lunes, 27 de abril de 2009

El puente del clérigo (Sucedió en la hoy calle séptima y octava de Allende)


La calle de Allende actualmente es poblada, ruidosa y conflictiva; llena de comercios y una que otra casa vetusta, que por su carcomida fachada, nos recuerda los pasados siglos coloniales. En una de las esquinas de ésta calle pasaba una de las acequias por donde corría agua durante el siglo XVII, y sobre dicha acequia existía un puente que, por el suceso escalofriante que voy a relatarles, se llamó “El Puente del Clérigo”.

Allá por el año 1649 y siendo virrey de la nueva España Don García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra, llegó cierto caballero. Se trataba del rico y noble, joven y apuesto además, Don Duarte de Sarraza, de origen portugués; criado y educado en España, traía cartas reales y se le tenía en mucha estima, pues además de ser dueño de gran fortuna, poseía dos títulos de nobleza; debido a esto, Duarte de Sarraza fue bien recibido y atendido en la corte y por toda la clase palaciega de la Nueva España; el joven portugués era invitado a las fiestas y saraos del Palacio Virreinal y a otras casas señoriales. Su fortuna y apostura despertó el interés de varis damas españolas y criollas, casaderas.

Don Duarte de Sarraza vivía solo en la entonces calle de Medinas (hoy González Obregón) rodeado de sirvientes; de donde salía noche a noche, embozado para no denunciar su identidad, con las armas listas y el talego lleno de oro caminaba por la calle, siempre dispuesto a descubrir cualquier asecho, una amenaza, por callejas oscuras, hasta llegar a una de las casas alegres que entonces existían en la calle de las Gayas (hoy calle de Mesones).

El 19 de septiembre de 1543, se había dado permiso para, instalar la primera mancebía, o casa de “Gayas” (mujer pública); y allí asistía a divertirse y a entregarse al vicio, el portugués Don Duarte de Sarraza; muy pronto los vicios y depravaciones de Sarraza, fueron conocidos por todos los habitantes de la entonces muy pequeña capital, pero al portugués, que tenía influencias ente el virrey, nada le importaba que le vieran en sus actos viles y abyectos, y que siendo un buen espadachín, por cualquier motivo retara a duelo a hombres que no eran de armas tomar y nada jóvenes como el, ni que se tentara el corazón, para dar muerte a un hombre desarmado, solo por una simple sospecha.

Pasaba el tiempo y cierta tarde, durante un sarao en una casa de linaje hispano, Duarte de Sarraza vio a al mujer más hermosa que sus ojos hayan visto; se trataba de Margarita Jauregui, hija de un rico hacendado hispano, muerto años atrás, pero heredera de tierras y fortuna; la joven había quedado al cuidado de su tío, el respetable sacerdote Don Juan de Nava, que era caballero de la orden de Calatrava.

Verla Don Duarte de Sarraza y acercarse a ella fue todo una, pues la abordó al momento presentándose y saludándola muy cortésmente; la dama quedó prendada de la galanura del mancebo. Desde ese día, se vio rondar a Don Duarte de Sarraza por las cercanías del puente que sobre la acequia había y que aún no tenía nombre; había calles sin nombres y un callejón que llamaban del Carrizo, al oriente, solo se veían lotes baldíos, sábese que en una de esas callejas vivía el cura Juan de Nava, que oficiaba en el templo de Santa Catarina, y por ello rondaba por allí el enamorado portugués. Noche a noche se apostaba el embozado Duarte de Sarraza cerca de la calleja y el puente, esperando ver a quien le había sorbido el seso; no había dejado sus vicios y parrandas, porque después de espiar a su amada, volvía a las casas de escándalo y conocidas mancebías.

Presintiendo la presencia de Sarraza, de quien ya Margarita de había enamorado con locura, también se asomaba a la ventana, levantaba un poco los visillos y miraba suspirando hacia las sombras, tratando de ver la silueta fugaz de su adorado. Al fin un día se encontraron en la iglesia y el le ofreció sus dedos mojados en agua bendita, y allí mismo aprovechó el momento, para declararle que la amaba y diciendo algo que no sentía señaló al altar; la dama le correspondió declarándole su amor al caballero. Acto seguido salieron juntos del templo, sin saber que los ojos tristes y severos del padre Juan de Nava los habían descubierto, y que el viejo cura, sabedor de las cosas de la vida, había adivinado en ella un amor puro y en el, el engaño y la mentira; esa noche, al regresar el padre, después de rezar el rosario, decidió hablarle a su sobrina a cerca del mancebo, sus mentiras, traiciones y su vida disipada; Margarita expuso su amor con gran vehemencia y como era costumbre en esa época, le dio una orden que debía cumplir: que se olvidara de Sarraza.

Pero a pesar de todos los obstáculos, ambos estaban empecinados, encaprichados en esos amoríos y aprovechando el que el anciano cura estaba en Santa Catarina diciendo el rosario, ellos se veían, y noche a noche, el empecinado portugués, le repetía su amor por ella y le juraba un aor eterno. Sabiendo que era imposible separar a los enamorados con palabras, el cura fue a ver al virrey para pedirle pudiera prohibir que los enamorados se siguieran viendo; pero esto hizo el efecto contrario y acrecentó las visitas de Duarte al balcón de Margarita.

La noche del 3 de abril de 1649, estaban los dos enamorados conversando, cuando el mancebo vio venir al cura; fingiendo tener ciertos negocios con el virrey, Duarte de Sarraza se despidió de Margarita; malévolo y cobarde, el joven se escondió cerca del puente, para aguardar el paso del cura y sorprenderlo, y así lo hizo, en cuanto lo tuvo cerca, lo atacó con fiereza a puñaladas; una y otra vez el cobarde portugués sepultó su puñal en el cuerpo del desdichado cura Juan de Nava, muerto el sacerdote, el cobarde criminal lo arrastró hasta llevarlo a lo alto del puente. Oscura la noche, negra su conciencia, nadie había como testigo en los alrededores, que pertenecían a la parcialidad de Santiago Tlatelolco, y haciendo gala de su fuerza y juventud, levantó el cadáver del cura Juan de Nava y lo arrojó hacia abajo; su cuerpo cayó a las aguas negras de la acequia, que en esos tiempos eran profundas y su caudal desembocaba en La Laguna (Lagunilla), y ahí permaneció el portugués, hasta que vio que el cuerpo ensangrentado de hundía totalmente.

Desde el día siguiente, estuvo cerrada su casa de la calle de Medinas, dijo a sus criados que comunicaran, a quien viniese a buscarle, que estaba ausente de la capital, y a Margarita Jauregui le envió una esquela, diciéndole que partía a un negocio a Veracruz, que lo iba a retener algún tiempo.

