domingo, 14 de abril de 2013

El fantasma de la monja atormentada




“Maldito aquel que revelare lo que en estos documentos contenido. Su indiscreción le causará la muerte… Santa Inquisición. Tribunal del Santo Oficio. Año e 1576”. Bajo la más terrible pena de muerte se ha guardado durante varios siglos este secreto hasta hora inviolado. ¿Qué misterio oculto bajo el sello temible de la Santa Inquisición, contienen estos pergaminos que no pudieron revelarse? Para conocer el gran misterio sobre este temible sucedido, es preciso retroceder al siglo XVI.
Estamos en España en el año en gracia de 1569, durante el cruel reinado del rey Felipe II, a quien todos tenían por descreído  o alejado de la iglesia, daba terribles muestras de fe; y esta fe se traducía en castigos horrendos  a herejes y en instalaciones, siniestras para castigar y torturar incrédulos. En aquella época vivía el religioso fray Pedro Moya de Contreras, a quien siempre molestaban por ser el cuñado del rey, pues teniendo a un pariente tan influyente se preguntaban por qué no le pedía el cargo de Obispo; por lo general siempre eran grupos de borrachitos que armados de valor con el licor,  le decían de todo al santo varón.  Como era costumbre, fray Pedro se alejaba lleno de indignación, dejando en paz a las banditas de bebedores.
Se decía que una hermana del religioso había tenido amores con el rey Felipe II, de los cuáles había nacido una niña;  al principio eran solo simples rumores, pero con el paso de los años se convirtieron en una certeza, por lo que la gente lo comentaba ya convencida, y a medida que pasaba el tiempo, las hablillas se multiplicaron al por mayor. Se dice que cansado de tantas burlas de clérigos y gente, fray Pedro Moya de Contreras fue a ver al rey Felipe II, y lo que ahí se dijo no queda nada para comprobarse, más por lógica podemos deducir que el religioso le reclamó al monarca su proceder; nadie fue testigo de semejante entrevista, y lo que respondió su majestad al fraile solo hablan los hechos posteriores.  Por órdenes del rey, fray Pedro ayudó a la fundación de los Santos Tribunales, dejando instalados monstruosos aparatos de tortura para castigar a los incrédulos e irreverentes, comprobando el mismo las formas inhumanas de castigo.
Se dice que la presión moral del religioso no cesaba ante el rey Felipe, así un día se salió con la suya y logró que fuera nombrado el primer Inquisidor de la Nueva España, también la iglesia lo eleva al rango de Arzobispo; días más tarde el religioso es enviado a la Nueva España en el galeón hispano “San Honorio”, buena estrategia del rey para mantenerlo lejos de tierras europeas.
Fray Pedro llega a la Villa Rica de la Veracruz en 1570, acontecimiento que fue pregonado por todo lo alto; se anunció siete veces por las calles de la capital, yendo en la comitiva el alguacil mayor del Santo Oficio Francisco Verdugo de Bazán, el Secretario Pedro de los Ríos, el Receptor Pedro de Arriara y Gaspar Salvago, Silvestre Espíndola y Juan Saavedra como testigos. A petición del  Inquisidor General fray Pedro, el virrey don Martín Enrique de Almanza ordenó a los dominicos cedieran un edificio, entonces se hicieron los arreglos necesarios y se instaló en el inmueble la tan temida Santa Inquisición, que aún podemos ver hoy en día. El funcionamiento del tribunal de la fe comenzó a funcionar de acuerdo con las instrucciones dictadas por fray Tomás de Torquemada; dicho tribunal se hizo temible, porque la víctima nunca sabía quién le acusaba y quienes eran los testigos, pues todo se hacía en el más absoluto de los secretos. El Inquisidor Mayor daba los tormentos y después de lograr la confesión, entregaba al reo convicto al brazo secular; y fue precisamente durante el tiempo que permaneció en tan temible cargo, que fray Pedro pensó en ejercer siniestra venganza en contra de quien había manchado su honra, el problema era que se trataba del rey; al no poder desquitarse con el entonces decide descargar toda su ira en contra del fruto del pecado: su sobrina.
El religioso manda llamar a los miembros del santo tribunal para darles la orden de que apresaran a los herejes, hechiceros, relapsos e irreverentes; así cumplía con las ordenes de rey y después cuando menos se diera cuenta, ejercería su espantosa venganza. Más si su cargo de Inquisidor le dictaba cometer severos castigos y tormentos, como arzobispo solía recatarse un poco; sin embargo,  entre esas pasiones contrarias se levantaba el pecado de su hermana, que él consideraba su mayor deshonra. Tres años después, en 1573, fray Moya hacía sentir su odio y la crueldad del santo tribunal, y ahora a los condenados se les iba a ejecutar en el primer y más monstruoso acto de fe que se guarde memoria; uno a uno durante toda  la noche y el día siguiente, fueron ardiendo aquellos herejes, ¡hasta acabar achicharrados los 73 reos!
