lunes, 27 de junio de 2011

La calle de Espíritu Santo

Durante el siglo XVI, a esta calle  se le conoció como de los Oidores, debido a que algunos de estos altos funcionarios tenían ahí sus respectivos hogares, esto con el objetivo de que les quedara cerca la Real Casa, lugar donde hacían y deshacían las leyes para así ejercer una mejor justicia. Después a esta calle se le vendría a llamar  del Espíritu Santo, debido a que en ese lugar se encontraba la iglesia y el hospital del mismo nombre, después se le cambio a su nombre actual, que es el de Isabel la Católica.
Actualmente ya no quedan vestigios de la existencia de estos santos lugares, lo único que queda es una placa que dice sobre la existencia de esta casa de Dios y la de beneficencia,  señalada con fecha de 1600; y en su lugar se encuentra hoy en día el Casino Español. Vamos a regresar en el tiempo y no vamos a ubicar en este año, cuando Alonso Rodríguez de Vado y su esposa, Ana de Saldívar crearon esta noble fundación. Don Alonso era un  hombre muy rico, muy cristiano y sobre todo, muy caritativo; siempre brindaba su ayuda sin escatimar nada, no solo a su fundación, sino a cualquier persona que se le acercara a pedirle le resolviera resolver cualquier menester.
La construcción del hospital del Espíritu Santo era magnífica, dotado tanto este como la iglesia de fincas urbanas de buena renta, de las que había esparcidas por toda la ciudad, unas procedentes de negocios y otras que vinieron de herencia de antepasados. Entre las propiedades que dieron al hospital y al convento para que nunca le faltara nada, estaban las dos del Portal de la Fruta.
Don Francisco y su esposa entregaron los recién creados edificios a los frailes franciscanos, para que ahí abrieran un colegio para enseñar teología y otras disciplinas eclesiásticas. Como siempre, había personas a favor y otros en contra; los de un bando querían que el instituto comenzara su funcionamiento y el lado contrario se oponía rotundamente a esto.
Este caso fue tomado por las autoridades para dictaminar cuál sería la mejor solución, y después de exámenes detallados de los papeles, comunicaron a don Alonso que, conforme al derecho común y decisiones del Concilio Tridentino, no podía dictar constitución alguna para ese hospital sin haber tenido antes la licencia del prelado eclesiástico, y lo que pretendía llevar a cabo obraba contra el objeto de ella, pues lo que se diera a los religiosos se le quitaba a los pobres; además agregaron los entendidos letrados, que al hospital no podrían ir mujeres a atenderse, debido a que  estaba a cargo de los frailes franciscanos, pero el proyecto original era que todas las personas sin distinción de sexo tuvieran la oportunidad de asistir a este pio lugar.
El Ayuntamiento acordó que el procurador mayor saliera al pleito con los letrados, y después de discusiones, gritos y sombrerazos, finamente dictaron si veredicto con fechas de 23 de mayo, 13 de junio  y 30 del mismo mes  y año de 1608, en el cuál piadosos y limoneros fundadores  no lograron su noble intento de ayudar al más necesitado. Se decidió entonces, que el hospital se pusiera para ser administrado por las manos cariñosas y expertas de los hipólitos, dichos también Hermanos de la Caridad, cosa que se llevó a cabo y fue un atinado acierto.
La institución que tantos dolores de cabeza causó, finalmente paso a manos de estos religiosos, el Vado y su bondadosa mujer se mostraron liberales y dadivosos al aumentar los productos de fondo dotal con nuevas aportaciones de fincas urbanas: “tres pares de casas y una de entresuelo y ocho tiendas” y otra principal con un jardín, huerta llena de árboles y tierra fértil, todo esto frente a la pila de la Tlaxpana y frente a la esquina del Marqués del Valle. Con todas estas magníficas donaciones, tanto el hospital como la iglesia fueron de los más ricos en propiedades y recursos.
Pero como dice el dicho, nada es para siempre, pues una tremenda inundación acaecida en el año de 1634, causo grandes y severos daños al hospital y a la iglesia, así como también en infinidad de fincas de la ciudad, llegando a tal estado  de ruina que no fue posible rescatar nada que se pudiera aprovechar de lo poco que quedó en pie. Los hipolitanos mandaron reparar sus propiedades y luego el hospital, que con trabajos que se hicieron quedó mejor que antes de la inundación.
Los benefactores se hallaban muy complacidos por la excelente administración que llevaban los religiosos, mejorada  día a día por espacio de veinticinco años por los Hermanos de la Caridad, tanto en las cosas internas del hospital, como en las rentas que los ayudaban a cubrir gastos, y por todo esto decidieron ceder a su hermandad el patronato que ellos habían conservado, lo hicieron el 3 de abril de 1634.
Los hipólitos no se quedaron en su zona de confort, pues todos los días trabajaban duro por el aumento de su institución, ponían singular cuidado y esmero en servir a sus enfermos y hasta aumentaron en doce el número de camas para atender mayor cantidad de dolientes; y gracias y toda su dedicación y esfuerzo lograron labrar de nuevo la iglesia, el hospital y el convento.
A pesar de los trabajos de restauración y remodelación hecho después de la inundación, empezaron a aparecer hondas cuarteaduras por varios sitios, llegando a amenazar con un derrumbe. Al ver tales problemas que aquejaban a la comunidad, el padre prior mexicano Fray Basilio Patricio Martínez, “de ardiente caridad y gran espíritu”, se hizo cargo de la titánica tarea de reconstruir todo de nuevo. Contando con pocos recursos, al santo varón le encantaba aventarse a proyectos difíciles, ejecutando esta obra en poco tiempo, ahondó cimientos y los macizó con piedras firmes, echando sobre ellas grandes muros que en poco tiempo fueron elevándose y cubriéndose con bóvedas en unas partes, con labradas viguerías en otras. Lo primero en ser levantado porque urgía hacerlo, fue el hospital, después el convento y finalmente la iglesia. El lugar ya terminado fue dedicado después muchas dificultades el 19 de mayo de 1715.
En su fiesta titular, que era el Primer Día de la Pascua del Espíritu Santo, bullía en la calle entre música y estallidos de cohetes, con alegre gentío; el templo se encontraba decorado con grandes cortinajes de terciopelo, plata labrada, múltiples luces, flores a más no poder, todo acompañado de cantos y un pomposo sermón.
En uno de los claustro se encontraba un crucifijo  de hermosa factura, donde los viernes de Cuaresma  y los del Espíritu Santo, no solo acudían los vecinos del barrio, sino también gente de todas partes de la ciudad para llevarle flores y velas. Ante esta divina imagen se llevaban a cabo con solemnidad unos ejercicios que se les llamaban Desagravios de Cristo.
Esta festividad iba acompañada de una esplendorosa comida, la que disfrutaban con singular alegría los señores de las cofradías, compuesta de diversos platillos, los mejores vinos, suculentos y apetitosos dulces conventuales que llenaban de gozo las almas y cuerpos como inapreciables bienes; también eran partícipes del banquete los huéspedes del hospital y sus enfermos, pero sin comer todo lo que las personas sanas podían, a ello se les daba caldo condimentado, gelatinas, jericallas, rompopes, huevos espirituales y la infaltable copita de jerez o de Málaga.