Pasaron las semanas y los meses y, como viera que nadie hablaba de su crimen ni se sabía nada acerca de la muerte del cura, fue a ver a su amada, encontrándola triste e indispuesta y esto aceleró sus malas intenciones, pidiéndole su mano para desposarla, la muchacha confundida dijo que no le podía contestar nada, hasta saber el paradero de su tío; fuera de si el portugués sujetó con furia la blanca mano de la dama, diciéndole que vendría por ella al otro día y sin casamiento de por medio la haría suya; Margarita respondió asustada negándose a hacer tal cosa. Dispuesto a volver al día siguiente y raptar a la joven, el caballero se alejó de la casa maldiciendo, ella tembló de miedo al probando aquella noche, que de verdad, el era un malvado. Entonces ocurrió lo insólito e inexplicable, cuando al día siguiente pasaron por el puente, los primeros madrugadores, se llevaron el susto de su vida, allí sobre el puente, estaba el esqueleto amarillento, lleno de lodo y hierbas, con un puñal calvado, estrangulando al portugués, el cuál estaba muerto; las manos descarnadas del clérigo, lo habían ahorcado desde la noche anterior.

Llenos e terror, empavorecidos, los dos descubridores de aquel macabro espectáculo, corrieron a dar parte a la autoridad; los señores de la justicia, al examinar el puñal que tenía clavado aquel horrible esqueleto, reconocieron a su dueño al ve los escudos de armas gravados en el arma; las autoridades cerraron el caso, diciendo que el portugués había asesinado al cura y éste había regresado para vengarse (por muy descabellado que pareciera, eso era lo que había ocurrido).

Y fue tan cierto este suceso, que años después, la tétrica aparición volvió a verse sobre el puente.

Pasaron los años, con la nueva traza de la cuidad, cambiaron el curso y cegaron las zanjas que por allí corrían; cegada la acequia, no hubo necesidad del puente y desde entonces, la calle, hoy de Allende, se llamó calle “Del Puente del Clérigo”.

jueves, 9 de abril de 2009

La venganza del encadenado (Sucedió en la calle del Empedradillo, hoy Monte de Piedad)


