domingo, 27 de enero de 2013

Santo Niño Cautivo

Muchos templos hay en la vieja Europa, en donde se puede adorar al Niño Jesús y de él hablan con gran ternura.  En la Santa Iglesia Catedral no había una solo imagen a la cuál venerar, ¿Por qué no hacer el encargo de un Niño Jesús? En Sevilla vivían escultores de gran talento, que podrían convertir un simple pedazo de madera en una hermosa imagen del Señor en su infancia, en la suave primavera del vivir. Estas y otras cosas dijo en el cabildo el señor canónigo don Antonio Vallejo y Solórzano, hombre bien cultivado dentro de la doctrina evangélica, culto y de fino sentir; sabía predicar con mucha elegancia, por lo que sus sermones eran en todo México de mucha autoridad y opinión. Vestía las más finas telas y joyería, comía en las más finas porcelanas de la China y utilizaba cubiertos hechos de plata, los más finos encajes engalanaban la mesa durante la toma de sus alimentos; y no se diga las hermosas pinturas de buenos pinceles, imágenes estofadas, marfiles y damascos, fragantes maderas talladas.
Por todos estos factores, el pudiente personaje era muy tomado en cuenta para todas las situaciones en el cabildo de catedral. Todos se arrimaron con gusto a su parecer.
Al día siguiente fueron despachadas cartas a Sevilla para el deán de esa archidiócesis, con el fin de mandar labrar al mejor imaginero de la ciudad el tan anhelado Niño Jesús; magníficos dineros fueron enviados junto con la carta  para que el trabajo caminase de prisa, vaya que esto mueve las manos  y con elegante ritmo. El deán, don Gil Bermúdez de Castro mando en su mensaje de respuesta, que la obra estaba al cuidado de Mairena, escultora de renombre, quien pondría  toda su delicada ternura de mujer en el trabajo que se le había encomendado; también don Gil anunciaba que Su Majestad el rey había otorgado una prebenda al doctor don Francisco Sandoval Zapata, nombrándole canónigo racionero de la Catedral de México, y que él sería quien llevase la imagen en el cofre de su equipaje.
Una vez terminada la escultura, le fue entregada al doctor Sandoval, para que emprendiera el camino a Cádiz y ahí emprendiera el su viaje en una embarcación de alto porte. El Niño fue colocado en un improvisado altarcito, en donde los marineros le ofrecían flores de papel hechas con gran curiosidad, conchas,  caracoles y candelas; estas iban acompañadas de fervorosas peticiones para que llegaran con bien a su destino.
Sus planes cambiarían cuando cierta tarde divisaron velas en el horizonte, amarillas por el sol. Eran barcos piratas, que se acercaban a todo remo a la nave cristiana, en donde se pusieron inmediatamente a la defensiva, en espera del ataque. Entre sangre, gritos y pólvora, los turcos finalmente lograron apresar la nave, afianzaron cadenas en la borda y la arrastraron hasta sus tierras de Argel. Entre los presos, muy lleno de heridas mortales iba don Francisco Sandoval; el Niño Jesús que nunca apartó de sí era otro de los prisioneros.  
En México los señores del cabildo catedral se llenaron de gran congoja; entonces acordaron pagar un rescate para que el malvado turco les devolviese al doctor Sandoval junto con la imagen que portaba. Del negocio se encargaron los frailes redentores en Argel, ya que ellos eran los que arreglaban las libertades de los cautivos, objeto principal de su santo instituto. En el acto procedieron a hablar con el poderoso Muley Hazán, que comprara como esclavo al apacible Canónigo, tan fino y delicado de salud, a quien puso el rudo trabajo de dar vueltas sin descanso al palo de una noria para mover la pesada rueda que subía los arcabuces que vaciaban el agua en la atarjea para el riego de un huerto; el muy ladino comprendió que aquel hombre era valioso, al pedir en tan poco tiempo rescate por él, por lo que decidió elevar su precio. Aquel regateo se prolongó por mucho tiempo, tanto, que finalmente Sandoval fue llamado por el Creador.
Pasaron los meses, que después se convirtieron en años, y no se sabía en donde estaba la escultura del Niño. Los mercedarios hicieron arduas diligencias para dar con la preciada imagen, y Hazán no tardo en enterarse, así que ni tardo ni perezoso también se encargó de buscarla por cielo, mar y tierra, pues planeaba cobrar una buena cantidad por ella. Finalmente la encontró en la sucia celda de un cristiano, a quien le servía de un gran consuelo en el horrible cautiverio en que vivía; fue descubierto el pobre infeliz y en el acto le arrebatan al Niño, después le asestaron latigazos en su espalda y palos en su cabeza.
Dos mil pesos cobró el perro turco por entregar el Niño Jesús y los restos del canónigo para que después de tanto tiempo, llegaran a su destino final. La ciudad de México se engalanó para dar el recibimiento: se pusieron sus mejores ropas y joyas, las personas más importantes de la época estuvieron presentes, entre ellos el jubiloso canónigo Vallejo y Solórzano. Con bombo y platillo, en una suntuosa procesión acompañada de cánticos, llevaron la imagen hasta el altar mayor, y  de ahora en adelante sería conocido como el Niño Cautivo, el cuál dicen que su vestimenta es un réplica exacta del traje que usaban los cristianos cautivos por el turco infiel, solo que para el Niño le fueron añadidos algunos detalles para que le luciera mejor.
El canónigo doctor don Antonio Vallejo y Solórzano pidió que se mandaran hacer copias en plomo del Santo Niño Cautivo al más afanoso maestro de la Academia de San Carlos, para regalarlas a todas las catedrales de Nueva España. Los restos de Francisco Sandoval Zapata fueron sepultados un 14 de febrero en San Agustín.
Dio la casualidad que la imagen llegó a tierras mexicanas  en el día del Evangelio del Niño perdido de Jerusalén, es decir, un 24 de diciembre; por lo que se decretó que la celebración del Niño fuera este día, acompañado de cantos y una solemne procesión. Actualmente podremos encontrar al imagen en la capilla dedicada a Nuestra Señora la Antigua, que se abre frente a la del señor del Buen Despacho. A los descendientes de la familia Solórzano se les concedió el honor de guardar la ropita y vestirlo cada año para la solemne festividad.