domingo, 19 de junio de 2011

La celebración del Día de Corpus Christi

Esta tradición es una festividad  muy arraigada a la religión católica, siendo una de las más importantes del año. En México estas fiestas españolas comenzaron a celebrarse cuando apenas comenzaba la época de la Colonia, pero ¿Quién trajo estas tradiciones?
Los primeros en comenzar a predicar la religión católica fueran los frailes franciscanos que llegaron con los conquistadores. Es muy probable que la primera celebración de Corpus Christi haya sido en 1536, el dato exacto no se conoce, pero debido a la gran importancia que tenía es muy probable que haya sido de las primeras en llevarse a cabo en la recién formada Nueva España.
Los preparativos de la fiesta comenzaban cuando el Ayuntamiento hacía el llamado a los corregidores y alcaldes de las localidades cercanas de la ciudad, a quienes se les encomendaba la tarea de que los naturales asistieran a las procesiones.
Esta celebración que se llevaba a cabo en Catedral, era preparada desde abril por medio de la Cédula Real, donde se solicitaba a los alcaldes mayores de los diferentes partidos que “…presten los indios necesarios para hacer la limpieza y aderezo  de las calles por donde pasa la Procesión del Santísimo Sacramento el día de Corpus Christi, en forma que se ha hecho en el pasado, sin alterar la costumbre en México…” La capital de Nueva España nombraba comisarios y mayordomos para que se encargaran de la organización de la festividad, y un factor que decisivo era la colaboración  de los pueblos circunvecinos, entre los que se encontraban: San Juan Teotihuacán, San Cristóbal Ecatepec, Apan, Teapulco, Tulancingo, Pachuca, Mexicaltzingo, Coatepec, Chalco, Cuernavaca, Coyoacán, la Villa de Guadalupe, entre otros más.
Durante el día de Corpus Christi la Plaza Mayor era toda una verbena, en el Portal de las Flores se podían ver como llegaban las canoas cargadas de deliciosas frutas y flores exóticas, haciendo una mezcla deliciosa de colores y aromas; cerca de la fuente que había frente al Palacio Virreinal bajo una columna se ponían  los puestos que vendían ricas y frescas aguas de limón con chía, Jamaica, horchata, guanábana, y muchas otras variedades más.
El repique de las campanas y el sonido que producía la artillería, daban aviso de que la misa estaba a punto de comenzar en Catedral, a ella asistían los fieles de la ciudad y de algunos lugares cercanos; en el atrio  y los jardines que rodeaban al templo, las personas que no habían alcanzado lugar en la iglesia esperaban el comienzo de la majestuosa procesión, cosa que por nada del mundo se perderían de ver.
Una vez que terminaba la misa, comenzaba la tan esperada procesión, observada por los atónitos asistentes desde las aceras, en los balcones y en las azoteas de las casas. La procesión tenía un orden muy riguroso. Comenzaba con las hermandades, sus estandartes y sus faroles colocados en bastones, adornados con cristal y vidrio de colores. Después seguían las cofradías con sus respetivos estandartes, grandes escapularios y velas en las manos. Luego aparecían las alumnas de las Hermanas de la Caridad vestidas de blanco, llevando cada una sus mazas de plata al hombro y eran seguidas por dos cuidadores de la Universidad, ataviados con trajes de terciopelo morado y mangas encarrujadas. Posteriormente seguían los colegios nacionales de gregorianos, mineros lateranos, alonsiacos y seminaristas, vistiendo sus trajes que los diferenciaban, las terceras ordenes con sus cruces antecedían  a las comunidades religiosas, precedidas por sus cruces y ciriales y por tres sacerdotes en el orden que sigue: mercedarios, camilos, agustinos, dieguinos, franciscanos y dominicos. Atrás de ellos, se encontraban los rectores  de los colegios y la Archicofradía  del Santísimo, con su estandarte del Santo Cristo; niños y niñas vestidos indios polleros con su huacal a la espalda y otros de ángeles con alas de metal, diadema, penacho de plumas y sandalias, abrían el paso a la Archicofradía de la Virgen de los Remedios, con sus bastones de plata rematados con maguey, cargada en andas por seminaristas. Después hacía su aparición el Santísimo Sacramente, conducido por las autoridades máximas de la iglesia, ataviados con sus vestiduras arzobispales, protegido por un palio de lama de plata con bordados y fleco de oro; al paso del Santísimo niños angelicales arrojaban obleas hechas pedacitos y pétalos de flores. Ya por último venían las autoridades gubernamentales y el ejército con sus distintas dependencias.
La parte más divertida de la fiesta ya se aproximaba,  que era la famosa tarasca, esperada con ansias por los niños deseosos de verla. La palabra tarasca viene del griego “theraca”, que significa amedrentar, que representa al dragón infernal humillado por Dios Sacramentado, es decir, el bien vence al mal. Desafortunadamente esta fiesta fue prohibida por el virrey conde de Revillagigedo en el siglo XVII.
Ya para el año de 1842, las procesiones de Corpus Christi se siguieron realizando, pero sin la tarasca; los puestos fruta y aguas frescas siguieron vendiendo sus mercancías, para gusto de la gente que acudía a deleitar su paladar comiendo y bebiendo lo que ofrecían los marchantes.
Es muy probable que durante el siglo XIX los artesanos hayan empezado a elaborar las famosas mulitas cargadas con un huacalito; estas figuritas eran obsequiadas a los niños junto con dulces y alimentos.
En los pueblos de provincia las fiestas de Corpus, se caracterizaban por ser muy majestuosas y eran esperadas con mucho beneplácito por los habitantes fieles a la tradición; en algunos lugares a los animales se les daba muchísima importancia, y la celebración era más bien con motivo de llevarlos al atrio de la iglesia para bendecirlos, incluso los asomaban a las ventanas y balcones para que vieran la procesión.