El Empedradillo fue el nombre que recibió esta calle por haber una de las primeras que se empedraron en la capital de la Nueva España, muchas eran residencias de nobles y cortesanos que se levantaban a lo largo de aquella calle, pero destacaba sobre todo la de Don Sebastián Medina del Campo, descendiente de un grande de España; fue en los alrededores de esta mansión, que a fines de 1681 empezaron a suceder ciertos acontecimientos que sobrecogieron de temor a los vecinos del Empedradillo; mucho sorprendía a quienes habían sido testigos de aquellas apariciones y que éstas ocurrieran precisamente en las cercanías de la casa de Don Sebastián; en una ocasión dos caballeros se encontraban cerca la casona de aquel noble, pero se vio interrumpida por un espectro, el cuál se dice, que la persona que se atreva a verlo, incluso el más valiente termina loco; aquellos hombres se esbozaron en sus capas, caminaron calle abajo mientras el espectro misterioso se detenía a las puertas del señor Medina del Campo. Don Sebastián, era en efecto hombre de gran estimación en la corte del virrey Tomás de la Cerda y Aragón, Conde de Paredes, que había subido al poder el 30 de noviembre de 1680. Por esas fechas Don Sebastián le pidió la mano a una hermosa y noble muchacha llamada Doña Soledad de Sarmiento y Osorio, sumamente agradado recibió Don Íñigo de Sarmiento aquella noticia.
La dama no se sentía menos halagada, puesto que Don Sebastián, además de ser uno de los caballeros más ricos de la colonia, era también muy apuesto; y como le había prometido el virrey, se efectuó un sarao anunciando el compromiso, evento al que concurrió lo más granado de la nobleza virreinal, fue en esa ocasión también que Doña Soledad y Don Sebastián se dieron cuenta de que serían muy felices, puesto que se amaban y no solo se casarían por las conveniencias de la corte, saboreando aquellos momentos pasados al lado de su amada regresaba más tarde el caballero a su casa del Empedradillo; pero de repente el cochero detuvo el carruaje a las puertas de la mansión, donde un mendigo cerraba el paso, acto seguido Don Sebastián se dirigió al pordiosero, y con gran asombro se dio cuenta de que era su hermano Felipe pidiéndole limosna; entonces Don Sebastián y su infinita bondad que lo caracterizaba insistió hasta que hizo subir a aquel pordiosero a su carruaje, que al fin pudo entrar en la mansión. Felipe había perdido sus propiedades en juegos de apuestas y de puro milagro había podido escapar de las galeras y se conmovió profundamente por la bondad de su hermano, que lo había recibido tan bien.
Mientras Felipe saciaba su apetito, Don Sebastián le habló de lo feliz que era por su próximo enlace con la señorita de Sarmiento y Osorio, su hermano le dijo que no quería causarle momentos vergonzosos debido a su aspecto y se negó a ser presentado a otras personas, pero el otro de ninguna manera se avergonzaba de el, y tuvo que aceptar lo que le pedía, sin embargo no permitió que se marchara de ahí.
Don Felipe se desempeñó muy bien y Don Sebastián estaba seguro de que su hermano estaba realmente arrepentido por su azarosa existencia pasada, lejos estaba de imaginarse que el joven, siendo como era de mala índole, empezaba a maquinar un diabólico plan: tomar el lugar de su hermano; la confianza de Don Sebastián le había permitido inspeccionar la casa de lado a lado, conocía perfectamente el acceso a las bodegas, y en una ocasión hizo cierto descubrimiento; una puerta secreta que conducía a una oscura galería abovedada a cuyos lados se abrían tétricas mazmorras, Don Felipe recorrió aquel corredor hasta llegar a donde terminaba en una puerta condenada, en ese momento una diabólica sonrisa se dibujó en su rostro y cuando salió de ahí llevaba ya formulado cierto plan.
La boda de Don Sebastián se aproximaba y eso lo tenía distraído y ocupado en otras cosas, casi no se fijaba en los informes que su hermano le daba de sus negocios, y cierta noche decidió llevar a cabo su maquiavélico plan y le dio de beber, con el pretexto de que había que tratar un asunto muy importante; Don Sebastián accedió y a poco los dos hermanos se encontraban libando en abundancia, y Don Felipe acuciaba a su hermano a seguir bebiendo mientras le hablaba de su prometida; absorto en hablar de su dama no advertía que su hermano no bebía tanto como el, así sucedió, Don Sebastián acabó durmiéndose sobre la mesa y Don Felipe se apresuró a levantarlo de ahí; tan bebido estaba Don Sebastián que no se dio cuenta del sitio a que su hermano lo conducía, Don Felipe abrió la puerta que conducía al subterráneo y dejó caer el cuerpo de su hermano en una de las mazmorras, procedió luego a encadenarlo, y sin que Don Sebastián hubiera recobrado el sentido salió de ahí; los criados no se dieron cuenta de la desaparición de su amo, pues Don Felipe tomó su lugar desde esa noche ocupando su propia habitación y ese mismo día fue a conocer a Doña Soledad, los criados obedecieron y a poco se encontraba el señor de Medina del Campo en compañía de la muchacha, sin embrago ella notó algo diferente en su futuro esposo, su comportamiento ya era el de un educado y galante caballero, sino el de alguien vulgar y poco galante y eso lo demuestra, que el joven le dijo que toda duda se le quitaría cuando la tuviera en sus brazos la noche de bodas; aquellas palabras ofendieron el pudor de la dama y ofendida le ordeno la llevara a su casa.
Como los criados seguían intrigados por la ausencia de el que ellos creían Don Felipe, el nuevo amo les dio una explicación aceptable, argumentando que se aburría en la casa y se había ido a recorrer mundo.
Aquella noche, cuando los criados se hubieron retirado, Don Felipe bajó a las mazmorras del subterráneo, Don Sebastián había llegado a un grado de desesperación tal que no le importaba actuar como loco maldiciendo y jurando venganza ante el regocijo de su malvado hermano, aún oyendo los gritos de Don Sebastián, Don Felipe salió de ahí, porque a partir de ese día se dedicó a atormentar despiadadamente a su hermano, llevándoles comida para cerdos, burlándose de el y hablándole de Doña Soledad. Después Don Sebastián ya no protestaba, sufría aquellas humillaciones en silencio, sus ojos brillaban con fulgor extraño al oír todo lo que le decía su hermano, pero ni eso lo hacía pronunciar palabra.
