martes, 12 de julio de 2011

La Escuela de Cristo

En el convento – hospital del Espíritu Santo hubo una Escuela de Cristo, como también la había establecida en otras casas monásticas e iglesias de la ciudad, que tenía como objetivo “enmendar  la vida y aprender a servir mejor a Dios”, cosa ideal y pura, pero difícil para la mayoría de los mortales. Estas “Santas Escuelas” se diferenciaban unas de otras porque cada una tenía un patrón especial, y como maestro común el mismo Jesucristo para aprender de él, según nos dicen los Evangelios. Los religiosos que formaban este instituto eran setenta y dos, podían ser indistintamente eclesiásticos o personas seglares mayores de veinte cuatro años; para darle entrada a  una persona, se investigaba todo lo que hubiera acontecido en su vida y costumbres. Ya aceptado entraba como novicio, y con el paso del tiempo se le podía aceptar como hermano en una ceremonia solemne.
La escuela se encontraba regida por un hermano eclesiástico, al que se le llamaba Obediencia, también había una Junta de Ancianos para que resolvieran los casos graves que surgieran, se encontraba formada por quince hombres que fueran de ejemplo para la comunidad. Existía un cargo bastante desagradable, pero alguien lo tenía que hacer, esto le correspondía a los Nuncios, quienes tenían la tarea de repartir las disciplinas  con las que se daba los hermanos sendas golpizas; pero no todo era desagradable en este cargo, pues también eran encargados de cuidar las cosas del altar y oratorio, dar las cédulas con los puntos de meditación, impedir la asistencia de extraños a oficios privados, como en la confesión mutua de los cófrades, la meditación, o cuando con mucho fervor se aplicaban las golpizas y azotes con cuerdas torcidas con canelones de alambre bien afilada. Recordemos que en aquella época la disciplina dentro de los conventos era muy estricta, tanto con monjas, como con monjes.
Una de los ejercicios que más practicaban aquellos religiosos, al igual que en otros templos, era el del Retiro; y para que los devotos no asistieran a sus casas durante este periodo, la Escuela del Espíritu Santo ideo para estas ocasiones construir en el patio del hospital un entresuelo dividido en aposentos pequeños para que ahí descansaran los retirados, y se entregasen por completo a la meditación, aislados del mundo exterior.
 En la parte baja había un comedor adornado con cuadros de pálidas coloraciones una pequeña cocina para preparar el riquísimo chocolate cada mañana y la comida, que les llevaban de sus casas que les llevaban a los retirados  en canastas cubiertas con  servilletas bordadas.
Las Cortes dieron por terminadas en 1820 las ordenes hospitalarias en toda España, así como también las casas que ahí regían; este decreto vino a cerrar el hospital del Espíritu Santo  y a eliminar a los hipolitanos, camilos o padres agonizantes, betlémicos, antoninos y juaninos, dando por terminada la labor tan noble, que habían realizado los religiosos con tanta paciencia y cariño hacia sus enfermos.
Los hospitales de la ciudad quedaron a cargo del Ayuntamiento, que fueron atendidos no por caridad y amor al prójimo, sino por una paga y la diferencia fue notable. Los bienes de las órdenes hospitalarias pasaron a ser propiedad del Estado y sus templos a los Ordinarios, para que sus Señorías Ilustrísimas discutiesen y decidieran cuáles debían de seguir funcionando para el culto y cuáles debían ser clausurados.
Pasaron los años y llegó la Independencia de México, y el convento de Jesús María estuvo desocupado por mucho tiempo, eso se debía a que algunas personas que se aventuraban a entrar en el recinto, aseguraban se podían escuchar voces y pisadas de un pasado que se negaba a desaparecer. El hospital de Betlemitas pasó a ser  Escuela de Medicina, que llevaba por nombre  Establecimiento de Ciencias Médicas,  El Gobierno cedió a las monjas de  la Enseñanza Nueva el convento del Espíritu Santo, y se dispuso por decreto que el 9 de agosto de 1836 se trasladase con todo y sus cátedras, mientras se les daba a las religiosas un lugar adecuado para su asiento definitivo, y ahí quedo establecida la escuela para curar enfermedades, ya fuera con medicinas o bisturí. La escuela quedó instalada ahí definitivamente y no hubo la prometida mudanza, ya que por decreto se les otorgó la propiedad el 15 de octubre de 1842.
