entre todos los conquistadores; después el virrey Antonio de Mendoza (1535-1550), lector del tratado De re aedificatoria de Leonne Battista Alberti, emprendió una obra titánica para convertir la antigua ciudad mexica en una ciudad renacentista, como se puede apreciar en el plano de Uppsala, testimoniado en los diálogos de Cervantes de Salazar (1554).

Mientras transcurrían los siglos XVII y XVIII, la población de la ciudad iba en aumento, al igual que sus calles plazas, plazuelas, y así paso del tiempo hasta llegar a la época de la Independencia y la primera mitad del siglo XIX. Cada rincón del centro histórico fue bautizado de acuerdo a los hechos y aconteceres que tuvieron lugar. La historia de la Ciudad de México, al igual que otras ciudades del mundo puede contar sus historias y sus leyendas con los nombres que llevan sus calles; y siendo esto una de las ciudades más ricas del mundo, ¿Qué no podremos descubrir?

Actualmente en la antigua Tenochtitlán ya no existe, todo lo que fueran sus casas, palacios, santuarios y acueductos fueron destruidos por los mismos vencidos obligados por los conquistadores, los azotes de los encomenderos y sus lavados de cerebro; para que así los antiguos mexicanos “entendieran” que hacían una obra buena al derribar los teocallis para construir templos cristianos.


México prehispánico

Afortunadamente, todavía queda el recuerdo de aquel glorioso pasado en los nombres de algunas calles, como por ejemplo tenemos: Cocolmeca, Coaxomulco, Chiconautla, Huacalco, Mixcalco, Nahuatlato, Necatitlan, Tecpan, Tepechichilco, Tepotzan, Tetzontlale, Titzapan, Tlaxcaltongo, Tlaxcoaque, Tlaxpana, Tlatilco, Apahuaxcan, Coconepa, Colgacatongo, Choconautla, Guiguitongo, Xolapan, Manchicuepa, Quajomulco (Coajomulco), Quatlan (Cuautlán), Tenexpa, Tecolote, Zocoacalco, entre otras más. Las tres principales calzadas conservaron sus nombres: Tacuba, Tepeyac e Ixtapalapa; los pueblos de los alrededores todavía conservan sus nombres: Tacubaya, Atzcapotzalco, Tlalpan, Xochimilco, Coyoacán, etc.

Ya en la época colonial, podemos encontrar nombres de calles que hacen alusión a sucesos históricos o tradicionales, instituciones de obras benéficas, y muchas otras que conservan los apellidos de personajes ilustres.

Órdenes religiosas

Tampoco podían faltar las distintas órdenes religiosas que hubo en la época, como los misioneros franciscanos, dominicos y agustinos, que vinieron sucesivamente Nueva España en 1524, en 1526 y en 1533, se hallan los nombres de las calles de San Francisco, Santo Domingo y San Agustín; le siguieron después los hermanos de la Caridad, luego los hipólitos, los cuales se establecieron en 1567 y los juaninos en 1604, quienes han heredado sus nombres a las calles de San Hipólito y San Juan de Dios; las 34 religiosas y dos novicias, que fundaron el primer convento de monjas en México, dieron desde 1541 nombres a las calles de la Concepción así como muchas otras órdenes religiosas tanto de hombres como de mujeres.

Colegios

Hubo muchos de estos lugares fundados en aquella época y que dieran nombre a las calles de: Universidad, San Pedro y San Pablo, San Juan de Letrán, San Ildefonso, San Ramón, Colegio de Niñas, de Indias y de las Vizcaínas.

Hospitales

Tenemos los siguientes: Jesús, Real de Indios, San Andrés y San Lázaro.

Edificios públicos

Los que podemos encontrar: Moneda, Alhóndiga, Correo, Montepío, Aduana, Acordada, Estanco, Rastro, Coliseo, Apartado y Hospicio.

Beneficencia y enseñanza

Las calles de Chavarría, de Vergara, de López, de Alfaro, de Ortega, de su Zuleta, de Alconedo, de Tiburcio.

Hombres ilustres

Las calles del Parque del Conde, de la Mariscala, de la Condesa, y de los Medinas, algunos de los títulos nobiliarios que hubo en Nueva España, y la Quemada, el Indio Triste, don Juan Manuel, el Ángel y tantas otras, las tradiciones y leyendas de aquellos tiempos tan poéticos como lejanos.