viernes, 25 de enero de 2013

Santo Niño Cautivo

La tradición de vestir a los Niñitos Dios y llevarlos a bendecir el día de la Candelaria, el 2 de febrero, es una tradición muy arraigada a la cultura mexicana, tanto así, que en el Centro Histórico se encuentra la calle de Talavera, lugar dedicado exclusivamente dedicado a la venta de vestimentas para los Niños Dios. Hay de todos lo que uno se pueda imaginar, entre ellos podemos encontrar el del Santo Niño Cautivo, el cuál puedes visitar en la Catedral Metropolitana del D.F. ¿Porque se le llama así? ¿Cuál es su historia? Para saciar tu curiosidad te invito a que veas este video.


domingo, 20 de enero de 2013

La hoy ya olvidada Primitiva Catedral de México


 Es un templo del que pocos se toman la molestia de hablar, ya que nunca se le consideró digno de esta gran ciudad; sin embargo, desempeñó sus funciones a la perfección mientras estuvo en pie. Vamos a viajar en el tiempo para conocer cómo era la primer Catedral de México.
Cuando vamos de visita a la actual Catedral, a  nuestro lado izquierdo, de bajo de una cruz, podremos ver unas enormes piedras labradas en forma de bases de columnas y que en su parte inferior presenta extraños relieves; pues bien, estas piedras formaban parte de aquel templo.
Después de la caída de la gran Tenochtitlán y comenzada la conquista espiritual, Hernán Cortés ordenó la construcción de la primera Iglesia Mayor, en el año de 1524. Para su edificación fueron utilizadas las mismas piedras de los adoratorios mexicas, que Cortés se encargó de hacer pedazos durante el sitio de la ciudad y la mano de obra fueron los pobres conquistados.
Esta iglesia fue edificada en 1525; que no fue la primera, ya que la de San Francisco  es anterior. Se encontraba orientada de Este a Oeste, con la puerta principal, llamada del Perdón como en la catedral nueva, hasta el Occidente. Venía entonces a dividir la gran plaza, que hoy en día es una sola; además se sabía que dicho templo había sido levantado es el sitio que ocupaba el gran teocalli de México, y que las piedras sagradas de los indios habían servido  de cimientos a la iglesia católica y hasta  de pedestales a sus columnas.
En 12 de diciembre de 1527  fue creada la Diócesis de México – Tenochtitlán, y para 1528 arribó a tierras mexicanas fray Juan de Zumárraga como primer obispo. En 1530 fue elevado a la categoría de Catedral, y Metropolitana en 1547, eso solo después de que Zumárraga fuera nombrado Arzobispo Metropolitano el 11 de febrero de 1546; tomando la denominación de metropolitana porque es la Sede del Arzobispo.
Con el paso del tiempo la iglesia comenzó a resultar pequeña, por lo que en 1573 comenzaron los trabajos de construcción de la actual Catedral, cuando era rey en España Felipe II y cuarto virrey de Nueva España, Martín Enríquez de Almanza, quién estuvo a cargo de la obra junto con el tercer arzobispo don Pedro Moya de Contreras.
Pronto se ordenó que se levantara un nuevo templo, acorde a la suntuosidad y grandeza de la Colonia, más esta fábrica tropezó con tantos obstáculos para su comienzo, con tantas dificultades, que el templo viejo vio pasar en sus estrechas naves suntuosas ceremonias del virreinato; y solo cuando el hecho que las motivaba revestía gran importancia, preferíase otra iglesia, como la de San Francisco, para levantar en su enorme capilla de San José de los indios el túmulo para las honras fúnebres de Carlos V.
Al ver que la conclusión de la iglesia iba para largo, ya comenzada su fábrica, en el año de 1584 se decidió reparar en su totalidad a la vieja catedral, que sin duda era poco menos que ruinosa. El libro de cuentas de dicha reparación, que duró más de un año, se guarda en el Archivo General, nos permite saber ahora cómo era el templo en esa fecha, junto con otros datos importantes.
La iglesia tenía de largo poco más que el ancho de la catedral nueva; sus tres naves separadas por columnas toscanas no alcanzaban treinta metros de ancho y estaban techadas, la central con una armadura de media tijera, las de los lados con vigas horizontales. Además de la puerta del Perdón, había otra llamada de Canónigos y quizás una tercera que daba a la placeta del Marqués (hoy Monte de Piedad).
Sin embargo, la tragedia envolvió las reparaciones en el año de 1584, cuando el arquitecto que dirigía la obra, que también lo era de la nueva catedral, cayó de un andamio perdiendo así la vida. El difunto era el capitán Melchor del Ávila y su sobrino Rodrigo le sucedió en sus puestos.
Después de mucho batallar, finalmente quedó reparada la catedral vieja, para resistir otros cuarenta años más; hasta que la nueva, surgida al final del sopor que en un principio opacaba su fábrica, la arrasó en 1626, dejando enterrados en el sitio basamentos de sus columnas, junto con las piedras del gran teocalli.