Como la propiedad era inmensa, Don Vicente García Torres solicitó una buena porción del convento para establecer sus oficinas tipográficas, lo que consiguió muy fácilmente porque le caballero era un mañoso de primera y siempre tenía “amigos” que les hacían favores. Así pues, el convento- hospital se hallaba ocupado por la imprenta que abarcaba parte de los altos y bajos del primer patio, el ruido era tremendo; el resto del patio era de la Escuela de Medicina con el bullicio del ir y venir de los alumnos; en el segundo piso se encontraba el señor Chausal con sus habitaciones particulares y su bulliciosa amiga (no piensen mal), así se les llamaba a las escuelas de letras en aquella época.
E los únicos lugares donde se podía tener algo de silencio el convento y la Santa Escuela de Cristo, pues en el resto de la propiedad siempre había ruido. La Escuela de Medicina estuvo a punto de tener en propiedad todo el edificio, quiso quedarse sin compañías que les estorbaran para poderse expandir a sus anchas, pero los demás ocupantes se negaban rotundamente a marcharse porque se hallaban muy  a gusto y contentos, pues no pagaban renta; y mientras la Escuela pensaba en la mejor forma de echar a sus vecinos, llegaron a México el 18 de noviembre de 1844 los padres de la Congregación de San Vicente de Paul, junto con las beneméritas Hermanas de la Caridad; don Antonio López de Santa Anna expidió en Tacubaya un decreto  el 6 de julio de 1856, donde se le quitaba una gran parte a la Escuela de Medicina para darla  a los paulinos, y así la escuela tuvo que abandonar el edificio.
El convento del Espíritu Santo fue vendido a particulares al igual que la iglesia. El patio fue vendido en $9,600, el resto del convento y la iglesia se dividieron en 3 lotes, que fueron valuados en $74,613. La iglesia pasó a convertirse en una amplia tienda de ropa, el convento en un hotel según dicen bastante feo. A pesar de que el almacén se encontraba bien surtido, la gente no le gustaba ir a comprar ahí porque sentía que profanaba el lugar, contribuyendo así a que este comercio siguiera funcionando, llevando en poco tiempo a los dueños a una quiebra irremediable.
Después fue establecida una tienda de comestibles, el cual tuvo la misma suerte que la tienda de ropa, pues ni las moscas se paraban a comprar; y viendo el destino que habían tenido los dos negocios anteriores, ningún comerciante se quiso arriesgar a establecer ahí local alguno, por lo que el sitio fue destinado para almacenar carros y coches, y después bodega de ultramarinos. Después de un tiempo se convirtió en un salón de patinaje, del que fuera dueño don Fernando Veraza, en donde daba tumultuosos bailes de carnaval. Donde estuvo el atrio del templo se construyeron unas casas de mala muerte, destinadas a comercios pobres, como estanquillos y tahonas; poco tiempo después fue comprado todo el ex convento  y ex iglesia para edificar un casino, el cual se encontraba mal instalado y falto de espacio en parte de la casa que fuera de Don José de Borda, por el lado de la calle de Plateros.
El Casino Español fue construido por el arquitecto don Emilio González del Campo y se inauguró en 1903. En esta calle existía una dulcería francesa llamada Gramout, que se volvió toda una moda durante aquella época, en especial los que adquirieron fama eran los exquisitos bombones, piezas de chocolate o azúcar con interior de licor o crema, saboreándolo lentamente hasta el último bocado.