Artesanos y oficios

Otros nombres de calles nos recuerdan las distintas labores a las que se dedicaba la gente de aquella época, por ejemplo: Plateros, Tlapaleros, Curtidores, Chiquihueteras, Cedaceros, Talabarteros y Cordobanes.

Muchos nombres han quedado inscritos para darles nombre a las calles, pero muchos otros han desaparecido, como por ejemplo uno que nos recuerda a Cuauhtémoc, en la de Guatemuz, hoy del Factor; otros a conquistadores, como los de Pedro González Trujillo y Martín López; no pocos las acequias que limitaban la ciudad española de la indígena y que tuvieron, para ser atravesadas, sendos puentes, que impusieron título a las calles del Puente de San Francisco, Quebrado, del Espíritu Santo, de la Leña, del Fierro, y muchos otros más.

Pero las calles no sólo tienen interés histórico por sus nombres, sino también por los sucesos que en ellas acontecieran y las personas que moraran en aquel lugar. Tenemos por ejemplo: la de Donceles donde vivió Antón de Alaminos; la de la esquina de Santa Teresa y la de Moneda, lugar en el que estuvo la primera imprenta del Nuevo Mundo; la del Reloj y Santa Teresa donde tramaron una conspiración los hermanos Ávila, la de San Agustín donde escribió sus obras Sigüenza y Góngora; la de las Damas, en cuya esquina y la de Ortega, se hospedó Bolívar: la cerrada de Santa Teresa, donde muriera bajo extrañas circunstancias el Licenciado Verdad, mártir de la democracia y de la independencia.

Como se puede observar, cada calle, cada rincón, cada callejón tiene una historia que brota a flor de piel, que se puede percibir a cada paso que se dé. Durante nuestro recorrido por las calles de la ciudad de México, la vida colonial absorberá toda nuestra atención las órdenes religiosas, los virreyes, los oidores, los alguaciles, los palacios, el relato popular, las risas, en fin todo lo que pueda imaginarse nuestro amigo lector.

Acompáñame a este viaje mágico y misterioso, para que juntos recorramos cada rincón del Centro Histórico y que a través de nuestra imaginación podamos recrear el paisaje como se hubiese visto allá en el lejano tiempo de la Nueva España.

sábado, 8 de enero de 2011

Festejo de los Reyes Magos en diferentes países


En la actualidad, los cristianos celebran las fiestas de la Epifanía el 6 de enero, en el cuál se dan por terminadas las festividades navideñas que empiezan el 25 de diciembre. En los países hispanos los tres Reyes Magos Oriente reciben cartas de los niños con los regalos que desean que les traigan la noche del 5 enero y para disfrutarlos al día siguiente. En algunos lugares la gente acostumbra dejar a los mágicos personajes, como bebidas para ellos y comida y bebida para para los animales, porque según dice la tradición es la única noche del año en que ingieren alimentos.

Pero hay otras costumbres que para nosotros no son habituales; un ejemplo es Europa Oriental en donde se bendicen las casas, y en otras ocasiones se intercambian regalos simbólicos de oro, incienso y mirra (los significados de estos elementos los puedes consultar en la publicación del 2010). En Alemania, durante la víspera de reyes, se elevan oraciones y se queman hierbas ya bendecidas, la puerta de la casa es rociada con agua bendita y por último el dueño escribe con un pedazo de tiza las letras C + M + B, junto con el año. El significado de las letras puede interpretarse de dos formas: las iniciales de Casper, Melchoir y Balthasar; la otra forma es: ChristusMansionemBenedictat (Cristo bendice estas casa).

En Austria y Bavaria, desde el 1 hasta el 6 de enero los niños se visten de reyes, y van por las casas cargando una estrella y cantando villancicos; en ocasiones también escriben las iniciales de los tres reyesen la puerta principal, para que así les traigan a sus moradores muchas bendiciones en el año que comienza, y los vecinos les “pagan” con dinero y dulces. Las donaciones antes eran enviadas a los veteranos y desempleados, ahora son destinadas para las caridades de la iglesia.

En Bélgica y Francia la familia comparte una torta que contiene una pequeña imagen del Niño Jesús, que es conocida como broadbean (haba); quien encuentre el haba es proclamado rey por el resto de las fiestasy lleva una corona de cartón que se compra junto con el cake. A veces llega a venir una reina; a esta costumbre se le conoce como sorteo de reyes.