Así llegó el día de la boda de Don Felipe y Doña Soledad, fue una suntuosa ceremonia, se ofreció después un banquete en la misma casa del señor de Medina; la joven miraba a su esposo sintiendo una extraña congoja en el pecho, Don Felipe bebía sin parar y en un momento pidió que se le disculpara un instante; mientras la dama obedecía la indicación de su marido, el se dirigía a la bodega, tambaleándose llegó Don Felipe a la mazmorra en que su hermano estaba prisionero agonizando, pidiendo un sacerdote para ser confesado; pero sin hacer caso de las súplicas de su hermano, Don Felipe dio la vuelta para dejarlo solo de nuevo, la voz de su hermano fue haciéndose más débil hasta que no pudo hablar más y se desplomó sin vida; en ese momento entraba Don Felipe al salón del banquete, donde todos se divertían regocijados, las copas se levantaron y fue cuando sucedió algo espantoso: las puertas se abrieron violentamente y un hombre barbudo y andrajoso apareció en el umbral, Don Felipe retrocedió asustado, reconociendo en aquel hombre a su hermano; el extraño intruso avanzó hacia Don Felipe señalándolo con dedo de fuego, todos se asombraron de su extraña palidez y el sudor sanguíneo que perlaba su frente, algunas damas se desmayaron y mientras los caballeros sentían que los cabellos se les erizaban, aquella horrible aparición lanzando una furiosa mirada a Don Felipe, se desvaneció en el aire. EL perverso hermano no aceptó responder ninguna de las preguntas que le llovieron a continuación.
Aún temblando por el susto Don Felipe llegó a la alcoba donde esperaba Doña Soledad, el acercó su boca a la de ella, pero entonces se empezaron a escuchar unos quejidos lastimeros, Doña Soledad volvió de pronto el rostro a sus espaldas y dejó escapar una alarido al ver aquella aparición horrible, gritando maldiciones a Don Felipe y jurando venganza. Doña Soledad no pudo soportar la impresión y se desplomó desmayada mientras el espectro de Don Sebastián acosaba a su hermano, y exhalando un angustioso, aquella espantable figura desapareció; y a partir de aquel día empezaron las apariciones en la calle del Empedradillo, los que habían tenido la mala suerte de toparse con el lo veían surgir de entre las baldosas de la calle unas cuadras más adelante.
Tras de recorrer las cuadras que separaban el lugar en que se aparecía de la casa de Don Sebastián, aquel espectro se detenía ante las puertas de la mansión, y todos lo veían traspasar la pesada puerta al tiempo que lanzaba un pavoroso alarido. Dentro de la casa nadie tenía ya tranquilidad; Doña Soledad rechazaba la compañía de su marido porque siempre que estaban juntos, aquel horrible fantasma se hacía presente; los sirvientes empezaron a abandonar la casa y llegó el día en que la propia Doña Soledad lo hizo también.
Don Felipe vio desesperado como se quedaba solo y trató de irse también, pero estaba a punto de salir, cuando el fantasma se lo impidió; solo se podría ir cuando fuera al templo de Santo Domingo a pedir la sepultura de su hermano y la absolución de sus pecados. Don Felipe, con tal de irse de ahí juró a su hermano en falso, que iba a cumplir aquella petición; los huecos ojos del espectro brillaron extrañamente y luego su esquelética mano la clavó en el cuello de su hermano, el dolor hizo a Don Felipe perder el sentido, mientras la horrenda aparición se alejaba gimiendo dolorosamente.
Los religiosos de Santo Domingo empezaron a intrigarse por aquellas apariciones que ocurrían muy cerca de donde estaba su convento, entonces, dos de ellos decidieron esperar esa noche a que el prodigio ocurriese; una vez que se tornó todo oscuro, en escalofriante gemido surcó los aires en ese momento, del suelo surgía en ese momento el horrible espectro de Don Sebastián y sin hacer caso de las palabras de los religiosos, que rezaban con febril ansiedad, el espectro prosiguió su camino.
Al día siguiente los frailes comunicaron lo sucedido a su superior, y en aquella época no había porque dudar de la palabra de dos religiosos y menos si eran de la orden de Santo Domingo, y se ordeno una investigación; así se hizo, y fue grande la sorpresa de todos al dar con la galería subterránea donde había muerto Sebastián Medina, bajaron a continuación y vieron al infeliz encadenado en aquella espantosa mazmorra, al final había una puerta, entonces clérigos y civiles avanzaron a lo largo de la galería hasta llegar a la puerta que conducía a la bodega de la mansión de Don Sebastián, todos traspusieron el umbral y subieron por la escalera que daba a la casa; Don Felipe apareció en ese momento, presentaba un extraño aspecto, no soportó tantas emociones y cayó de rodillas ante los clérigos, confesó todo, causando gran asombro en los presentes; de repente Don Felipe abrió mucho los ojos clavándolos en un rincón de la habitación, gritando de horror; pero aquellas fueron sus últimas palabras, pues el infeliz se desplomó agonizante, con la frente perlada por el mismo sanguíneo que se aprecia en el espectro de su hermano.
La casa fue bendecida y el cadáver de los hermanos gemelos sepultados en tumbas contiguas, pero aunque se creyó que con aquello cesarían las apariciones, días después se supo que había sido así. ¿Don Felipe ó Don Sebastián?, uno de ellos debió seguir penando hasta expiar todas sus culpas; se dijeron misas y se rezaron novenarios, y aunque la crónica en que se consigna esta historia es muy precisa para dar datos y fechas, no habla de cuando cesaron las apariciones.
Todo es posible en ésta vida y quizá aún por lo que antes era el Empedradillo, se oigan en ciertas noches las lamentaciones del encadenado ¿Quién sabe?

