miércoles, 27 de febrero de 2013

Real Monasterio de Jesús María (Parte 1)

Ubicado en la calle de Jesús María esquina con Soledad en pleno Centro Histórico, podremos encontar uno de los templos mejor conservados que podremos visitar en esta ciudad, cosa que no podemos decir de lo que queda del convento, que está ya en la ruina total. Sus origenes se remontan hasta finales del siglo XVI, cuando las monjas concepcionistas deciden trasladarse de los rumbos de la Santa Veracruz, hasta su ubicación actual, lugar que era ya mucho más espacioso y confortable.
Hoy en día esta calle está llena del bullicio comercial, característico del Centro Histórico, en donde podrás contrar toda clase de artículos.


domingo, 24 de febrero de 2013

La dama ensangrentada (Sucedió en la calle 5 de febrero)

Mucho se ha hablado de la percepción extrasensorial, mientras unos la niegan, otros la aceptan sin recelos. La presente leyenda que data del siglo XVII nos revela que puede haber comunicación entre los vivos y los muertos; ahora veamos este escalofriante suceso ocurrido en la calle que hoy conocemos como cinco de febrero, para ser exactos, nos iremos a la casona marcada con el número 157.
Cuanta la leyenda que, en el mes de febrero de dicho año, llegó a esa casona ocupada por los condes de Ferráldez, el joven caballero Miguel de Ubeda y Carmona, que iba como huésped de los condes, quienes lo recibieron con muestras de gran afecto, y éste su vez fue recíproco. Aquel joven iba a pasar larga temporada en Nueva España, al menos esas eran sus intenciones; pero el duende del amor hizo su presencia dos noches después, al descubrir él, en el jardín  de la casa contigua a la de los condes a una bellísima muchacha. Noche a noche Miguel admiró la belleza de la joven y empezó a cortejarla, hasta que entre susurros acordaron reunirse en el jardín la noche siguiente a la misma hora; pero él tenía que ver el modo de bajar de su ventana para reunirse con su amada.
Al día siguiente el joven enamorado se entregó febrilmente  a la fabricación de una escala, y esa misma noche escaló el grueso muro, mientras Margarita ya lo aguardaba ansiosa.
Durante varias noches, los enamorados pasearon por el jardín iluminado por la luna, escondiéndose de miradas indiscretas. Así el tiempo pasó, hasta que llegó el momento de las confidencias de enamorados, en donde la muchacha le confiesa a su amado que pronto lo iba a dejar de ver porque sus padres la iban meter de novicia a un convento; el joven le dice que irá a hablar con ellos para que se desposaran en sagrado matrimonio, pero la muchacha le asegura que eso jamás lo permitirían. Margarita llorosa y desesperada, corrió hacia el interior de su casa; y momentos después Miguel, en su cama se revolvía presa de los más diversos pensamientos.
Al día siguiente, el joven miró a todas horas el jardín de la casa de su amada, sin notar signo alguno de vida. Cerca de las once de las once de la noche, cuando Miguel bajó, quien iba a decirle que por última vez utilizaría aquella escalera; una en tierra Margarita pálida y acongojada le dice que al día siguiente la mandarían sus padres al convento, y por más que intentó convencerlos de lo contrario, todos sus esfuerzos fueron en vano. Entonces  la joven le dice a su amado que el único camino que hay es que huyan juntos y se casen, mientras ella fingiría estar enferma para retardar su destino. Se reunirían la noche siguiente a la hora acostumbrada.
El día siguiente, Miguel lo pasó arreglando sus cosas personales y reuniendo su capital, aunque pidió algún dinero al conde, calló el motivo de su urgencia de oro. Esa noche el joven aguardó ansioso la hora en que iría a l encuentro de su amada, más pronto dícese que hizo inoportuna aparición el conde de Ferráldez, quién le pidió de favor que le ayudara a hacer unas cuentas. No pudo negarse a ayudar al conde y menos decirle que le hacía tarde para raptar a Margarita; y mientras ayudaba a hacer las cuentas, no cesó de mirar aquel reloj de arena que marcaba  la hora en que debería estar aguardando su amada. Continuaron atareados en el libro, el conde y el ansioso Miguel, cuando se dejaron escuchar fuertes y extraños ruidos en la casa vecina, a lo que el joven pide permiso para salir a tomar un poco de aire fresco.
