domingo, 18 de noviembre de 2012

El Caporal (Leyenda de Puebla)


En la hermosa ciudad de Puebla, se cuenta que existía una hacienda muy famosa y reconocida en todos los alrededores, cuyo propietario era un hombre malvado y cruel, ya que para malos tratos con sus trabajadores no se tocaba el corazón. Todos los días, a primera hora de la mañana, don Manuel Romero recorría caballo su hacienda para observar cómo trabajaban sus peones.
Un buen día, llegó a aquellos lugares un muchacho en busca de trabajo, joven y fuerte aun; don Manuel al ver que tenía un físico para aguantar el trabajo duro, lo contrató pensando que este hombre sería por demás muy eficiente. Pablo, pero en nombre del muchacho, cumplirá su deber a la perfección, pero aun así no dejaba de indignarle la mala situación en que se encontraban los trabajadores del hacienda, le parece injusto que personas que daban su mejor esfuerzo no recibiera un sueldo acorde con su labor, y que prácticamente no obtuviera beneficio alguno. La paga era tan pobre que los peones vivían con muchas carencias, y lo poco que ganaban sólo podían gastarlo en las tiendas de raya, lugares dedicados exclusivamente a venderles a los campesinos. Los trabajadores de la hacienda al descubrir que aquellos productos se les vendían a precio de oro y que en otros lados eran mucho más baratos, se inconformaron aun más con sus patrones; además los lugares donde habitaban y trabajaban, eran insalubres y ni siquiera contaban con un médico, el muchacho observaba las pésimas condiciones de trabajo, y eso lo hacía enojar mucho, pero lo que más le podía era el hambre que padecía la gente.
Cierto día, Pablo decidió entrar a la tienda de raya y robar algunos panes para dárselos a la familia más pobre del lugar, y aunque sus intenciones fueron buenas, el rumor no dejó de llegar a oídos del dueño de la hacienda, que lo consideró una traición por parte de su empleado. Don Manuel Diego inmediatamente la choza de los campesinos, en donde encontró los panes, y con toda su furia lo aventó contra la pared, acto seguido tomó del brazo al padre de la familia y le exigió que le dijera quién le había dado los panes, sin embargo el hombre asustado no se atrevía a denunciar a su benefactor y no soltó ni una palabra; encolerizado en su patrón, lo arroja contra la pared para hacerlo confesar, después le da una golpiza, y sin sacarle palabra alguna, su víctima cae al piso sin vida.
En ese momento llega Pablo, quién le dice con voz fuerte y decidida que él había sido el ladrón de los panes, la primera reacción del patrón fue golpearlo, cosa que hizo de una forma brutal; luego lo mando amarrar para aplicar el castigo que había considerado más conveniente para el muchacho; juzgó que un desacato de tal magnitud ponía en riesgo el orden de su hacienda, por lo que debía de castigar de manera ejemplar al jovenzuelo, por lo que una vez que lo tuvo bien atado, saco un machete afilado y de un golpe le cercenó la mano, el pobre Pablo emitió los terribles gritos que se pudieron oír hasta los lugares más recónditos del sitio. Para no despertar sospechas, don Manuel les dijo a los trabajadores que habían corrido al muchacho del hacienda, pero lo que realmente pasó es que lo habían llevado a un llano lejano, en donde fue asesinado; así el cuerpo quedó enterrado en aquel lugar y su mano perdida en la hacienda.
Transcurrieron seis años después de aquellos cruentos hechos, sucedió que un día don Manuel abrió uno de los cajones de su escritorio, observando con terror y sorpresa como una mano salía disparada de ahí; en un arranque de histeria, y por miedo a que se pudiera escapar, el patrón ordenó a los trabajadores que encerraran aquella parte del cuerpo en una caja de madera completamente sellada con candados y cadenas. Este incidente dejó muy mal a don Manuel, su palidez y preocupación no delataban; desde aquel día le era casi imposible conciliar el sueño, y cuando lo lograba, las pesadillas atormentaban para despertarlo una y otra vez. Esto comenzó ocurrirle todas las noches desde el hallazgo de la mano, y siguió hasta el último día de su vida,
Para todos era muy extraño que don Manuel no hubiera salido montado en su caballo a observar a los trabajadores, por tal motivo comenzaron a sospechar que algo andaba mal; además de que un olor pestilente, de putrefacto, salía de la casa, por lo que se atrevieron a ingresar en ella, ya que tampoco habían percibido ruido alguno. Tres días habían pasado sin saber nada del patrón, hasta que un grupo de trabajadores decidieron investigar y cuál no fue su sorpresa al encontrarlo muerto en su cama con marcas de estrangulamientos en su cuello, y con una mano cercenado a su lado. La gente lo atribuyó a que fue una venganza por la cruel muerte de Pablo, aquel muchacho valiente que se atreviera a enfrentar al patrón el retablo por las injusticias cometidas contra todos sus trabajadores.

