domingo, 29 de abril de 2012

Panteón de San Isidro


Este cementerio es probablemente el único en su tipo en la ciudad de México, ya que en éste sólo son enterrados los niños, bebés y adolescentes, cuyas vidas terminaron sin siquiera haber empezado.
La leyenda que nos ocupa en esta ocasión tiene como protagonista a Pedro Hernández, quien había sido sepulturero de dicho lugar durante muchos años, y curiosamente es uno de los trabajos más tranquilos que puede haber, pero también a la vez es triste, en más de una ocasión este  hombre sintió un nudo en la garganta al ver a los padres destrozados de dolor enterrar a sus hijos.
Por el otro lado, resultaba ser un trabajo donde se tenían momentos para reflexionar, los altos árboles servían como una extensión del muro exterior del panteón, lo que permitía que quedará totalmente aislado del ruido, brindando una sensación agradable paz.
Aquella mañana Pedro se sentía cansado, ya que el día anterior había tenido que abrir una fosa porque su compañero había enfermado y no había podido asistir, así fue por algunos días. Tomó todo el material necesario para su trabajo y salió de oficina, se dedicó a hacer algunos arreglos, juntar basura y algunas flores marchitas; haciendo todas estas labores el tiempo se le fue como agua, y cuando  se dio cuenta ya eran las doce del día, hora en que estaba programado un servicio fúnebre, se apuró para llegar cuando el cortejo arribara al panteón, el cual estaba compuesto por una camioneta de servicios funerarios en donde llegaría el pequeño cuerpo.
Como en cada labor, Pedro fue por sus herramientas y les indicó el lugar, después se dispuso a esperar junto a la fosa a los asistentes, entre los cuáles se encontraba la inconsolable madre, mujer de baja estatura no mayor de treinta años, vestida de negro con el cabello recogido en un cola de caballo; el padre la llevaba del brazo, era un hombre joven, pero aquel dolor lo había avejentado de una manera increíble. No tardaron en llegar los arreglos florales, que siempre se caracterizaban por ser en grandes cantidades; después llegó el sacerdote para dar la bendición al féretro, lo roció con agua bendita al igual que a la sepultura y recitó el salmo23: "El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes campos me hace reposar", después acercó a los dolientes familiares y les dio algunas palabras de consuelo; el sepulturero pudo escuchar que el difunto era un niño llamado David Gómez de tan sólo ocho años de edad. Pronto llegó uno de los momentos más dolorosos para cualquier familia: el entierro, a veces es también sentía tristeza cuando comenzaba a echar la tierra sobre aquellos pequeños cajoncitos que contenían todas las ilusiones y alegría entera de los padres; era lógico que Pedro tuvieres tus sentimientos, pues tenía dos hijos ya jóvenes, así que siempre fue solidario con los padres que sufrían una pérdida de este tipo, pues el dolor era tan grande, que incluso el paso del tiempo no llegaba a sanar nunca está terrible herida. Cuando moría el esposo o la esposa, la persona en cuestión quedaba viuda; si los padres serán los que fallecían, la persona se quedaba huérfana; pero si moría un hijo ¿seguirían siendo padres? Estos y otros pensamientos más rondaban su cabeza cuando el sacerdote le indicó que era tiempo de bajar el cajón, así con ayuda de unas cuerdas se llevó a cabo su tarea; una vez que estuvo abajo, una lluvia de flores cayó sobre el ataúd del pequeño David, en ese momento la madre del pequeño se arrodilla envuelta en llanto ante la fosa de su adorado hijo.
Era de una escena desgarradora, capaz de conmover hasta el corazón más duro. Pedro poco a poco fue echando la tierra sobre el féretro, los padres permanecieron mucho tiempo después de que los asistentes les hubieran dado el pésame, colocando flores encima de la tierra recién removida. Aquel día en particular fue muy triste para el sepulturero, no podía sacar de su mente la imagen del entierro del pequeño niño, y mientras se dirigía camino a su casa en el metro elevó mentalmente una oración para él y sus padres.
Conforme pasaron los días, Pedro retomó su rutina y fue olvidando aquel incidente poco a poco, hubiera sido así, pero la madre de David todos los días asistía puntualmente antes del medio día y se iba hasta que el panteón cerraba; todo el santo día la destrozada madre, lo pasaba sentada ante la tumba llorando desconsoladamente, la mujer no comía ni bebía nada durante su estancia, durante tantos años el sepulturero nunca había visto nada igual.
Una tarde, cuando Pedro había cerrado las puertas del cementerio para dirigirse a su casa, sintió de pronto un extraño impulso de regresar para revisar que nadie se hubiera quedado en el interior, ya que en varias ocasiones había tenido que sacar a jovencitos, que muy escondidos planeaban pasar la noche en aquel lugar para hacerse los valientes y muy hombrecitos. Miró a su alrededor y no encontró nada, pero casilla para salir paso por la tumba de David, saltaba la vista su lápida blanca y la estatua de un hermoso ángel; de pronto al acercarse vio a un niño o no mayor de 10 años que jugaba con la tierra a sus pies, estaba vestido con un pantaloncito azul claro y una camisita blanca, zapatos blancos y una tierna carita que reflejaba inocencia.