domingo, 6 de enero de 2013

La Casa de los Hermanos Malditos (Sucedió en la calle de Mesones)



En esta calle todavía existe una vieja casona entre las Calles de Cinco de Febrero e Isabel la Católica, que durante la noche causa pavor a quien pase, debido a los macabros sucesos que tuvieron lugar. Desde la época de la colonia esa casona siempre tuvo muy mala fama, de ahí nació ese nombre que tuvo por muchos años.
Corría el año de 1611, cuando ese lugar era habitado por Florián Rivadeneyra y Lucinda de Zavala, que nunca habían tomado los votos matrimoniales, solo eran una pareja de borrascosos amantes y sus aventuras de amor desenfrenado causaban gran escándalo entre los habitantes, quienes continuamente decían que con sus actitudes llenaban las calles de vergüenza y pecado. Aquella gente exigía castigo para aquellos pasionales amantes, pues conductas indecorosas iban en contra de la moral y las buenas costumbres de un ciudadano decente.
Una noche, dos caballeros caminaban por aquella calle, y al pasar cerca de la casa escucharon los gemidos desenfrenados de los amantes, como de costumbre cada noche y que representaban una gran ofensa y oprobio para todas las personas; aquellos caballeros comentaron que la pareja debía de ser castigada, cuando en ese momento observan a fray Dorantes a los lejos, que era un fraile ejemplar apegado a los preceptos que dicta la Santa Madre Iglesia y de una gran devoción; el religioso se acercó a saludar a aquellos caballeros, y al mismo tiempo se oía una oleada de risas eufóricas.
Los hombres preguntaron al fraile si no era posible que Florián y Lucinda fueran castigados por las leyes cristianas, fray Dorantes contestó que nada podía hacer, pero que había una justicia divina que tarde ó temprano iba a castigarlos severamente por sus aquellos terribles pecados.
En la casa, cada noche era de continuos excesos de amor, vino, risas, cantos y fiestas, en pocas palabras: una auténtica orgía. El amor que se tenían aquellos amantes era tanto, que hasta los sirvientes salían corriendo a esconderse detrás de las cortinas de terciopelo rojo. Y aquel lugar, que un día fuera tema de comentario de los ciudadanos, dejó de serlo cuando de repente una noche no hubo ruido alguno, pasando así algunas semanas en que reinaba la paz y tranquilidad. De repente una noche los vecinos despertaron precipitadamente al escuchar unos gritos, y vieron a un hombre en el balcón gritándole a su amada.
Aquella fue la última vez que los vecinos vieran a Florián, pues cuenta la leyenda que desde esa noche lo único que hubo después fueron sombras y silencio; lo único vivo que había en la casona era un sirviente que todas las noche salía a encender el farol, pero un día también abandonó el lugar, igual que toda la demás servidumbre. Se dice que aquel criado fue a ver al licenciado don Miguel Osornio y Huicochea, que era apoderado de Florián; le entregó las llaves de la casa y un sobre cerrado.
La desaparición de los fogosos amantes llegó a iodos de las autoridades virreinales, que iniciaron una investigación para aclarar aquel misterio, e hicieron llamar al licenciado Osornio, quien declaró lo siguiente:
“Solo puedo decirles que los dueños de la casa están en Perú, ya que de acuerdo a las instrucciones escritas que me entregó el criado del caballero Rivadeneyra, envié allá el dinero, fruto de la venta de sus bienes y en cuanto la casa sea vendida, de inmediato enviaré el dinero”.
Las autoridades eclesiásticas le pidieron las llaves de la casa al licenciado, para hacer una investigación más profunda, pues se decía que los amantes habían sido asesinados y que ese lugar estaba maldito. Cuando los alguaciles fueron a la casona no encontraron rastro alguno de violencia; el tiempo pasó y la casona no pudo ser vendida porque los rumores de que ahí habitaban fantasmas cada vez iban más en aumento.