Coplas populares de la Revolución Constitucionalista

Deja de arar campesino

Deja de arar campesino,
echa los bueyes al monte,
quema el arado de palo
y quedas igual de pobre.

Ya no asegundes la milpa
ni cultives la esperanza,
que de todos los elotes
a ti no te toca nada.

Campesino, campesino,
ya se va a venir la pizca,
mejor entierra la hoz
para no cortar la milpa.

Ya no hagas tú la cosecha
para que suba el patrón,
la tierra es para los hombres
como para el mundo del sol.

Ay, que malo es el patrón

Ay, qué malo es el patrón,
tiene el alma sanguinaria,
pues cree que somos nosotros
como cualquier maquinaria.

Nos echa tantito aceite
y nos pone a trabajar
y no sabe que nosotros
también queremos gozar.

El cree que con la comida
ya nos quedamos contentos
y que no nos damos cuenta
que estamos sudando pesos.

Y cuando no se faltamos
de tantas explotaciones
y reclamamos derechos,
dicen que somos ladrones.

Ay, qué cruel es del patrón
para los trabajadores,
más ya le demostraremos
lo que podemos los pobres.

Nos roban a nuestras hijas,
la echan a la desgracia
y les niegan a sus hijos
cuando se viene la crianza.

Si la muchacha es bonita
la agarra el patrón para él
y luego que ya le enfada
nomás la avienta al burdel.

Y tantas barbaridades
no piensan que uno las siente,
¡anden ricos desgraciados,
ya probarán mi machete!

Compañeros, a la lucha,
ya es tiempo de combatir,
vamos a ver de cual leño
más rajas pueden salir.



jueves, 15 de noviembre de 2012

La leyenda de la Llorona (Parte 2)

Una de las leyendas más populares de nuestro México, y que ha roto las barreras del tiempo, es sin duda alguna, la Llorona; de la que se deprendieron muchas versiones con el paso de los siglos, y dependiendo también la región de que se tratara. En la segunda parte de este video, podremos ver sobre la trama de este leyenda, y como fue una importante fuente de inspiración para algunos filmes cinematográficos.

domingo, 11 de noviembre de 2012

México en 1906: Tacuba, Santa Clara y San Andrés


Nuestra ciudad cambia y evoluciona constantemente todos los días, un día vemos un edifico, y al otro día ya no está o ha cambiado su uso. Pero ahora vamos a regresar un siglo en el tiempo para ver cómo era la ciudad en el año de 1906, época en que don Porfirio Díaz era presidente.  Toda la información que aquí podrás leer, fue extraída del libro “Ciudad de México. Breve guía Ilustrada”, editada en el año de 1906.
¿Sabías que en aquel año la ciudad contaba con solamente 400,000 habitantes?
La antigua calzada de Tlacopan comunicaba  a la ciudad por el Oeste, con el histórico pueblo de ese nombre, hoy Tacuba. Hoy la calzada está convertida en avenida de gran tráfico, que empieza desde Empedradillo, al costado poniente de la Catedral, y concluye en la esquina de las calles de Manrique y San José el Real. Siguiendo hacia el citado rumbo Poniente, se hallan diversos puntos y edificios notables que se irán mencionando más adelante.
La calle de Santa Clara, continuación occidental de la de Tacuba, lleva este nombre por el convento de monjas clarisas que a la fecha casi ha desaparecido por construirse sobre sus cimientos casas particulares, quedando únicamente en pie la iglesia de una sola nave y sin detalles notables. En el lugar donde estuvo dicho convento, años más tarde fue construido para el centenario de la Independencia el Palacio de Bellas Artes.