lunes, 13 de junio de 2011

El señor de Veneno (Sucedió en la calle de Porta Coeli, hoy Sexta de Capuchinas)

En la Capital de Nueva España, se cuenta que vivió Don Fermín Andueza, un caballero de noble cuna, dueño de gran fortuna y propiedades. Muy temprano por la mañana se levantaba y envuelto en su negra capa del más fino paño, acompañado de un elegante sombrero de gran falda a la chamberga y una hermosa sortija de oro; pero detrás de todos estos lujos, Don Fermín era un hombre muy bueno y bondadoso, con más riqueza espiritual que material; daba su mano al pobre para ofrecerle consuelo, quitaba el hambre y daba hartura, sus palabras daban paz y serenidad a los corazones afligidos, aliviaba trabajos y necesidades con beneficios, en fin, todo la bondad que tenía este hombre en su alma era infinita.
El noble caballero, como era su costumbre, encaminaba sus pasos hacia la iglesia de Porta Coeli para escuchar la misa con mucha devoción, a la vez que pasaba entre sus dedos su decenario de marfil o leía algunas páginas de su miniaturado libro de horas. Una vez que concluía la misa, Don Fermín se dirigía a su casa, y tanto en la ida como en el retorno nunca se olvidaba de pasar a visitar un crucifijo de muy buena talla ya amarillento por el paso del tiempo, el Cristo pendía de la cruz, todo lacerado, flojo y lacio, presas manos y pies por aquellos horrendos clavos, su cabeza se encontraba recargada sobre su pecho, llena de delgados hilillos de sangre, rodeado por un largos y negros mechones de cabellos lacios enmarcando un rostro lleno de dolor.
El caballero, con toda humildad ofrecía su oración, una vez terminada se dirigía hacia la imagen para besar sus pies rojos y negros de sangre coagulada, y por último depositaba unas monedas de oro en el plato petitorio. Todos los días sin excusa ni pretexto visitaba a aquel cristo.
Siendo don Fermín un hombre con tantas virtudes, no tardó en despertar la envidia de un caballero  que era todo  lo opuesto a él, llamado Ismael Treviño, quien se caracterizaba por ser un hombre avaro y mezquino que no sabía lo que era el goce de hacer alguna obra benéfica; era uno de esos seres que gozan de la desgracia ajena. Este sentimiento que lo estaba carcomiendo por dentro como si de una enfermedad mortal se tratase, hacía que don Ismael hablase pestes del buen don Fermín, toda obra buena, toda virtud la convertía en veneno; todo elogio que se diera de su odiado enemigo lo hacía ponerse amarillo y adquirir un semblante de amargura.
Aquella envidia que le recocía las entrañas lo perseguía día y noche, llegando a impedir con mil estorbos sus negocios, pero para su mala suerte todo le salía, pues solo conseguía que los proyectos del buen hombre obtuvieran más impulso y ganancias; todo esto fue un detonante para que aquella mal sana envidia se convirtiera en un odio terrible, llegando ahora a echarle maldiciones y terribles excreciones. Estos horrendos sentimientos dieron como fruto un maquiavélico plan, que parecía  un consejo del mismísimo Demonio: darle muerte a Don Fermín.
Al principio don Ismael pensó que aquello era muy descabellado, hasta que después de meditarlo mucho, solo le quedaba decidir cuál sería la mejor manera de ponerle fin a aquella inocente vida: un puñal, pistolete o veneno.
Finalmente se decidió por el veneno, y para llevar a cabo su plan buscó a un judío (Don Ismael era descendiente de Tomás Treviño y Sobremonte, conocido también como Jerónimo de Represa, quemado por la Inquisición en 1649); el hombre en cuestión, le entregó en un pequeño recipiente cierta agua de un lindo color azul, que no daba muerte en el acto, sino que poco a poco se distribuía por todo el cuerpo, y finalmente después de algunos días la víctima moría sin dolor alguno. Debido a aquellas propiedades, la poción era un poco costosa al igual que la discreción e ingenio del judío, pues estaba hecha de hierbas lunarias, polvos de áloes, infusión de opio y de la horra, entre otras plantas más.
Con este mortal líquidos procedió a bañar un pastel de hojaldre, muy caliente y doradito se lo envió a don Fermín en una rameada fuente china, mandándole decir que era el regalo de un amigo regidor perpetuo del Ayuntamiento, quien le tenía en mucha estima y esperaba que disfrutase este postre durante el desayuno acompañado de un rico chocolate; el caballero que era muy afecto a esta clase de golosinas saboreó su obsequio hasta que quedó atosigado.
Don Ismael, curioso de saber qué efectos le estaba causando aquel veneno, se dispuso a seguir a su enemigo muy temprano por la mañana, cuando iba rumbo a Porta Coeli como era su costumbre, saludaba a toda persona que se encontraba con la sencillez y amabilidad que lo caracterizaban; entró a la iglesia que se encontraba impregnada del aroma de las flores, la cera y el incienso. Cuando concluyó la misa, don Fermín se dirigió hacia el Cristo para rezarle con muy devotamente, y como era su costumbre se dirigió a besarle los pies, pero apenas sus labios la tocaron, en el acto una ola negra subió a través de la imagen hasta que finalmente quedó como si hubiera sido tallada en ébano.
Muchos devotos que fueron testigos de aquel milagro comenzaron a dar voces asombro al mirarlo todo prieto, después de que hace escasos momentos era un color blanco marfil. Don Fermín quedo perplejo ante tal hecho, preguntándose porque el solo contacto de sus labios hizo que el Santo Cristo se volviera prieto; ante tal suceso, don Ismael sintió como aquel rencor se le cortaba de su alma, y acto seguido fue ante los pies del generoso caballero confesándole a gritos que lo había querido envenenar, pero el Cristo absorbió aquella ponzoña que circulaba por sus venas, librándolo así de una muerte segura.
Don Fermín que era de un corazón muy noble, le dijo al caballero con delicadas y tiernas palabras que lo perdonaba, y para darle una prueba de ello lo abrazó con muy efusivo cariño, como si aquel hombre malvado fuera un hermano ausente y querido a quien no hubiese visto en mucho tiempo. Muchas personas de ahí se sulfuraron y quisieron mandar aprehender a Don Ismael, llevarlo a la cárcel, pero don Fermín que era todo dulzura les rogó a todos los presentes dejaran ir en paz a aquel hombre arrepentido, pues él ya había olvidado  el agravio, y solo pedía que se arrodillaran para dar gracias al Cristo. Don Ismael salió del recinto de Porta Coeli con la cabeza baja, con el rostro pálido entre el fervor de los cánticos que le eran elevados a la imagen. Ese mismo día abandonó la ciudad y nunca se volvió a saber de él.
En poco tiempo toda la capital de Nueva España ya estaba enterada de aquel suceso, tanto el buen Don Fermín como aquellos a los que había beneficiado con su generosidad, diario le llevaba velas a la milagrosa imagen; pero cierta tarde una de estas se cayó  y la imagen comenzó a arder en llamas, quedando al poco tiempo totalmente calcinada. Ante tal acontecimiento, tiempo después fue colocada una réplica del Cristo Negro que se quemara aquella tarde, el cual podemos ver en la actualidad en un altar de la Catedral Metropolitana, lleno de exvotos de oro y plata.