En abril de 1614, llegaron a Nueva España don Cosme Jiménez Catalám y sus dos hijos Cosme y Cecilia; se hospedaron en una posada que se encontraba en las calles de Balvanera, en donde fueron visitados por su amigo don Pedro de Alcántara. El objetivo de don Cosme era casar a sus hijos con personas prominentes, a lo cuál su camarada le comento que no le sería difícil, ya que provenían de noble cuna.
Don Cosme tenía interés en comprar la casona de Mesones, la gente le advirtió que ahí vivían almas en pena y seres malignos; pero el hombre hizo caso omiso de las advertencias y compró la casona, trasladándose a ella el 19 de septiembre de ese mismo año. Todos se instalaron en sus respectivas habitaciones, sintiendo cada uno de ellos una extraña sensación, Cecilia se estremeció con un desagradable escalofrío.
Nadie supo lo que había pasado, se dice que los espíritus de los amantes hicieron contacto con el cuerpo de los hermanos, y en efecto fue así; los espectros habían encontrado cuerpos físicos en que materializarse.
Pasaron dos semanas y no ocurrió nada extraño, todo lo contrario, don Cosme andaba muy entusiasmado con los preparativos de la fiesta, donde sus hijos serían presentados ante la alta sociedad de Nueva España. Esa misma noche el feliz padre escuchó unas voces que venían de la planta baja, tomó una vela y bajo las escaleras para reprender a sus hijos por aquel escándalo, pero al llegar a la estancia, se quedo mudo ante lo que vio: ¡Sus dos hijos estaban besándose y riéndose como lujuriosos amantes!
Don Cosme incrédulo y alarmado, gritó con desesperación se detuvieran, y les pidió una explicación ante su incestuosa conducta; los hermanos se desmayaron y al despertar no recordaban nada de lo ocurrido. Cada noche se repetía la misma escena y claro, esto no pudo pasar inadvertido a los criados y al poco tiempo los habitantes de la colonia ya estaban al tanto, y si pasaban cerca de la casa maldita lo hacían rápidamente.
Don Cosme sin saber que hacer, solicitó la ayuda del santo varón fray Baltasar de Rebollo; al contarle todo lo acontecido con sus hijos, el religioso le relató la historia de los amantes borrascosos que en vida habían habitado esa casona y que ahora sus espíritus errantes poseían los cuerpos de los muchachos para satisfacer sus más bajas pasiones; y la única solución era que uno de ellos debía morir.
El angustiado padre estuvo meditando en las palabras del varón, entonces esa misma noche tomo su arco y su flecha, se escondió tras una cortina mientras y le dio un flechazo al corazón de Cecilia, cayendo al suelo sin vida mientras el espíritu que todavía estaba en el cuerpo del mancebo gritaba de angustia.
Cuenta la leyenda que Cosme tomó a la muerta en sus brazos al sótano, seguido por don Cosme, gray Rebollo y dos representantes de la ley; dejó a la joven en rincón y juró alcanzarla para amarla por la eternidad. El fraile hizo los conjuros para romper aquella maldición; y dicen los documentos del Santo Oficio que los sortilegios se rompieron en mil pedazos, al tiempo Cosme quedó liberado y vio a su hermana muerta, su padre intentó consolarlo suplicándole no le pidiera explicaciones.
Una vez que salieron padre e hijo del sótano, los hombres que trajera fray Rebollo comenzaron a excavar siguiendo sus instrucciones; en ese lugar encontraron los esqueletos de los amantes, que se encontraban unidos fuertemente por un abrazo; el religioso hizo un conjuro para deshacer aquel abrazo maldito; y en ese momento se escucharon unos horribles lamentos.
Don Cosme y su hijo abandonaron aquel maldito lugar y regresaron a España. Nunca se supo quien mató a Florián y Lucinda, ni quien los sepultó abrazados.
Los documentos de la época dicen que el abogado era la única persona capaz de explicarlo, pero un día desapareció sin dejar rastro y este misterio jamás pudo ser resuelto.

miércoles, 2 de enero de 2013

La fatídica casa del pozo (Sucedió en las calles de República de Venezuela)