Enfermo de crueldad y puesto su poder de manifiesto, noches más tarde pone en marcha su siniestro plan, mandando a alguien de su confianza para que secuestrara a su sobrina en Sevilla España, y pobre del infeliz si era descubierto porque iba a sentir la ira del ofendido. Una vez que la joven pisó tierras mexicanas, su vida comenzó a ser un verdadero infierno, pues su malvado tío la utilizaba para probar cada tormento diabólico que su enferma cabeza urdía; pero la diversión le duraría poco, ya que noches más tarde fue conducido a la celda de su infeliz sobrina, quien ya debilitada y enferma no podía resistir una tortura más, entonces su tío decide meterla de novicia en el convento de Jesús María, y le ordena a la madre superiora que una vez curada, debía obligarla a flagelarse, ayunar y disciplinarse con dureza. La casi moribunda muchacha fue conducida al monasterio por un túnel secreto.
En cuanto se repuso la joven, las monjas entraron en acción, ordenándole que debía disciplinarse hasta sangrar antes de cada alimento y al acostarse, obediente y sumisa comienza su cruel castigo; pero eso no era todo el tomento para la pobre muchacha, pues a su tío no le parecía suficiente, entonces decide mandarla traer cada martes y viernes a través de secretos túneles (que se pusieron al descubierto con las excavaciones del metro), conducían a la infeliz hasta cierto lugar. Al llegar la recibían silenciosos encapuchados que se hacían cargo de la desdichada novicia, cantaban extrañas letanías y se alejaban a través de los extensos túneles que corrían por debajo de la ciudad, hasta que al fin llegaban a la tenebrosa cámara de torturas de la Inquisición. La inocente doncella parecía no resistir más tormento. Allí la entregaban al verdugo, que debía de continuar con el cruel tormento a quien según el tío consideraba el fruto de un pecado; y no contento con eso, el perverso observaba los tormentos a su sobrina  a través de una cerrada celosía. Después la desdichada novicia era regresada a su convento, siguiendo los mismos túneles secretos. Al fin, la noche del 9 de agosto de 1578, terminó el martirio de la hija de Felipe II y la hermana del primer inquisidor; la joven muere sin nunca saber que pecado tan terrible había cometido  para ser castigada de una manera tal cruel y despiadada.
Meses después aquella novicia muerta, cuyo nombre no registró el libro del convento, comenzó a vagar por los jardines lanzando al aire quieto y agorero sus más tristes lamentos, causando el espanto entre las monjas que le vieron, y estas sabían perfectamente que era la religiosa muerta en pecado y tortura. Años después la tristísima figura de la monja salió de los muros conventuales y se lanzó a la calle con todo y sus desgarradores lamentos que erizaban los cabellos hasta al más valiente; en poco tiempo el vulgo la bautizó como “La monja atormentada”.
Durante muchos años la fantasmal novicia vagó por lo que hoy es esquina de Correo Mayor y Moneda; después, lanzando su doliente queja avanzó  hasta la esquina del Palacio Virreinal, y se situaba ante la puerta cerrada. El motivo por el cuál llegaba el fantasma hasta aquel lugar, no era otro, según creyó la gente, que el de ir en busca de su tío, pues ya en 1584 había sido nombrado el arzobispo Pedro Moya de Contreras, sexto virrey de la Nueva España. El fantasma doliente permanecía  allí hasta pasada la media noche, después regresaba a su convento, pero aunque la monja atormentada no salía a gemir todas noches, la gente rehuía pasar por la Plaza Mayor; y tanto dio el vulgo en asegurar que el espectro  iba en busca del virrey, que se tomaron cartas en el asunto enviando una comisión eclesiástica  y palaciega para que hablara con fray Pedro Moya de Contreras, quien después de dialogar con ellos, decide enfrentar al fantasma al día siguiente en punto de las doce de la noche, para así devolver la paz a la Nueva España.
A nadie extrañó  que se levantara a toda prisa un templete frente al Palacio Virreinal, el cual quedó terminado sin que la gente supiera los fines para los que fue construido, pues todo era secreto en esos días. La noche del 9 de junio, muy cerca de la medianoche salió de Palacio fray Moya de Contreras y su extraña comitiva, quienes llevaba un crucifijo, estandartes y reliquias para exorcizar trasgos, fantasmas y demonios; la plaza  estaba solitaria y la noche tranquila y tibia, el grupo se dirige al templete para tomar asientos cada uno en su respectivo lugar, acto seguido comenzaron a elevar plegarias a Dios mientras aguardaban la hora indicada, pero no paso mucho tiempo cuando estalló un grito espeluznante que llenó de pavor sus corazones: la macabra monja se había hecho presente para lanzar sus gritos dolientes. De acuerdo  con los cánones religiosos, fray Moya de Contreras invocó a la muerta, y para asombro de todos, la monja respondió en verso, en donde le imploraba que quería dejar de penar en este mundo; el virrey  atemorizado no pudo articular palabras en forma de verso, y  sin que nadie pudiera impedirlo, se arrojó a los pies de aquel fantasma para implorarle perdón con lágrimas en los ojos. Varios minutos permaneció  allí el religioso, sobre el suelo  de la Plaza Mayor, hasta que al fin los frailes y oidores se atrevieron a levantarlo.
El virrey declaró en el Legajo de una Causa Triste del Santo Oficio todo lo acontecido aquella noche, así como también la identidad de la monja; dicho documento fue sellado con lacre y cayó la maldición sobre quien revelase aquel secreto, más aún sucedido histórico, debe salir a la luz.