Pedro pensó que tal vez haya perdido y decidió hacer algo al respecto, el niño dijo que estaba solo y le pedía su ayuda; pero en el momento que iba a tomar su pequeña mano, el niño ya no estaba, lo buscó por todos lados sin encontrar rastros de él, y pensando que tal vez podría ser un fantasma, sintió mucho miedo. El infante no podía haber salido del panteón, ya que las puertas estaban cerradas, así que la única explicación que pudo encontrar fue que era un ser de otra dimensión; en todos sus años de sepulturero jamás había vivido algo igual, si había escuchado muchas historias de este tipo, pero vivirlo en carne propia ¡nunca! Entonces salió del cementerio como alma que lleva el diablo.
Impresionado por la aparición de aquel día, el pobre hombre cayó en cama, todo le dolía: los huesos, los músculos, las articulaciones, la espalda, todo o se sentía cansado y con un miedo constante, llevó incluso a pedirle a su esposa que no lo dejará solo, pues en todo momento recordaba al niño del cementerio. Diez días después ya era necesario que se presentara a trabajar, visiblemente más delgado y todavía un poco demacrado llegó al panteón; trataba con todas sus fuerzas hacer de cuenta que no existía la tumba del pequeño David, y para su alivio no ocurrió nada durante dos días, pero el tercer día, cuando Pedro se hallaba en su oficina vio pasar a un niño corriendo. Por todo su cuerpo corre un escalofrío, quedó paralizado de miedo en su asiento, sin embargo la curiosidad por ver lo que pasaba fue mayor; lentamente se levantó y salió, camino por el pasillo central hasta que llegó a la tumba del pequeño, en donde nuevamente lo vio. David se acercó al hombre asustado y le pidió que le ayudara, necesitaba que le dijera a su mamá que lo dejara descansar, Pedro le contestó que no podía hacer eso, pero cuando volteó ya no había nadie. El sepulturero regresó a su casa apesadumbrado, ya que no sabía qué hacer; si le decía aquello a la madre del pequeño, pensaría que se había vuelto loco de remate o que la estaba engañando; por el otro lado, si no lo hacía, el espíritu del pequeño deba seguir rondando.
Al día siguiente, Pedro llegó muy temprano a trabajar como era su costumbre, esperaba ver llegar a la madre del pequeño en su hora habitual, pero esta vez no ocurrió; por lo que decidió aguardar al siguiente día, pasaron dos días más y ni señales de la mujer, esto lo preocupó, por lo que decidió ir esa misma tarde, pero antes de poder salir se encontró al pequeño, quien se acercó a su oído y le susurró su recado para su mamá, y acto seguido desapareció. El sepulturero abordó el metro y pronto llegó a su destino, se encontró frente a un condominio en cinco pisos, se acercó y tocó el timbre, una voz femenina le contestó y le comentó que vende un asunto urgente, después lo dejó pasar. Llegó al departamento indicado y espera que le abrieran la puerta, una mujer mayor lo invitó a pasar y se retira, Pedro dio un vistazo a la sala, en todas partes había fotos de la familia que antes había sido feliz, una en particular estaba cuidadosamente colocada en el muro y abajo de ella un pequeño nicho con una veladora, era la carita de David; en ese momento aparece la madre, que parece haber envejecido mucho en poco tiempo.
El sepulturero le dice a la mujer que trae un recado muy importante por parte de su hijo, muy serio le dice donde trabaja y de la aparición del pequeño fantasma que no puede descansar en paz, ya que cada vez que la mujer llora y quiere morir para reunirse con él, lo hace sufrir; le comenta que David dice que está bien, no le hace falta nada y lo único que quieren este mundo es descansar, también la libraba de toda culpa sobre su muerte porque sabe que ella hizo todo lo que estuvo en sus manos para salvarlo, ahora se encuentra en un lugar mejor en donde es muy feliz. No quería ver cómo su madre se destruía poco a poco sin comer y sin dormir, deseaba verla contenta cada vez que lo fuera visitar, y a su tiempo el vendería por ella.
La madre soltó el llanto, a Pedro le dolía ser el causante del sufrimiento de la pobre mujer, por lo que decidió retirarse, pero antes que marcharse le dio la señora tres canicas llenas de barro como prueba de que decía la verdad, y le dijo que a veces jugaba con ellas a los pies de su tumba. Días después, el sepulturero fue visitado por la madre de David, quien le agradeció profundamente cumplir el deseo de su hijo y hacerlo reflexionar sobre su conducta, ambos dieron un paseo por el panteón hasta llegar al sitio donde se encontraba el niño sepultado; ante su tumba se podía ver en la tierra que estaba escrito su nombre, y a los lados se veían las trayectorias trazadas por las canicas al ser lanzadas.
Como podemos ver, los panteones infantiles lejos de ser lugares tristes, pueden llegar a ser a menudo sitios alegres, llenos de globos, juguetes y flores, como si trataran de evocar la vida de risas y juegos que sus huéspedes llevaron durante su corta estancia en el mundo terrenal.

