domingo, 14 de octubre de 2012

El Paseo del Pendón

La primera disposición para solemnizar la fiesta, se remonta al 31 de julio de 1528; acordando aquel día el Cabildo, que “las fiestas de San Juan y Santiago y San Hipólito, y Nuestra Señora de Agosto se solemnice mucho, y que corran toros, y que jueguen cañas, y que todos cabalguen, los que tovieren bestias, so pena de diez pesos de oro”. El 14 de agosto del mismo año se mandaron librar y pagar cuarenta pesos  y cinco monedas de oro;  estos dineros fueron repartidos a distintos personajes para  la compra de la ornamentación, sedas, alimentos, etc.
Gracias a este acuerdo, se sabe que el Pendón que se sacaba de paseo no era el que había traído Cortés, sino otro que fue hecho nuevamente, en colores rojo y blanco; en este punto todavía no se habla del paseo, pero es de suponerse que  para este se hizo el Pendón. Al siguiente año de 1529, se estableció oficialmente esta festividad, disponiéndolo el Cabildo de la siguiente manera el 11 de agosto: “Los dichos señores ordenaron y mandaron de que aquí adelante todos los años, por honra de la fiesta del Señor de San Hipólito, en cuyo día se ganó esta ciudad, se corran siete toros, y que de ellos se maten dos, y que se den por amor de Dios a los monasterios y hospitales, y que la víspera de la dicha fiesta se saque el Pendón de esta ciudad de la Casa del Cabildo, y que se lleve con toda la gente que pudiere ir a caballo acompañándole hasta la iglesia de San Hipólito, y allí se digan sus víspera solemnes, y se torne a traer dicho Pendón a la dicha Casa del Cabildo, y otro día se torne a llevar el dicho Pendón  en procesión a pie hasta la dicha Iglesia de San Hipólito , y llegada allí toda la gente y dicha su misa mayor, se torne  a traer el dicho Pendón hasta la Casa del Cabildo, a caballo, en el cuál dicha casa del Cabildo esté guardado el dicho Pendón, y no salga de él; y en cada año se elija el nombre de dicho Cabildo a una persona, para que saque el dicho Pendón, así para le dicho día de San Hipólito, como para otra cosa que se ofreciere.”
El día 27 del mismo mes se mandaron “librar y pagar a los trompetas doce pesos de oro, por lo que tañeron y trajeron el día de San Hipólito”. Tal vez por ser el año del estreno de las festividades, los trompetistas fueron largamente recompensados; pero  lo desquitaron al siguiente año, ya que para el 28 de agosto de 1530, el Cabildo ordenó que no se les diese cosa ninguna.
No solo en la Nueva España se celebraba el Paseo del Pendón, pues se tiene registro de que también se llevaba a cabo en otras ciudades de la Indias, especialmente el Lima el día de la Epifanía; el orden que debía llevarse durante la celebración, fue siempre materia de varias disposiciones en la Corte, con las cuáles se crearía una de las leyes de Indias. Según documentos antiguos, en México se estilaba de la siguiente manera:
La fiesta comenzó a perder su encanto allá por 1651, no importaba que los regidores echaran la casa por la ventana, simplemente ya no era lo de otros tiempos. Para darnos una idea de cómo eran estas celebraciones, vamos a conocer la descripción de fray Diego de Valdés, en la parte IV, capítulo 23, de su Retórica Cristiana, que años después escribiera en Roma en el año de 1578: “En el año de 1521,  un 13 de agosto fue la caída de la gran Tenochtitlán, los españoles para recordar ésta feliz hazaña y su victoria, los ciudadanos comenzaron a festejar llevando en procesión el pendón con el que se había ganado la ciudad; saliendo de la casa de Cabildo y terminaban en el templo de San Hipólito. Aquel día todo era algarabía y celebración de múltiples espectáculos festivos, como las corridas de toros. Toda la nobleza aprovechaba aquel día para lucir sus telas más finas y sus joyas más costosas. En la procesión participaban los personajes más importantes de la época, caminando en estricto orden jerárquico: hasta adelante iba el virrey, después los oidores, regidores y alguaciles; todo ellos acompañados de caballería ostentando carísimas galas, llegan a San Hipólito en donde el arzobispo y el Cabildo loes esperan con los hermosos cantos de los órganos, las trompetas, chirimías, sacabuches y todo género de instrumentos musicales. Acabando esta ceremonia, el virrey y sus acompañantes vuelven a sus residencias y el Pendón es depositado en la Casa de Cabildo.  Al día siguiente vuelven todos los asistentes  a dicha iglesia, donde el arzobispo celebra la misa, ahí se predica el sermón y oración para exhortar al pueblo para dar gracias a Dios, por haberles concedido la victoria a los españoles en donde tanta sangre fue derramada. El Pendón regresa nuevamente a su morada y… ¡la fiesta comienza!
En la víspera y día de San Hipólito se adornaban las plazas y calles desde el Palacio, hasta el templo, yendo por la calle de Tacuba, y por las calles de San Francisco, todo el camino se podía ver lleno de arcos triunfales de ramos y flores, algunos sencillos y otros más con tablados y capiteles con altares e imágenes, capillas de cantores y ministriles. Los vecinos colgaban en las ventanas las más vistosas, ricas y majestuosas colgaduras. Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, ataviados con costosísimos enjaezados; todos los ahí presentes aprovechaban este paseo para presumir a todos los ahí presentes sus mejores y más caras pertenencias.
El recorrido era amenizado por el alegre repique de las campanas de las iglesias, que seguían las de la Catedral; aunque a veces se veía opacado por las lluvias, pues recordemos del mes de octubre es todavía tiempo de aguas; cuando los asistentes sean sorprendidos por este fenómeno natural, se refugiaban los primeros zaguanes que encontraran abiertos hasta que la tormenta hubiese pasado, después continuaban su camino. Apenas se enteró el rey, expidió en el acto una cédula, en la que prohibía que tal cosa se hiciera, sino que a pesar de la lluvia continuase adelante la procesión, y así se cumplió.
Por ser muy grandes los gastos que la fiesta ocasionaba al regimiento encargado de llevar el pendón, la ciudad de ayudaba con tres mil pesos.  Con el paso del tiempo esta conmemoración fue perdiendo su encanto, y por tal motivo en el año de 1745 el virrey, por orden de la corte, hubo de imponer una multa de quinientos pesos a todo caballero que siendo invitado dejase de concurrir sin causa justa. La ceremonia, que en sus inicios fue muy lucida, vino después a ser ridícula, cuando  el paseo se hacía ya en coches y no a caballo, y el Pendón iba asomado por una de las portezuelas del coche del virrey.
Finalmente las Cortes de España decidieron abolirla por decreto el 7 enero 1812, y la fiesta de San Hipólito se redujo a que el virrey, audiencia y autoridades asistieran a la Iglesia como en cualquier otra función ordinaria; está por demás decir que esta última parte cesó con la Independencia.