Escuela Nacional de Ingenieros
Adelante, en la calle de San Andrés, se levanta el espléndido edificio de la Escuela Nacional de Ingenieros, antiguo Colegio de Minería, de arquitectura suntuosa, obra del distinguido arquitecto español don Manuel Tolsá, el mismo artífice que proyectó y vació de un solo lance la Estatua Ecuestre de Carlos IV.
En esta escuela se cursan las carreras de Ensayador Beneficiador de Metales, de Ingeniero Topógrafo, Electricista, Industrial, Civil, de Minas, Geógrafo, etc.; cuenta con magníficos laboratorios y gabinetes, con ricas colecciones de mineralogía y paleontología, ente las cuales destaca la de piedras meteóricas instaladas en el vestíbulo y al pie de la escalera del edificio.
En la esquina de este mismo Palacio que da hacia el callejón de Betlemitas, así denominado por otro viejo convento, se encuentra el Ministerio de Fomento, Colonización e Industria, y en el propio callejón, en edificio muy moderno, se hallan instalados los talleres tipográficos de dicho Ministerio; la Comisión de Parasitología Agrícola, sumamente útil por sus trabajos prácticos y muy bien dotada; la Oficina de Patentes de Investigación y Marcas de Fábrica, y la Oficina de Pesas y Medidas. El Sistema Métrico Decimal, es obligatorio y el único legal en toda la República, según ley de 6 de junio de 1905.


El Nuevo Correo
Al costado Poniente de Minería se encontraba la fábrica colonial del Ex hospital de Terceros que fue derribado para edificar en su lugar el Nuevo Correo, de aspecto grandioso y original arquitectura, proyectado por el artista italiano Adamo Boari. Este edificio está terminado, pero aún no se inaugura. El Presidente de la República colocó solemnemente la primera piedra. Forma esquina con  la antigua calle de Santa Isabel que, al reconstruirse Tenochtitlán, como Capital de Nueva España, formó el límite Poniente de la llamada traza; de suerte que quedaba a orillas de la Capital, y hoy se encuentra sensiblemente colocado en el centro topográfico de ésta.   

El Nuevo Teatro Nacional
En terrenos del que fue convento de monjas de Santa Isabel, de la iglesia de este nombre, por el Puente de San Francisco y Mirador de la Alameda, se labran los cimientos  del que será suntuoso Teatro Nacional, en sustitución del que existió en la calle de Vergara, y que fue destruido para prolongar la Avenida del Cinco de Mayo hasta este sitio. El proyecto es del arquitecto Adamo Boari. La estructura de acero está armándose ya; y el Coliseo levantará su mole de mármol dando frente al Puente de San Francisco, enteramente aislado entre el Nuevo Correo y el parque de la Alameda.
La calle de Santa Isabel conduce: hacia el Norte, al Teatro Circo Orrín, y al Sur, a San Francisco, San Juan de Letrán, Independencia, etc.


domingo, 4 de noviembre de 2012

Misa macabra en el panteón de Saucito (Sucedió en San Luis Potosí)