domingo, 15 de abril de 2012

Vestigios prehispánicos en el Colegio de Cristo (Donceles Número 99)


A fines de 1986 se comenzaron los trabajos de rescate en el que hoy conocemos como el Museo de la Caricatura. Mientras se llevaban a cabo estos trabajos, los arqueólogos descubrieron parte de lo que había pertenecido al Templo Mayor de Tenochtitlán, entre las que destacan una estructura con dos etapas constructivas que datan del periodo de 1499 a 1512 aproximadamente; el edificio es de forma cuadrangular  con sillares labrados, los cuáles fueron usados algunos de estos para levantar el edificio colonial, pues el inicio del muro se puede apreciar la cabeza de un cipactli (cocodrilo) labrada en piedra. Otro hallazgo  es el de un muro de considerables dimensiones que abarca de oriente a poniente, con sillares de piedra recubiertos de cal, que perteneció a una de las últimas etapas constructivas aztecas (1512 – 1520); debajo de dicho muro se encontraron piedras de tepetate como relleno y un graffiti en una piedra.
Si continuamos descendiendo más, podremos encontrar una esquina piramidal en talud construida con lajillas recubiertas de estuco, todo esto perteneciente a etapas anteriores; los expertos creen que esto corresponde a la inundación  acontecida durante el gobierno de Ahuízotl (1486 – 1502), esto debido a errores de cálculo para controlar el flujo de aguas en el lago, según los relatos fray Diego Durán, quien nos cuenta que soberano mexica mandó traer agua desde Churubusco para nivelar el lago, pero el problema surgió cuando al entrar el vital líquido, produjo una gran inundación que cubrió muchos de los edificios y hubo que construirlos de nuevo.
En otra parte de inmueble podremos apreciar un piso empedrado del siglo XVI, y debajo varios pisos de tierra cubiertos con enlucido de cal, todo en su totalidad prehispánico. También se descubrieron dos clavos de en forma de un cráneo, uno de andesita y otro de tezontle, éste último con su enlucido de cal en perfecto estado de conservación. Otro descubrimiento importante fue el de una cabeza de serpiente Océlotl en el interior del relleno que era de apoyo a una pilastra; esta pieza es del último periodo escultórico azteca, pues el manejo del tallado así lo indica. Esto lo podemos observar en el labrado de la parte inferior de la piedra, detalle que expresa la creencia de que los artistas no solo esculpían para los humanos, sino también para los dioses; también fue encontrada una pieza relacionada, que fue una maqueta de tezontle de aproximadamente 5cm de alto por 1cm de ancho, que parece ser la representación completa de la cabeza de serpiente.