La justicia de los seres de ultratumba es tan terrible, que a veces parece ser que en ello tiene que ver el infierno y no el cielo. Si, como en esta escalofriante y crispante leyenda del siglo XVI, que a continuación relataremos.
Establecida la Colonia después de la Conquista de Tenochtitlán, se procedió a la construcción de los edificios principales; capitanes, nobles conquistadores levantaron señoriales casonas de acuerdo a su rango y fortuna. Y al amparo de los religiosos, los nobles mexicanos vencidos, encontraron comprensión y buscaron acomodo entre los vencedores; estos, aunque dueños de tierras y fortunas que se les respetó junto con su nobleza de estirpe no se encontraba a gusto en la Nueva España, por lo que algunos indios nobles vivieron en las afueras de la cuidad y se exhibían en las calles vestidos ridículamente, algunos otros trataron de aprender a leer, religión y otros menesteres; también fuero fundados conventos especiales para las indias hijas de nobles que deseaban servir a Dios y educarse.
Una de esas nobles indias que deseaba entrar al servicio de Dios fue Juana Coatlanecatl, era joven, bella y dueña de gran fortuna en oro y tierras; quien un día se topara con unos españoles que deseaban hacer negocios con ella, pero estos no se llevaron a cabo debido a la decisión de la mujer de tomar los hábitos. Aparentemente estos acontecimientos no tuvieron trascendencia, pero muchas veces las muy buenas intenciones son torcidas por la mano del destino, como le sucediera a la india; quien en forma increíble la apartó de la senda de Dios fue un español aventurero, inmoral y perverso, llamado Jimeno de Arvide y Puertocarrero, que comentaba a su incrédulo amigo suyo iba a contraer nupcias con Juana, no porque amor a ella, sino a su cuantiosa fortuna (hay que recordar que los indios eran vistos por los españoles como seres de segunda categoría).
Ante el asombro y desconcierto de los indios y la censura de los españoles que conocían a don Jimeno, se celebró la boda. Los más descontentos eran los frailes, pues al casarse perdieron oro y fortuna para templos y conventos; y al salir del templo estos interceptaron sus pasos y las parejas lanzaron sórdidas premoniciones: “¡Desdichada Juana, que os habéis desposado con el Diablo!”. Y cuenta la leyenda que, tal vez influida por las palabras de los religiosos vio en efecto a don Jimeno como el mismísimo Demonio.
La pareja se fue a vivir a la casa del hispano, que se ubicaba en la calle que iba del Colegio de San Pedro y San Pablo, al Convento de la Concepción; después se llamó de la perpetua y la casa ostentaba entonces el número 18.
Servían a don Jimeno un criado llamado Robles y una vieja cocinera llamada Antonia, que era de Sevilla, ambos así continuaron en la casa. No había trascurrido dos semanas, cuando los criados se dieron cuenta de que don Jimeno maltrataba a la india, cuando no era porque o usaba zapatos en la casa, era por cualquier motivo por lo que don Jimeno flagelaba a la desdichada. Poco a poco el mal trato se hizo constante, golpes, puntapiés, bofetadas y latigazos cayeron sobre el cuero de Juana a todas horas.
Ante los constantes maltratos hacia la pobre mujer, la cocinera decidió irse antes de verla morir; así a la mañana siguiente muy temprano la anciana cocinera dejó para siempre la casa de don Jimeno, pero no fue hasta las ocho de la mañana que notó su ausencia, a lo que el sirviente el sirviente le contesto que se había ido muy de mañana.