martes, 7 de junio de 2011

Portal de la Fruta o del Espíritu Santo

Este Portal abarcaba desde la mitad de la calle del Refugio hasta la esquina de Espíritu Santo, que es el tercer tramo de Isabel la Católica. A diferencia de otros de la misma calle, el Portal que nos ocupa se caracterizaba por ser de pequeñas dimensiones, apenas ocupaba cuatro casas, una de ellas era la famosa armería de Morel que duró muchos años, fundada por don Julio Ives Limantour, padre  de don José, el Gran Ministro de Hacienda del general don Porfirio Díaz.
El Portal era limpio y de techo bajo, enlosado con grandes losas, y la mercancía que se podía encontrar era solamente fruta, de ahí nació su nombre de “Portal de la Fruta”. Los productos venían de todo lo largo y ancho del país, deleitando a todos los clientes con sus variados aromas, que invitaban a adquirir alguna fruta para disfrutar de su sabor. Temprano ya comenzaba a verse movimiento en el Portal de la Fruta, los puestos llenos de mercancía se encontraban arrimados a las robustas pilastras o la pared que les era frontera, formados con una mesa y encima de ella cuatro o cinco gradas, cubiertas con un mantel lleno de encaje, entredoces y puntillas, encima eran colocadas ramas frescas de hinojo o de camedores, por último la fruta limpia y lustrosa  era colocada encima para que el color de estas plantas resaltara su frescura y lozanía, y a un lado se podían observar sendos canastones llenos de mercancía, de los cuáles emanaban aromas que eran un deleite para la nariz.
Estos portales se les llamaba del Refugio por estar ubicados en esa calle, pero más bien eran conocidos como del Espíritu Santo, no porque estuvieran cerca del hospital que llevaba ese nombre, sino por la razón de que eran parte de la propiedad de este instituto creado con fines tan nobles; dos casas estaban escrituradas a nombre de esta, una de ellas fue comprada y la otra fue donada por su fundador Alonso Rodríguez del Vado, pero este benefactor no fue el que mandó construir el portal, sino nada menos que Pedro Salcedo, fiel trabajador del Ayuntamiento.
Este caballero tiene una historia bastante pintoresca ¿cuál?, sigue leyendo. Un día de 27 de noviembre del año en gracia de 1574, don Pedro manifestó  a la Ciudad que Dios lo había llenado de bendiciones, pues era poseedor de unas casas en la calle de la Acequia, que se encontraban muy cerca de una de las propiedades del doctor Sedeño, y de paso era afortunado poseedor de una amplísima descendencia. El problema que tenía este caballero, era que al tener una familia tan numerosa, en su casa ya vivían todos apretujados como chinches en pretina y su deseo era ampliar el espacio de la misma para dar cabida a más nuevos miembros de la familia, pues conociendo a su linda y tierna esposa de lo que era capaz en el asunto de “fabricar” niños era como coser y cantar.  Debido al severo apretujamiento en que vivían pedía encarecidamente al cabildo municipal le diera la autorización para mandar construir las habitaciones que tanto necesitaba con urgencia.
Total que para no hacerles el cuento largo, debido al inevitable crecimiento familiar,  a don Pedro Salcedo se le otorgó el permiso para los trabajos de ampliación (de su casa, no del árbol genealógico), todo de manera muy detallada y meticulosa para que después no surgieran problemas del tipo: “es que construiste en mis terrenos”, “es que estorba y no deja pasar”; estas y otras condiciones fueron estipuladas por las autoridades del Ayuntamiento, a lo que Don Pedro aceptó sin quejarse, y para que después no hubiera otra clase de conflictos, mandó a que su escribano don Diego Tristán le expidiese un documento con todos los requisitos que pedía la ley, para que le sirviera de título de propiedad para el futuro portal que construiría; el escrito en cuestión fue certificado el 21 de junio de 1565.
Pasaron los años y el prolífico caballero falleció, su viuda decidió irse a otra parte y vendió la casa, su nuevo propietario la volvió a vender años más tarde, pasando así de mano en mano, hasta que por fin el destino la colocó en el camino de Alonso Rodríguez del Vado, a quien no le gustaba la construcción ni arquitectura  de la casona ni los portales, lo mandó todo remodelar a su gusto, y una vez concluidos los trabajos, le cedió al Hospital del Espíritu Santo ambas partes  de la propiedad, cosa que le cayó como anillo al dedo al ser una institución de reciente creación, quedando así con muchos bienes y privilegios.
A nombre de esta fundación se presentó Rodríguez del Vado el 17 de agosto de 1612 para solicitar a las autoridades municipales la ampliación de los portales que había terminado de construir en la casa contigua, que había pertenecido a un tal Juan del Jaso, al que hace poco tiempo había adquirido a precio de plata. Ante esta petición, se armó un tremendo relajo, pues como siempre unos estaban a favor y otros en contra, argumentos iban y venían, todos de un gran calibre, discusiones acaloradas y ardientes donde ambas partes defendían como fieras sus argumentos.
Finalmente, lograron ponerse de acuerdo y autorizaron la ampliación de los portales, aunque todavía existían bandos en contra que argumentaban que el Hospital del Espíritu Santo no era un bien constituido y que Rodríguez del Vado en cualquier momento revocaría su donación; pero esto llegó todavía más lejos, pues al negarse los regidores a que se concediera el permiso, ni tardos no perezosos corrieron a solicitar un certificado para poder apelar ante la Real Audiencia, y por más esfuerzos que hicieron dando argumentos eficaces y vigorosos, su solicitud falló a su favor, disponiendo que el permiso fuera concedido el 23 de noviembre de 1612.