miércoles, 10 de abril de 2013

Real Monasterio de Jesús María (Parte 2)

Ubicado en la calle de Jesús María esquina con Soledad en pleno Centro Histórico, podremos encontar uno de los templos mejor conservados que podremos visitar en esta ciudad, cosa que no podemos decir de lo que queda del convento, que está ya en la ruina total. Sus origenes se remontan hasta finales del siglo XVI, cuando las monjas concepcionistas deciden trasladarse de los rumbos de la Santa Veracruz, hasta su ubicación actal, lugar que era ya muchos más espacioso y confortable.
Hoy en día esta calle está llena del bullicio comercial, característico del Centro Histórico, en donde podrás contrar toda clase de artículos.


domingo, 7 de abril de 2013

El sarcófago de Catedral


Como todos recordaremos en 1521 fue edificada una pequeña iglesia sobre el templo de Huitzilopochtli. Conforme pasaron los años los indios convertidos al catolicismo fueron aumentando y como aquella se hizo demasiado pequeña para tanta gente, entonces se decidió demolerla y se construyó la Catedral que vemos hoy día.
Durante su construcción los franciscanos vivían ahí en habitaciones provisionales, todo marchaba muy bien, hasta que en 1629 hubo una terrible inundación en la cuál salieron muchos escombros, entre ellos un misterioso sarcófago, que descubrirían los frailes Tomás de Salazar y Miguel de Aviña, que avisaron inmediatamente al padre superior sobre el hallazgo, quien mandó ponerlo en un lugar donde el agua no le causara daño.
Días después que bajaron las aguas, el padre superior fue a hacer averiguaciones del nombre del difunto, su fecha de muerte y lo mandó limpiar.
Cuando fray Tomás terminó de limpiar el sarcófago, agotado, se sentó a descansar un rato encima de el, de repente sintió que algo le jalaba el hábito; sin darle importancia le informó al padre superior que no había datos del difunto. Decidieron dejarlo ahí hasta poder hablar con el seños virrey.
Ese mismo día en la tarde Fermín de Huesca, el joven organista vino a afinar un órgano que recién había llegado de España; vio el sarcófago y tentado por la curiosidad fue a observarlo, observando que tenía una pequeña hendidura en un lado de la tapa, entonces se asomó, de pronto escuchó en su interior un ruido y vio que algo se movía, se retiró asustado, pensando que podía ser una rata.
El lugar donde se hallaba el sarcófago era obscuro y silencioso; esto creaba una atmósfera siniestra, pero en el joven pudo más su curiosidad que su miedo, y acto seguido metió en la hendidura un pequeño pedazo de papel enrollado par ver si el roedor lo mordía, pero cuál no sería su sorpresa cuando sintió que era jalado, lo sacó y vio que la orilla estaba rota y manchada.
Salió corriendo aterrorizado, al tiempo que pedía auxilio e informando que había alguien dentro del sarcófago; afortunadamente en uno de los pasillos se encontró con el padre superior y le informó todo lo sucedido, enseñándole aquel papelito roto.
Alumbrado con unos cirios, el padre superior fue al lugar donde se encontraba aquel objeto, pensando que eran figuraciones del joven se acercó sin temor alguno y se asomó por la hendidura alumbrándola con un cirio. Aterrorizado comenzó a rezar mientras retrocedía. ¿Qué cosa tan terrible vio?
Al día siguiente el padre superior acudió al Santo Oficio. El señor oidor le pidió al religioso que explicara lo que había visto exactamente dentro del sarcófago; lo único que pudo decir es que era una cosa espantosa. EL santo tribunal dio orden de que nadie entrara a la Catedral y que esa misma noche se llevaría a cabo un exorcismo.
Cayó la noche y llegaron los exorcistas junto con la santa hermandad al lugar de los hechos. A puerta cerrada se realizaron rezos, exorcismos y salmodias religiosas, después se ordenó abrir el sarcófago. La tapa se encontraba sellada, pero después de varios intentos lograron abrirlo, más les hubiera valido nunca haberlo hecho…
La tapa cayó al suelo y acto seguido se escucharon unos sonidos espantosos, la tierra se empezó a mover, una fuerte ráfaga de aire apagó todos los faroles y cirios; y de repente en medio de la penumbra, ante la mirada atónita de los presentes una figura horrible y deforme salió de sarcófago.
Cuando pasaron estos escalofriantes sucesos, los cirios y faroles volvieron a encenderse y descubrieron los cuerpos sin vida del oidor y de un fraile. Uno de los ayudantes hizo un siniestro descubrimiento: unas extrañas huellas sobre el lodo. Ya estaban a punto de retirarse, cuando otro de los ayudantes se asomó el interior del sarcófago y encontró el pedazo de tela del hábito de fray Tomás y el pedacito de papel del organista. Nadie supo que hacer, entonces el señor obispo decidió consultarlo con sus superiores de España.
Pasaron los siglos y en 1935 fue retirado un ciprés frente al altar mayor y debajo de el se encontró el sarcófago de mármol blanco con unos papeles viejos encima y una inscripción en latín. Hasta hoy nadie ha podido descifrar el siniestro misterio de aquel sarcófago encontrado en Catedral. ¿Qué creen ustedes que vieron aquella noche el grupo de exorcistas y la hermandad?