domingo, 8 de abril de 2012

La Virgen de Juquila

Su nombre viene del náhuatl “Jukilla”, que quiere decir “Lugar de la legumbre hermosa”; sin embargo su nombre correcto es “Xiuquilla” contracción de “Xuhquililla”, que significa “Lugar en donde abunda el quelite azul”.
La historia de esta virgen se remonta hasta el siglo XVI, cuando el religioso domínico fray Jordán de Santa Catarina llevaba  la imagen en los recorridos de sus misiones. Al morir el fraile, este se la dio a un indio devoto, quien le construyó una pequeña choza hecha de palma en el sitio del Pedimento en donde la visitaban varios sus fieles. Un día por desgracia la choza se quemó completamente, pero milagrosamente la imagen quedó intacta; el único detalle que cambió fue que si piel se volvió morena. Desde aquel suceso milagroso, sus fieles fueron en aumento y fue adquiriendo fama de ser muy milagrosa.
Es la segunda patrona de Oaxaca, siendo la primera la Virgen de la Soledad; se le venera en el poblado de mismo nombre situado camino a la costa. Su fiesta grande es el 8 de diciembre, la cuál va acompañada de cantos, música, bailes tradicionales y acompañado por una gran alegría de los pobladores. Además de ser patrona de Oaxaca, también es muy venerada en Guerrero, Puebla, Veracruz, Estado de México, Chiapas, Morelos, Estado de México, Distrito Federal, etc.
Esta pequeñita imagen originalmente era venerada como Nuestra Señora de la Concepción, se dice que es muy susceptible y severa con todos aquellos que la ofenda. Se cuenta la historia de una peregrina, que decepcionada por el reducido tamaño de la imagen, dijo que no había valido la pena efectuar el largo viaje, por lo que decidió dejarle una vela y un peso; lo curioso fue que cuando regresó a su casa, encontró sobre la mesa  la misma vela y la moneda que le hubo dejado días atrás.
La devoción por esta Virgen es muy grande, tanto así, que cada año muchas personas efectúan largos viajes, incluso oaxaqueños provenientes de Estados Unidos, todos con la ilusión  de ver a su querida imagen una vez más.
Pero no es necesario que viajemos hasta el estado de Oaxaca para que podamos visitar a la virgen, pues vamos por los rumbos de Merced podremos ver que un gran número de oaxaqueños buscando mejores condiciones de vida emigraron a la ciudad, y con ellos su devoción por la Virgen de Juquila. Se le venera principalmente en el templo de San Pablo el Nuevo, pero también se le pueden encontrar en otros templos, como en La Soledad y en La Candelaria de los Patos, conservando en todo momento el diminuto tamaño que la caracteriza.
La imagen se encuentra hermosamente ataviada, en algunos casos la podremos ver luciendo una espléndida y larga cabellera de pelo natural, donado por laguna mujer devota que demostró así el amor y agradecimiento hacia la protectora de los oaxaqueños.