martes, 24 de mayo de 2011

La calle de la Palma

Prolongación de Lerdo, ahora Palma, en un principio no  se le conocía como la Calle Real, denominación que se le daba a aquellas calles que carecían de un nombre; pero cuando se comenzó a hacer la repartición de solares, ya adquirió el nombre de calle de Jerónimo López, quien fuera un valiente y aguerrido conquistador. Al Jerónimo al que hacemos referencia es al Viejo, apodo que se le puso para poderlo diferenciar de su hijo al que llamaban el Mozo, para así poder diferenciarlos a ambos.
Las crónicas nos cuentan que en los papeles que tenía en su poder Don Ignacio del Villar Villamil, Duque de  Castroterreño, se podía leer sobre los dueños de algunas casonas de la calle de la Palma, en especial la que diera el nombre actual a esta calle. Vamos  a ver de qué se trata.
Los papeles en cuestión nos hablan de un tal Miguel, cuyos apellidos se perdieron en el tiempo, tuvo en su poder una cantidad amplia de terreno en la esquina de Palma y Avenida 16 de Septiembre, pero pasaron 2 años y el caballero en cuestión no hizo construcción alguna por falta de fondos, el Ayuntamiento le quito el solar y se lo cedió a Juan Rodríguez de Villafranca, quien en menos de lo que canta un gallo levanto un gran edificio, que hacía honor a aquel rico negociante; el tiempo pasó y el caballero vendió la finca a un elevado precio, pues construyó una mucho mejor en otra parte. El nuevo dueño pasó a ser Juan Lasala o de la Sala, pues se le conocía de las dos formas; murió este señor y la casa pasó a heredarla su hija Juana, quien era viuda y tenía seis o siete hijos. La mujer pidió una licencia y puso la casa en venta para pagar deudas que también para su mala suerte heredó.
A esta vieja casona que Juana pusiera en venta se le conocía como la de la Palma, pues en un jardincillo que tenía a un lado había una muy crecida palma que se mecía elegante con el aire; no se sabe quién la sembró, tal vez el pobre Miguel, el rico Juan Rodríguez o Lasala, porque esa planta ya era muy vieja. Nunca sabremos de donde llegó.
El caserón deteriorado lo adquirieron después los frailes dominicos por medio del procurador Fray Alonso de Herrera, y al poco tiempo comenzaron los trabajos para reedificar aquel tan deteriorado edificio, que se podía caer si una mosca pasaba volando; y tal vez fue durante estos trabajos cuando la famosa palma fue arrancada de raíz. Esta planta debió haber durado mucho tiempo en ese lugar y haber sido muy grande, como para ganarse a pulso que se bautizara una calle, que conocemos hoy como  Cuarta de Palma y que antes se llamase Manuel Lerdo de Tejada; quien fuera a pensar que el nombre de un ilustre ciudadano pasara a ser sustituido por el de una humilde planta.
Los trabajos de reconstrucción que los dominicos habían mandado hacer estaban hechos con las patas, pues al poco tiempo el lugar comenzó a cuartearse y a hundirse, para lo que optaron por vender la casona a un tal Hinojosa, el cuál pignoró a otra persona así paso a diferentes dueños por un largo tiempo, con el consecuente deterioro del edificio que solo se mantenía en pie con pequeñas composturas.
El último propietario optó por demoler la casa en ruinas en 1840, para levantar una con aspecto grandioso y monumental, ya que así eran los edificios en aquella época; y por aquella belleza y esmero con que se construyeron las casonas y palacios, México adquirió fama entre los viajeros como la Primera Ciudad de América.
La calle de Palma fue la primera en ser empedrada durante el virreinato de Don Matías de Gálvez, siguiendo estos trabajos hasta el gobierno de Revilla Gigedo.