lunes, 1 de abril de 2013

La hija de la Llorona



En polvosos y carcomidos documentos se han encontrado nuevos ángulos sobre el espectro aterrador que sembró pavor y muerte entre los habitantes de la Nueva España. ¿Quién fue realmente esta mujer?
Fray Bernardino de Sahagún nos habla de la Llorona, identificándola como la diosa Cihuacóatl, la cual se trataron espectro aterrador que en noches de luna aparece voceando y bramando en el aire de la ciudad de ídolos y sangre lo siguiente: “¡Aaaaaaaaaay!  ¡Mis hijos!”; le dijeron entonces al emperador Moctezuma, que este espanto era uno de los más trágicos augurios.  Después sobrevino la conquista y Hernán Cortes destrozó con sus huestes codiciosas la magnífica ciudad imperial, los indios fueron esclavizados, el  oro y riquezas robados; pero la Llorona continuó apareciendo en su misma espantable figura, y su llanto penetrante agudo.
Pasaron nuevamente los años, y no creyendo los hispanos en augurios aztecas, dijeron que el fantasma  era doña Marina que lloraba por haber traicionado a su gente. Y pasan años, años y más años, la colonia instalada siente de nuevo el pavor de este espectro, ojos aterrorizados la ven flotando en la plaza principal de la Nueva España; y con el corazón dándoles vuelcos y las manos crispadas contra el pomo de sus espadas, la ven arrodillarse, y entonces no falta quien armándose de valor se fije en sus macabras fracciones, y diga: “¡Es esa mujer!”. Se decía que el alma en pena lloraba a sus hijos y que iba a pedir perdón por la culpa tan grande que traía.
Así, durante 20 años la colonia cargo con el fantasma bautizado como “La Llorona”, sin que esto fuera obstáculo para que valientes enamorados acudieran a la ventana de la amada, como el caso de don Melchor de Gómez, quien noche a noche acudía a la ventana de su prometida Luisa, un suspiro, un beso que se queda mudo en los labios y el aroma de una flor cercana en la noche enlunada, despiden al amado; acto seguido Luisa cierra el balcón de su casa, y cuando escucha que los pasos de don Melchor se han apagado corre así el interior para ver con ilusión el vestido que usará el día de su boda. Feliz, con 1000 palomas de ilusión revoloteando en su linda cabecita, la joven se prueba el vestido de novia que ha enviado su amado, y esa misma noche después de muchos años decide entrar en la alcoba que alguna vez ocupó su señora madre, pero al entrar y ver aquello tal y como quedara sin saber ella porque, sintió un extraño presentimiento de que algo trágico había ocurrido entre esas cuatro paredes. En ese momento descubre entonces de joyero sobre el tocador, entonces el loable para ver su contenido y decide probarse las joyas, que como era costumbre en aquella época, la hija debió usar las joyas de su madre. Levanta la tapa del joyero y una cascada de luces brota de allí, hay perlas y diamantes y otras piedras preciosas, Luisa se lleva el cuello dos collares de brillantes y perlas engarzadas en oro de fina filigrana, pero al hacer contacto aquellas joyas con su piel blanca y tibia, ocurre algo terrible: ¡se ve reflejada en el espejo como un esqueleto! Aterrorizada por esa visión macabra, arroja las alhajas lejos de sí y sal gritando de allí como loca, entonces su sirvienta Tadea acude rápidamente en su auxilio para enterarse de lo sucedido, y con palabras reconfortantes la acompaña su alcoba con todo y joyero.
La luna entra por la ventana arrastrando en su luz argentada rumores lejanos de la ciudad lacustre, y no había transcurrido ni media hora desde que Luisa se había ido a dormir, cuando despierta sobresaltada al escuchar unos gemidos provenientes del joyero, y asustada pero a la vez curiosa exige que aquella presencia se manifieste, y como si hubiese aguardado solamente ese mandato, un plasma flota, una figura horrible, que era nada menos que era su madre, La Llorona. El espectro le advierte que no debe casarse con su pretendiente porque sino heredaría la maldición, y sin decir nada más sale por la ventana lanzando gemidos lastimeros.
Luisa le exige a Tadea que le diga porque es la hija de aquel ser espantable, entonces dócil y sumisa, la señora obedece la orden de su ama, y entre lloros y frases cortadas le hace su tétrico relato: “Aquella noche en que vuestra madre os apuñaló, siendo vos la más pequeña, creyó que estabais muerta, aquella noche horrible mientras la turba enardecida perseguía vuestra madre, os salvé, y os llevé a casa de mi madre que era curandera, y desde entonces cuidó de vos y de vuestra fortuna, ya que muerto vuestro padre la reclame para vos”.