En algunas ciudades de Italia, como en Sicilia llevan, que a las iglesias a un niño pobre de la parroquia y lo visten para que represente al Niño Jesús; cuando termina los servicios religiosos, una procesión de sacerdotes y fieles, acompañados de gaitas y cargados de regalos, devuelve el niño a su casa.

Los milaneses celebran cada 6 de enero el honor de haber guardado los cuerpos de los Tres Reyes Magos durante 6 siglos, con una parada en que los participantes van ataviados como se acostumbraba en la época medieval.

En América, durante la colonización española, el día de Reyes era un día de asueto para los esclavos, que salían a bailar a las calles al ritmo de sus tamboras; esto dio origen al nombre de Pascua de los Negros, y todavía en la actualidad ese día sigue conociéndose así en algunos países como Chile.

En Ixhuacán de los Reyes México, la celebración se lleva a cabo con bailes populares, carreras de caballos, pelas de gallos, cabalgatas y eventos deportivos, como torneos de pesca, remo, carreras de bicicletas y de motos.

En Puerto Rico, la celebración navideña más importante del año se lleva a cabo el 6 de enero; no se sabe porque la gente tiene tan arraigada la Fiesta de los Reyes Magos, aunque hay varias teorías:

1. Se asegura que un 6 de enero se llevó a cabo la primera misa en América, lo cual con el paso del tiempo pudo haber sido olvidado.

2. Es posible que proceda de una fiesta similar a la de los Diablillos, que es una celebración carnavalesca española, donde se representa el bien y el mal con diversos personajes, todo esto fue documentado por el cubano Fernando Ortiz, quien relata que esta celebración era básicamente hecha por gente de piel negra; la ocasión la aprovechaban estas personas para ir a pedir limosnas de casa en casa vestidos de diablos para no ser reconocidos.

En Colombia se entregan regalos el 25 de diciembre y el 6 de enero es día festivo, en el cuál dan por concluida la temporada Navideña con diferentes actividades, como: una fiesta en la que todos se lanzan maicena.

En algunos lugares de Venezuela se hacen representaciones teatrales, donde representan el portal de Belén con la Virgen María, San José y el Niño Jesús, acompañados por un grupo de ángeles y los Reyes cargados de regalos. La costumbre de cada año es que el día 5 de enero antes de irse a acostar, los niños ponen su zapatito con la cartita encima, ya sea debajo del árbol de navidad oen la puerta de sus habitaciones para que los Reyes depositen los presentes o dinero.

En algunos países de América Latina se acostumbra partir la famosa Rosca de Reyes, que es un pan en forma de círculo u óvalo recubierto de azúcar y pedazos de fruta; dentro de este pan se colocan unas figuritas de niño, y la tradición dice que a las personas que les toque la “suerte” de sacarlo tendrán que invitar a todos sus amigos atole y tamales, que esto se le conoce como el día de la Candelaria, que se festeja el 2 de febrero; esto marca el termino definitivo de la Navidad, y se conmemora el día en que el Niño Jesús fue presentado en el templo por sus señores padres, según lo dicta la costumbre judía.

En España la costumbre es hacer cabalgatas nocturnas, donde se pueden apreciar a los celestiales personajes desfilando con su séquito, quienes lanzan luces para los niños y les dan regalos; en la ciudad de Alicante presumen que su cabalgata es la más antigua del mundo.

En algunos centros comerciales de New York, los Reyes reciben a los niños igual que lo hace Santa Claus Macy’s, y colocan un buzón a un lado para que los infantes depositen sus cartitas.

sábado, 1 de enero de 2011

La balada del año nuevo

En la alcoba muelle, acolchonada y silenciosa, apenas se oye la blanda respiración del enfermito. Las cortinas están echadas: la veladora esparce en derredor su luz discreta, y la bendita imagen de la Virgen vela a la cabecera de la cama. Bebé está mal o muy malo… Bebé muere…

El doctor a auscultado el blanco pecho del enfermo: con sus manos gruesas toma las manecitas diminutas del pobre ángel, y frunciendo el ceño, ve con tristeza al niño y a los padres. Pide un pedazo de papel; se acerca a la mesilla veladora, y con su pluma de oro escribe… escribe. Sólo se oye en la alcoba, como él pesado revoloteó de un moscardón, el ruido de la pluma, corriendo sobre el papel, blanco y poroso. El niño duerme; no tiene fuerzas para abrir los ojos. Su cara, antes tan halagüeña y sonrosada, está más blanca y transparente que la cera: en sus sienes se perfila la red azulosa de las venas. Sus labios están pálidos, marchitos, despellejados por la enfermedad. Sus manecitas están frías como dos témpanos de hielo… Bebé está malo… Bebe está muy malo… Bebé va a morir…