De las ciudades de más sabor colonial, en América destaca San Luis Potosí; y al igual que la antigua capital de la Nueva España, es pródiga en leyendas y sucedidos. Macabra es esta leyenda potosina, que nos habla de misa oficiada y presenciada por espectros, teniendo como escenario el conocido cementerio de El Saucito.
Aún hay gentes en San Luis que recuerdan la cadena de hechos sobrenaturales que rodean este sucedido, y esto nos da pauta para iniciar el relato. La escena macabra mencionada, al parecer la vio  por penúltima vez en 1909 consuelo Meléndez viuda de Hinojosa; se sabe que alguien más la presenció, pero no vivió para contarlo. Con los ojos desorbitados por el miedo y sintiéndose desfallecer, la señora Meléndez logra llegar al centro de la ciudad y llamar desaforadamente ante la puerta de la casa del señor cura Antonio Cabañas; lo inoportuno de la hora y el estado de cosas de la época, hace que el cura tome tiempo y precauciones antes de abrir, al ingresar a la vivienda la mujer, le contó al religioso las macabras apariciones que había presenciado hace unos momentos. Curiosa la señora le pregunta de dónde surgieron los espectros, el cura  le contesta que estos sucedidos se remontan a la época de la Colonia, y decide contarle el origen de aquellas misas. Sentémonos y escuchemos ahora el relato del señor cura.
Este sucedido comienza en la entonces capital de Nueva España. Estamos en el segundo tercio del siglo XVI; de España había llegado en un maduro caballero llamado don Rodrigo de Quevedo y Coronado, con una cédula real que ordenaba se le debiese la mejor encomienda. el virreinato trataba de un millar a los descendientes de Cortés y por eso la encomienda que correspondía a Martín Cortés, se le dio a don Rodrigo. al caballero le parecía poco y creyéndose el mismo rey de España, exigía más y más; así era él, inconforme, y cada vez que alguien le preguntaba acerca de la encomienda, lo único que hacía era quejarse de todo el tiempo, acusando a sus esclavos del ladrones, patanes y haraganes.
Las condiciones en que trabajaban los indígenas en la encomienda de don Rodrigo, eran miserables e inhumanas, todo esto por su afán de enriquecerse  más rápidamente como lo había prometido al rey de España; y cada vez que el capataz le rendía cuentas del producto de su encomienda, estallaba el cólera, recortando cada vez más los gastos y matando de hambre a los esclavos. Los  pobres infelices en esas condiciones caían agotados sobre los surcos; y en esos momentos aparece la siniestra figura de don Rodrigo tiene hecho una fiera, descarga una tanda de latigazos sobre aquellos inocentes; una y otra vez cae el látigo sobre las espaldas desnudas y las flácidas de aquellos infelices, hasta que el capataz decide intervenir para decirle que lo único que está azotando son cadáveres, pues aquellos hombres ya habían muerto de hambre y agotamiento.
Tantos desmanes cometió don Rodrigo, tantas injusticias y muertes, que el virrey decidió intervenir para terminar aquello, para lo que manda llamar a Palacio al ilustre conde de Montalbán, a quien le dio tan delicada misión; ambos estuvieron cambiando impresiones, y entre la plática comentaron que era necesario dotar de tierras a un descendiente de Alvarado. Sin pérdida de tiempo el conde va a casa de un don Rodrigo y habla con él, explicándole que por fin el rey le había concedido el tan anhelado potosí que tanto había deseado; sin pensarlo dos veces aceptó y hechos todos los preparativos se encamina a buscar sus anheladas tierras. Semanas después llega al valle en donde hoy se levanta la hermosa ciudad es San Luis Potosí, viendo don Rodrigo que aquellas llanuras inhóspitas de las que ha sido nombrado dueño y señor, no son las tierras veraces que soñara, pero pidiendo información se dio cuenta que el verdadero tesoro se encontraba tierra abajo: ¡yacimientos de oro y plata!
Tiempo más tarde, como una atalaya que vigilaba adusta que el feudo interminable, le fue construida al caballero una casona de buena fábrica; desde ahí salían diariamente en busca del ansiado potosí grupos de indios mandados por un español. Bajo condiciones terribles recorrían grandes distancias, en busca del mineral que ansiaba don Rodrigo; los indios aquella comarca buscaban también riqueza empleando el método de sus ancestros, que consistía en tirarse de barriga hacia dónde sale el sol, buscando entonces un vapor que debía escapar de la tierra. Cuando descubrían ese vapor casi imperceptible corrían hacia allá sin perderlo de vista, y excavaban con manos rápidas y deseosas, como si temieran que la riqueza mágica se les fuese escapar. En efecto, varias piedras de colores con que los antiguos indios fabricaban collares y adornos, brillaban al sol en las manos de los indígenas; presa de emoción, pensando en servir a su amo y ser recompensado, el español las llevó ante él aquellas piedras brillantes, pero se le cayeron las salas del corazón cuando el señor le dijo que sólo eran guijarros que no servían para nada. Conforme pasaban los días, don Rodrigo enloquecía pensando en oro, pues sus nuevos dominios casi no producían, ya que la gente la dedicaba buscar afanosamente el mineral amarillo; con el crecimiento de la ambición del caballero, igualmente la población iba en aumento, ya ella llegaron un día dos hermanos expertos gambusinos. Eran los hermanos Juan y Pablo de la Rosa, recién llegados de España en busca de fortuna, y ambos naturalmente encontraron acomodo con el hombre a quien la ambición de oro consumía; buscaron y rebuscaron un indicio del valioso metal, pero no había indicios de éste por ningún lado. Después los dos hermanos se enteraron de que los indios, arcano se extraía mineral de un antiguo