Desesperado y nervioso, se situó frente al zaguán de la casa contigua. De pronto, dice la leyenda, se abrió quedamente zaguán y apareció la dulce figura de la amada, pero al observarla de cerca se dio cuenta, horrorizado que mientras la mantenía en sus brazos, llevaba un puñal clavado al pecho. Ella le dice que pensó que no llegaría a la cita o que la había engañado y por eso decide suicidarse. Cargó a la sangrante Margarita, pero se encontró con la puerta de la casa cerrada, y con que ni sus padres ni criados habían salido tras ella; entonces va a toda prisa la casa de los condes y la sube a sus habitaciones, después la acostó sobre la cama, asegúrase que ella se quejaba débilmente y él, no había tenido valor para arrancarle el puñal del pecho.
Miguel no comunicó cuanto sucedió al conde Ferráldez, pero cuando regresó acompañado del doctor, los condes lo recibieron al pie de la escalera  y finalmente les contó todo lo que había pasado; los otros desconcertados le dijeron al joven que no tenían ninguna Margarita por vecina.
El joven insistió en que la vieran, pero cuando ingresaron a la alcoba no había rastro alguno de la muchacha, la única evidencia de su presencia era la sábana ensangrentada y un prendedor que portaba en el pecho. Intrigados por los argumentos de Miguel y lo que encontraron, se dirigieron a la casa de sus vecinos, y al llegar fue el conde quien hablo primero, pero se vio interrumpido por la esposa del otro caballero, al decir que el joven era el asesino de su hija: la pareja aseguró que él le había dado muerte a muchacha diez años atrás.
Miguel le aseguró al ofendido padre que había salido hace escasos momentos con un puñal clavado en el pecho, pero la pareja aseguraba que él era el asesino;  entonces se aclaró el asunto de que al joven que tenían por huésped se llamaba  Miguel de Ubeda y Carmona, y el otro era Miguel  Moreda, y solo tenía escasos dos meses de haber llegado a la Nueva España. Sin embargo al joven no le creían, hasta que les mostró el prendedor con el que aseguraron sus padres, la habían enterrado. ¿Qué explicación había ante este fenómeno?
Ya en su aposento, Miguel desesperado cae ante el Cristo, pidiendo le ayudara a resolver este misterio. A partir de aquel día, lo empezó a invadir una gran melancolía, de una tristeza infinita, la cual se iba incrementando al paso de los días; entonces los condes viendo esta situación deciden enviarlo de regreso a España para que con el tiempo y la distancia lograra olvidar su macabra aventura. La marcha de Miguel ocasionó otro fenómeno, pues a partir de la noche del día en que partió, se dejaban escuchar los gemidos agonizantes de una mujer, que después de dirigía a la calle. Fueron varios los vecinos de la capital de la Nueva España, que vieron aparecer a tal fantasma al que dióse  el nombre de: “La dama ensangrentada”. Y así se conoció por el vulgo la calle que como sabemos se llamaba también calle de la Joya.
Cuentan las versiones sobre esta leyenda que los ancianos padres de la muerta Margarita, la vieron también varias noches, pero no todos los seres de este mundo tienen facultad para hablar con los de ultratumba, entonces llamaron a los frailes exorcizadores; aseguran que gracias a estas prácticas, Margarita desapareció de la casa y de la calle, que con un grito espantoso se alejó para perderse en las sombras de esa región, de la dimensión desconocida e inexplicable de los muertos.
En aquel siglo no se encontró explicación a tal fenómeno, pero ahora podemos explicarlo gracias a que sabemos de la existencia de la percepción extrasensorial; esta no solo permite ver y hablar con los seres de otro mundo, sino hasta llegar a tocarlos, como aconteció con Miguel de Ubeda y Carmona en el siglo XVII.