lunes, 30 de marzo de 2009

Doña Francisca la embrujada (Sucedió en la hoy calle de Venustiano Carranza)

Que nadie ose negar la existencia de poderes diabólicos y sobrenaturales, que se sustentan del alma y cuerpo humanos, la maldad y hechicería, son hijas del demonio y las sombras de la noche…
Si, este suceso ocurrido en el siglo XVI, aquí en nuestra capital, nos habla de un caso de hechizo diabólico y perverso; se que algunos de los lectores dudarán de éstos poderes, sin embargo, sépase que en México y en otros países, aún sigue practicándose la hechicería.
Retrocedamos al año 1554, a plena mitad del siglo XVI y veamos en una visión retrospectiva, esta casona y esta calle que llamóse de la Cadena; gobernaba en ese siglo el virrey Don Luis de Velasco I, y ésta casa tenía el número siete, de la que hoy es Venustiano Carranza. Habitaba la casa en cuestión, Doña Felipa Palomares de Heredia, rica viuda de uno de los conquistadores, de quien fuera heredera; pero si Felipa había heredado nombre y fortuna del esposo, también habíale quedado un hijo joven y apuesto, llamado Domingo de Heredia y Palomares, criado con lujo desmedido y cuidados extremos, érase este joven Domingo la adoración y consuelo de la madre, y llevada de su amor maternal, lo cuidaba y mimaba con exceso y siempre le recordaba que ya estaba en edad casadera, que encontrara a una chica que le gustara, que tuviera alcurnia y abolengo, claro, la madre tenía que aprobar a la muchacha.
El joven deseaba en verdad esposa y buscaba con ansias entre las chicas una de la Nueva España; solía reunirse con otros jóvenes también deseosos de casorio y escogían así a las mejores muchachas. Durante varios meses buscó a la chica que le gustase y fuese un buen partido del agrado de la madre, sin hallarla; pero al fin cierta tarde, vio acercarse al templo a una hermosa chiquilla, cuyo nombre y cuna desconocía, sin embargo era de una belleza virginal, que hizo dar vuelcos al corazón del joven Domingo; llena de misticismo y de candor, pasó junto al joven, el cuál lanzó un hondo suspiro. Ella entró a la iglesia y mientras oraba con fervor, el chico la miraba cada vez más cautivado por esa angelical figura; al terminar de orar, ella se acercó a la pila de agua bendita y el le ofreció sus dedos húmedos, emocionado, después, como era la costumbre en ese siglo, el la siguió a prudente distancia, para saber donde vivía, la chica, que al parecer se dio cuenta de que la seguían, no trató de apresurar el paso; entonces ella llegó ante una casa de mediana fábrica, allá por entonces calle Cerrada de Nacatitlán (hoy Novena de Cinco de Febrero); ella sin embrago, volvió sus glaucos ojos hacia el joven y le clavó una mirada que llevaba toda la ternura del mundo.
A partir de entonces, Domingo de Heredia y Palomares, acompañado de un juglar y amigos, comenzó el asedio de la chica, llamada Doña Francisca de Bañuelos y era hija única de padres humildes; al fin una noche escapó entre barrotes y tiestos florecidos una mano trémula que recibió ardiente beso de amor, y noches después, entre suspiros y perfumes de jazmines, unos labios musitaron la declaración de amor.
Más la Colonia era chica y pronto dos lenguas oficiosas fueron con la noticia de estos amores a la madre de Domingo, lo que le contaron a la mujer no le agradó en absoluto, pero más tardaron en marcharse las dos damas informantes, que Doña Felipa en salir rumbo a la casa de Francisca, acto seguido, su mano firme, cruel, golpeó contra el zaguán el pesado aldabón, había en sus golpes furia y decisión; fue las misma muchacha la que abrió el zaguán, su sorpresa no tuvo límites, pues conocía ya a la furiosas dama; la joven invitó a pasar a la mujer a su casa, como la noto indecisa le repitió la invitación, entonces empezó a hablar, comunicándole no volviera a ver a Domingo, pues ella era una plebeya sin nombre ni fortuna y que su hijo la iba obedecer sin reclamos; en ese momento apreció el joven y ante el asombro de Felipa que jamás había visto a su hijo en tal actitud, el joven defendió su amor y autonomía; furiosa la madre se fue, mientras los dos jóvenes ratificaban su amor y sus deseos de casarse. Pero cuanto más mostraba su decisión por casarse con Francisca, Doña Felipa sufría más y más, llenando su dolor con lágrimas amargas; en su loca desesperación por evitar la boda de su hijo, Doña Felipa supo la existencia de una bruja tan poderosa como temida y fue a verla, ansiosa por lograr por medio de siniestros maleficios, el alejamiento de los enamorados, se apresuró a buscar a la bruja en su jacal, la hechicera la recibió como si supiera a que iba la dama, ésta le explicó su caso a aquella mujer, la segunda le prometió para tenerle la solución para el jueves y la angustiada Felipa le pagaría con largueza.
Esa misma noche, Domingo y su madre tuvieron otra discusión, con respecto a la decisión de el de casarse con Francisca, pidiéndole aguardar hasta el viernes.
La noche del jueves Doña Felipa fue en busca de la bruja, que le reveló un plan siniestro y de venganza, el cual consistía en que ambos jóvenes se casaran y después darle un diabólico presente a Francisca, que la iría matando poco a poco. ¿Quieres saber que es? Entonces, sigue leyendo.
Aún sin salir de su incredulidad los jóvenes estos se casaron y fueron recibidos muy bien por Doña Felipa; pronto se dieron cuenta de que si la chica no era de linaje, su belleza y dones espirituales sobrepasaban cualquier deseo. A esas mismas horas en la laguna de Macuitlapilco, la bruja celebrará un diabólico rito con un ánade (una especie de patito); y la bruja degolló más patos, hasta contar siete y con su sangre se embijó el rostro mientras continuaba su invocación a Satanás. Tres días después, cuando todo era dicha y felicidad entre los recién casados, se presentó muy amable Doña Felipa, la cuál le dio aquel presente a Felipa, que era un cojín de plumas muy bonito, relleno de aquellas plumas de pato embrujadas; desde esa noche, el cojín de terciopelo fue la almohada donde reposaba su cabeza la ingenua Francisca, pero he aquí que desde le día siguiente, la joven se levantó de la cama con un extraño malestar: dolo de cabeza, mareos. En efecto, corrieron ante Doña Felipa, a quien le contaron el extraño malestar con que había amanecido la hermosa recién casada; pero ni cuidados ni descansos fueron suficientes, día con día se sentía Francisca desmejorada y pálida, de fresca y lozana habíase tornado paliducha y débil y su alegría había desaparecido para dar paso a una honda tristeza; pero a medida que pasaron los días, la muchacha se sentía peor, ya su rostro desencajado era cadavérico, Y Domingo viendo el estado de su esposa llamó al médico, que desde luego examinó a la enferma, para rendir un diagnóstico, que no fue nada bueno, pues la pobre mujer presentaba el aspecto de los presos de las galeras y mazmorras. Los temores de Francisca no fueron infundados, antes de deis meses había muerto víctima de aquel extraño mal; una vez enterrada Domingo se encerró en su alcoba durante días y días, apenas si comía lo que tomaba de la cocina por las noches y se negó por mucho tiempo a dejar entrar a su ,madre que fingidamente trataba de consolarle, sin embargo su desgracia del joven por las noches le pesaba enormemente regando el lecho de su amado con su llano; e hizo entonces un santuario en su alcoba y besó los lugares que ella tocaba y durmió sobre su cojín de terciopelo rojo.
Al fin, una de esas noches Domingo se despertó sobresaltado, al sentir la presencia de algo sobrenatural junto a su lecho; surgió entonces de entre las sombras dela alcoba, la visión más horrenda que pudieran contemplar ojos humanos: era Doña Francisca descarnada, que había venido de ultratumba a advertirle del cojín embrujado, el cuál provocó su muerte, chupándole la sangre poco a poco, hasta llevarla a la tumba, y que las autoras del crimen habían sido su madre y la bruja.
Antes de que el horrible fantasma se diluyera entre las sombras, Domingo le hizo un juramento, que era vengar su muerte; entonces, el muchacho salió a hurtadillas de la casa y se dirigió a hacer la denuncia ante el Santo Oficio, que esa misma tarde se presentó a la casa; de un tajo fue roto el cojín de terciopelo rojo, cayendo al suelo extrañas plumas de ánade, lo espantoso fue que, a la hora de oprimir el cañón de las plumas, se escapó un líquido rojo, que era sangre humana, de aquella victima, Francisca de Bañuelos. Y al ver las plumas caídas en el suelo, se comprobó que se movían como sierpes (víboras), como impulsadas por una satánica fuerza, furioso, piso aquellas plumas Domingo, hasta que la sangre que contenían formó extenso charco. Tratando de hallar piedad en su acto criminal, Doña Felipa cayó de rodillas ante el fraile.
Sometida a torturas crueles, Doña reveló el sitio donde se hallaba la bruja, de allí la sacó el Santo Oficio; cabe decir que, aunque establecido el Tribunal de la Fe, hasta 1571, los castigos contra brujas y herejía se practicaban ya en Nueva España, y que estos juicios se celebraban en forma rápida y expedita; los acusados eran encarcelados tras el juicio y después conducidos a la horca ó la quema. En un juicio sumario, se condenó a ambas mujeres a morir quemadas en la entonces Plaza de Santo Domingo; Doña Felipa de Heredia y la bruja, cuyo nombre real jamás se supo, fueron atadas a los postes, y según rezaba la sentencia, fueron quemadas en leña verde, para después esparcir sus cenizas a los vientos diabólicos de la noche.
Durante algunos mese Domingo de Hurtado y Palomares se encerró en su casona rumiando su tristeza, tal vez su arrepentimiento; la gente y el mismo se señalaba como el delator de su madre y el responsable de su horrible y vergonzante muerte.
No volvió a saberse nada sobre Domingo, aunque algunos aseguran se marchó a España, llevándose consigo pena y fortuna.
¿Y después de leído este verídico suceso, aún hay quien dude que la brujería existe y perdure hasta nuestros días? No lo duden más y mientras lo piensan, yo les prepararé otra historia macabra y real como ésta. Nos vemos la próxima semana.