Clara no llora, ya no tiene lágrimas. Y luego, si llorara, despertaría a su pobre niño. ¿Qué escribiría el doctor? ¡Es la receta! ¡Ah, sí Clara supiera, lo aliviaría en un solo instante! ¡Pues qué!, ¿no se puede contra el mal? ¿No hay medios para salvar una existencia que se apaga? ¡Ah! Los hay, sí, debe haberlos; Dios es bueno, Dios no quiere el suplicio de las madres; los médicos son torpes, son desamorados, poco les importa la honda aflicción de los amantes padres; por eso Bebé no está aliviado aún; por eso Bebé sigue muy malo; por eso Bebé, el pobre Bebe, se va a morir. Y Clara dice con llanto en los ojos.

- ¡Ah!, ¡si yo supiera!

La calma insoportable del doctor la irrita. ¿Por qué no lo salva? ¿Por qué no le devuelve la salud? ¿Por qué no le consagra todas sus vigilias, todos sus afanes, todos sus estudios? ¿Qué no puede? Pues entonces de nada sirve la medicina, es un engaño, es un embuste, es una infamia. ¿Qué han hecho tantos hombres, tantos sabios, si no saben ahorrar este dolor al corazón, si no pueden salvar la vida del niño, aún ser que no ha hecho mal a nadie, pero no ofende a ninguno, que es la sonrisa, y es la luz, y es el perfumé de la casa?

Y el doctor escribe, escribe. ¿Qué medicina le mandará? ¿Volverá a martirizar su carne blanca con esos instrumentos espantosos? – No, ya no, dice la madre, ya no quiero. El hijo de mi alma tuerce sus bracitos, se disloca entre esas manos duras el aprietan, vuelven los ojos en blanco, llora, llora mucho, ruega, grita, hasta que ya no puede, hasta que la fuerza irresistible del dolor lo vence, y se queda en su cuna quieto, sin sentido y quejándose aún, en voz muy baja, de sus cuchillos, de esas tenazas, de esos garfios que lo martirizan, de esos doctores sin corazón que tasajean su cuerpo, y de su madre, de su pobre madre que lo deja solo. No, ya no quiero, ya no quiero esos suplicios. Me matan a mí también, pero me dejan libres los oídos para que pueda oír sus lágrimas, sus quejas. Lo escucho y no puedo defenderlo: ¡veo que lo están matando y lo consiento!

El niño duerme y el doctor escribe, escribe. – Dios mío, Dios mío, no quieras que se muera: mandan otra pena, otro suplicio: lo merezco. Pero no me lo arranques, no, no te lo lleves. ¿Qué te ha hecho? Y Clara ahoga sus sollozos, muerde su pañuelo, quiere besarlo y abrazarlo: ¡acaso esas caricias sean las últimas! Pero el pobre enfermito estaba dormido y su mamá no quiere que despierte.

Clara lo ve, lo ve constantemente con sus grandes ojos negros y serenos, como si temiera que, al dejar de mirarlo, se volara el cielo. ¡Cuántos estragos ha hecho en él la enfermedad! Sus brazos rechonchos, hoy están flacos, muy flacos. Ya no se ríen en sus codos aquellos dos hoyuelos tan graciosos, que besaron y acariciaron tantas veces. Sus ojos, negros como los de su mamá, están agrandados por las ojeras, por esas pálidas violetas de la muerte. Sus cabellos rubios le forman como la aureola de un santito.

- ¡Dios mío, Dios mío no quiero que se muera!

Bebé tiene cuatro años. Cuando corre, parece que se va a caer. Cuando habla, las palabras se empujan y se atropellan en sus labios. Era muy sano: Bebé no tenía nada: Pablo y Clara se miraban en él y se contaban por la noche sus travesuras y sus gracias, sin cansarse jamás. Pero una tarde, Bebé no quiso corretear por el jardín, sintió frío; un dolor agudo se clavó en sus sienes y le pide a su mamá que lo acostara. Bebé se acostó esa tarde y todavía no se levanta. Ahí están a los pies de la cama, y esperándole, los botincitos que todavía conservan en la planta la arena humedecida del jardín.