socavón y deciden experimentara, pero transcurrieron los meses y los hermanos finalmente admiten su fracaso ante su tirano patrón; el español fija su mirada llena de odio y de locura en el canal que corre cerca del túnel de la mina y entonces se le ocurren una idea monstruosa: le ordena a los hermanos que ingresen a la mina y que miran cuantas varas habían excavado, ellos penetran al interior en donde hay más de 200 indios; tan pronto como han enterrado, don Rodrigo ordena a dos de sus más serviles capataces que desvíen el canal hacia la mina, y bajo la amenaza de su patrón, desvían el agua que comienza a correr a raudales al interior de la mina. En el interior las escenas de muerte y desesperación son horrorosas: gritos, ingresos y hayes lastimeros. Después del acto tan criminal, durante varios días el hombre codicioso no sale de su casona, después se debe vagar enloquecido por el valle exigiendo oro.
Conforme pasan los días, los remordimientos empiezan a clavarse en el alma seca y dura de don Rodrigo, el castigo del Señor no se deja esperar y empieza a ver aterradoras visiones; tanto crimen, tanto mal lo está pagando el soberbio señor con noches y días plagados de imágenes terribles que empiezan a hacer que pierda la razón. Cuenta la leyenda que una noche se le aparece un rey, mas no el de España, si no San Luis rey santo patrono de San Luis, entonces el reaparecido le muestra un impresionante procesión fantasmal y lo incrimina, acto seguido don Rodrigo clama, implora y ruega por que algún día el perdón le  sea otorgado. Lo que sucedió aquella noche en el alma de don Rodrigo, se vuelve conjeturas; al día siguiente se le vio vagar por las calles del poblado, y a cuanto menesteroso encontraba a su paso, fuera indígena o hispano, le llenaba las manos de oro.
Los españoles que llegaban para radicar en lo que sería San Luis Potosí, lo veían asombrados y extrañados cuando les detenía para rogarles les perdonara sus ofensas; en cuanto a leprosos y llagados que causaban repulsión de todos, don Rodrigo parecía buscarlos, no dudaba en desgarrar sus finas ropas y con ellas vendar las llagas putrefactas y espantosas. Y sucedió que un día llegó por estos lares, la dulce figura de un fraile franciscano misionero, llamado fray Benedicto de Guzmán, que de tan bueno tenía fama de Santo, y fue hasta este don Rodrigo para implorarle el perdón de sus pecados; le besa su saya polvosa t desgarrara, y besa sus pies con lobo de todos los caminos, después el fraile le impone 12 penitencias y que su confesor oficie una misa de cuerpo presente, cuando Dios le llamara al pecador a rendir cuentas.
Pero todavía tuvieron que transcurrir 24 largos años, antes de que don Rodrigo muriese. Entonces doña Soledad García Coronado, familiar del difunto, presenció la apertura del testamento del muerto, puesto mucho antes en manos del notario; en dicho documento tendría como última voluntad que  ciertas personas estuvieran presentes en su misa, el problema es que los hay nombrados ya estaban muertos. Con el fin de dar cumplimiento al testamento, doña Soledad viene a la capital, en donde habla con una hija de Juan de la Rosa para pedirle que asistiera a dicha misa, pero la muchacha se negó rotundamente; el segundo paso de la dama fue ir en busca del padre Ledesma, y se llevó la sorpresa de que había fallecido; después acude con el heredero del conde de Montalbán sin éxito alguno. La mujer regresa a su casa de San Luis, en donde rezagando cuenta a Dios de que hizo todo lo posible para que la misa se llevara a cabo.
Pero la voluntad de Dios es inmanente; tres años después, cuando doña soledad rezaba un rosario por el sufragio de don Rodrigo muerto tres años atrás, algo sucede: se escuchan cantos funerarios por la calle y como si la llamaran, se ve impulsada a asomarse a la ventana, y ante sus ojos aparece un cortejo fúnebre, y extrañamente aquellas personas se le hacían conocidas. Desde ese momento ya no tiene voluntad doña Soledad, y como si extrañas voces le ordenaran, se lanza en pos del cortejo; caminar deprisa pero no logra darles alcance, pero aún así les ve entrar al panteón de El Saucito, a la luz de la luna la mujer ve que se celebra una misa de difuntos, con cuerpo presente; da vuelta por entre unas tumbas para ver quién es aquella gente, y al verles el rostro descubre que son seres de ultratumba, no obstante los reconoce. Doña soledad no puede resistir aquello y se aleja con el corazón dándole tumbos, al llegar a su casa cae de rodillas y da gracias al cielo porque al fin don Rodrigo había obtenido el perdón que tanto había implorado en vida.
¿Morar en paz? ¡Eso fue lo que creyó! Mas lo sucedido a otras ramas prueban lo contrario. Veamos cómo termina el relato del sucedido del cura a la asustada dama potosina en 1909. El religioso le dice a la mujer, que Dios dispuso que aquella misa se celebre cada 100 años, y el total de estas deben sumar siete, entonces faltarían tres misas más. Faltan... faltan, pero se cree que esos hechos sobrenaturales se han repetido sin que hayan transcurrido los años necesarios. ¿Por qué? Eso sólo lo sabe el señor. Lo cierto es que en 1939 un panadero encontró muerta una mujer a las puertas del panteón de El Saucito. ¿Acaso presenció la misa macabra? ¡Y eso no es todo! En los años 60 un chofer de taxi llevó a una mujer hasta las puertas del panteón, y cuando éste trató de darle el cambio, con horror se dio cuenta de que su pasajera era un ser de ultratumba. ¿Misa es ahora, y en un panteón? No cabe duda alguna, es el fantasma iba a asistir a la misa macabra para don Rodrigo. ¿Desean averiguar la verdad? Vayamos pues a San Luis Potosí y esperemos la noche en el panteón de El Saucito... ¡si es que tenemos valor!