domingo, 10 de febrero de 2013

Leyenda del edificio de la Aduana


Corría el año de 1740, cuando era virrey de la Nueva España don Juan de Acuña y Bejarano, marqués de Casafuerte y caballero de la Orden de Santiago, y asunto extraño: era oriundo de Perú.
En aquel año en particular, trascurría un frío y cruel invierno que calaba hasta los huesos, haciendo que la ciudad se volviera más lenta; sucedió que por estos días el coronel prior del Consulado don Juan Gutiérrez Rubín de Celis cayó profundamente enamorado de la hermosa y joven sobrina del virrey, doña Sara de García Somera y Acuña. La hermosa dama contaba con solamente dieciocho años de edad, en plena flor de la vida; con estos atributos no era de asombrarse que todo el tiempo se pudieran ver pretendientes rondando por su casa, ubicada en la segunda calle del Relox (hoy república de Argentina). Decían los caballeros más atrevidos que su hermoso y bien formado cuerpo iluminaba cualquier alcoba.
¿Dónde conoció don Juan a la bella dama? Fue en una fiesta en el palacio virreinal en que la vio por primera vez, y desde ese día comenzó a cortejarla; desde luego Sara se dejaba querer, pero se negaba a darle en tan anhelado “si”.
¿Quién era aquel caballero enamorado como jovencito? Era un buen hombre de noble alcurnia, que llegara a la Nueva España con una gran fortuna, la cual acrecentó al igual que su fama de potentado; por si esto fuera poco, tenía un importante cargo en la Aduana al servicio del rey. Todas estas cualidades le habían otorgado una muy buena reputación, a la que su dinero había contribuido en gran medida. Se le podía ver en cuanto sarao había, pues su estatus de caballero de la Orden Militar de Santiago le daba todo el derecho del mundo.
El amor de don Juan hubiera sido perfecto, si no hubiera tenido una gran desventaja en su contra, que ni todo su dinero podía cambiar: su edad, pues tenía ya casi los sesenta años. Para el eso no importaba, dicen que el amor no tiene edad y mientras haya ganas de vivir y mucho entusiasmo, hasta se puede rejuvenecer un poco; esto precisamente le sucedió al caballero enamorado, a quien se le podía ver caminando más erguido, con más energía y vitalidad, por dentro se sentía más joven.
Como todo hombre rico que se precie, don Juan llevaba la ostentación al extremo. Toda su vida se le había visto trasladarse en su litera o en una carroza jalada por los más finos caballos; ambos medios de transporte estaban recubiertos de seda, decoradas con cortinillas de terciopelo rojo y bordadas con hilos de oro y plata. Ya desde 1716 tenía fama de ostentoso, y más cuando asistió a los festejos de la toma de posesión del virrey don Baltasar de Zúñiga Guzmán Sotomayor y Mendoza, marqués de Valero y duque de Arión, perteneciente a la cámara de Su Majestad. Cabe destacar que el nuevo virrey fue el primer gobernante en llegar soltero a la Nueva España, ya que era muy joven y por desgracia también  murió joven, después de dejar durante cinco años el gobierno virreinal. Hay documentación que corrobora su prematuro deceso, en donde dice que en el año de 1722 enviaron a Madrid su corazón para que fuera guardado en el convento de las monjas capuchinas. Aquel gobernante siempre se caracterizó por lucir siempre de lo más elegante, y en ocasiones especiales le gustaba lucir una gran peluca blanca al estilo Luis XV.
En una de aquellas fiestas, en especial la celebrada en el año de 1716, asistió el infaltable don Juan Gutiérrez Rubín con 14 años menos en su haber; en aquella ocasión el caballero se fue al extremo en lujo y ostentación: llegó con su traje tapizado de joyas, con hermosos bordados de perlas e incrustaciones de pedrería, cadenas, anillos, alfileres de oro prendidos sobre la seda blanca con encajes en cuellos y pecho, broches de oro y plata en su sombrero de ala ancha, hebillas de oro en su calzado y las incrustaciones de rubíes en las empuñaduras de su espada y daga ambas de lo mejor de Toledo. El acaudalado caballero no perdía la oportunidad de exhibir su riqueza en el palacio virreinal, ya que las joyas con ese brillo espectacular que tienen, es imposible que pasen inadvertidas bajo las luces de las lámparas de aceite.
El tiempo pasó y a don Juan le dio por enamorarse ya hasta los sesenta años, cuando conoció a la bella jovencita sobrina del virrey marqués de Casafuerte; sin embargo, doña Sara dudaba en aceptar la propuesta de matrimonio del viejo rejuvenecido, pero fue tanta su insistencia, que finalmente le puso una condición aconsejada por su tío: le daba un plazo de seis meses para que terminara de construir el edificio de la Aduana que se encontraba en muy malas condiciones. ¡Eso era imposible! ¿Cómo construir un edificio en tan poco tiempo? El viejo salió de la casa de su amada con el ánimo en el suelo, pero su ánimo se vio otra vez arriba cuando leyó un verso del “Libro del buen amor”, del Arcipreste de Hita: 
Esta dueña me hirió con saeta envenenada,
Me atravesó el corazón y la traigo en él clavada;
No la puedo arrancar por más fuerza que haga,
La llaga va en aumento y el dolor no aminora nada.