domingo, 18 de marzo de 2012

El alacrán de fray Anselmo


Durante la época de la colonia vivió un hombre llamado Lorenzo Baena, quien después de ser rico y acaudalado, pasó no tener centavo alguno, la miseria lo había atropellado con furia; el infortunado era una persona buena, sencilla, afectuosa y solicita, y a pesar de la situación tan terrible por la que atravesaba siempre se reflejaba en su rostro dulzura y suave bondad. Siempre tenía una sonrisa para regalar al prójimo, de manera humilde inclinaba la cabeza abriendo los brazos, y decía: “¡qué le vamos a hacer, qué le vamos a hacer!”. De sus labios nunca salía una palabra de amargura, todo era siempre perdón y misericordia, dedicaba su vida a Dios de manera apacible, tranquila y resignada. ¿Cómo la vida de don Lorenzo cambio de la noche a la mañana?
La historia comienza cuando Baena renta un barco, para cargarlo con abundante ropa de China para el Perú, pero por desgracia la mercancía fue robada por piratas y la embarcación fue a dar así a una borrasca; mandó una conducta cargada de plata hacia las Provincias Internas de Occidente, la cual fue asaltada por indios bárbaros. En dicha conducta iba su hijo Jorge rumbo a Querétaro, para entregar a los cofrades de Santa Rosa una opulenta reja de calaín y tumbago, que gracias a las influencias de don Lorenzo pudo ser mandado fundir a Macao de la China, como el retoño era rubio y esbelto, fue muerto por los indios.
La esposa de don Lorenzo se fue consumiendo en su tristeza lentamente, hasta que llegó el día en que tuvo que entregarle cuentas al Señor, los acontecimientos negativos iban uno tras otro, pero aun así no perdía aquella serenidad que le bañaba el alma, resignado aceptaba lo que el destino le ponía en su camino.
la mala suerte lo seguía como una nube negra en su vida, una fiel compañera que no se despegaba de él, pues poco tiempo después tuvo que vender sus muebles, todas sus pertenencias materiales y su casa, de donde sólo se llevó el retrato de su amada esposa; no paraba de llorar al contemplarlo. Don Lorenzo se fue a vivir entonces fuera de la traza de la ciudad en un cuartucho de dos por dos, teniendo a duras penas un bocado para llevarse a la boca. Viéndose en esta situación, el buen nombre fue con aquellos que creyó que eran sus amigos para pedirles ayuda, pero ellos al ver lo pobre y desventurado le dieron la espalda, embozándose altivos en su egoísmo; también fue a pedir trabajo a los que él hiciera ricos y se lo negaron con aspereza. Don Lorenzo cada vez se encontraba peor, su paso era arrastrado y titubeante, le costaba trabajo recordar y terminaba diciendo cosas incoherentes.
Un día por la mañana sin saber cómo, sus pies fueron a dar al convento de San Diego de la descalcez franciscana, mientras su mente ocupada pensando en que ese mismo día su esposa había cumplido dos años de muerta, e iría a implorar a un padre que por amor de Dios dijese una misa para ella. Fue a ver a fray Anselmo de Medina, quien en un religioso bondadoso y feliz, un alma llena de compasión y suave ternura; el religioso ponía matiz tan especial en sus palabras, tan fraternal, que sonaba como una extraña dulzura que anegaba de bien los corazones.  ¿Qué dolor, que preocupación, no podía haber para qué fray Anselmo no acudiera apresurado?
Al religioso se le tenía por santo y como Santo se le veneraba; se le veía hacer largas caminatas, con lluvia, con calor o con frío, para pedir limosnas que serían derramadas hacia los pobres. Regresaba al convento con los pies llenos de llagas, con su hábito hecho jirones, escurriendo sangre por muchas partes de su cuerpo, y con extrema delgadez debido a los constantes ayunos y rigores; a este hombre también se le considera un serafín humano, una celeste criatura de Dios, con un amor y caridad tan grandes que no le cabían en el pecho.
La celda de fray Anselmo era blanca, humilde y pulcra como su espíritu, con una mesa tosca y renegrida, un sillón viejo, unas tablas que servían a modo de cama y una piedra por cabezal, y por último un Cristo agonizante lleno de sangre y de angustia, en una cruz sobre la blanca pared.
Don Lorenzo entró a la celda del fraile, y con desesperante angustia le pidió que le ayudara en su difícil situación prestándole quinientos para adquirir mercancía que pidiera a su vez vender, el religioso tenía toda la voluntad del mundo para ayudarlo, pero no tenía centavo alguno, entonces pidió suplicante al Cristo le permitiera socorrer a esta alma tan buena; entonces en ese momento fray Anselmo vio que empezó a bajar por la pared un alacrán largo y rubio, cuando lo tuvo a su alcance lo cogió con suavidad y lo envolvió en un papel, acto seguido se la entregó a don Lorenzo y le dijo que lo llevara al Monte de Piedad de Ánimas para que le dieran unas monedas por él.
El hombre dirigió sus pasos hacia la calle del Colegio de San Pedro y San Pablo, durante el camino iba temblando. ¿Cómo iba a empeñar aquello?, le van a tomar como un loco o que iba a burlarse, tal vez hasta lo enviarían a la cárcel. ¡Pero el fraile le dijo que empeñara el alacrán! Bueno, pues entregaría el pequeño envoltorio, no tenía nada que perder; al dárselo al empleado, el pobre hombre se sintió el ser más insignificante de este mundo, sus ojos reflejaban una muda imploración de piedad.
El dependiente tomó el paquete y al abrirlos se llenó de azoro, con asombro veía don Lorenzo de arriba abajo. El hombre pensaba que mínimo le iban a dar una paliza por haberse atrevido a traer semejante bicho, cerró los ojos y empezó esperar el golpe rezando un avemaría, pero los abrió cuando escucho lo que le dijeron:

- ¿Cuánto quiere, señor, por esta maravilla?