jueves, 18 de octubre de 2012

La leyenda de la Llorona (Parte 1)


Una de las leyendas más populares de nuestro México, y que ha roto las barreras del tiempo, es sin duda alguna, la Llorona; de la que se deprendieron muchas versiones con el paso de los siglos, y dependiendo también la región de que se tratara. En la primer parte de este video, podremos ver sobre la trama de este leyenda, y como fue una importante fuente de inspiración para algunos filmes cinematográficos.


domingo, 14 de octubre de 2012

El Paseo del Pendón

La primera disposición para solemnizar la fiesta, se remonta al 31 de julio de 1528; acordando aquel día el Cabildo, que “las fiestas de San Juan y Santiago y San Hipólito, y Nuestra Señora de Agosto se solemnice mucho, y que corran toros, y que jueguen cañas, y que todos cabalguen, los que tovieren bestias, so pena de diez pesos de oro”. El 14 de agosto del mismo año se mandaron librar y pagar cuarenta pesos  y cinco monedas de oro;  estos dineros fueron repartidos a distintos personajes para  la compra de la ornamentación, sedas, alimentos, etc.
Gracias a este acuerdo, se sabe que el Pendón que se sacaba de paseo no era el que había traído Cortés, sino otro que fue hecho nuevamente, en colores rojo y blanco; en este punto todavía no se habla del paseo, pero es de suponerse que  para este se hizo el Pendón. Al siguiente año de 1529, se estableció oficialmente esta festividad, disponiéndolo el Cabildo de la siguiente manera el 11 de agosto: “Los dichos señores ordenaron y mandaron de que aquí adelante todos los años, por honra de la fiesta del Señor de San Hipólito, en cuyo día se ganó esta ciudad, se corran siete toros, y que de ellos se maten dos, y que se den por amor de Dios a los monasterios y hospitales, y que la víspera de la dicha fiesta se saque el Pendón de esta ciudad de la Casa del Cabildo, y que se lleve con toda la gente que pudiere ir a caballo acompañándole hasta la iglesia de San Hipólito, y allí se digan sus víspera solemnes, y se torne a traer dicho Pendón a la dicha Casa del Cabildo, y otro día se torne a llevar el dicho Pendón  en procesión a pie hasta la dicha Iglesia de San Hipólito , y llegada allí toda la gente y dicha su misa mayor, se torne  a traer el dicho Pendón hasta la Casa del Cabildo, a caballo, en el cuál dicha casa del Cabildo esté guardado el dicho Pendón, y no salga de él; y en cada año se elija el nombre de dicho Cabildo a una persona, para que saque el dicho Pendón, así para le dicho día de San Hipólito, como para otra cosa que se ofreciere.”
El día 27 del mismo mes se mandaron “librar y pagar a los trompetas doce pesos de oro, por lo que tañeron y trajeron el día de San Hipólito”. Tal vez por ser el año del estreno de las festividades, los trompetistas fueron largamente recompensados; pero  lo desquitaron al siguiente año, ya que para el 28 de agosto de 1530, el Cabildo ordenó que no se les diese cosa ninguna.
No solo en la Nueva España se celebraba el Paseo del Pendón, pues se tiene registro de que también se llevaba a cabo en otras ciudades de la Indias, especialmente el Lima el día de la Epifanía; el orden que debía llevarse durante la celebración, fue siempre materia de varias disposiciones en la Corte, con las cuáles se crearía una de las leyes de Indias. Según documentos antiguos, en México se estilaba de la siguiente manera:
La fiesta comenzó a perder su encanto allá por 1651, no importaba que los regidores echaran la casa por la ventana, simplemente ya no era lo de otros tiempos. Para darnos una idea de cómo eran estas celebraciones, vamos a conocer la descripción de fray Diego de Valdés, en la parte IV, capítulo 23, de su Retórica Cristiana, que años después escribiera en Roma en el año de 1578: “En el año de 1521,  un 13 de agosto fue la caída de la gran Tenochtitlán, los españoles para recordar ésta feliz hazaña y su victoria, los ciudadanos comenzaron a festejar llevando en procesión el pendón con el que se había ganado la ciudad; saliendo de la casa de Cabildo y terminaban en el templo de San Hipólito. Aquel día todo era algarabía y celebración de múltiples espectáculos festivos, como las corridas de toros. Toda la nobleza aprovechaba aquel día para lucir sus telas más finas y sus joyas más costosas. En la procesión participaban los personajes más importantes de la época, caminando en estricto orden jerárquico: hasta adelante iba el virrey, después los oidores, regidores y alguaciles; todo ellos acompañados de caballería ostentando carísimas galas, llegan a San Hipólito en donde el arzobispo y el Cabildo loes esperan con los hermosos cantos de los órganos, las trompetas, chirimías, sacabuches y todo género de instrumentos musicales. Acabando esta ceremonia, el virrey y sus acompañantes vuelven a sus residencias y el Pendón es depositado en la Casa de Cabildo.  Al día siguiente vuelven todos los asistentes  a dicha iglesia, donde el arzobispo celebra la misa, ahí se predica el sermón y oración para exhortar al pueblo para dar gracias a Dios, por haberles concedido la victoria a los españoles en donde tanta sangre fue derramada. El Pendón regresa nuevamente a su morada y… ¡la fiesta comienza!
En la víspera y día de San Hipólito se adornaban las plazas y calles desde el Palacio, hasta el templo, yendo por la calle de Tacuba, y por las calles de San Francisco, todo el camino se podía ver lleno de arcos triunfales de ramos y flores, algunos sencillos y otros más con tablados y capiteles con altares e imágenes, capillas de cantores y ministriles. Los vecinos colgaban en las ventanas las más vistosas, ricas y majestuosas colgaduras. Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, ataviados con costosísimos enjaezados; todos los ahí presentes aprovechaban este paseo para presumir a todos los ahí presentes sus mejores y más caras pertenencias.
El recorrido era amenizado por el alegre repique de las campanas de las iglesias, que seguían las de la Catedral; aunque a veces se veía opacado por las lluvias, pues recordemos del mes de octubre es todavía tiempo de aguas; cuando los asistentes sean sorprendidos por este fenómeno natural, se refugiaban los primeros zaguanes que encontraran abiertos hasta que la tormenta hubiese pasado, después continuaban su camino. Apenas se enteró el rey, expidió en el acto una cédula, en la que prohibía que tal cosa se hiciera, sino que a pesar de la lluvia continuase adelante la procesión, y así se cumplió.
Por ser muy grandes los gastos que la fiesta ocasionaba al regimiento encargado de llevar el pendón, la ciudad de ayudaba con tres mil pesos.  Con el paso del tiempo esta conmemoración fue perdiendo su encanto, y por tal motivo en el año de 1745 el virrey, por orden de la corte, hubo de imponer una multa de quinientos pesos a todo caballero que siendo invitado dejase de concurrir sin causa justa. La ceremonia, que en sus inicios fue muy lucida, vino después a ser ridícula, cuando  el paseo se hacía ya en coches y no a caballo, y el Pendón iba asomado por una de las portezuelas del coche del virrey.
Finalmente las Cortes de España decidieron abolirla por decreto el 7 enero 1812, y la fiesta de San Hipólito se redujo a que el virrey, audiencia y autoridades asistieran a la Iglesia como en cualquier otra función ordinaria; está por demás decir que esta última parte cesó con la Independencia.