jueves, 7 de julio de 2011

Exposición en el Museo de Antropología "Seis Ciudades de Mesoamérica"

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) brinda un mayor acercamiento a zonas arqueológicas, museos, exposiciones, escuelas, proyectos académicos, así como a actividades de investigación y de conservación, a través de sitios y micrositios. Aquí encontrarás información en español e inglés, fotografías, materiales multimedia y temas de interés general. Si no tienes tiempo, vives lejos o por cualquier causa no puedes ir de cuerpo presente al museo de Antropología, ahora las maravillas de la tecnología nos ofrecen la oportunidad de visitar esta clase exposiciones desde la comodidad de nuestro hogar.
¿Como? Para visitar este recorrido virtual, que además viene explicado lo puedes econtrar en:
http://www.inah.gob.mx/index.p​hp/component/content/article/2​3-sitios-inah/5059-sitios-inah.
Que mejor manera de pasar un rato agradable en familia y a la vez que todos aprenden.
En próximas publicaciones les traeré más opciones para poder salir en vacaciones sin gastar mucho dinero.

La calle de Puente de Alvarado

Don Pedro de Alvarado fue uno de los conquistadores más esforzados, que apoyaron a Hernán Cortés en el dominio de la gran Tenochtitlán, y levantar sobre esta la capital de la Nueva España.
Este caballero además tenía fama de ser muy sanguinario, fuerte, decido y experto en dirigir tropas, aunque a veces se pasaba de diligente; esto lo prueba una matanza inútil, que fue la del Templo Mayor, hecha mientras Cortés se encontraba ausente y sin contar con su autorización. Al regresar este y enterarse de los sucedido le puso una buena reprimenda al insubordinado capitán; aunque no había mucho porque enojarse, pues lograron quitarle a los naturales una buena cantidad de oro.
Pero a pesar de todas las medidas y estrategias que tomaron los españoles, por fin les llegaría la famosa noche triste en junio de 1520, fecha en la que la historia nos cuenta que Hernán Cortés lloró bajo un árbol su derrota. Los conquistadores huían de Tenochtitlán por la calzada que en aquel entonces unía aquella ciudad con el reino de Tlacopan, tributario y vecino de Azcapotzalco; esta calzada fue construida sobre el lago y estaba costada en partes para que los aztecas salvaran de día con unos grandes y sólidos puentes hechos de madera, que por las noches retiraban.
Los conquistadores prepararon una huida nocturna construyendo un puente similar, que irían colocando en las zanjas que cortaban la calzada; Sandoval, Olid, Velázquez de León, Garay, Bernal Díaz, Alvarado y Cortés transportaban con gran trabajo los fabulosos que tesoros robados a los aztecas, que ahora llevarían a su rey Carlos V, como piedras preciosas, joyas, lingotes de oro fundido de piezas de valor artístico incalculable.
Alvarado iba en la retaguardia porque era el lugar más peligroso durante una persecución. Era una noche lluviosa, como cualquiera típica del mes de junio, todo marchaba viento en popa, pero a veces el destino tiene cosas preparadas que nadie puede esperar e imaginarse; pues quiso la casualidad que una mujer saliera en ese momento con su cántaro para tomar un poco de agua de la última fuente que proveía de agua a la población, cuando en ese momento escuchó el derrumbe del puente construido por los españoles, causado por el cargamento tan pesado que llevaba a cuestas, eso sin contar los mismos fugitivos y los caballos.
Acto seguido, aquella mujer dio aviso a toda la comunidad y los vecinos salieron con sus armas para  perseguir a los conquistadores, para defender su tierra, propiedades y su vida; al poco tiempo llovían flechas y piedras por todos lados, volando como letales proyectiles los cuchillos de pedernal, la respuesta no se hizo esperar y fue con arcabuces, bayonetas, espadas y caballos sobre la población isleña. La matanza resulto cruda y terrible, muchos muertos fueron los que quedaron de ambos bandos.
Alvarado peleaba en la retaguardia, tratando de detener a los atacantes, pero al llegar al tablado que se encontraba donde hoy es la calle de Puente de Alvarado, cae muerta su yegua al mismo tiempo que se derrumba la estructura de madera; y ante tal situación en que Pedro se debatía entre la vida y la muerte, tomó su lanza y la apoyó muy lejos sobre piedras, tesoros perdidos, caballos y soldados muertos, y como todo un atleta olímpico salto hasta el otro lado de la calzada ¡lo que hace el instinto de supervivencia del ser humano!
Este super salto que ejecutara el conquistador (que hoy conocemos como salto de garrocha), no ha podido ser superado su en las competencias olímpicas mundiales.
Después de aquella terrible matanza, se continuó la retirada hasta Popotla, donde ocurrió lo del llanto de Cortes, por los hombres perdidos esa noche.
Después de aquellos acontecimientos, un indio tlaxcalteca, que era uno de sus aliados condujo a los demás españoles a Tlaxcala, población enemiga de los aztecas; ahí lograron fortalecerse y se prepararon para sitiar Tenochtitlán y acabar de una vez por todas con aquel imperio. Y dicho y hecho: el Imperio Azteca llegó a su fin para dar origen a la Época Colonial.