Don Lorenzo se quedó atónito, tembloroso lanzó un barco grito de estupor al ver que el empleado tenía entre sus manos un hermoso alacrán de filigrana de oro, rutilante de pedrería, esmeraldas, rubíes, topacios, amatistas, e infinidad de diamantes esplendorosos.

- Le daré tres mil pesos, ¿quiere?

El hombre lleno de regocijo como el dinero, salió esa misma tarde para San Diego de Acapulco. La nave acababa de llegar, compró tafetantes, anafallas, sirgos, noblezas, pitiflores, lampotes, zarazas, damascos, pequines, chitas, cambayas, deslumbrantes camocanes, hermosas telas provenientes de la China, entre varias cosas más. regresó a México, y ante los ojos de damas y caballeros abrió los baúles de cuero rojo con bella ornamentación de clavos dorados, vendiendo toda su mercancía al doble y al triple de su costo original.
a partir de aquel día, la situación de don Lorenzo iba mejorando rápidamente; después adquirió churlas de canela, barricas de vino, bocoyes de tabaco, cacao, índigo y grana, y lo llevó a la feria de San Juan de los Lagos, donde su venta fue todo un éxito. Después adquirió paños de raja, picotes, angaripolas, creas, limistes y bellorines, condobanes y cobre chileno, para llevarlos a la feria que se hacía Jalapa, metiendo con las ventas abundante dinero a sus arcas. Luego con poro o trigo, y antes de la cosecha sembró maíz, y para su buena suerte vino una gran escasez, aumentado de sobremanera sus ganancias.
Don Lorenzo volvió a ser rico, y a tener amigos que le decían bonitas palabras y dulces halagos; cualquier cosa que se le ocurriera hacer se le regresaba de manera positiva con creces, todas sus desgracias pasadas se le hicieron flores.
Gracias a fray Anselmo de Medina él había logrado salir de aquella terrible miseria,  tenía que recompensar ampliamente al religioso, entonces fue al Monte de Piedad para sacar el alacrán de oro, lo envolvió cuidadosamente y se lo llevó como regalo al fraile.
El religioso se encontraba en su celda junto a la ventana, tenía en su mano un pajarito que cantaba hermosamente, veía al fraile con sus ojitos negros e inquietos; al entrar don Lorenzo el ave voló y se fue a lo alto de una rama a entonar sus cánticos. El recién llegado le dijo efusivas palabras de agradecimiento a fray Anselmo, le besaba las manos y lo veía con gran ternura; entonces le entrego la preciada joya, la desenvolvió y tomándola con suavidad, se acercó a la pared y puso el alacrán en el mismo sitio de donde lo había tomado antes, y acariciándolo, le dijo:

- Anda, sigue tu camino, criaturita de Dios. Y el alacrán, largo y rubio, empezó a caminar lento, ondulante, por la blanca pared. El pájaro vino al alféizar de la ventana y empezó a cantar con alegría.