domingo, 22 de marzo de 2009

La venganza del Caballero Escarlata

La calzada de Tlacopan (Tacuba), corría desde atrás de la Catedral, hasta la Talxpana, pero algunos tramos tuvieron nombres diferentes, por ejemplo: san Hipólito, Puente de Alvarado, Rivera de san Cosme, etc. Un tramo de ésta calzada, hoy Primera y Tercera de Tacuba, llamose San Andrés; se le dio ese nombre, debido a que, en un tiempo hubo un colegio con ese nombre en dicho tramo. Lo ocupaban las Jesuitas, quienes al ser expulsados (1767) se dispuso que pasara a ese edificio el colegio de San Juan de Letrán.
Por 1779, precisamente cuando apareció en la Nueva España la epidemia de viruelas, habíase terminado de construir una elegante casona junto a dicho colegio, la cuál pasó a ocupar Mariana de Añorve y sus tíos y tutores Pablo y Jerónimo.
Si bien, en la literatura universal amorosa, ha habido célebres parejas como Romeo y Julieta y Abelardo y Eloísa, Mariana y Juventino de Muñoz, fueron la pareja más famosa de enamorados de la Nueva España. No hubo amor más puro y sincero que el que esa pareja, que aguardaba un navío de España para casarse. Navío en el cuál, los padres de Juventino le enviarían inmensa fortuna para que el galán pudiese pagar esponsales, y fincar su futuro.
Pero una corriente perversa se oponía a la celebración del matrimonio: Don Pablo y Don Jerónimo, tíos de Mariana, éstos rechazaban el matrimonio, porque tendría que rendir cuentas de bienes y fortuna a su sobrina y en intento desesperado de reponer las pérdidas económicas decidieron probar suerte en el juego. Pero así como aumentaba cada día el amor de Juventino y Mariana, así jugaban noche y día con desesperación, apostando cada vez sumas más fuertes; pero en vez de ganar las partidas las perdían y claro, la fortuna de Mariana iba disminuyendo día con día. Las celebraciones de sus esporádicas ganancias se prolongaban hasta la madrugada en varias tabernas de la Nueva España. Durante varias semanas fueron estas las actividades de los perversos tíos de la enamorada Mariana: juego y francachelas.
Al fin un día, llegó Juventino de Muñoz a la casa de su amada y llamó ansiosamente al zaguán, había angustia, casi terror en su rostro, cuando entró a la casa y le habló a Mariana; al saber la urgencia con que los llamó el joven, los tíos temieron que habían sido descubiertos; pero en la mente de Jerónimo hubo algo más que temor: MALDAD Y MUERTE; fue el quien se enfrentó al muchacho, pero cuando habló en galán, hubo un gran tono de tristeza en sus palabras y la joven, viendo la actitud de su amado, intervino para que hablara de lo que aquejaba su alma, entonces Juventino relató su triste historia: el navío que traía su herencia naufragó en las traidoras aguas de Florida y sin ese dinero no podría pagar la dote para desposarse con su amada.
La revelación llenó de júbilo a los tíos, pues no casándose con Mariana, no tendrían que rendir cuentas de la mermada herencia. Don Jerónimo se adelantó fingiendo pesadumbre, al tiempo que su perversa mente fraguó un plan: el tío le dijo al muchacho que la boda no se cancelaría, pues el un hombre de bien y con buenas amistades, pronto amasaría una gran fortuna.
En esos momentos Juventino, el enamorado galán hizo un juramento que iba a dar origen a esta leyenda: mientras el fuego de su amor no se extinguiera y su corazón siguiera latiendo el siempre vestiría de color escarlata.
A partir de aquel día, la figura de Juventino de Muñoz fue una de las más admiradas en la capital de Nueva España; pasaba el tiempo, el joven se hizo famoso, tanto como Mariana pobre, pues sus tíos continuaron dilapidando su fortuna en el juego; durante el trayecto de la casa de juego a su casona, Pablo no pudo preguntar nada a su hermano, pero al fin se decidió: no les alcanzaba el dinero para pagar una deuda de juego, discutieron lo que iban a hacer al respecto y finalmente decidieron ir a pedir un préstamo a Don Lizardo de Zavaleta, un hombre avaro.
Al otro día fueron con el prestamista a primera hora, pero la garantía que les pidió el viejo y repulsivo avaro a los tíos de Mariana, no fue cuantiosa, pero su increíble: ¡la misma Mariana como esposa!; a cambio de devolverles su fortuna intacta. Pero había un problema; la joven ya estaba comprometida con el caballero escarlata, la forma en que iban a quitar del en medio a Juventino fue de los más cruel y cobarde: ¡el asesinato por medio del puñal!; armados como los truhanes, de puñales, aguardaron a que el joven se acercara a su casa y acto seguido le clavó el arma blanca en el pecho; sin embargo la flaqueza de Pablo al causar la muerte, Juventino cayó agonizante al suelo.
Fue tal la fuerza del golpe, que el puñal de Don Jerónimo quedó clavado hasta la empuñadura en el pecho del galán; próximo a la muerte lanzó su segundo juramento: juró ante Dios vengar su propia muerte y pidió permiso para quedarse en el mundo terrenal a velar por su amada.
Pablo y Jerónimo de Añorve huyeron como los criminales, mientras Juventino lanzaba su último suspiro.
Varias semanas Mariana vistió de luto y lloró inconsolable la muerte del amado; después hizo saber su intención de entrar de novicia a un convento; entonces, ante situación tan desesperada, decidieron decirle la verdad: habían perdido la mayor parte de la fortuna en “negocios” y no había para la dote conventual; pero no todo estaba perdido, ya que podía casarse con algún hombre rico y acaudalado, exactamente el avaro prestamista. Mariana muy confundida, no supo que responder y dijo a sus tíos que hicieran con ella lo que les viniera en gana. Pero cuando los tíos con la buena noticia al viejo avaro les dio la gran sorpresa: sabiendo que ellos le habían dado muerte al joven de la manera más cobarde y vil, decidió romper cualquier tipo de trato con los tíos y nunca volverlos a ver. A partir de entonces, la sangre de Juventino de Muñoz pareció cerrar toda puerta y camino a los dos perversos hermanos de Añorve; cuando vieron que no tenían más que un último recurso, después de haberlo intentado todo, y cometido un crimen, llevaron a su casa a jugar a quien debían: con este caballero tenían una deuda de juego y en dado que perdieran, el podría llevarse a Mariana y los ojos de Don Pedro Agüeros; que era un caballero sin moral y consumado tahúr, brincaron de lujuria, éste hombre comprendiendo que de otra manera jamás le pagarían aquellos hombres, pronunció solo una palabra: ¡Aceptada!
Jugaron las primeras manos de aquella partida vergonzosa; las frentes perladas de sudor y las manos temblorosas, indicaban que los hermanos de Añorve iban perdiendo; poseídos de nerviosismo y desesperación, lo arriesgaron todo a una sola carta, pero desgraciadamente perdieron.
La inocente Mariana no lloró, no gritó ni protestó ante el atentado; bien sabía que todo era inútil. Partió el carruaje a toda velocidad, llevándose su preciada carga; pero cuando apenas había salido de la ciudad, un inesperado personaje, un jinete misterioso comenzó a seguir al carruaje, cubriendo su identidad en las sombras de la noche, le fue a la zaga hasta que llegaron al coto de caza de aquel tahúr inmoral; Don Pedro bajó a la inerte Mariana, pero en esos momentos escuchó una voz siniestra: era Juventino de Muñoz al rescate de su amada, pero esta vez convertido en un horrible y espeluznante espectro. Antes de desmayarse de terror, Mariana pronunció algunas palabras: ¡Juventino! ¡Oh pobre amado mío!
Pero más aterrorizado don Pedro ente aparición tan espantosa, devolvió a la doncella a su carruaje, bajo las indicaciones del espectro. Quedó el tahúr petrificado allí, mientras el “Caballero Escarlata” subía al pescante para guiar a los caballos hacia la cuidad, y lo que había sido cosa de horas, se realizó en segundos; el carruaje entró a la capital de Nueva España; pero ésta causó pavor entre los noctívagos habitantes que tuvieron la desgracia de verlo.
El “Caballero Escarlata” devolvió sana y salva a Doña Mariana a las puertas de su casa y la joven le pidió a su amado le ayudara a poder entrar de novicia a un convento y después de cumplir esto que Dios le concediera el descanso eterno. Mientras tanto los malvados tíos estaban jugando a los naipes, cuando macabros acontecimientos ocurrían y cuando dijeron que respaldarían su apuesta con una casa, propiedad de su sobrina; en ese momento el espectro hizo acto de presencia. Al mismo tiempo que los hermanos reconocieron la voz de Juventino de Muñoz, miran hacia el jugador hallándose ante el horrible espectro; los dos jugadores se miraron extrañados, pues no lo podían ver. Con el terror retratado en sus rostros, los dos hermanos salieron de la taberna y pararon un carruaje para que los llevara a su casa, pero entonces volvió a sonar la voz cavernosa del espectro, causando mayor pavura en los hermanos.
A partir de aquella noche, el fantasma del “Caballero Escarlata” no los dejó salir a la calle; acorralados, aterrorizados, sin otra salida, imploraron el perdón del espectro una noche y dictó entonces su sentencia: pedir limosna para juntar el dinero de la dote y una vez hecho esto, confesar a la ley su crimen.
Dice la leyenda y asientan documentos, que los tíos imploraron la caridad pública, reunieron en dos años la dote conventual y pagaron tan nefando crimen con sus vidas en la horca.
Pero el vulgo que conoció de esto, dio en asegurar que el “Caballero Escarlata” seguía apareciéndose en defensa de enamorados en desgracia, o sea, un espectro pavoroso embellecido con la leyenda.
Como dato curioso les diré que a la iglesia del colegio vecino a la casa de Mariana, se trajo el cadáver de Maximiliano embalsamado; y se dice que Juárez y Lerdo de Tejada efectuaron a media noche y con mucho sigilo, una visita al cadáver del archiduque; era al efecto gobernador José Baz, quien acompañó a los dos personajes.
Y por cierto que las personas adictas al imperio concurrieron en forma tumultuosa, y se dieron a criticar el fusilamiento de Maximiliano, esos mexicanos desorientados, criticaron duramente al gobierno de Juárez y dieron en llamar aquella iglesia “La capilla del Mártir”; pero ninguno se comprometió a hacerlo en el tiempo corto que quería Baz. Y entonces el tomó la cosa por su cuenta.Acompañado de una cuadrilla de gentes, una noche casi demolió la capilla, y luego le prendió fuego a todo con aguarrás; el incendio se propagó rápidamente y terminó también con la casa que ocupara Mariana de Añorve. De la casona no queda nada, ni del colegio de Jesuitas, lo que quedó se demolió durante el gobierno de Porfirio Díaz para construir ahí, la dirección de correos.

lunes, 9 de febrero de 2009

Casa de los Condes del Valle de Orizaba ó Casa de los Azulejos(Francisco I. Madero núm. 4).