lunes, 27 de junio de 2011

La calle de Espíritu Santo

Durante el siglo XVI, a esta calle  se le conoció como de los Oidores, debido a que algunos de estos altos funcionarios tenían ahí sus respectivos hogares, esto con el objetivo de que les quedara cerca la Real Casa, lugar donde hacían y deshacían las leyes para así ejercer una mejor justicia. Después a esta calle se le vendría a llamar  del Espíritu Santo, debido a que en ese lugar se encontraba la iglesia y el hospital del mismo nombre, después se le cambio a su nombre actual, que es el de Isabel la Católica.
Actualmente ya no quedan vestigios de la existencia de estos santos lugares, lo único que queda es una placa que dice sobre la existencia de esta casa de Dios y la de beneficencia,  señalada con fecha de 1600; y en su lugar se encuentra hoy en día el Casino Español. Vamos a regresar en el tiempo y no vamos a ubicar en este año, cuando Alonso Rodríguez de Vado y su esposa, Ana de Saldívar crearon esta noble fundación. Don Alonso era un  hombre muy rico, muy cristiano y sobre todo, muy caritativo; siempre brindaba su ayuda sin escatimar nada, no solo a su fundación, sino a cualquier persona que se le acercara a pedirle le resolviera resolver cualquier menester.
La construcción del hospital del Espíritu Santo era magnífica, dotado tanto este como la iglesia de fincas urbanas de buena renta, de las que había esparcidas por toda la ciudad, unas procedentes de negocios y otras que vinieron de herencia de antepasados. Entre las propiedades que dieron al hospital y al convento para que nunca le faltara nada, estaban las dos del Portal de la Fruta.
Don Francisco y su esposa entregaron los recién creados edificios a los frailes franciscanos, para que ahí abrieran un colegio para enseñar teología y otras disciplinas eclesiásticas. Como siempre, había personas a favor y otros en contra; los de un bando querían que el instituto comenzara su funcionamiento y el lado contrario se oponía rotundamente a esto.
Este caso fue tomado por las autoridades para dictaminar cuál sería la mejor solución, y después de exámenes detallados de los papeles, comunicaron a don Alonso que, conforme al derecho común y decisiones del Concilio Tridentino, no podía dictar constitución alguna para ese hospital sin haber tenido antes la licencia del prelado eclesiástico, y lo que pretendía llevar a cabo obraba contra el objeto de ella, pues lo que se diera a los religiosos se le quitaba a los pobres; además agregaron los entendidos letrados, que al hospital no podrían ir mujeres a atenderse, debido a que  estaba a cargo de los frailes franciscanos, pero el proyecto original era que todas las personas sin distinción de sexo tuvieran la oportunidad de asistir a este pio lugar.
El Ayuntamiento acordó que el procurador mayor saliera al pleito con los letrados, y después de discusiones, gritos y sombrerazos, finamente dictaron si veredicto con fechas de 23 de mayo, 13 de junio  y 30 del mismo mes  y año de 1608, en el cuál piadosos y limoneros fundadores  no lograron su noble intento de ayudar al más necesitado. Se decidió entonces, que el hospital se pusiera para ser administrado por las manos cariñosas y expertas de los hipólitos, dichos también Hermanos de la Caridad, cosa que se llevó a cabo y fue un atinado acierto.
La institución que tantos dolores de cabeza causó, finalmente paso a manos de estos religiosos, el Vado y su bondadosa mujer se mostraron liberales y dadivosos al aumentar los productos de fondo dotal con nuevas aportaciones de fincas urbanas: “tres pares de casas y una de entresuelo y ocho tiendas” y otra principal con un jardín, huerta llena de árboles y tierra fértil, todo esto frente a la pila de la Tlaxpana y frente a la esquina del Marqués del Valle. Con todas estas magníficas donaciones, tanto el hospital como la iglesia fueron de los más ricos en propiedades y recursos.
Pero como dice el dicho, nada es para siempre, pues una tremenda inundación acaecida en el año de 1634, causo grandes y severos daños al hospital y a la iglesia, así como también en infinidad de fincas de la ciudad, llegando a tal estado  de ruina que no fue posible rescatar nada que se pudiera aprovechar de lo poco que quedó en pie. Los hipolitanos mandaron reparar sus propiedades y luego el hospital, que con trabajos que se hicieron quedó mejor que antes de la inundación.
Los benefactores se hallaban muy complacidos por la excelente administración que llevaban los religiosos, mejorada  día a día por espacio de veinticinco años por los Hermanos de la Caridad, tanto en las cosas internas del hospital, como en las rentas que los ayudaban a cubrir gastos, y por todo esto decidieron ceder a su hermandad el patronato que ellos habían conservado, lo hicieron el 3 de abril de 1634.
Los hipólitos no se quedaron en su zona de confort, pues todos los días trabajaban duro por el aumento de su institución, ponían singular cuidado y esmero en servir a sus enfermos y hasta aumentaron en doce el número de camas para atender mayor cantidad de dolientes; y gracias y toda su dedicación y esfuerzo lograron labrar de nuevo la iglesia, el hospital y el convento.
A pesar de los trabajos de restauración y remodelación hecho después de la inundación, empezaron a aparecer hondas cuarteaduras por varios sitios, llegando a amenazar con un derrumbe. Al ver tales problemas que aquejaban a la comunidad, el padre prior mexicano Fray Basilio Patricio Martínez, “de ardiente caridad y gran espíritu”, se hizo cargo de la titánica tarea de reconstruir todo de nuevo. Contando con pocos recursos, al santo varón le encantaba aventarse a proyectos difíciles, ejecutando esta obra en poco tiempo, ahondó cimientos y los macizó con piedras firmes, echando sobre ellas grandes muros que en poco tiempo fueron elevándose y cubriéndose con bóvedas en unas partes, con labradas viguerías en otras. Lo primero en ser levantado porque urgía hacerlo, fue el hospital, después el convento y finalmente la iglesia. El lugar ya terminado fue dedicado después muchas dificultades el 19 de mayo de 1715.
En su fiesta titular, que era el Primer Día de la Pascua del Espíritu Santo, bullía en la calle entre música y estallidos de cohetes, con alegre gentío; el templo se encontraba decorado con grandes cortinajes de terciopelo, plata labrada, múltiples luces, flores a más no poder, todo acompañado de cantos y un pomposo sermón.
En uno de los claustro se encontraba un crucifijo  de hermosa factura, donde los viernes de Cuaresma  y los del Espíritu Santo, no solo acudían los vecinos del barrio, sino también gente de todas partes de la ciudad para llevarle flores y velas. Ante esta divina imagen se llevaban a cabo con solemnidad unos ejercicios que se les llamaban Desagravios de Cristo.
Esta festividad iba acompañada de una esplendorosa comida, la que disfrutaban con singular alegría los señores de las cofradías, compuesta de diversos platillos, los mejores vinos, suculentos y apetitosos dulces conventuales que llenaban de gozo las almas y cuerpos como inapreciables bienes; también eran partícipes del banquete los huéspedes del hospital y sus enfermos, pero sin comer todo lo que las personas sanas podían, a ello se les daba caldo condimentado, gelatinas, jericallas, rompopes, huevos espirituales y la infaltable copita de jerez o de Málaga.