domingo, 4 de marzo de 2012

El Palacio de Chavarría


Si caminamos hacia el número cincuenta y cinco por la calle que hoy conocemos como Maestro Justo Sierra, que antiguamente se le conocería en su primer tramo como Monte Alegre, y en el segundo se le denominaba de Chavarría, podremos encontrar la casa que se dice perteneció al Capitán don Juan de Chavarría y Valero. La amplia casona construida en tezontle consta de dos pisos,  marcos de cantera, hermosas sobrias ventanas de un muy acoplado estilo; el nicho que adorna la fachada tiene una mano que sostiene una custodia, aunque en aquella época será más común poner un santo.
Don Juan nació en la ciudad de México, y fue bautizado en el Sagrario Metropolitano el 4 de junio de 1618. Dos lugares de la República llevan su apellido patronímico por haberlos explorado el de Chavarría: la Sierra de Durango – Sinaloa inclinada hacia el Río Presidio y cercana hacia el Espinazo del Diablo, y la Roca de Barra en Tamaulipas, que comunica la Laguna de San Andrés con el Golfo de México.
Algunos hechos que coincidieron con el capitán Valero son:
A fines del siglo XVI llegó a tierras mexicanas don Rodrigo de Vivero y Velazco, y poco tiempo después contrajo matrimonio con Melchora Aberrucia, después tuvieron un hijo que llevó el mismo nombre del padre; el primogénito don Rodrigo de Viviero y Aberrucia fue el primer Conde del Valle de Orizaba y primer Vizconde de San Miguel Tecamachalco. Años más tarde se desposó con doña Leonor Ircio de Medoza, con quien procreara un niño y una niña.
Este niño se convertiría en el segundo Conde de Orizaba, don Luis de Vivero Ircio de Mendoza, fue el que aupó la famosa Casa de los Azulejos; pasan los años y contrae nupcias con doña María Hurtado de Mendoza, naciendo de esta unión el tercer Conde Orizaba don José Vivero Hurtado de Mendoza, edificador de la residencia campestre de Mascarones.
El capitán don Juan de Chavarría y Valero emparentó con los condes de Orizaba, casándose con la hermana del segundo Conde, doña María Luisa Lorenza de Vivero Ircio de Mendoza, tuvieron tres hijos: Juan, Luis y José de Chavarría y de Vivero.
Corría el año de1582, cuando doña María Saldívar y Mendoza y su esposo don Santiago del Riego, decidieron ser patronos para la fundación del Convento de San Lorenzo, recibieron ayuda económica de don Juan Fernández Riofrío y su esposa doña María Gallardo de Riofrío; sin embargo ninguna de las parejas llegó a ver terminado dicho trabajo, a cargo del arquitecto don Pedro Briseño. Después la responsabilidad recayó en don Juan de Chavarría, siendo quien llevara el proyecto a feliz término, recibió también  la bula de Clemente VIII y la cédula aprobatoria del Rey Felipe II de España.
Por esta labor, Valero fue premiado con la orden de Caballero de Santiago, la cual rivalizaba con  las de Espuela de Oro, la de San Gregorio, la de San Silvestre y la del Santo Sepulcro; Chavarría llegó a sentir un amor tal por aquella iglesia, que mandó labrar su sepulcro con su estatua orante, y que todavía podemos ver en su interior.
Se cuenta que por aquellos años, vivió un sacrílego ladrón llamado Eufrasio Pedontero, que tenía fama de ser toda una joyita en las artes del robo. El 11 de diciembre de 1676 decidió urtar las tres potencias de oro del Santo Cristo de la Caña, en el Templo de San Agustín, pero al llevar a cabo este acto, el miedo y espanto invadieron su alma, acto seguido resbaló entre los barrotes arrastrando velas y cirios. Con miedo, ansias y agonías, el caído no sobrevivió, desencadenando el accidente un terrible incendio en todos los rincones de la iglesia. Las crónicas de la época nos cuentan lo sucedido aquel trágico día: “… Noche desgraciada para la Nueva España, esta del 11 de diciembre. Se celebraba el aniversario de la aparición de la aparición de la Virgen de Guadalupe en la parroquia de San Agustín, cuando un caballero, vistiendo un traje de capitán, fuerte y robusto, como de 58 años de edad, sea abrió paso entre la multitud y penetró en la iglesia, cuyo interior era un horno. Y exponiendo su vida avanzó más, hasta el altar mayor, y con fuerte mano tomó  la custodia del Divinísimo. Y rápido y decidido como entró, abandonó el templo, casi ahogado y con las copas ardiendo. Ese hombre, don Juan de Chavarría y Valero, piadoso y rico, fue el valeroso militar quien rescató la divina forma…” 
El templo fue reedificado más tarde, y por haber  puesto en peligro su existencia, en ese tan noble acto heroico, el Rey le concedió permiso para honrar su casa con el símbolo que vemos actualmente en la hornacina que se mencionó al principio.