Para el año de 1840 llegó a México un italiano llamado José Besssoni, un hombre de agradable trato y conversación amena y fácil, quien al poco tiempo comenzó a levantar un edificio en donde había estado el de la famosa palma. Construido a base de ladrillo fue el primero en que se utilizó este material en la ciudad de México, pero a pesar de la críticas tan duras que recibió de la calidad del material se logró concretar la obra; sin embargo cuentan las crónicas que soportó terremotos y duró en pie muchos años. La edificación se hizo en tiempo record de cinco meses, pues Bessoni se comprometió con el dueño a terminar en este plazo, y si excedía este tiempo debía pagar $500 por cada día. El edificio era muy grande como para terminarlo en el plazo establecido, pero para sorpresa del dueño, el italiano terminó la obra faltando solamente un cuarto de hora para que se cumplieran los cincos meses.
Regresando a nuestra historia, te cuento que el edificio una vez terminado se convirtió en el hotel Bella Unión, en donde en la parte de arriba se encontraban las alcobas, que adquirieron fama por su comodidad y limpieza, y en su planta baja había un restaurante con el mismo nombre, el cuál poseía un alto prestigio por sus platillos franceses e italianos; no había mejores macarrones, ravioles y espaguetis en toda la ciudad, un auténtico deleite al paladar.
La Bella Unión cambió de propietario y su nombre pasó a ser el de Hotel des Gaulois, que durase muchos años funcionando, pero lo que había sido el restaurante pasó a ser cafetería y persistió con su antiguo nombre; después cambió su nombre a el Fulcheri, que era un lugar donde la gente adoraba ir por su ostentoso lujo, los ricos vinos, la excelente cocina y los criados que les adivinaban el pensamiento a sus clientes.
Años después el Hotel des Gaulois cambió su nombre por Hotel de la Independencia, y para hacerle honor al nombre se mandaron colocar en las puertas del segundo piso los bustos de los héroes de la Independencia, entre ellos se encontraba Antonio López de Santa Anna, pero más tardaron en poner la imagen de este personaje que la gente en acabar con él a pedradas y echando injurias y oprobios; y no solo destruyeron el busto de su Alteza Serenísima, sino que también anduvieron arrastrando la famosa pata por toda la ciudad y destruyeron cuanta imagen encontraron.
Regresando al edificio que  nos ocupa, les cuento que en ese lugar fue donde se tramó la rebelión de lo polkos y se firmaron varios tratados de paz entre gobiernos y pronunciados; en 1847 se podía leer en las fachadas de los edificios de la calle del Refugio y de la Palma lo siguiente: “Se admiten abonados a la mesa redonda por $25.00 mensuales. Almuerzos a las diez y media. Comida a la oración”.
Entre otros edificios importantes en esta calle, tenemos uno que lleva el número 34, en donde por muchos años estuvo el lujoso Círculo Francés, que fue construido por el arquitecto Lorenzo de la Hidalga. Tenía una puerta secreta que salía hacia la calle de Bilbao por si había que emprender la graciosa huída.
En esta casa vivió también don Ignacio de Villar Villamil, duque de Castroterreño, a quien no se le podía ocultar el origen  de ninguna familia mexicana, incluyendo en la lista a conquistadores y pobladores de la Nueva España, conociendo vida y milagros de cada integrante de la familia sin importar si estaba vivo o  muerto, los orgullos y las vergüenzas, los buenos y los malos, en fin, no había detalle que este caballero no conociera. La casa de don Ignacio fue tirada para edificar en la que viviría Francisco Aquiles Bazaine por varios años.
Siguiendo nuestro recorrido, ahora nos detenemos en la casa que lleva el número 35, lugar donde vivió el doctor don Eusebio Ventura Beleña, gran jurista del “Consejo de su Majestad, oidor de la Real Audiencia, consultor del Santo Oficio de la Inquisición, maestro de la Real y Pontificia Universidad de México, juez protector de la villa y santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, asesor de la Renta de Correos, del juzgado general de Naturales y del Real Tribunal del importante Cuerpo de Minería”; y todavía este personaje se dio el tiempo se escribir los libros de “Recopilación Sumaria de todos los autos acordados de la Real Audiencia y Sala del Crimen de esta Nueva España y provincias de su superior gobierno”.