¡Solo tenía seis meses! ¡Había que empezar lo antes posible! En el acto don Juan de Celis fue a buscar al arquitecto más reconocido de la época, don Pedro de Arrieta, quien le dijo que terminar un edificio así en tan poco tiempo era prácticamente imposible, apurándose le quedaría en dos años. Ante la respuesta negativa del constructor, el rejuvenecido caballero fue con todos los arquitectos que había, pero todos le salieron con lo mismo.
Desesperado por conseguir el amor de doña Sara, decide el mismo dirigir la obra. Contrató a negros, criollos, españoles, indios, mestizos y a cuanta gente estuviera dispuesta a trabajar, ahora si ¡manos a la obra! El trabajo comenzaba desde las seis de la mañana y concluía hasta las ocho de la noche. A don Juan incluso se le ocurrió que vinieran las esposas de los trabajadores para que ahí mismo les dieran de comer y beber; muchos indios y mulatos dormían en el lugar de la obra, son Juan  les había proporcionado los suficientes petates y cobijas para tenerlos cerca.
Los días iban pasando rápidamente, y con ellos el insomnio del caballero iba en aumento, debido a que la obra iba avanzando muy lentamente; ya iba para el cuarto mes y tuvo que contratar más gente. Los canteros, carpinteros y herreros comenzaron a trabajar de noche.
Cuando faltaba solamente un mes para que el plazo llegara a su fin, apenas empezaban a poner las vigas del techo de la segunda planta; todo era trabajo, trabajo y más trabajo, no había tiempo que perder, cada minuto y cada segundo eran valiosos. El tiempo pasó, y cuando ya faltaban escasos quinces días, don Juan regañó a los herreros porque la herrería de los balcones y de los pasillos estaba bastante mal hecha, pero no había tiempo para volverla a hacer, ya como cayera, el chiste era terminar la obra.
Por fin llegó el 28 de junio de 1741 día en que el plazo llegaba a su vencimiento; los habitantes hasta se levantaron temprano presas de la curiosidad y el morbo. Don Juan Gutiérrez, vestido con sus mejores galas, con una nerviosa sonrisa y su corazón aceleradas palpitaciones, subió a su carruaje y se dirigió a la casa de su amada; al llegar tembloroso le dijo que había cumplido con la condición que le había pedido y ahora era el turno de ella de cumplir su palabra. A la doncella le costaba trabajo creer tal cosa, hasta que el caballero le entregó sobre un cojín de terciopelo rojo, las llaves de la Aduana; halagada doña Sara tomó las llaves y esbozó una sonrisa.     
En agosto del mismo año la pareja contrajo nupcias en la Catedral: la bella jovencita de dieciocho primaveras y el hombre de sesenta con todo y su rejuvenecida de amor. Toda la gente más importante de la época fue invitada a la boda, y como siempre no faltan los colados que se metieron con un pequeño soborno a los guardias, que ya andaban bien borrachos.
Desde aquel día, don Juan vivió muy feliz el resto de sus días; en cuanto a doña Sara, nadie lo sabe. Pero los que si podemos saber, es que la Aduana está en frente de la Plaza de Santo Domingo, recordándonos que para el amor no hay obstáculos ni cosas imposibles de hacer, con tal de estar con la persona amada.