Sin hacer caso de las advertencias de Tadea decide contraer matrimonio. Veinticinco años de espera de una maldición y veinte que Luisa estaba deseosa de un afecto, hicieron posible la boda en donde lució aquellas joyas que tenían la maldición de la Llorona y a cuyo contacto y ante un espejo obraban de forma diabólica, la sirvienta tampoco lo sabía, pero ese día al salir la pareja del templo pareció presentir aquello. Esa noche, después de la fiesta de bodas la pareja se retiró a su alcoba, había luna llena y misterio en el ambiente colonial; como atraída por un extraño flujo, la joven se ve precisado a sentarse ante el espejo, y entonces como si al tocar las joyas se pusieran en libertad fuerzas demoniacas, ocurre aquello: sin escuchar la voz del amado, como convertida en una fiera la transfigurada Luisa se arroja sobre Melchor de Gómez.
La impresión, el susto y la pena causan la muerte del marido, por fin Luisa saciar su furia infernal dirigida por un alma maldita. Al día siguiente de un amigo íntimo de Melchor de hacer el terrible descubrimiento. No tarda en tomar conocimiento la justicia, que en vano buscó a doña Luisa para que explique  la muerte del esposo, para simplificar las cosas la muerte de aquel hombre se han o a motivos puramente pasionales, para cubrir el expediente [guaso y buscaron afanosamente a la mujer sin hallarla por ninguna parte. Nadie sabía que la fiel Tadea se la había llevado a la casa de sus mayores, en donde la encerró en un calabozo oscuro, desde donde no pueden escucharse en el exterior sus aullidos lastimeros, pero por las noches fuerzas sobrenaturales las sacaban de su celda el empujaban a la calle ¡las mismas noches de luna!
Cuentan las viejas crónicas que al filo de la medianoche, escuchaban por san Pablo lanzar un grito angustioso, y que al mismo tiempo causaba pavura con sus gritos y horrísona presencia allá por la Acordada. ¿Qué explicación sería entonces a esto? Ninguna, porque todos los habitantes de la Nueva España creían que era la misma espectral mujer vagando. Sin embargo, vistas las cosas a la fría realidad del siglo XXI, podemos asegurar que madre e hija vagaban por su cuenta, y por eso la veían a un mismo tiempo en lugares tan distantes uno del otro.
Dicen también estos viejos documentos, que llegó a tal grado el terror en la colonia, que el Santo Oficio decidió intervenir, y fueron comisionados para esa misión dos frailes camilos conocidos como ¡los padres de la buena muerte! Uno oidor y un criminal sacado de prisión. Durante varias noches de luna aguardaron valerosos a que la horrible visión apareciera por las calles, hasta que por fin una noche la tuvieron a la vista y decidieron seguirla para saber en qué lugar se escondía o desaparecía, el espectro lanza un grito escalofriante y los perseguidores tiemblan de pavor, pero sobreponen, y la siguen hasta que llega la casa que fuera de los condes de Montes Claros. Ante la casa muchos años clausurada, aguarda la gente aquélla hasta que el sol ilumina con sus rayos a la Nueva España,  y tan pronto tienen su arma principal que es la luz del cielo, se precipitan a la casa y hacen que Tadea les abra la puerta; como si fuera la respuesta a sus preguntas, en ese momento se escuchó un alarido y sin hacer caso de las protestas de Tadea bajan al sótano, guiados por los gritos logran encontrar el escondite y sin aguardar más, mientras los frailes la exorcizan el oidor y el criminal procuran atarla prontamente. Mientras resuenan secos y siniestros en los golpes de mazo sobre estaca en  el cuerpo de la aprisionada, un grito o libre estalla en los sótanos, mientras la fiel sirvienta llora, el oidor despoja a Luisa de sus joyas, y es el criminal quien señala la realización de aquel fenómeno, pues aquel cuerpo pasó de ser algo aterrador a una mujer joven.
Para que las joyas no volvieran a causar otra desgracia, loca de rabia llorando por no haber descubierto antes el maleficio, Tadea las arroja a un profundo pozo, mientras tanto queda ahí, muerta para siempre la bella Luisa Montes Claros; fiel sirvienta llora desesperadamente a su lado.
Desaparece así una de las Lloronas que nos ha heredado la leyenda, todavía hoy suelen verla por campos y ciudades, pero nadie sabe quién es, ¿quién fue realidad?: ¿Cihuacoatl, doña Malinche, la madre de Luisa? … ¡quien lo sabe!