El doctor ha acabado de escribir, pero no se va. Pues que, ¿le ve tan malo? El lacayo corre la botica.

- ¡Doctor, doctor mi niño va a morirse!

El médico contesta en voz muy baja:

- Cálmese usted, que no despierte el niño

En este instante llega Pablo. Hace 15 minutos que salió de esa alcoba y le parece un siglo. Ha venido corriendo como un loco. Al torcer la esquina no quiso levantar los ojos, por no ver si el balcón estaba abierto. Llega, mira a la cara del doctor y las manos enclavijadas de la madre; pero se tranquiliza; el ángel rubio duerme aún en su cama: no se ha ido. Un minuto después, el niño cambio de postura, abre los ojos poco a poco, y dice con una voz que apenas suena:

- ¡Mamá! ¡Mamá!

- ¿Qué quieres mi vida? ¿Verdad que estas mejor? ¡Dime que sientes! ¡Pobrecito mío! ¡trae acá las manecitas, voy a calentarlas! Ya te vas a aliviar, alma de mi alma. He mandado encender dos sirios al Santísimo. La Madre de la Luz ya va a poner qué bueno.

El niño vuelve en derredor sus ojos negros, como pidiendo amparo. Clara lo besa en la frente, en los ojos, en la boca en todas partes. ¡Ahora si puede besarlo! Pero en esa efusión de amor y de ternura, sus ojos, ante secos, se cuajan de lágrimas, y Clara no sabe ya si besa o llora. Algunas lágrimas ardientes caen en la garganta del niño. El enfermito, que apenas tiene voz para quejarse, dice:

- ¡Mamá, mamá, no llores!

Clara muerde su pañuelo, los almohadones, el colchón de la cunita. Pablo se acerca. Es hora ya de que él también lo bese. Le toca ya su turno. El es fuerte, el es hombre, él no llora. Y entretanto, el doctor que se ha alejado, revuelve la tisana con la pequeña cucharita de oro. ¿Qué es el sabio ante la muerte? La molécula de arena que va cubrir con su oleaje del océano.

Bebé, Bebé, vida mía. Anímate, incorpórate. Hoy es año nuevo. ¡Ven! Aquí en tu mesita están las cosas que yo te fui a comprar en la mañana. El cucurucho de dulces, para cuando te alivies; el aro con que has de corretear en el jardín; la pelota de colores para que juegues en el patio. ¡Todo lo que me has pedido!

Bebé, el pobre Bebé, preso en su cuna, soñaba con el aire libre, con la luz del sol, con la tierra del campo y con las flores entreabiertas. Por eso pedía no más esos juguetes.

Sitia libias, te compraré una carretela y dos borregos blancos. ¿Quién es mejor un velocípedo? ¿Sí...? Pero ¿si te caes?

Dame tus manos. ¿Por qué están frías? ¿Te duele mucho la cabeza? Mira, aquí está la gran casa de campo que me habías pedido…

Los ojos del enfermito se iluminaron. Se incorpora un poco, y abraza la caja de madera que le ha traído su papá. Vuelve la vista a la mesilla y mira con tristeza el cucurucho de los dulces.

- Mamá, mamá, yo quiero un dulce.

Clara, que está llorando a los pies de la cama, consulta con los ojos al doctor; éste consiente y Pablo, descolgando cucurucho, desata los listones y lo ofrece al niño. Bebé toma con sus deditos amarillos son almendra y dice:

- ¡Papá, abre la boca!

Pablo, el hombre, el fuerte, siente que ya no puede más, besa los dedos que ponen esa almendra entre los labios, y llora, llora mucho.

Bebé vuelva a caer postrado. Sus pies se han enfriado mucho; Clara los aprieta con sus manos, y los besa. ¡Todo inútil! El doctor prepara una vasija bien cerrada y llena de agua casi hirviente. Lo pone en los pies del enfermito. Éste ya no habla, ya no mira; ya no se queja, nada más tose, y de cuando en cuando, dice con voz apenas perceptible:

- ¡Mama, mamá, no me dejes sólo!

Clara y Pablo lloran, ruegan a Dios, suplican, mandan a la muerte, se quejan del doctor, enclavijan las manos, se desesperan, acarician y besan. ¡Todo en vano! Él enfermito ya no habla, ya no mira, ya no se queja; tose, tose. Tuercen los bracitos como si fuera a levantarse, abre los ojos, mira su padre diciéndole: - ¡Defiéndeme! Vuelve a cerrarlos… ¡ay! Bebé ya no habla, ya no mira, ya no se queja, ya no tose; ¡ya está muerto!