Robles tomó el cargo de cocinero, y una noche en que preparaba la cena escuchó un grito escalofriante, que se repitiera varias veces, hasta que todo quedara en sepulcral silencio, perdiéndose entre las profundidades de la casa; todavía repercutía en los oídos del sirviente aquel grito escalofriante cuando escuchó la voz de su patrón pidiendo la cena; al llegar a sus aposentos, notó que se encontraba solo. A partir de esa noche siguió la ausencia de Juana en la casa, pero más extrañado estuvo el criado al día siguiente cuando don Jimeno lo obligó a acompañarlo ante las autoridades, ahí contaría la disparatada historia de que su esposa lo abandonó, que era sucia, adoración a sus dioses, hechicera y amenazándolo con marcharse un día sin poderla detener el criado, se marchó.
Durante varias semanas don Jimeno de Arvide y Puertocarrero solo salió lo indispensable de su casa, y su presencia en las calles despertó los comentarios de quienes lo conocían; y de pronto un día salió menos y no bien oscurecía, se encerraba en su cuarto como si tuviera el temor hacia algo; el sirviente con frecuencia se hacía esa pregunta al ver ese comportamiento en su amo.
Y lo que pudo ser respuesta a la pregunta del sirviente, se convirtió en incógnita, cuando una noche creyó escuchar “algo”; el sobresalto del criado aumentó al escuchar que de la alcoba de su patrón provenían unos gemidos tristes, dolorosos. Robles se levantó y se dirigió sigiloso a la recámara de su amo, pero grande fue su sorpresa cuando se acercó a la puerta, ya que aquellos gemidos dolientes, angustiosos y lastimeros cesaron de la nada quedando solamente un silencio sepulcral; entonces algo llamó su atención cuando miró al suelo: unas huellas frescas y muy claras de alguien que había andado con los pies mojados apenas hace unos escasos momentos; consternado y sin comentar nada a nadie, Robles se retiró a sus aposentos.
El criado, reservado como era su deber, nada dijo al amo que apareció esa mañana más triste y cabizbajo que otros días; el día transcurre sin ninguna novedad, pero apenas cayó la noche volvieron a escucharse aquellos lamentos, pero ahora acompañados con unas frases de súplica dolorosa, por lo que Robles decidió intervenir para que su amo no fuera molestado, pero apenas estuvo cerca de la puerta volvió a escuchar todo con claridad, reconociendo la voz de doña Juana. Pero no bien se hubo acercado el criado a la puerta, cesaron los lamentos y después notó las huellas frescas de los pies descalzos de una mujer.
Al día siguiente, cuando Robles limpiaba la cerradura de la puerta del patio fue sorprendido por su amo y colérico tomó por las ropas al sirviente y cuando quiso evitarlo ya le había revelado a don Jimeno su secreto, pero al escucharlo el hispano se dejó caer apabullado sobre un sillón cercano para confirmar que aquellos lamentos no eran simples pesadillas. El criado le llevó a su amo una copa de vino y miró como le temblaban las manos al levantar la copa, y acto seguido el español le pidió, le suplicó que cerrara todas las puertas y ventanas en las noches.
Una vez se ocultó el sol, sin saber cómo ni por donde, doña Juana volvió a entrar a la casa y sus gemidos volvieron a retumbar por la casa; Robles estaba listo, pues tan pronto escuchó los primeros gemidos se precipitó escaleras arriba y al llegar al pasillo superior un grito escalofriante lo dejó petrificado, pero tampoco pudo moverse al ver que una figura espectral, horripilante pasaba junto a él, dejando una estela de aire de humedad de agua y de ultratumba, después se coló a través de la puerta que daba al patio. Temiendo que algo horrible le hubiera sucedido a su amo, el sirviente llamó varias veces a la puerta sin obtener respuesta; por lo que a la mañana siguiente decidió ir a buscar a la justicia, les relató lo ocurrido y acto seguido fueron a la casa.
Echaron abajo la puerta, pero no bien pudieron abrirla puerta y ver el interior, se presentó ante ellos un espectáculo horroroso: allí estaba don Jimeno sobre su lecho ¡estrangulado con dos trenzas largas y negras!, que el criado de inmediato reconoció como las de doña Juana. Las autoridades creyendo viva a la india decidieron ir a buscarla por toda la ciudad, pero en ese momento Robles les relató todo lo que había visto diciendo que se encontraba muerta; después los conduciría por el mismo camino que tomara la mujer y cual no fue su sorpresa que al llegar al pozo del patio principal, impulsados por una fuerza desconocida todos se precipitaron hacia este y lo que vieron abajo les heló la sangre: ¡allí estaba el esqueleto amarillento y horrible de doña Juana Coatlanecatl sin las trenzas!
Debido a los acontecimientos tan espantosos, el pozo fue segado y nadie se preocupó por saber dónde estuvo la tumba de la india.
Pero aún hoy, después de transcurridos estos siglos, puede uno preguntarse: ¿Cómo es posible que una muerta se haya vengado de aquel que la maltrataba y humillaba tanto? Tal vez en esta pregunta que no puede contestarse radique el interés de la leyenda.