domingo, 27 de enero de 2013

Santo Niño Cautivo

Muchos templos hay en la vieja Europa, en donde se puede adorar al Niño Jesús y de él hablan con gran ternura.  En la Santa Iglesia Catedral no había una solo imagen a la cuál venerar, ¿Por qué no hacer el encargo de un Niño Jesús? En Sevilla vivían escultores de gran talento, que podrían convertir un simple pedazo de madera en una hermosa imagen del Señor en su infancia, en la suave primavera del vivir. Estas y otras cosas dijo en el cabildo el señor canónigo don Antonio Vallejo y Solórzano, hombre bien cultivado dentro de la doctrina evangélica, culto y de fino sentir; sabía predicar con mucha elegancia, por lo que sus sermones eran en todo México de mucha autoridad y opinión. Vestía las más finas telas y joyería, comía en las más finas porcelanas de la China y utilizaba cubiertos hechos de plata, los más finos encajes engalanaban la mesa durante la toma de sus alimentos; y no se diga las hermosas pinturas de buenos pinceles, imágenes estofadas, marfiles y damascos, fragantes maderas talladas.
Por todos estos factores, el pudiente personaje era muy tomado en cuenta para todas las situaciones en el cabildo de catedral. Todos se arrimaron con gusto a su parecer.
Al día siguiente fueron despachadas cartas a Sevilla para el deán de esa archidiócesis, con el fin de mandar labrar al mejor imaginero de la ciudad el tan anhelado Niño Jesús; magníficos dineros fueron enviados junto con la carta  para que el trabajo caminase de prisa, vaya que esto mueve las manos  y con elegante ritmo. El deán, don Gil Bermúdez de Castro mando en su mensaje de respuesta, que la obra estaba al cuidado de Mairena, escultora de renombre, quien pondría  toda su delicada ternura de mujer en el trabajo que se le había encomendado; también don Gil anunciaba que Su Majestad el rey había otorgado una prebenda al doctor don Francisco Sandoval Zapata, nombrándole canónigo racionero de la Catedral de México, y que él sería quien llevase la imagen en el cofre de su equipaje.
Una vez terminada la escultura, le fue entregada al doctor Sandoval, para que emprendiera el camino a Cádiz y ahí emprendiera el su viaje en una embarcación de alto porte. El Niño fue colocado en un improvisado altarcito, en donde los marineros le ofrecían flores de papel hechas con gran curiosidad, conchas,  caracoles y candelas; estas iban acompañadas de fervorosas peticiones para que llegaran con bien a su destino.
Sus planes cambiarían cuando cierta tarde divisaron velas en el horizonte, amarillas por el sol. Eran barcos piratas, que se acercaban a todo remo a la nave cristiana, en donde se pusieron inmediatamente a la defensiva, en espera del ataque. Entre sangre, gritos y pólvora, los turcos finalmente lograron apresar la nave, afianzaron cadenas en la borda y la arrastraron hasta sus tierras de Argel. Entre los presos, muy lleno de heridas mortales iba don Francisco Sandoval; el Niño Jesús que nunca apartó de sí era otro de los prisioneros.  
En México los señores del cabildo catedral se llenaron de gran congoja; entonces acordaron pagar un rescate para que el malvado turco les devolviese al doctor Sandoval junto con la imagen que portaba. Del negocio se encargaron los frailes redentores en Argel, ya que ellos eran los que arreglaban las libertades de los cautivos, objeto principal de su santo instituto. En el acto procedieron a hablar con el poderoso Muley Hazán, que comprara como esclavo al apacible Canónigo, tan fino y delicado de salud, a quien puso el rudo trabajo de dar vueltas sin descanso al palo de una noria para mover la pesada rueda que subía los arcabuces que vaciaban el agua en la atarjea para el riego de un huerto; el muy ladino comprendió que aquel hombre era valioso, al pedir en tan poco tiempo rescate por él, por lo que decidió elevar su precio. Aquel regateo se prolongó por mucho tiempo, tanto, que finalmente Sandoval fue llamado por el Creador.
Pasaron los meses, que después se convirtieron en años, y no se sabía en donde estaba la escultura del Niño. Los mercedarios hicieron arduas diligencias para dar con la preciada imagen, y Hazán no tardo en enterarse, así que ni tardo ni perezoso también se encargó de buscarla por cielo, mar y tierra, pues planeaba cobrar una buena cantidad por ella. Finalmente la encontró en la sucia celda de un cristiano, a quien le servía de un gran consuelo en el horrible cautiverio en que vivía; fue descubierto el pobre infeliz y en el acto le arrebatan al Niño, después le asestaron latigazos en su espalda y palos en su cabeza.
Dos mil pesos cobró el perro turco por entregar el Niño Jesús y los restos del canónigo para que después de tanto tiempo, llegaran a su destino final. La ciudad de México se engalanó para dar el recibimiento: se pusieron sus mejores ropas y joyas, las personas más importantes de la época estuvieron presentes, entre ellos el jubiloso canónigo Vallejo y Solórzano. Con bombo y platillo, en una suntuosa procesión acompañada de cánticos, llevaron la imagen hasta el altar mayor, y  de ahora en adelante sería conocido como el Niño Cautivo, el cuál dicen que su vestimenta es un réplica exacta del traje que usaban los cristianos cautivos por el turco infiel, solo que para el Niño le fueron añadidos algunos detalles para que le luciera mejor.
El canónigo doctor don Antonio Vallejo y Solórzano pidió que se mandaran hacer copias en plomo del Santo Niño Cautivo al más afanoso maestro de la Academia de San Carlos, para regalarlas a todas las catedrales de Nueva España. Los restos de Francisco Sandoval Zapata fueron sepultados un 14 de febrero en San Agustín.
Dio la casualidad que la imagen llegó a tierras mexicanas  en el día del Evangelio del Niño perdido de Jerusalén, es decir, un 24 de diciembre; por lo que se decretó que la celebración del Niño fuera este día, acompañado de cantos y una solemne procesión. Actualmente podremos encontrar al imagen en la capilla dedicada a Nuestra Señora la Antigua, que se abre frente a la del señor del Buen Despacho. A los descendientes de la familia Solórzano se les concedió el honor de guardar la ropita y vestirlo cada año para la solemne festividad.