domingo, 8 de mayo de 2011

Día de la Santa Cruz


Las costumbres, tradiciones y cultura prehispánicas sufrieron muchos cambios, debido a la llegada de los Conquistadores españoles que ultrajasen tierras mexicanas en la mitad del siglo XVI.
Los frailes franciscanos tuvieron la tarea de predicar la nueva religión con sus tradiciones y costumbres, entre las cuáles destacaron la música, la danza, el teatro y el canto; todas estas manifestaciones fueron introducidas tal y como se llevaban a cabo en España, tomando como elemento central el calendario católico, que comprendía el nacimiento y muerte de Cristo, así como las festividades santorales de pueblos, barrios, ciudades y los gremios recién fundados en la capital de Nueva España.
Para sorpresa de los religiosos franciscanos, la instauración de estas festividades fue relativamente fácil, pues ya existía un concepto ideológico en la conciencia de los naturales, pues durante siglos se habían regido bajo el calendario mexica que tenía una duración de 18 meses, que comprendía celebraciones en honor a una gran variedad de dioses, bien fuera para loarlos, obtener salud, buenas cosechas, éxito en la caza y la pesca, entre muchas otras peticiones más. Los antiguos mexicanos solían realizar este tipo de celebraciones con  música, danza, juegos, representaciones teatrales y sacrificios humanos; en donde la dirección de las fiestas era encabezada por los sacerdotes y asistían los sectores más representativos de la población, como los guerreros, comerciantes, campesinos y los artesanos más destacados en sus especialidades.
Los franciscanos aprovecharon el gusto de los naturales por las fiestas, para ellos introducir las celebraciones cristianas y también las similitudes teológicas que había en ambas religiones; una de estas era la fecha de nacimiento de Cristo y su inmaculada concepción y la del dios Huitzilopochtli, esto explica porque los antiguos mexicanos asimilaron la Natividad del Señor, así como sus circunstancias un tanto mágicas.
Las fiestas tradicionales de los naturales sucumbieron ante las imposiciones de los europeos, aun cuando en el proceso ciertos rasgos se fusionaron entre ambas culturas, para dar como fruto una celebración híbrida, lo que el futuro pasaría a ser patrimonio de nuestro país.
La celebración de la Santa Cruz o de la Cruz Florida, celebrada el 23 de mayo por los cristianos, se llevaba a cabo en el mes denominado Tóxcatl , que comenzaba  el 3 de abril del calendario juliano y finalizaba el 12 de mayo; en este mes se festejaba la fiesta dedicada a Tezcatlipoca, dios de la guerra en el panteón azteca. Esta celebración era acompañada de muchos rituales y días, donde se realizaban una serie de procesiones.
Cuando la celebración de la Santa Cruz llegó a tierras aztecas, en España ya tenía mucho tiempo efectuándose, en donde la costumbre era colocar una cruz adornada con flores en la parte más alta de las casas; además la gente salía en procesión y asistía a todos los eventos religiosos, que eran las misas, rezos y devociones, para después cuando cayera la noche dedicarse a otras actividades como el canto, el canto, el baile y la música, esto sobre todo en Andalucía que en esa época abundan las flores de todos los tipos: nardos, azahares, clavellinas y azaleas.
En la nueva ciudad colonial que apenas estaba tomando forma, cuando los edificios religiosos y de gobierno todavía estaban en plena construcción, las cruces de flores fueron colocadas por los albañiles en la parte superior de los lugares; la fiesta de la Santa Cruz al principio era realizada por albañiles y talabarteros, los primeros terminaron por quedarse con esta tradición.
Este tradicional festejo según las crónicas, se remonta hasta  finales de 1526 o principios de 1527. Desde esa época los naturales tomaron esa festividad como suya, pues como se mencionó anteriormente, eran muy afectos a esta costumbre; en cuanto a la cruz, la aceptaron con facilidad porque para ellos representaba el fuego, el Sol y su mensajero Quetzacóatl.
La cruz a la que rendían culto los antiguos mexicanos, no era la cruz cristiana, sino la cruz maya para representar los cuatro puntos cardinales; pero en México este símbolo se venía utilizando desde mucho antes de la llegada de los españoles, sobre todo representando la cruz de San Andrés. Otras cruces más fueron encontradas en Cholula  Texcoco, en esta última siempre se le veneró como dios de la Lluvia.
Durante la época de la Nueva España, los festejos de la Santa Cruz eran de los más importantes en la religión católica denominadas de tabla, y a estos debían asistir el virrey  la Real Audiencia. Los albañiles eran quienes organizaban la celebración y sufragaba los gastos, pues así estaba estipulado por las constituciones de la cofradía. En la víspera del Día de la Santa Cruz eran elaborados lo arreglos y la cruz era decorada con flores, joyas, tela, entre otros ornamentos más; al día siguiente se realizaba la misa del réquiem, y el obispo de la Catedral daba un sermón exaltando los méritos religiosos de la cruz en la que muriera Jesús; durante esta ceremonia se incluían misas cantadas, novenarios, letanías, ofrecimientos de ceras y luminarias; los mayorales y mayordomos presidian la liturgia llevada a cabo en la capilla de los que tenían en Catedral, situadas cuatro capillas después al lado de las del Evangelio y dedicada a la Virgen.
Luego se llevaba a cabo una procesión en donde toda la población debía acudir, sino en caso contrario era cobrada una multa de treinta pesos o treinta días de cárcel. La asistencia al evento garantizaba la obtención de indulgencias plenarias o parciales. Una vez terminada la ceremonial, los agremiados se disponían a disfrutar de un banquete, cuyos brindis se prolongaban hasta muy altas horas de la noche, incluyendo diversiones  varias como danzas, fuegos artificiales, música, palo ensebado, corridas de toros, entre otras actividades más.