domingo, 24 de marzo de 2013

El convento de San Agustín


La construcción de la iglesia de San Agustín comenzó el 28 de agosto de 1541, por el virrey Antonio de Mendoza. Tanto el convento, como la iglesia fueron muy suntuosos; el arquitecto de éstos templos fue Claudio de Arciniega, por ahí de 1579, quien describe la fachada de la iglesia como “una historia grande del señor San Agustín”.
La obra fue concluida en 1579, su retablo mayor fue hecho por Andrés de Concha; las puertas que daban a la calle fueron labradas en 1591 por Pedro López de Pinto y Hernán Sánchez.
Pasaron los años y el día de viernes 11 de diciembre de 1676, a las siete de la noche, la iglesia y una parte del convento ardieron en llamas por tres días. Pudieron ser rescatadas algunos colaterales y pinturas (entre ellas Santa Cecilia).
Al reconstrucción de la iglesia comenzó pronto; aquí participaron Fray Diego de Valverde, Tomás Juárez, Simón de Espinosa y Salvador de Ocampo.
A fines del siglo XVII el arquitecto Diego Rodríguez realizó varias obras en el convento, después José Antonio de la Cruz construyó la barda en 1708 (actualmente la barda ya no existe); Blas de los Ángeles, Miguel José de Rivera, Juan de Rojas y José Joaquín de Sáyago, pondrían los retablos y el colaterial mayor de la Capilla del Tercer Orden en 1752.
Después San Agustín fue convertido en Biblioteca Nacional y el convento en muladar, hasta su total deterioro, el claustro fue mutilado pero todavía se conserva una parte; esto fue de puro milagro; pues el área que ocupaba y convento y sus dependencias los sustituye un estacionamiento.