viernes, 25 de enero de 2013

Santo Niño Cautivo

La tradición de vestir a los Niñitos Dios y llevarlos a bendecir el día de la Candelaria, el 2 de febrero, es una tradición muy arraigada a la cultura mexicana, tanto así, que en el Centro Histórico se encuentra la calle de Talavera, lugar dedicado exclusivamente dedicado a la venta de vestimentas para los Niños Dios. Hay de todos lo que uno se pueda imaginar, entre ellos podemos encontrar el del Santo Niño Cautivo, el cuál puedes visitar en la Catedral Metropolitana del D.F. ¿Porque se le llama así? ¿Cuál es su historia? Para saciar tu curiosidad te invito a que veas este video.


domingo, 20 de enero de 2013

La hoy ya olvidada Primitiva Catedral de México


 Es un templo del que pocos se toman la molestia de hablar, ya que nunca se le consideró digno de esta gran ciudad; sin embargo, desempeñó sus funciones a la perfección mientras estuvo en pie. Vamos a viajar en el tiempo para conocer cómo era la primer Catedral de México.
Cuando vamos de visita a la actual Catedral, a  nuestro lado izquierdo, de bajo de una cruz, podremos ver unas enormes piedras labradas en forma de bases de columnas y que en su parte inferior presenta extraños relieves; pues bien, estas piedras formaban parte de aquel templo.
Después de la caída de la gran Tenochtitlán y comenzada la conquista espiritual, Hernán Cortés ordenó la construcción de la primera Iglesia Mayor, en el año de 1524. Para su edificación fueron utilizadas las mismas piedras de los adoratorios mexicas, que Cortés se encargó de hacer pedazos durante el sitio de la ciudad y la mano de obra fueron los pobres conquistados.
Esta iglesia fue edificada en 1525; que no fue la primera, ya que la de San Francisco  es anterior. Se encontraba orientada de Este a Oeste, con la puerta principal, llamada del Perdón como en la catedral nueva, hasta el Occidente. Venía entonces a dividir la gran plaza, que hoy en día es una sola; además se sabía que dicho templo había sido levantado es el sitio que ocupaba el gran teocalli de México, y que las piedras sagradas de los indios habían servido  de cimientos a la iglesia católica y hasta  de pedestales a sus columnas.
En 12 de diciembre de 1527  fue creada la Diócesis de México – Tenochtitlán, y para 1528 arribó a tierras mexicanas fray Juan de Zumárraga como primer obispo. En 1530 fue elevado a la categoría de Catedral, y Metropolitana en 1547, eso solo después de que Zumárraga fuera nombrado Arzobispo Metropolitano el 11 de febrero de 1546; tomando la denominación de metropolitana porque es la Sede del Arzobispo.
Con el paso del tiempo la iglesia comenzó a resultar pequeña, por lo que en 1573 comenzaron los trabajos de construcción de la actual Catedral, cuando era rey en España Felipe II y cuarto virrey de Nueva España, Martín Enríquez de Almanza, quién estuvo a cargo de la obra junto con el tercer arzobispo don Pedro Moya de Contreras.
Pronto se ordenó que se levantara un nuevo templo, acorde a la suntuosidad y grandeza de la Colonia, más esta fábrica tropezó con tantos obstáculos para su comienzo, con tantas dificultades, que el templo viejo vio pasar en sus estrechas naves suntuosas ceremonias del virreinato; y solo cuando el hecho que las motivaba revestía gran importancia, preferíase otra iglesia, como la de San Francisco, para levantar en su enorme capilla de San José de los indios el túmulo para las honras fúnebres de Carlos V.
Al ver que la conclusión de la iglesia iba para largo, ya comenzada su fábrica, en el año de 1584 se decidió reparar en su totalidad a la vieja catedral, que sin duda era poco menos que ruinosa. El libro de cuentas de dicha reparación, que duró más de un año, se guarda en el Archivo General, nos permite saber ahora cómo era el templo en esa fecha, junto con otros datos importantes.
La iglesia tenía de largo poco más que el ancho de la catedral nueva; sus tres naves separadas por columnas toscanas no alcanzaban treinta metros de ancho y estaban techadas, la central con una armadura de media tijera, las de los lados con vigas horizontales. Además de la puerta del Perdón, había otra llamada de Canónigos y quizás una tercera que daba a la placeta del Marqués (hoy Monte de Piedad).
Sin embargo, la tragedia envolvió las reparaciones en el año de 1584, cuando el arquitecto que dirigía la obra, que también lo era de la nueva catedral, cayó de un andamio perdiendo así la vida. El difunto era el capitán Melchor del Ávila y su sobrino Rodrigo le sucedió en sus puestos.
Después de mucho batallar, finalmente quedó reparada la catedral vieja, para resistir otros cuarenta años más; hasta que la nueva, surgida al final del sopor que en un principio opacaba su fábrica, la arrasó en 1626, dejando enterrados en el sitio basamentos de sus columnas, junto con las piedras del gran teocalli.