Ésta casa habitación perteneció al condado del Valle de Orizaba; éste título fue otorgado por Felipe III a Rodrigo Vivero, en el año de 1627; la leyenda dice que su descendiente Luis de Vivero Ircio de Mendoza, joven de costumbres disipadas, un día fue amonestado por su padre, quién al reprenderle le advirtió: "Tu nunca harás casa de azulejos". El joven se enmendó y decidió reconstruir su casa cubriéndola de azulejos.

La historia en cambio, nos da noticia de cómo la quinta Condesa del Valle de Orizaba que durante su matrimonio vivió en Puebla, al morir su esposo en 1708 regresó a la cuidad de México y hacia 1737 ordenó la reparación de su palacio, obra magna del barroco en la que el artista logró combinar magistralmente los azulejos de factura poblana con el fino labrado de la cantera de Chiluca.

En ésta casa Andrés Diego Suárez de Peredo, Conde del Valle de Orizaba, fue asesinado durante el Motín de la Acordada. El asesino fue sentenciado a garrote vil. En 1781, el edificio fue condicionado para el Jockey Club; había salones de lectura, de descanso, fumadores, sala de armas, comedores y billares entre otros. En 1905 el arquitecto Guillermo Heredia prolongó la casa hacia el norte, hasta la recién abierta calle de 5 de mayo. A principios del siglo XX a un lado del Jockey Club, se instaló una farmacia con la primera fuente de sodas que con el tiempo dio origen a la Casa Sanborns. Después de la revolución, José Clemente Orozco pintó en la escalera del edificio su mural "Ominiscencia".

Recientemente después de un incendio, la casa fue remodelada y se ampliaron las instalaciones del restaurante de Sanborns.

domingo, 25 de enero de 2009

Misa de difuntos en Catedral




Nada tan escalofriante ó aterrador, como la presencia de un fantasma entre nosotros y a veces los seres de ultratumba traspasan los linderos de la vida y surgen hechos macabros, como el que a continuación se relata.
Vamos a remontarnos a mediados del siglo XVIII a una casona ubicada en la calle de las Causas, después de la Acequia y actualmente es de la Corregidora; aquí vivió notable caballero llamado Don Alfonso de Gándara y Cifuentes, que había heredado en 1656 la fortuna y nombre de su padre, muerto 3 años atrás.
Pero un día su tranquila y lujosa vida se vio perturbada por un misterioso acontecimiento. Con las manos temblorosas, el rostro congestionado por la ira, el caballero preguntó a sus criados a cerca de una misteriosa carta que había encontrado debajo de su copa de vino la cuál decía: “estad preparado, debéis acudir a misa”.
Los criados se miraron sorprendidos, sin tener la menor idea de que les hablaba su amo. Hacia semanas que Don Alfonso venía recibiendo esas notas misteriosas, sin saber, como llegaban a sus manos, topándose con ellas en momento menos esperado. Pero de pronto aumentó el misterio y las cartas se multiplicaron, hallándolas en todos sitios y a todas horas. Al fin un día con la paciencia colmada el caballero vio una carta más y su primer impulso fue el de destruir aquel papel, la tomó para hacerla pedazos, pero de pronto sintió una extraña sensación; como si sus manos estuviesen impulsadas por una fuerza misteriosa, comenzó a abrir la carta. Sus ojos mostraron terror, asombro, duda, al leer el contenido de la carta, que ahora tenía otro mensaje: “esta noche a medianoche en Catedral, debéis acudir a misa…”.
Más tarde, ya no pudiendo encontrar paz en su alma, fue a contarle lo sucedido a su confesor y amigo; el religioso le pidió la carta para ver si podía saber quien era el autor analizando la letra, pero cuando Don Alonso buscó entre sus ropas no la encontró; sin embargo para el caballero la letra le resultaba muy familiar, pero no sería hasta la misa que descubriría quien era su autor.
Dispuesto a saber quien lo citaba a medianoche, para castigarle, Don Alfonso cruzó la plaza de armas aquella noche. Todo estaba oscuro y silencioso, apenas el viento arrastraba murmullos lejanos, rodeando el alma del caballero, de gran presentimiento. Se acercó a la puerta de Catedral; continuaba aquel silencio ominoso; reinaba la oscuridad de la cercana medianoche.
De pronto descubrió que por entre las rendijas de las maderas, escapaba una luz vivísima, se disponía a tocar cuando la puerta se abrió sin hacer ruido alguno, sin que viera quien la abría; poco después se encontraba frente al altar del Perdón, en donde estaba a punto de celebrarse una misa.
Don Alfonso, sin asombro pensó que después de todo, no había sido una broma lo de aquella misa y se arrodilló en un reclinatorio que parecía estarlo aguardando; ahora solo faltaba saber por para quien era esa misa. Cuando el caballero levantó la vista, ya estaba oficiando el sacerdote, un cura anciano y par el desconocido; todo transcurrió normalmente, los rezos eran solo un murmullo triste y apagado. En determinado momento, salió un fraile franciscano recogiendo la limosna para la hermandad, como era la costumbre.
Cerca de Don Alfonso un caballero depositó una moneda, llamándole la atención que no hiciera ruido y para que no se dijera de su nombre y de su alcurnia sacó dos monedas de oro, pero al ir a hacerlo, el rostro se dibujó en su rostro, resbalando las monedas de sus manos, cayendo una de ellas al suelo, pues advirtió que las manos que sostenían la charola de las limosnas eran descarnadas: el fraile era un esqueleto; acto seguido pegó un grito de terror.
Se levantó y retrocedió buscando la salida; los gritos y ruidos provocados por Don Alfonso llamaron la atención de los demás asistentes a la misa, que también estaban muertos.
En ese momento la puerta se abrió con un chirriar escalofriante y una figura femenina apareció en el claro, sosteniendo un candelabro en cada mano y el caballero reconoció a ese espectro como su difunta madre. Tembloroso y sintiendo que las fuerzas le faltaban continuó hacia la puerta, advirtiendo que aquellos espantosos seres se dirigían hacia el, también buscado la salida, los seres espectrales se acercaban cada vez más hasta sentir en su rostro el vaho frío de los muertos, se sintió atropellar por los espectros; que sus huesos le tocaban, lo abatían y por último antes de perder el conocimiento, pegó el alarido más crispante que haya emitido ser alguno. Nunca supo como salió de la Catedral.
A la mañana siguiente fue encontrado bajo la cruz Manozca, dibujándose en su rostro un terror tal que parecía haber visto al mismísimo Lucifer; rodeado de gente despertó de su largo desmayo. Don Alfonso fue llevado a su casa por unas amables personas y ahí se quedó guardando reposo de su macabra experiencia, pero por la tarde mandó llamar a su confesor fray Miguel de Almeida y le contó lo sucedido, después le pidió al religioso que hablara con el obispo para poder corroborar su historia en aquella capilla.
El caballero fue y habló con el señor obispo, el cuál estaba enterado de este suceso. La historia comienza cuando el obispo junto con otros pasajeros, entre ellos los padres de Don Alfonso venían de España camino al nuevo mundo, todo marchaba con tranquilidad, hasta que de repente empezó una terrible tempestad, los rayos caían tan cerca del barco que todos pensaron que iban a morir en ese momento. Entonces toda la tripulación hizo una promesa: si llegaban sanos y salvos se llevaría a cabo una misa en el altar del Perdón. Todos llegaron sanos y salvos, cada uno tomó su rumbo, el padre de Alfonso amasó una gran fortuna a lo largo de los años; pero a la hora de querer reunir a toda esa gente descubrió que todos ya estaban muertos, desgraciadamente el señor murió pocos años después.
Al escuchar todo lo anterior el obispo y el mancebo fueron a aquel altar y en efecto ahí encontraron los candelabros y la moneda.
Así que ya saben, si visitan la Catedral a medianoche y ven que hay una misa, tengan cuidado de no llevarse una mala sorpresa…