domingo, 10 de marzo de 2013

El alux de Valladolid


Uno de los testimonios más importantes que se han dado a conocer en América y España sobre la presencia de un duende o Alux, fue la versión recogida de la ciudad de Valladolid en el año de 1613 por el capellán de su majestad y Deán de la Iglesia y Catedral de Yucatán, Dr. Pedro Sánchez de Aguilar, quien la describe fielmente en su obra “Informe Contra Idolorum Cultores”, que traducido al español quiere decir “Informe contra los idólatras”, haciendo referencia a los indígenas mayas que adoraban y rendían culto a sus dioses; dicha obra fue escrita en latín y castellano, dándole a conocer en Madrid, España en el año de 1639.
Cabe destacar, que el Dr. Pedro fue alumno destacado de Gaspar Antonio Chi Xiu, príncipe de la antigua casa real de los Tutul Xiu de Maní, de quien aprende la gramática española cuando fue su maestro en la capilla de Tizimín, lugar donde se dirigió Gaspar Antonio, después de que fray Diego de Landa realizara su condenable auto de fe un doce de julio de 1562. En este acto se destruyeron tesoros de valor incalculable, códices, vasijas, ídolos y pergaminos prehispánicos, arrebatados a los ahaucanes, chilames del antiguo reino de los mayas, cuya histórica tradición de milenios fue borrada del obrero inquisidora.
Volviendo a las memorias del Dr. Pedro Sánchez de Aguilar, nos narra sobre el alboroto y escándalo que vivió la villa de Valladolid: “por los años de 1560, hizo su aparición un demonio o duende (caso estupendo e inaudito), que hablaba y tenía plática de conversación con quienes querían hablarle pero a las ocho o diez de la noche, cuando ya los candiles de las calles de aquella ciudad estuviesen apagadas. Desde luego, este duende que hablaba era un Alux y se supone, que su presencia e inconformidad, se debía a que su vieja morada había sido destruida y quemada, para construir sobre sus escombros casas señoriales de los conquistadores españoles llamados Juan López de Meza y Martín Ruíz de Arce. Esta criatura hablaba con voz chillona y tocaba un bandolón con gran habilidad, así como hacía sonar castañuelas y se oía que bailaba alegremente sobre el techo de las casas aunque no se dejaba ver. Al principio, según el señor Sánchez, el duende no hacía daño alguno ni perjudicaba en estas dos casas donde habita o se aparecía, pero en otras sí, ya que les tiraba piedras y hacía ruido en las azoteas, asustando a los que por esos rumbos pasaban por las noches. Como sus actos cada día se van incrementando en agresividad, pues ya hasta tiraba huevos a cuanta mujer veía a esas horas, el Alux fue acusado con el cura de la villa de Valladolid, Tomás de Lersundí, quien decidió conjurarlo para que cesaran en sus ruidos y maldades, mediante su ritual católico. Procedió a mojar un hisopo con agua bendita y lo espero; pero las horas pasaban y la criatura no se aparecía ni hablaba.
Cuando el cura se hubo retirado, el duende volvió a hacer su acostumbrado ruido, brincando, gritando y riéndose a más no poder. Cuando el religioso llegó a su casa en donde había dejado la mesa puesta para cenar, encontró sus buñuelos y vinos tirados en los pasillos, la fuente de agua llena de estiércol de su mula y su mesa mojada con orines.
A la mañana siguiente el cura dijo en su sermón de misa, lo que le había sucedido con el Alux, y advirtió sus fieles que se cuidarán por las noches de ese pequeño engendro diabólico. Las maldades, travesuras y hazañas del duende llegaron a oídos del señor Arzobispo de la Ciudad de Mérida, quien ordenó que nadie le hablara y respondiera al supuesto Alux, el cual ya tenía a toda la villa aterrada. Los pobladores cumplieron al pie de la letra las órdenes del religioso. La criatura se dio por despreciada y empezó a llorar por las noches de manera muy lastimera y a quejarse del Obispo; comenzó a hacer ruidos de mayor intensidad en las azoteas y le dio entonces por quemar las casas. Los vecinos desesperados, se juntaron en la iglesia y pidieron al cura que les escogiera por medio de azar a un Santo como abogado, prometiéndole celebrar su fiesta en procesión al nuevo convento de San Francisco, y quiso la suerte que les tocara San Clemente; se le festejaba el 23 noviembre, día en que fue trasladado en la prometida procesión. Le efigie de este Santo, se encontraba en uno los retablos de la iglesia de Valladolid con un demonio atado. El señor Sánchez aseguró que esta criatura fue vista desde el año de 1562 en Zací, pero desapareció por 34 años después de la procesión.
Siendo párroco de la villa, Pedro Sánchez se tuvo que enfrentar al Alux que después de tantos años sin dar señales de vida, nuevamente estaba de regreso. La traviesa criatura vuelve aterrorizar al pueblo, quemando las casas de los indios que se unieron a los españoles, y luego se trasladó a Yalcobá, llendo tras sus pasos Pedro Sánchez para conjurar lo que desterrarlo de aquel pueblo, donde se aparecía puntualmente al medio día para provocar un enorme remolino de viento que levantaba una gran polvareda, haciendo ruidos como de huracán, aventando piedras y cuanta cosa encontrara por todo el pueblo. Como todas las casas de los indios quedaron consumidas por el fuego, no les quedaba otra opción más que dormir bajo los árboles.
Al llegar Sánchez de Aguilar ha dicho pueblo, les instrucciones a los indios de que habría que realizar una misa cantada y solemne para ahuyentar al duende; y para despedirse, el malévolo Alux quemó con gran esmero una de las casas más grandes de dicho lugar. En otra ocasión el cura regresó a este pueblo y realizó otra misa cantada, en donde le pedía San Miguel Arcángel, que se llevará a la criatura muy lejos de los indios; al parecer la petición fue escuchada, el duende se retiró de Yalcobá, pero ¡o sorpresa!: regreso a Valladolid con nuevos incendios. Los habitantes hicieron cuanto conjuro celestial se les ocurrió para alejar al pequeño malévolo ser, y milagrosamente cesaron sus fechorías; y para tener la completa seguridad de que el Alux jamás los volviera molestar, mandaron llamar a los H'menes o hechiceros mayas, para conjurarlo en una ceremonia que realizaron en la plaza principal de Valladolid, con ritos y danzas de su antigua religión. Se mataron aves silvestres, prepararon vinos de blaché  con miel de Xunan cab y bebida del zacá para ofrendarlas al Alux. Ante estos conjuros surgidos del alma y voz de los cantores y sacerdotes mayas, la criatura desapareció por completo y jamás, hasta la fecha se ha vuelto a saber de él.