Dos niños pasan riendo y cantando por la calle:

- ¡Mi Año Nuevo! ¡Mi Año Nuevo!

MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA

domingo, 19 de diciembre de 2010

El tenedor de libros

Sentado delante de una mesa sobrecargada con grandes libros, vuelto de espaldas a la chimenea, y con medias mangas de lustrina, que le suben hasta el codo, se haya trabajando Santiago Ferlac: máquina fatalmente destinado a estampar nombre y cifras, desde la mañana hasta la noche.

Un año hace que lleva los libros de la casa Durand, percibiendo como sueldo, ciento veinticinco francos mensuales. Mezquina es la cantidad, tanto más que Santiago Ferlac tiene una hija que educar. ¡Y cuántas privaciones deberá imponerse para que ella no carezca de lo más indispensable!

En el reloj del escritorio suenan lentamente seis campanadas. Es la hora de libertad para Santiago, que se levanta y se restriega los ojos fatigados por la luz de gas, tira de las sobremangas que guarda cuidadosamente dentro de un cajón, pónese gabán y sombrero; y apoyando la mano sobre el botón del cristal, abre la puerta que le separa del almacén, el cuál es grande, espacioso.

Dependientes van y vienen de derecha a izquierda, y por todos lados: unos leen periódicos; otros, bostezando, forman gallitos de papel, que van alineando por orden de tamaño sobre un banco.

De repente, todo vuelve al orden: en un abrir y cerrar de ojos, periódicos y gallitos de papel, que van alineando por orden de tamaño sobre un banco.

De repente, todo vuelve al orden: en abrir y cerrar de ojos, periódicos y gallitos han desaparecido, los laboriosos dependientes arreglan y acomodan las piezas de tela, que, esparcidas aquí y allá, se habían extendido, durante el día, para la venta.

Más…. ¿de donde proviene tan brusco cambio? Simplemente de que se ha oído a alguien, que sube la escalera, sonarse con estrépito. Y ese alguien, los dependientes lo saben muy bien, no puede ser sino su patrón, el señor Durand, que con el acostumbrado trompetazo, les anuncia su llegada.

Ha entrado el señor Durand, que es un hombre alto y seco, de mirada de águila.

Lanza luego, en torno suyo, una rápida ojeada de investigación, y encontrándose con Santiago, que tímidamente le da vueltas al sombrero entre dos dedos:

- ¡Hola! ¿Qué tal va la contabilidad?… le pregunta.

- Pues… bien, señor… - contesta apenas el aludido, sigue allí inmóvil, vacilando, porque tiene algo que decir y no se atreve.

Al fin, armándose de todo su valor:

- Señor… - empieza, tan quedo, como si fuera a confesar un crimen… no soy rico, usted lo sabe… ¿Tendría inconveniente en facilitarme alguna cosa a cuenta de mi mes?

El patrón, de pronto, arruga el entrecejo; pero como en el fondo es un buen hombre, al observar el aire contristado de Santiago, responde:

- No acostumbro hacer anticipos, usted lo sabe; pero, en fin, comprendo; mañana es Noche Buena, y usted necesitará fondos. Vamos, pase a la caja para que le ministren a cuenta de su mes, unos cincuenta francos; el resto de su mensualidad se le completará el día 31.

Santiago, entre mil demostraciones de agradecimiento, se adelanta hacia el ventanillo, donde le prestan en filas tres monedas de oro, las cuáles han recogido y deslizado con precaución en su viejo portamonedas. Sale por fin del almacén, saludando al patrón primero, y luego a los dependientes, sin advertir, según parece, las sonrisas irónicas que estos últimos le dirigen.

Al llegar a la calle, un frío penetrante le sacude. Súmese entonces hasta las orejas el cuello del gabán, húndese el sombrero en la cabeza, y con las manos en los bolsillos, oprimiendo cariñosamente el dicho portamonedas, se aleja a grandes pasos y lanza, de cuando en cuando, una mirada a los curiosos objetos que los aparadores están exhibiendo.