domingo, 23 de diciembre de 2012

La calle del Puente del Cuervo



Nuestra leyenda tiene como protagonista a un cuervo que causara sobrecogimiento y pavor en los habitantes de la Capital de la Nueva España. ¿Qué tenía en particular este avechucho?
Encaminemos nuestros pasos a un puente de corta zancada, que corría por atrás del Colegio de San Pedro y San Pablo, perteneciente a los padres jesuitas; estaba construido de anchos tablones y baranda tosca. Aquel cuervo de plumaje negro azulado todas las noches sin falta se posaba en el burdo barandal, crascitando toda la noche interrumpiendo el plácido sueño de los vecinos, preguntándose de donde había salido aquel animal que se callaba hasta que sonaban las campanadas de las doce, largas y profundas, que lo hacían elevar el vuelo de manera precipitada; pero a la siguiente noche regresaba y se posaba en el puente, perturbando con sus graznidos las paz y quietud del vecindario.
Ya nadie se acordaba de la existencia de aquella ave desde hacía dos años que la habían visto con terror, y sus sospechas se vieron confirmadas cuando un vecino lo vio volar desde el puente, hasta los balcones de la arruinada casa que habitara un temible señor llamado don Santiago Améndola
Ese pájaro era el diablo, el cuál fue propiedad  de aquel horrible caballero, en cuya vieja casa se metía noche a noche, dando incesantes graznidos. Este anciano llevaba una vida extraña, así como también lo fue su muerte. 
Las amistades de don Santiago eran de la peor calaña, delincuentes, gente habladora, baldía y soez, todos iban a aquella elegante morada a conversar, beber de  los mejores vinos, jugar tablas y quínolas, convirtiendo todo esto en un relajo total. Los gritos desaforados frecuentemente salían de los balcones  y las ventanas, llegando a escuchar riñas y disputas que iban desde palabras altisonantes, y si la situación subía de tono, algunas veces  casi se daban hasta con la cubeta.
Todas la noches era la misma bulla en aquella casa, hundiéndose en risotadas y tronaban ásperas blasfemias, reniegos y porvidas; ajos, cebollas y culebrones salían de las bocas de aquellos bellacos, y Don Santiago cuando no echaba maldiciones, soltaba estruendosas carcajadas. Tan sucia era su fama como un andrajo lleno de estiércol.
Y así como la mala reputación que tenía, así era su traje. Este hallaba tan sucio y puerco como su alma, su sombrero negro lleno de tierra y más grasa que una tocinería, debajo de este traía un tiliche mantecoso amarrado a la cabeza para protegerse de los fríos porque según esto padecía vaguidos, su cabello era grasoso y con años de no pasarle ni los dedos para cepillarlo, y de lo más asqueroso que tenía eran sus barbas ¡infestadas de liendres! , ¡Que asquerosidad! … pero aún falta más. Los pechos de su luengo casacón parecían paletas de pintor, con un sin número de manchas de toda la gama de colores imaginable; en la chupa había reunido con mucho esfuerzo y dedicación una completísima colección de lamparones, chorreaduras y costras de otra época de todas las especies y tamaños, la usaba desabrochada tal vez para “lucir” una variada serie de salpicaduras que daban conocer el menú de hace quien sabe cuánto; en el cuello traía un tiliche asqueroso que fungía como bufanda; sus calzones se hallaban todos sobados y raídos con goteros de grasa y comida, por sus medias tenía gran cantidad de líquidos escurridos de tonos negruzcos con verde olivo y para rematar el “bonito” decorado, tenía salpicaduras de lodo, manchas rojas y amarillas; los zapatos eran más viejos que Matusalén y siempre estaban hechos una porquería, tenían superpuestas capas y más capas de tierra, tal vez si se escarbara se hubiera sacado un fósil.
Con esta imagen tan decadente que mostraba a los ojos de la gente, gustaba de salir a exhibirla para que todos los distinguieran por su “único” estilo de portar su atuendo, pero lo único que inspiraba era asco y pena ajena. Imagínate a que olería su casa, toda una asquerosidad, y de olor que desprendía este caballero ¡mejor ni hablamos!
Don Santiago tenía como  compañero de tertulia al cuervo antes mencionado, le hablaba como si fuera un compañero confidente al que se le cuentan las cosas más íntimas; conversaba largo y tendido con el animalito, el cuál le respondía con chillidos a modo de respuesta. El anciano gustaba de contemplar a su mascota en el balcón, como si tratara de descubrir alguna habilidad, o hiciese alguna gracia, o bien mantenía el hilo de la conversación; todo este comportamiento llenaba de asombro a la gente. Todos creían que el cuervo entendía lo que su patrón le decía, incluso que interpretaba cosas con más alcance y significado, pues tal perecía que inclinaba la cabeza como asintiendo o meditando, otras veces la ladeaba a ambos lados, sacudía las alas para negar algo y gritaba. El señor lo escuchaba atentamente como si realmente le pudiera hablar, a veces el cuervo le metía el pico al oído como si le contase un secreto que Dios le tuviese reservado.
El cochino anciano bautizó a su compañero con el nombre de Diablo, y si alguno de sus compañeros osaba burlarse,  estallaba en cólera y acto seguido lo molía a golpes; pero si alguien le llenaba de halagos a su pájaro, mostraba blandura y halago, no sabía ya que fiestas hacerle.
Así, si la servidumbre rompía algo en la casa, echaban la culpa al avechucho, a los que don Santiago solo decía: “Si lo hizo el Diablo está bien hecho”, y con mano cariñosa le acariciaba su negro plumaje y le daba apasionados besos en el pico.
De repente un día el mugroso caballero y su cuervo desparecieron como si la tierra se los hubiese tragado. Los criados no se dieron cuentea a qué hora ocurrió esto, sus cuates lo buscaron hasta por debajo de las piedras sin éxito; y de repente alguien recordó que Don Santiago tenía un cuartito misterioso al que no le gustaba que nadie entrara, a lo que procedieron a derribar la puertecilla y la entrar, lo único que los iluminaba era una alta claraboya tupida de rejas, vieron que no había ni un solo mueble, solo sucias estrazas e hilachas. Las paredes estaban tendidas de cal y en el piso solo había grandes baldosas húmedas, había también un Cristo de madera enclavado en una cruz chapada de carey en afiligranadas cantoneras de plata, a un lado unos recios azotes de varios ramales y muchas plumas negras. Se llegó a la conclusión de que eran de aquel cuervo maldito y que con aquellas ásperas ramas don Santiago azotaba al Cristo. Unos clérigos aseguraron  que esta conjetura no era engañosa.
La desaparición del mugriento señor causo revuelo en todos los alrededores, pues el solo hecho de pensar en aquello sucesos, hacía que a cualquiera se le erizaran los cabellos de miedo y espanto, no existía un solo corazón en que estos sentimientos no hubieran entrado. La casa quedó abandonada, lo que provoco que con el tiempo se fuera deteriorando y cayendo; la gente contaba que por las noches se podía ver el andar de una luz por los balcones, salir por las cuarteaduras y alargarse por las claraboyas  temblorosa, larga y fina, lanzando rayos de una siniestra claridad.
De lo que en definitiva se percataron todos los habitantes, fue que jamás volvió a aparecer el cuervo, sino hasta dos años después que venía todas las noches, y posado en el puente perturbaba la paz nocturna, que solo cesaba cuando sonaban las doce campanadas de media noche. Viendo a aquel siniestro pájaro, el cual todos aseguraban que venía del mismísimo infierno, las buenas gentes elevaban oraciones mientras que formaban sobre sí la santa señal de la cruz.