domingo, 3 de marzo de 2013

Los aluxes


Alux (singular) o aluxes (plural), son duendecillos traviesos que gustan de hacer bromas y jugar con los niños; se caracterizan por ser de estatura baja y gastarle a la gente bromas tan pesadas que a veces los llegan a llamar diablillos. Algunos creen que hacen estas travesuras para captar la atención y recibir algo de comer.
Estas criaturas viven en los bosques y montes; por los general se les representa en pequeñas figuras de barro que las podemos encontrar en algunos sitios arqueológicos, y como su aparición es bastante frecuente, los nativos suelen destruirlas hasta convertirlas en pequeños pedacitos, pues creen que esas representaciones son los mismísimos Aluxes que cobran vida  para hacer de las suyas.
Al parecer no son solo supersticiones, ya que hay varios testimonios de arqueólogos y gente dedicada a trabaja en excavaciones, que aseguran que si no pedían permiso a los Aluxes haciéndoles sus respectivas ofrendas explicándoles el motivo de su presencia, les era imposible poder avanzar en su trabajo, pues todo lo que avanzaban durante el día, en la noche los traviesos duendecillos se los desbarataban; pero un vez solicitando el permiso podían hacer su trabajo sin dificultad alguna.
Otras versiones aseguran que en la antigüedad eran los hombres los que daba vida a las figurillas de barro quemándoles copal, durante nueve días y nueve noches ininterrumpidas; como muestra de su agradecimiento,  los duendecillos ayudan los humanos en los que les pidan.
Cuando el sol se oculta es cuando los Aluxes salen de sus escondites, ubicados en el bosque, la selva o los plantíos y se introducen a las casas. Las personas que los han llegado  a ver, los describen como niños pequeños de máximo cuatro años, de un palmo de alto aproximadamente; en cuanto a su vestimenta, portan un gran sombrero y huaraches, ya que según dicen los que los han visto, andan desnudos. Algunos Aluxes que gustan de la cacería, traen colgada en el hombro una escopeta y se hacen acompañar de un diminuto perro, aunque su presa sea tan efímera como ellos, como dijeran los abuelos mayas.
De entre las muchas travesuras que hace estos pequeños seres, está el hecho de les gusta rozar con su mano la cara de sus víctimas mientras duermen, o incluso solo con su paso provocan un viento, que viene acompañado de enfermedades como la fiebre y el vómito; esto ocurre cuando no pueden controlar su curiosidad y hacen notar a toda costa su presencia, por lo que deciden visitar aquellas casas en donde no se les ofrenda algo. Para ahorrarse un mal rato, muchas familias precavidas destinan un lugar especial en su casa para dejarles comida y bebida solamente para ellos, por si acaso se decidieran a visitarlos, ganándose así su simpatía y amistad. En muchas ocasiones les fascina divertirse molestado a los habitantes de la casa a la que ingresan, zarandeándoles las hamacas para frustrarles su sueño.
Después hacer un profundo análisis del comportamiento de los Aluxes, es entendible porque los habitantes del Mayab prefieren llevar una buena relación con ellos. Las familias que les hacen sus respectivas ofrendas, son muy recompensadas por estos pequeños seres, dándoles buenas y abundantes cosechas, pues estos se encargan de cuidarlas, alejando a los ladrones y al mal clima, pues cuando adoptan una familia son capaces de capturar a uno de los Chaacoob para asegurar la lluvia sobre las tierras y así la buena cosecha.
Cuentan que cuando descubren a alguien hurtando los frutos de los huertos que celosamente resguardan, a la persona en cuestión la agarran a golpes, quedándose sin ganar devolverlo a hacer. Otro "pasatiempo" de los Aluxes es el de molestar a los animales, como a los perros, que les lanzan pequeñas piedras y se esconden, hasta que logran hacerlo desesperar con ladridos y aullidos.
También existen los Aluxes femeninos conocidos como X'Bolon Thoroch, que quiere decir "la que amplifica el sonido de la rueca", hacen acto de presencia en los relatos mayas, cometiendo las mismas maldades que tanto les divierten; se dice que ellas entran a las casas durante la noche causando gran alboroto haciendo ruidos relacionados con las labores del hogar, se les puede escuchar barriendo, lavando trastes, preparando comida, etc.
Otras criaturas traviesas que también les divierte sobremanera hacer maldades, son los Bokol h'otoch, que traducido quiere decir "el que revuelve casas"; a ellos les encanta moverse bajo el piso de las viviendas haciendo ruido de un bastidor. Las leyendas del sureste también nos hablan de otros duendecillos que gustan de hacer travesuras, sólo por mencionar algunos:
- Yancopek: Les gusta alojarse en los cántaros, jarros y demás utensilios de barro, desde donde realiza sus maldades.
- Uay-Cot: Se esconden en las paredes, en donde adquieren la forma de un pájaro-hechicero, les divierte mucho aventar pequeños guijarros a todo aquel que pase cerca.