domingo, 6 de enero de 2013

La Casa de los Hermanos Malditos (Sucedió en la calle de Mesones)



En esta calle todavía existe una vieja casona entre las Calles de Cinco de Febrero e Isabel la Católica, que durante la noche causa pavor a quien pase, debido a los macabros sucesos que tuvieron lugar. Desde la época de la colonia esa casona siempre tuvo muy mala fama, de ahí nació ese nombre que tuvo por muchos años.
Corría el año de 1611, cuando ese lugar era habitado por Florián Rivadeneyra y Lucinda de Zavala, que nunca habían tomado los votos matrimoniales, solo eran una pareja de borrascosos amantes y sus aventuras de amor desenfrenado causaban gran escándalo entre los habitantes, quienes continuamente decían que con sus actitudes llenaban las calles de vergüenza y pecado. Aquella gente exigía castigo para aquellos pasionales amantes, pues conductas indecorosas iban en contra de la moral y las buenas costumbres de un ciudadano decente.
Una noche, dos caballeros caminaban por aquella calle, y al pasar cerca de la casa escucharon los gemidos desenfrenados de los amantes, como de costumbre cada noche y que representaban una gran ofensa y oprobio para todas las personas; aquellos caballeros comentaron que la pareja debía de ser castigada, cuando en ese momento observan a fray Dorantes a los lejos, que era un fraile ejemplar apegado a los preceptos que dicta la Santa Madre Iglesia y de una gran devoción; el religioso se acercó a saludar a aquellos caballeros, y al mismo tiempo se oía una oleada de risas eufóricas.
Los hombres preguntaron al fraile si no era posible que Florián y Lucinda fueran castigados por las leyes cristianas, fray Dorantes contestó que nada podía hacer, pero que había una justicia divina que tarde ó temprano iba a castigarlos severamente por sus aquellos terribles pecados.
En la casa, cada noche era de continuos excesos de amor, vino, risas, cantos y fiestas, en pocas palabras: una auténtica orgía. El amor que se tenían aquellos amantes era tanto, que hasta los sirvientes salían corriendo a esconderse detrás de las cortinas de terciopelo rojo. Y aquel lugar, que un día fuera tema de comentario de los ciudadanos, dejó de serlo cuando de repente una noche no hubo ruido alguno, pasando así algunas semanas en que reinaba la paz y tranquilidad. De repente una noche los vecinos despertaron precipitadamente al escuchar unos gritos, y vieron a un hombre en el balcón gritándole a su amada.
Aquella fue la última vez que los vecinos vieran a Florián, pues cuenta la leyenda que desde esa noche lo único que hubo después fueron sombras y silencio; lo único vivo que había en la casona era un sirviente que todas las noche salía a encender el farol, pero un día también abandonó el lugar, igual que toda la demás servidumbre. Se dice que aquel criado fue a ver al licenciado don Miguel Osornio y Huicochea, que era apoderado de Florián; le entregó las llaves de la casa y un sobre cerrado.
La desaparición de los fogosos amantes llegó a iodos de las autoridades virreinales, que iniciaron una investigación para aclarar aquel misterio, e hicieron llamar al licenciado Osornio, quien declaró lo siguiente:
“Solo puedo decirles que los dueños de la casa están en Perú, ya que de acuerdo a las instrucciones escritas que me entregó el criado del caballero Rivadeneyra, envié allá el dinero, fruto de la venta de sus bienes y en cuanto la casa sea vendida, de inmediato enviaré el dinero”.
Las autoridades eclesiásticas le pidieron las llaves de la casa al licenciado, para hacer una investigación más profunda, pues se decía que los amantes habían sido asesinados y que ese lugar estaba maldito. Cuando los alguaciles fueron a la casona no encontraron rastro alguno de violencia; el tiempo pasó y la casona no pudo ser vendida porque los rumores de que ahí habitaban fantasmas cada vez iban más en aumento.