domingo, 19 de junio de 2011

La celebración del Día de Corpus Christi

Esta tradición es una festividad  muy arraigada a la religión católica, siendo una de las más importantes del año. En México estas fiestas españolas comenzaron a celebrarse cuando apenas comenzaba la época de la Colonia, pero ¿Quién trajo estas tradiciones?
Los primeros en comenzar a predicar la religión católica fueran los frailes franciscanos que llegaron con los conquistadores. Es muy probable que la primera celebración de Corpus Christi haya sido en 1536, el dato exacto no se conoce, pero debido a la gran importancia que tenía es muy probable que haya sido de las primeras en llevarse a cabo en la recién formada Nueva España.
Los preparativos de la fiesta comenzaban cuando el Ayuntamiento hacía el llamado a los corregidores y alcaldes de las localidades cercanas de la ciudad, a quienes se les encomendaba la tarea de que los naturales asistieran a las procesiones.
Esta celebración que se llevaba a cabo en Catedral, era preparada desde abril por medio de la Cédula Real, donde se solicitaba a los alcaldes mayores de los diferentes partidos que “…presten los indios necesarios para hacer la limpieza y aderezo  de las calles por donde pasa la Procesión del Santísimo Sacramento el día de Corpus Christi, en forma que se ha hecho en el pasado, sin alterar la costumbre en México…” La capital de Nueva España nombraba comisarios y mayordomos para que se encargaran de la organización de la festividad, y un factor que decisivo era la colaboración  de los pueblos circunvecinos, entre los que se encontraban: San Juan Teotihuacán, San Cristóbal Ecatepec, Apan, Teapulco, Tulancingo, Pachuca, Mexicaltzingo, Coatepec, Chalco, Cuernavaca, Coyoacán, la Villa de Guadalupe, entre otros más.
Durante el día de Corpus Christi la Plaza Mayor era toda una verbena, en el Portal de las Flores se podían ver como llegaban las canoas cargadas de deliciosas frutas y flores exóticas, haciendo una mezcla deliciosa de colores y aromas; cerca de la fuente que había frente al Palacio Virreinal bajo una columna se ponían  los puestos que vendían ricas y frescas aguas de limón con chía, Jamaica, horchata, guanábana, y muchas otras variedades más.
El repique de las campanas y el sonido que producía la artillería, daban aviso de que la misa estaba a punto de comenzar en Catedral, a ella asistían los fieles de la ciudad y de algunos lugares cercanos; en el atrio  y los jardines que rodeaban al templo, las personas que no habían alcanzado lugar en la iglesia esperaban el comienzo de la majestuosa procesión, cosa que por nada del mundo se perderían de ver.
Una vez que terminaba la misa, comenzaba la tan esperada procesión, observada por los atónitos asistentes desde las aceras, en los balcones y en las azoteas de las casas. La procesión tenía un orden muy riguroso. Comenzaba con las hermandades, sus estandartes y sus faroles colocados en bastones, adornados con cristal y vidrio de colores. Después seguían las cofradías con sus respetivos estandartes, grandes escapularios y velas en las manos. Luego aparecían las alumnas de las Hermanas de la Caridad vestidas de blanco, llevando cada una sus mazas de plata al hombro y eran seguidas por dos cuidadores de la Universidad, ataviados con trajes de terciopelo morado y mangas encarrujadas. Posteriormente seguían los colegios nacionales de gregorianos, mineros lateranos, alonsiacos y seminaristas, vistiendo sus trajes que los diferenciaban, las terceras ordenes con sus cruces antecedían  a las comunidades religiosas, precedidas por sus cruces y ciriales y por tres sacerdotes en el orden que sigue: mercedarios, camilos, agustinos, dieguinos, franciscanos y dominicos. Atrás de ellos, se encontraban los rectores  de los colegios y la Archicofradía  del Santísimo, con su estandarte del Santo Cristo; niños y niñas vestidos indios polleros con su huacal a la espalda y otros de ángeles con alas de metal, diadema, penacho de plumas y sandalias, abrían el paso a la Archicofradía de la Virgen de los Remedios, con sus bastones de plata rematados con maguey, cargada en andas por seminaristas. Después hacía su aparición el Santísimo Sacramente, conducido por las autoridades máximas de la iglesia, ataviados con sus vestiduras arzobispales, protegido por un palio de lama de plata con bordados y fleco de oro; al paso del Santísimo niños angelicales arrojaban obleas hechas pedacitos y pétalos de flores. Ya por último venían las autoridades gubernamentales y el ejército con sus distintas dependencias.
La parte más divertida de la fiesta ya se aproximaba,  que era la famosa tarasca, esperada con ansias por los niños deseosos de verla. La palabra tarasca viene del griego “theraca”, que significa amedrentar, que representa al dragón infernal humillado por Dios Sacramentado, es decir, el bien vence al mal. Desafortunadamente esta fiesta fue prohibida por el virrey conde de Revillagigedo en el siglo XVII.
Ya para el año de 1842, las procesiones de Corpus Christi se siguieron realizando, pero sin la tarasca; los puestos fruta y aguas frescas siguieron vendiendo sus mercancías, para gusto de la gente que acudía a deleitar su paladar comiendo y bebiendo lo que ofrecían los marchantes.
Es muy probable que durante el siglo XIX los artesanos hayan empezado a elaborar las famosas mulitas cargadas con un huacalito; estas figuritas eran obsequiadas a los niños junto con dulces y alimentos.
En los pueblos de provincia las fiestas de Corpus, se caracterizaban por ser muy majestuosas y eran esperadas con mucho beneplácito por los habitantes fieles a la tradición; en algunos lugares a los animales se les daba muchísima importancia, y la celebración era más bien con motivo de llevarlos al atrio de la iglesia para bendecirlos, incluso los asomaban a las ventanas y balcones para que vieran la procesión.