domingo, 7 de octubre de 2012

Las tres fuentes (Leyenda del Estado de Hidalgo)


Estamos en el año de 1720, año en que se presentaba una de las sequías más severas que jamás se hayan vivido, ya había pasado más de un año sin que se viera gota alguna de agua cayendo del cielo. Como era de esperarse, la gente estaba desesperada porque los depósitos de agua potable ya estaban vacíos y tenían que caminar largas distancias para conseguir un poco del vital líquido.
Los cultivos se estaban secando, pues la poca agua que lograban acarrear no era suficiente para la tierra seca y sedienta. La escasez del líquido y la hambruna comenzaron a imperar en el pueblo; entonces los religiosos establecidos en estas tierras deciden  con desesperación, hacer procesiones pidiendo a la Providencia les concediera el milagro de que vinieran las lluvias para no morir de hambre y sed.
Lo curioso del asunto fue que sin ponerse de acuerdo los frailes para llevar a cabo la procesión, se dio la casualidad de que coincidieran en la plaza principal del centro de la ciudad tres órdenes religiosas, para partir de ese punto hacia lugares diferentes con la misma intención: implorar a Dios que vinieran las lluvias. Cada grupo se encaminó al sitio elegido en donde llevarían a cabo una solemne misa, con los altares improvisados que llevaban para cumplir su objetivo. Una vez que hubieron llegado a su destino comenzaron a levantarlos: uno en donde está la Torre de Independencia, otro en la  que hoy conocemos como esquina de Morelos y Mina, y el tercero en la plazoleta donde desembocaban las calles de Tres Guerras y el callejón de Mosco.
El día seleccionado para tal ritual fue un 10 de noviembre a las nueve de la mañana, cuando los religiosos, los nobles  y el pueblo se reunieron para empezar a recorrer los lugares que incluía la ruta del peregrinaje; las plegarias, ruegos, súplicas, rosarios, cánticos y oraciones fervorosas se podían ver en todos los asistentes a los tres rumbos trazados. Mientras aquellas personas se encontraban  en misa y justo en el momento en que los sacerdotes elevaron las hostias, el cielo comenzó a oscurecerse y a cuajarse de nubarrones, para dar como resultado la milagrosa caída de las ya tan aclamadas lluvias; la gente estaba sorprendida, llena de alegría, la gratitud religiosa invadió todo su ser, y movidos por estos sentimientos comenzaron a elevar oraciones y cánticos de agradecimiento, por la bendición de tener lluvias nuevamente. Un Te Deum colectivo subió desde la ciudad en alabanza a la infinita bondad divina.
En los tres lugares antes mencionados, en donde fue hecha la petición, la gente del pueblo decide mandar construir unos depósitos de agua, los cuáles abastecieron a las poblaciones desde aquel momento. Las tres fuentes fueron bautizadas con los nombres de Fuente de San Miguel, Fuente de los Limones y Fuente de las Tres Coronas, sin que nunca se supiera él porque de estos nombres.