En abril de 1614, llegaron a Nueva España don Cosme Jiménez Catalám y sus dos hijos Cosme y Cecilia; se hospedaron en una posada que se encontraba en las calles de Balvanera, en donde fueron visitados por su amigo don Pedro de Alcántara. El objetivo de don Cosme era casar a sus hijos con personas prominentes, a lo cuál su camarada le comento que no le sería difícil, ya que provenían de noble cuna.
Don Cosme tenía interés en comprar la casona de Mesones, la gente le advirtió que ahí vivían almas en pena y seres malignos; pero el hombre hizo caso omiso de las advertencias y compró la casona, trasladándose a ella el 19 de septiembre de ese mismo año. Todos se instalaron en sus respectivas habitaciones, sintiendo cada uno de ellos una extraña sensación, Cecilia se estremeció con un desagradable escalofrío.
Nadie supo lo que había pasado, se dice que los espíritus de los amantes hicieron contacto con el cuerpo de los hermanos, y en efecto fue así; los espectros habían encontrado cuerpos físicos en que materializarse.
Pasaron dos semanas y no ocurrió nada extraño, todo lo contrario, don Cosme andaba muy entusiasmado con los preparativos de la fiesta, donde sus hijos serían presentados ante la alta sociedad de Nueva España. Esa misma noche el feliz padre escuchó unas voces que venían de la planta baja, tomó una vela y bajo las escaleras para reprender a sus hijos por aquel escándalo, pero al llegar a la estancia, se quedo mudo ante lo que vio: ¡Sus dos hijos estaban besándose y riéndose como lujuriosos amantes!
Don Cosme incrédulo y alarmado, gritó con desesperación se detuvieran, y les pidió una explicación ante su incestuosa conducta; los hermanos se desmayaron y al despertar no recordaban nada de lo ocurrido. Cada noche se repetía la misma escena y claro, esto no pudo pasar inadvertido a los criados y al poco tiempo los habitantes de la colonia ya estaban al tanto, y si pasaban cerca de la casa maldita lo hacían rápidamente.
Don Cosme sin saber que hacer, solicitó la ayuda del santo varón fray Baltasar de Rebollo; al contarle todo lo acontecido con sus hijos, el religioso le relató la historia de los amantes borrascosos que en vida habían habitado esa casona y que ahora sus espíritus errantes poseían los cuerpos de los muchachos para satisfacer sus más bajas pasiones; y la única solución era que uno de ellos debía morir.
El angustiado padre estuvo meditando en las palabras del varón, entonces esa misma noche tomo su arco y su flecha, se escondió tras una cortina mientras y le dio un flechazo al corazón de Cecilia, cayendo al suelo sin vida mientras el espíritu que todavía estaba en el cuerpo del mancebo gritaba de angustia.
Cuenta la leyenda que Cosme tomó a la muerta en sus brazos al sótano, seguido por don Cosme, gray Rebollo y dos representantes de la ley; dejó a la joven en rincón y juró alcanzarla para amarla por la eternidad. El fraile hizo los conjuros para romper aquella maldición; y dicen los documentos del Santo Oficio que los sortilegios se rompieron en mil pedazos, al tiempo Cosme quedó liberado y vio a su hermana muerta, su padre intentó consolarlo suplicándole no le pidiera explicaciones.
Una vez que salieron padre e hijo del sótano, los hombres que trajera fray Rebollo comenzaron a excavar siguiendo sus instrucciones; en ese lugar encontraron los esqueletos de los amantes, que se encontraban unidos fuertemente por un abrazo; el religioso hizo un conjuro para deshacer aquel abrazo maldito; y en ese momento se escucharon unos horribles lamentos.
Don Cosme y su hijo abandonaron aquel maldito lugar y regresaron a España. Nunca se supo quien mató a Florián y Lucinda, ni quien los sepultó abrazados.
Los documentos de la época dicen que el abogado era la única persona capaz de explicarlo, pero un día desapareció sin dejar rastro y este misterio jamás pudo ser resuelto.