Los juguetes le atraen; uno, sobre todo. Es un escaparate inundado de luz, donde los juguetes de diversas clases se hallan reunidos en abigarrada confusión, una muñeca, blonda y rizada, con grandes ojos de esmalte, sonríe, tendiendo hacia el sus manos llenas de hojiyos.

Una alucinación le perturba. ¡Si, no cabe duda, esa muñeca se parece a su Gabriela!

Entonces se olvida de que es pobre, vehementísimos deseos le acometen de comprar aquella muñeca para ofrecérsela a su niña.

- ¡Ah… pero debe costar caro! – se dice.

Y continúa allí parado, indeciso, preguntándose si entrará ó no.

En eso, la dueña del almacén aparece en el umbral de la puerta. Es una señora ya de edad y de figura respetable y simpática.

Santiago avanza señalando con cierta cortedad a la muñeca. - ¿Podría usted, señora, informarme del precio de este juguete? – Para usted, caballero, voy a enseñárselo.

Santiago penetra en el almacén tras de la propietaria, que abre el aparador, y tomando a la preciosa rubia, consulta una etiqueta que pende de uno de los dedos.

- Veinte francos, - dice.

Pero como el semblante del modesto caballero expresa la sorpresa, la interrogada creyó conveniente añadir:

- ¡No es cara! ¡Vea usted que linda! Mueve la cabeza, cierra los ojos… Y al decir esto, se la acuesta en los brazos, para que muestre a Santiago sus párpados cerrados.

El la contempla y se figura ver a su hija dormida.

Desesperado toca, oprime el portamonedas.

- ¡No puedo, - dice al fin – no puedo, es muy cara!

Y su semblante denuncia tal dolor, que la buena señora conmovida, le pregunta:

- ¿Era para su hija de usted?

- Si, señora; y por desgracia no soy rico. Tenedor de libros en una sola casa, dispongo del tiempo necesario para trabajar en otras; y las he buscado, pero, con tan mala fortuna, que hasta hora no he podido encontrar... ¡Es bien poco los que gano! Y luego, a fin de que a la niña no le falta nada, hace mucho tiempo que llevo esta misma levita, aunque las gentes rían al verme pasar, porque eso no me preocupa. Una sola caricia suya me basta para olvidar todas esas pequeñas miserias. Con tal de que ella sea feliz, yo también lo soy. Mañana es la Noche Buena, a ella le encantan los juguetes. Oh! si, sus ojos le revelan claramente cuando salimos a paseo; nada dice la remonísima… porque es tan razonable… con sus ocho años. ¡Si usted viera lo bien que se da cuenta de nuestra situación…! Al pasar por aquí, y ver esta muñeca que tanto se le parece, he sentido así, de pronto, no se porque, el vivo deseo de comprarla. Ahora, si usted pudiera rebajar algo del precio que me ha pedido, yo señora… al cabo, la compraría, porque no quiero haber molestado a usted inútilmente.

La señora enternecida escuchaba:

- Tómela usted – acabó por decirle, con voz segura; - se la dejaré al precio de costo, doce francos; pero no lo diga a nadie.

Y sin esperar respuesta, continuó:

Además, todo podrá arreglarse bien, usted, según me ha informado, es tenedor de libros, y yo, precisamente, deseaba uno. Hasta ahora yo misma me ocupaba de los papeles de la casa, pero como voy haciéndome vieja, tengo necesidad de alguien para labores. Venga usted, pues, a desempeñarlas, tan pronto como pueda, y tráigame a su hijita: yo adoro a los niños, por consiguiente, tendré un verdadero placer en conocerla… ¡Ah! Olvidaba decirle a usted que le pagaré ciento cincuenta francos al mes.

- ¡Ciento cincuenta francos! – repetía gozoso Ferlac.

- ¡Dios mío! ¡Eso junto con lo que gano ya, la riqueza!... ¡Oh, señora, que buena, cuan buena es usted! Y Santiago Ferlac rompió a llorar como un niño.

Entre tanto, el almacén se llenaba de gente, y el partió llevándose a su muñueca.

Momentos después sintiéndose verdaderamente feliz, llegaba a su casa.

Al entrar, una niña encantadora, de ocho años, corrió al encuentro, abrazándole y besándole cariñosamente.

- ¿Por qué vuelves tan tarde?

Más como desde luego fijara con seriedad sus grandes ojos en el paquete que traía su padre, éste le dijo sonriente:

- ¡Mira, mi Gabriela, mira lo que el niño Dios me ha enviado para ti!