domingo, 16 de diciembre de 2012

El día de los Santos Inocentes


Se celebra el 28 de diciembre. Desafortunadamente esta tradición está casi en vías de extinción, solo algunos medios todavía hacen algunas bromitas para recordar este día.
El Día de los Santos Inocentes tiene sus orígenes en el relato del Evangelio según Mateo, en donde relata que aquel día Herodes ordenó matar a los niños recién nacidos de Belén, esto con el objetivo de deshacerse del Niño Jesús, ya que representaba una seria amenaza para los romanos en Oriente y las religiones paganas.
¿Cuándo se comenzó a celebrar en México? En su Crónica, Antonio de Robles indica que la orden de los betlemitas, establecida en  1673, celebró su fiesta el 28 de diciembre de 1703: “Hoy, Día de los Santos Inocentes, se celebró en la iglesia de los Betlemitas, la fiesta de su título y la colocación y estreno del retablo del altar mayor…”
En 1820, cuando quedó suprimida esta orden, la fiesta dejó de celebrarse.
Durante la época de Colonia, es este día se acostumbraba ya gastarse bromas entre amigos y familiares; lo que hacían ellos era pedir prestado dinero o algún objeto de poco valor, y una vez que esto era obtenido, a la víctima inocente se le decía lo siguiente:
Inocente palomita
que te ha dejado engañar,
sabiendo que en este día
nada se puede prestar.

Lo prestado se era devuelto poco tiempo después. La costumbre decía que el dinero u objeto en cuestión, debía regresarse en un charolita de hojalata, y encima debía de traer un juguete en miniatura. Si la engañada era una mujer, se colocaban juguetes relacionados con su rol: escobetas, planchas escobas; si era un hombre, entonces cambiaba a: martillos, pinzas,  serruchos, escaleras y carros. Una vez que los objetos eran devueltos a sus dueños, se agregaba a la charolita una tarjeta con el siguiente verso:

Herodes cruel e inclemente
nos dice desde su fosa
que considera inocente
al que presta alguna cosa.

Todavía en nuestros días es muy probable en algunos mercados lleguemos a ver como cosa perdida algunos regalitos en miniatura para esta fecha, aunque la gente ya no lo relaciona con los Santos Inocentes. 
También estaban las “inocentadas”, que consisten en divulgar de manera muy convincente una noticia o un chisme que fuera difícil de creer o de ocurrir, para que la víctima en cuestión se tragara el cuento; todo era parte de cómo se divertía la gente con cosas tan simples en aquella época.
Esta costumbre también se celebra en otros países y en diferentes fechas; por ejemplo, en Francia se festeja el 1 de abril y la llaman Poisson d´ abril.
El 28 de diciembre es sin duda alguna, un día en el que el mexicano pone todo su ingenio para hacer una broma lo suficientemente creativa a sus conocidos. Así que ya sabes estimado lector, si en este te cuentan un chisme o te piden prestado trata de no caer en el engaño, sino estarás escuchando la típica frase: “Inocente palomita que te ha dejado engañar, sabiendo que en este día nada se puede prestar.”