jueves, 21 de abril de 2011

La Ruta de las Siete Casas

La Ruta de la las Siete Casas, es una tradición poco conocida que se celebra el Jueves Santo;  lleva este nombre debido a que se visitan los lugares donde se encuentra el Santísimo Sancramento. Este recorrido religioso comprende los siguientes templos:
San Hipólito
Se encuentra ubicada en Avenida Hidalgo, 107, Colonia Centro, Ciudad de México. La construcción de esta iglesia comenzó a finales del siglo XVI y fue concluida a mediados del siglo XVII. Actualmente es mejor conocida como “La Iglesia de San Judas”, pues este santo fue teniendo más preferencia entre los feligreses, pasando a sustituir a San Hipólito. Como dato curioso, te cuento que junto a esta iglesia estuvo un manicomio  que llevaba el mismo nombre del recinto, fundado por Fray Bernardino de Sahagún; todavía puedes ver este lugar en pie yendo al Eje Central a tu lado izquierdo.
San Francisco
Esta iglesia la podemos ver en pie todavía en nuestros días en la calle de Madero (enfrente de la emblemática Casa de los Azulejos); pero desgraciadamente el convento ya no existe porque el imperdonable paso del tiempo lo borro de la traza de la ciudad, pero todavía podemos ver algo de su esplendor en la pastelería “La Ideal” (16 de septiembre, cercana a una tienda de CD’s); y aunque no lo creas el convento abarcaba todos esos terrenos, cuentan las crónicas que hasta había huertas.

Catedral Metropolitana
Todos conocemos esta magnífica construcción, que combina un sinfín de estilos arquitectónicos, que van desde el barroco hasta el churrigueresco. Ubicada en frente de la Plaza del Zócalo Capitalino, es uno de los símbolos religiosos e históricos más importantes de México, con una larga historia tras de sí que se remonta hasta 50 años después de la Conquista y su construcción duró nada menos que ¡¡242 años!!
Santo Domingo
Se encuentra ubicada en la Plaza de Santo Domingo, tiene al costado derecho la calle de República de Brasil y el Antiguo Palacio de la Inquisición. Perteneciente a la orden de lo domínicos, quienes fueron de los más importantes de la época de la Colonia junto con los franciscanos. Sin embargo el esplendor del templo y en especial el convento, se vieron opacados cuando en abril de 1861 comenzaron los trabajos de demolición de este último, y todo para abrir la calle de Leandro Valle. Total que para no hacerte el cuento largo, la destrucción de todas las maravillas arquitectónicas que tenía el convento no sirvió de nada, pues la calle antes mencionada solo sirvió para tres cosas: para nada, para nada y para nada.
Nuestra Señora de Balvanera
Este lugar comenzó teniendo el objetivo de recoger a mujeres arrepentidas, comenzó siendo un humilde lugar, pero con el paso del tiempo pasó a ser muy conocido y de mucho prestigio, llegando a ser de los más grandes en Nueva España. La puedes encontrar ubicada en la Calle de Correo Mayor con República de Uruguay.
Purísima Concepción
Ubicada en los rumbos de Coyoacán, esta iglesia data del siglo XVIII, la cual tenía cerca los manantiales que abastecían de agua a la ciudad de Tenochtitlán. Es una de las principales iglesias de Coyoacán y una visita que no debes de olvidar cuando visites este lugar.
 San Fernando
Esta iglesia se encuentra ubicada en la calle de Puente de Alvarado con la calle de Guerrero. Pero desgraciadamente en 1859 el convento fue fraccionado y vendido para abrir una calle que va de sur a norte para comunicar la Plaza de San Fernando con la campiña; lo que fue en su tiempo el atrio pasó a ser el jardín, donde fue colocado un pedestal la estatua de bronce de Vicente Guerrero y para 1870 tomó el nombre de Plaza Guerrero.
Esto a grandes rasgos es una breve historia de cada uno de estos templos religiosos, que nos ayuda a darnos una pequeña idea de su ubicación, su pasado y su estado actual.
Retomando el tema de la Ruta de las 7 Casas,  te comento que esta tradición se hace en alusión a los sitios que visitó Jesús  la noche antes de la traición, lo cual nos pone a pensar en el sacrificio que hizo en nombre de la humanidad cuando fue crucificado. Estas rutas son una serie de visitas que se realizan para elevar oraciones,  pedir perdón, realizar peticiones, hacer agradecimientos y alabanzas a Jesucristo.
Este recorrido lo puedes realizar a pie o en el tranvía que ofrece recorridos en el Centro Histórico con narradores que por medio de sus palabras nos trasladan a otros tiempos con sus historias y leyendas. Para esta Semana Santa, el tranvía realiza recorridos a todos los templos religiosos antes mencionados  los días 20, 21 y 22. El itinerario consiste en que a las 7:30 pm un guía habla sobre los 7 templos por media hora, y así después dirigirse al Panteón de San Fernando a las 8:00pm, para disfrutar la puesta en escena de “Jesús Crucificado”, obra escrita por Metastasio en el siglo XVIII.
Es un recorrido muy recomendable y ameno, en el que vas a aprender muchas cosas de los templos y de algunos pasajes de la Biblia; una visita ideal para estos Días Santos. Ten por seguro que no te vas a arrepentir; y si tienes hijos anímate a llevarlos para que aprendan y valoren lo hermoso que es su país.