Ella desenvolvió el paquete: acostada dentro de una caja forrada de seda, apareció la muñeca.

Y no pudo más, pero en sus ojos brilló una perla, una lágrima.

- ¡Ah padre! – exclamó.

Verdad era, pues, aquella niña comprendía.

A poco, rodeando con sus brazos el cuello de Santiago, y entre inflexiones de voz, a cuál más tiernas:

- ¡Cuánto me quieres! – dijo… -Pero yo también te quiero mucho, ¿eh? ¡mucho!

Estático ante la inmensa alegría de su hija, Santiago Ferlac olvidaba todo. De súbito se acordó:

- Oye Gabriela, vamos a ser ricos.

Y sentándose y poniéndola sobre sus rodillas, le contó lo bueno que había sido para con ellos el Niño Dios.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Investigaciones hechas al manto de la virgen de Guadalupe

Estrellas, estrellas y más estrellas

Si observamos este manto detenidamente, nos podremos percatar de que las estrellas plasmadas, están representadas con mucha fidelidad, tanto que el cielo del solsticio de invierno de 1531 que tuviera lugar a las 10:40 un martes 12 de diciembre, hora de la cuidad de México. En la imagen se hayan representadas todas las constelaciones, que se pueden apreciar a la hora en que sale el sol, y el momento justo en que Juan Diego enseñase su tilma al obispo Fray Juan de Zumárraga.

Ahora analicemos detenidamente el manto de la Virgen, el cuál detrás de una aparente simpleza, encierra muchas cosas que apenas hoy en día con la ayuda de la tecnología se están descubriendo:

Si nos vamos a la parte derecha del manto podremos encontrar las principales constelaciones del cielo del Norte y en el lado izquierdo las del lado Sur, las cuáles son visibles en la madrugada de invierno desde el Tepeyac; el Este se ubica en la parte superior y el Oeste el parte inferior. Pero como el manto se encuentra abierto, todavía podemos encontrar otro conjunto de estrellas que no se señalan en la imagen, pero si están en el cielo. La Corona Boreal se encuentra en la cabeza de la Virgen, Virgo en su pecho a la altura de las manos, Leo en su vientre sobre el signo del Nahui Ollin (Sol en Movimiento), con su astro principal llamado Régulo el pequeño rey, Géminis se ubica a la altura de las rodillas y Orión en donde está el ángel. Como pudiste leer anteriormente, en el manto de la Morenita se pueden identificar todas las principales estrellas de invierno, todas ellas en el lugar donde deben de estar, solo con un margen de error ínfimo.

La proporción dorada

La proporción dorada, el aurea ó divina, son aquellas medidas que guarda el cuerpo humano, las cuáles se encuentran formadas por un cuadrado al que se le agrega un rectángulo, para de este modo formar un espacio donde el lado menor corresponde al mayor en una relación de 1 a 1.6181; a este se le denomina número áureo.

Tomando los estudios y minuciosos análisis hechos a la imagen de la Virgen, se pude decir que es de una belleza extraordinaria. De acuerdo con Alberti, una pintura deben observarse todos sus aspectos generales como el color, posición, la línea y composición; esta última se define como la unión armónica de las partes para formar un todo, constituyendo así una unidad en la diversidad de los objetos.

La proporción dorada la podemos hallar en todas las manifestaciones de índole artística; desde Egipto, Grecia y Mesopotamia, hasta la época actual. Ha sido estudiado por Euclides, Pitágoras y Vitrubio; en el Renacimiento lo hicieron Uccello, De la Francesca, Paccioli y Alberti. Miguel Ángel, Rafael, Leonardo Da Vinci y Durero la empleaban cosntantemente y aún hoy en día algunos lo hacen, como Mondrian. También se emplea en lo que es la escultura y la arquitectura, desde Ictinos en el Partenón, hasta Le Corbusier; estas proporciones se encuentran en las diferentes partes del cuerpo humano y de animales.

Viviendo a la Tilma de Juan Diego, podemos decir que la identificación de la Proporción Dorada es evidente en la Virgen de Guadalupe; ella le confiere una belleza especial y al coincidir en su desarrollo, con todos los elementos de la figura, refuerza su esencia e integridad, y con esto refuta de manera contundente, la extraña idea de que se le han hecho añadidos; también es un importante argumento a nivel estético de la imagen, que no se le puede añadir ni quitar de su lugar ningún elemento sin deteriorar su belleza.