martes, 20 de enero de 2009

Catedral Metropolitana




El segundo recinto sagrado (siendo el primero la Basílica) más importante de la cuidad de México es la Catedral Metropolitana, que se encuentra ubicada en el Centro Histórico. Cada año millones de visitantes nacionales y extranjeros acuden a conocerla, quedando impresionados y maravillados con su magnificencia y majestuosidad; sin embargo éste recinto tiene toda una larga historia que contar, que relataremos a lo largo de éste blog.
La construcción de ésta bella catedral está dedicada a la Asunción de la Virgen María, tiene unas dimensiones de 55 metros de ancho por 110 de largo, cuenta con unas alturas de 30 metros en la nave central. Su construcción duró 242 años y comenzó en 1571, cincuenta años después de la caída de México-Tenochtitlán.
La primera piedra fue puesta por el virrey Martín Enríquez y el arzobispo Pedro Moya de Contreras su construcción tenía el objetivo de que la iglesia tuviera un lugar adecuado para servir a Dios y a la corona española, por eso varios reyes españoles cubrieron todos los gastos, como lo muestra éste pequeño fragmento:

“…la suma del costo de la obra hasta la dedicación de 1657 fue de 1.759.000 pesos. Dichos costo fue cubierto en buena parte por los reyes Felipe II, III y IV Y Carlos II…”

Muchísimos años después, en 1973 el arquitecto al Manuel Tolsá le fue encomendada la tarea de concluir la construcción de la Catedral, que finalmente fue concluida en 1813.
La Catedral fue edificada encima de antiguos recintos aztecas; a lo largo de su construcción y diferentes excavaciones hechas a lo largo de su historia se han encontrada vestigios de templos aztecas. ¿Qué más prueba podemos tener que el Templo Mayor está junto a la Catedral?
Los aztecas ó mexicas llegaron a Aztlán en 1168 y se convirtió en México-Tenochtitlán hasta 1364; a partir de ese año el imperio azteca evolucionó hasta convertirse en una gran cuidad; pero todo esto se acabaría con la llegada de los españoles el 13 de agosto de 1521.
Donde es hoy el Zócalo en aquella época era el centro ceremonial, con una extensión territorial de 500 metros y contaba con 78 edificios, según dicen fuentes documentales.
El edificio que más sobresalía era el Templo Mayor, el cuál fue dedicado a dos deidades: Huitzilopochtli y Tlaloc, dioses de la tierra y el agua.
Después de la conquista, los españoles instauraron la religión católica y con las mismas piedras de los templos construyeron la Catedral.
Fue gracias a las investigaciones realizadas por el programa de la Dirección General de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural de la Secretaría de Educación Pública desde el año 1991 a 1998 y al programa de Arqueología Urbana, que se ha logrado conocer las edificaciones prehispánicas que se encuentran debajo de la Catedral Metropolitana; entre ellas se encuentra el Templo del Sol ó de Tonatiuh. También se pueden encontrar vestigios de la primera catedral, que data de 1555 a 1562, los restos de ésta descansan en las entrañas de la nueva Catedral, según hallazgos realizados en 1982.
Las investigaciones surgieron por un grave problema que tiene el Centro Histórico: el hundimiento. Esto es debido a que el DF era una zona lacustre y la extracción de agua a través de los años; el hundimiento ha sido de un aproximado de 7 metros.
Curiosidades
- La Biblioteca Turriana era con la que contaba la Catedral, creada el 21 de mayo de 1534.
- Se le llamó “Turriana” en honor a sus fundadores, iniciando con el jurosconsulto Luis Antonio Torres Quintero
- La biblioteca de la Catedral fue creada por la real cédula del 21 de mayo de 1534, y fue la segunda biblioteca pública que se creó en México, después de la que tuvo la Real y Pontificia Universidad de México (actualmente UNAM)
- La Biblioteca Turriana estuvo en servicio por 63 años
- Parte de su acervo lo podemos encontrar el la Biblioteca Nacional de México
REGLAMENTO DE LA BIBLIOTECA TURRIANA
1. No lo tenas por esclavo, pues es libre. Por lo tanto, no lo señales con ninguna marca.
2. No lo hieras ni de corte ni de punta. No es un enemigo.
3. Abstente de trazar rayas en cualquier dirección. Ni por dentro ni por fuera.
4. No pliegues ni dobles las hojas. Ni dejes que se arruguen.
5. Guárdate de garabatear en los márgenes.
6. Retira la tinta a más de una milla. Prefiere morir a mancharse.
7. No intercales sino hojas de limpio de papiro.
8. No se lo prestes a otros…
9. Aleja de el los ratones, la polilla, las moscas y los ladronzuelos.
10. Apártalo del agua, del aceite, del fuego, del moho y de toda suciedad.
11. Usa, no abuses de el.
12. Te es lícito leerlo y hacer los extractos que quieras…
13. Una vez leído no lo retengas indefinidamente.
14. Devuélvelo como lo recibiste, sin maltratarlo ni menoscabado alguno.
15. Quien obre así, aunque sea desconocido, estará en el álbum de los amigos. Quien obrare de otra manera, será borrado.