lunes, 13 de junio de 2011

El señor de Veneno (Sucedió en la calle de Porta Coeli, hoy Sexta de Capuchinas)

En la Capital de Nueva España, se cuenta que vivió Don Fermín Andueza, un caballero de noble cuna, dueño de gran fortuna y propiedades. Muy temprano por la mañana se levantaba y envuelto en su negra capa del más fino paño, acompañado de un elegante sombrero de gran falda a la chamberga y una hermosa sortija de oro; pero detrás de todos estos lujos, Don Fermín era un hombre muy bueno y bondadoso, con más riqueza espiritual que material; daba su mano al pobre para ofrecerle consuelo, quitaba el hambre y daba hartura, sus palabras daban paz y serenidad a los corazones afligidos, aliviaba trabajos y necesidades con beneficios, en fin, todo la bondad que tenía este hombre en su alma era infinita.
El noble caballero, como era su costumbre, encaminaba sus pasos hacia la iglesia de Porta Coeli para escuchar la misa con mucha devoción, a la vez que pasaba entre sus dedos su decenario de marfil o leía algunas páginas de su miniaturado libro de horas. Una vez que concluía la misa, Don Fermín se dirigía a su casa, y tanto en la ida como en el retorno nunca se olvidaba de pasar a visitar un crucifijo de muy buena talla ya amarillento por el paso del tiempo, el Cristo pendía de la cruz, todo lacerado, flojo y lacio, presas manos y pies por aquellos horrendos clavos, su cabeza se encontraba recargada sobre su pecho, llena de delgados hilillos de sangre, rodeado por un largos y negros mechones de cabellos lacios enmarcando un rostro lleno de dolor.
El caballero, con toda humildad ofrecía su oración, una vez terminada se dirigía hacia la imagen para besar sus pies rojos y negros de sangre coagulada, y por último depositaba unas monedas de oro en el plato petitorio. Todos los días sin excusa ni pretexto visitaba a aquel cristo.
Siendo don Fermín un hombre con tantas virtudes, no tardó en despertar la envidia de un caballero  que era todo  lo opuesto a él, llamado Ismael Treviño, quien se caracterizaba por ser un hombre avaro y mezquino que no sabía lo que era el goce de hacer alguna obra benéfica; era uno de esos seres que gozan de la desgracia ajena. Este sentimiento que lo estaba carcomiendo por dentro como si de una enfermedad mortal se tratase, hacía que don Ismael hablase pestes del buen don Fermín, toda obra buena, toda virtud la convertía en veneno; todo elogio que se diera de su odiado enemigo lo hacía ponerse amarillo y adquirir un semblante de amargura.
Aquella envidia que le recocía las entrañas lo perseguía día y noche, llegando a impedir con mil estorbos sus negocios, pero para su mala suerte todo le salía, pues solo conseguía que los proyectos del buen hombre obtuvieran más impulso y ganancias; todo esto fue un detonante para que aquella mal sana envidia se convirtiera en un odio terrible, llegando ahora a echarle maldiciones y terribles excreciones. Estos horrendos sentimientos dieron como fruto un maquiavélico plan, que parecía  un consejo del mismísimo Demonio: darle muerte a Don Fermín.
Al principio don Ismael pensó que aquello era muy descabellado, hasta que después de meditarlo mucho, solo le quedaba decidir cuál sería la mejor manera de ponerle fin a aquella inocente vida: un puñal, pistolete o veneno.
Finalmente se decidió por el veneno, y para llevar a cabo su plan buscó a un judío (Don Ismael era descendiente de Tomás Treviño y Sobremonte, conocido también como Jerónimo de Represa, quemado por la Inquisición en 1649); el hombre en cuestión, le entregó en un pequeño recipiente cierta agua de un lindo color azul, que no daba muerte en el acto, sino que poco a poco se distribuía por todo el cuerpo, y finalmente después de algunos días la víctima moría sin dolor alguno. Debido a aquellas propiedades, la poción era un poco costosa al igual que la discreción e ingenio del judío, pues estaba hecha de hierbas lunarias, polvos de áloes, infusión de opio y de la horra, entre otras plantas más.
Con este mortal líquidos procedió a bañar un pastel de hojaldre, muy caliente y doradito se lo envió a don Fermín en una rameada fuente china, mandándole decir que era el regalo de un amigo regidor perpetuo del Ayuntamiento, quien le tenía en mucha estima y esperaba que disfrutase este postre durante el desayuno acompañado de un rico chocolate; el caballero que era muy afecto a esta clase de golosinas saboreó su obsequio hasta que quedó atosigado.
Don Ismael, curioso de saber qué efectos le estaba causando aquel veneno, se dispuso a seguir a su enemigo muy temprano por la mañana, cuando iba rumbo a Porta Coeli como era su costumbre, saludaba a toda persona que se encontraba con la sencillez y amabilidad que lo caracterizaban; entró a la iglesia que se encontraba impregnada del aroma de las flores, la cera y el incienso. Cuando concluyó la misa, don Fermín se dirigió hacia el Cristo para rezarle con muy devotamente, y como era su costumbre se dirigió a besarle los pies, pero apenas sus labios la tocaron, en el acto una ola negra subió a través de la imagen hasta que finalmente quedó como si hubiera sido tallada en ébano.
Muchos devotos que fueron testigos de aquel milagro comenzaron a dar voces asombro al mirarlo todo prieto, después de que hace escasos momentos era un color blanco marfil. Don Fermín quedo perplejo ante tal hecho, preguntándose porque el solo contacto de sus labios hizo que el Santo Cristo se volviera prieto; ante tal suceso, don Ismael sintió como aquel rencor se le cortaba de su alma, y acto seguido fue ante los pies del generoso caballero confesándole a gritos que lo había querido envenenar, pero el Cristo absorbió aquella ponzoña que circulaba por sus venas, librándolo así de una muerte segura.
Don Fermín que era de un corazón muy noble, le dijo al caballero con delicadas y tiernas palabras que lo perdonaba, y para darle una prueba de ello lo abrazó con muy efusivo cariño, como si aquel hombre malvado fuera un hermano ausente y querido a quien no hubiese visto en mucho tiempo. Muchas personas de ahí se sulfuraron y quisieron mandar aprehender a Don Ismael, llevarlo a la cárcel, pero don Fermín que era todo dulzura les rogó a todos los presentes dejaran ir en paz a aquel hombre arrepentido, pues él ya había olvidado  el agravio, y solo pedía que se arrodillaran para dar gracias al Cristo. Don Ismael salió del recinto de Porta Coeli con la cabeza baja, con el rostro pálido entre el fervor de los cánticos que le eran elevados a la imagen. Ese mismo día abandonó la ciudad y nunca se volvió a saber de él.
En poco tiempo toda la capital de Nueva España ya estaba enterada de aquel suceso, tanto el buen Don Fermín como aquellos a los que había beneficiado con su generosidad, diario le llevaba velas a la milagrosa imagen; pero cierta tarde una de estas se cayó  y la imagen comenzó a arder en llamas, quedando al poco tiempo totalmente calcinada. Ante tal acontecimiento, tiempo después fue colocada una réplica del Cristo Negro que se quemara aquella tarde, el cual podemos ver en la actualidad en un altar de la Catedral Metropolitana, lleno de exvotos de oro y plata.

martes, 7 de junio de 2011

Portal de la Fruta o del Espíritu Santo

Este Portal abarcaba desde la mitad de la calle del Refugio hasta la esquina de Espíritu Santo, que es el tercer tramo de Isabel la Católica. A diferencia de otros de la misma calle, el Portal que nos ocupa se caracterizaba por ser de pequeñas dimensiones, apenas ocupaba cuatro casas, una de ellas era la famosa armería de Morel que duró muchos años, fundada por don Julio Ives Limantour, padre  de don José, el Gran Ministro de Hacienda del general don Porfirio Díaz.
El Portal era limpio y de techo bajo, enlosado con grandes losas, y la mercancía que se podía encontrar era solamente fruta, de ahí nació su nombre de “Portal de la Fruta”. Los productos venían de todo lo largo y ancho del país, deleitando a todos los clientes con sus variados aromas, que invitaban a adquirir alguna fruta para disfrutar de su sabor. Temprano ya comenzaba a verse movimiento en el Portal de la Fruta, los puestos llenos de mercancía se encontraban arrimados a las robustas pilastras o la pared que les era frontera, formados con una mesa y encima de ella cuatro o cinco gradas, cubiertas con un mantel lleno de encaje, entredoces y puntillas, encima eran colocadas ramas frescas de hinojo o de camedores, por último la fruta limpia y lustrosa  era colocada encima para que el color de estas plantas resaltara su frescura y lozanía, y a un lado se podían observar sendos canastones llenos de mercancía, de los cuáles emanaban aromas que eran un deleite para la nariz.
Estos portales se les llamaba del Refugio por estar ubicados en esa calle, pero más bien eran conocidos como del Espíritu Santo, no porque estuvieran cerca del hospital que llevaba ese nombre, sino por la razón de que eran parte de la propiedad de este instituto creado con fines tan nobles; dos casas estaban escrituradas a nombre de esta, una de ellas fue comprada y la otra fue donada por su fundador Alonso Rodríguez del Vado, pero este benefactor no fue el que mandó construir el portal, sino nada menos que Pedro Salcedo, fiel trabajador del Ayuntamiento.
Este caballero tiene una historia bastante pintoresca ¿cuál?, sigue leyendo. Un día de 27 de noviembre del año en gracia de 1574, don Pedro manifestó  a la Ciudad que Dios lo había llenado de bendiciones, pues era poseedor de unas casas en la calle de la Acequia, que se encontraban muy cerca de una de las propiedades del doctor Sedeño, y de paso era afortunado poseedor de una amplísima descendencia. El problema que tenía este caballero, era que al tener una familia tan numerosa, en su casa ya vivían todos apretujados como chinches en pretina y su deseo era ampliar el espacio de la misma para dar cabida a más nuevos miembros de la familia, pues conociendo a su linda y tierna esposa de lo que era capaz en el asunto de “fabricar” niños era como coser y cantar.  Debido al severo apretujamiento en que vivían pedía encarecidamente al cabildo municipal le diera la autorización para mandar construir las habitaciones que tanto necesitaba con urgencia.
Total que para no hacerles el cuento largo, debido al inevitable crecimiento familiar,  a don Pedro Salcedo se le otorgó el permiso para los trabajos de ampliación (de su casa, no del árbol genealógico), todo de manera muy detallada y meticulosa para que después no surgieran problemas del tipo: “es que construiste en mis terrenos”, “es que estorba y no deja pasar”; estas y otras condiciones fueron estipuladas por las autoridades del Ayuntamiento, a lo que Don Pedro aceptó sin quejarse, y para que después no hubiera otra clase de conflictos, mandó a que su escribano don Diego Tristán le expidiese un documento con todos los requisitos que pedía la ley, para que le sirviera de título de propiedad para el futuro portal que construiría; el escrito en cuestión fue certificado el 21 de junio de 1565.
Pasaron los años y el prolífico caballero falleció, su viuda decidió irse a otra parte y vendió la casa, su nuevo propietario la volvió a vender años más tarde, pasando así de mano en mano, hasta que por fin el destino la colocó en el camino de Alonso Rodríguez del Vado, a quien no le gustaba la construcción ni arquitectura  de la casona ni los portales, lo mandó todo remodelar a su gusto, y una vez concluidos los trabajos, le cedió al Hospital del Espíritu Santo ambas partes  de la propiedad, cosa que le cayó como anillo al dedo al ser una institución de reciente creación, quedando así con muchos bienes y privilegios.
A nombre de esta fundación se presentó Rodríguez del Vado el 17 de agosto de 1612 para solicitar a las autoridades municipales la ampliación de los portales que había terminado de construir en la casa contigua, que había pertenecido a un tal Juan del Jaso, al que hace poco tiempo había adquirido a precio de plata. Ante esta petición, se armó un tremendo relajo, pues como siempre unos estaban a favor y otros en contra, argumentos iban y venían, todos de un gran calibre, discusiones acaloradas y ardientes donde ambas partes defendían como fieras sus argumentos.
Finalmente, lograron ponerse de acuerdo y autorizaron la ampliación de los portales, aunque todavía existían bandos en contra que argumentaban que el Hospital del Espíritu Santo no era un bien constituido y que Rodríguez del Vado en cualquier momento revocaría su donación; pero esto llegó todavía más lejos, pues al negarse los regidores a que se concediera el permiso, ni tardos no perezosos corrieron a solicitar un certificado para poder apelar ante la Real Audiencia, y por más esfuerzos que hicieron dando argumentos eficaces y vigorosos, su solicitud falló a su favor, disponiendo que el permiso fuera concedido el 23 de noviembre de 1612.