domingo, 7 de octubre de 2012

Las tres fuentes (Leyenda del Estado de Hidalgo)


Estamos en el año de 1720, año en que se presentaba una de las sequías más severas que jamás se hayan vivido, ya había pasado más de un año sin que se viera gota alguna de agua cayendo del cielo. Como era de esperarse, la gente estaba desesperada porque los depósitos de agua potable ya estaban vacíos y tenían que caminar largas distancias para conseguir un poco del vital líquido.
Los cultivos se estaban secando, pues la poca agua que lograban acarrear no era suficiente para la tierra seca y sedienta. La escasez del líquido y la hambruna comenzaron a imperar en el pueblo; entonces los religiosos establecidos en estas tierras deciden  con desesperación, hacer procesiones pidiendo a la Providencia les concediera el milagro de que vinieran las lluvias para no morir de hambre y sed.
Lo curioso del asunto fue que sin ponerse de acuerdo los frailes para llevar a cabo la procesión, se dio la casualidad de que coincidieran en la plaza principal del centro de la ciudad tres órdenes religiosas, para partir de ese punto hacia lugares diferentes con la misma intención: implorar a Dios que vinieran las lluvias. Cada grupo se encaminó al sitio elegido en donde llevarían a cabo una solemne misa, con los altares improvisados que llevaban para cumplir su objetivo. Una vez que hubieron llegado a su destino comenzaron a levantarlos: uno en donde está la Torre de Independencia, otro en la  que hoy conocemos como esquina de Morelos y Mina, y el tercero en la plazoleta donde desembocaban las calles de Tres Guerras y el callejón de Mosco.
El día seleccionado para tal ritual fue un 10 de noviembre a las nueve de la mañana, cuando los religiosos, los nobles  y el pueblo se reunieron para empezar a recorrer los lugares que incluía la ruta del peregrinaje; las plegarias, ruegos, súplicas, rosarios, cánticos y oraciones fervorosas se podían ver en todos los asistentes a los tres rumbos trazados. Mientras aquellas personas se encontraban  en misa y justo en el momento en que los sacerdotes elevaron las hostias, el cielo comenzó a oscurecerse y a cuajarse de nubarrones, para dar como resultado la milagrosa caída de las ya tan aclamadas lluvias; la gente estaba sorprendida, llena de alegría, la gratitud religiosa invadió todo su ser, y movidos por estos sentimientos comenzaron a elevar oraciones y cánticos de agradecimiento, por la bendición de tener lluvias nuevamente. Un Te Deum colectivo subió desde la ciudad en alabanza a la infinita bondad divina.
En los tres lugares antes mencionados, en donde fue hecha la petición, la gente del pueblo decide mandar construir unos depósitos de agua, los cuáles abastecieron a las poblaciones desde aquel momento. Las tres fuentes fueron bautizadas con los nombres de Fuente de San Miguel, Fuente de los Limones y Fuente de las Tres Coronas, sin que nunca se supiera él porque de estos nombres.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Palacio del Arzobispado


Está ubicada en las calles de Moneda y Licenciado Verdad, antes llamada Cerrada de Santa Teresa la Antigua. Actualmente es el Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.


Leyenda del Convento de los Agustinos (Sucedió en el Estado de Michoacán)


En este hermoso estado de la República existe un pequeño poblado llamado Cuitzeo, en donde podrán encontrar un convento; con un desolado e inmenso atrio que estuviera guardado por tapias terminadas en arcos invertidos, se levantaba la soberbia construcción. La enorme puerta del templo descansa sobre una escalinata hecha de la misma piedra, coronada con una doble cornisa que da soporte al amplio y hermoso ventanal, y encima de este podrás ver un nicho con la estatua de piedra de la Magdalena; todos estos elementos se encuentran rematados por la cornisa superior que cobija las insignias de la orden de San Agustín y los escudos con el indio mexicano Metl (maguey). Ahora caminaremos al lado norte de la fachada para ver un enorme estribo rematado en una espadaña donde cuelgan el esquilón y la campana mayor; si nos dirigimos al lado sur apreciaremos los ennegrecidos picos de sus almenas, las cuales protegieron durante la época de la colonia a los arqueros y sirvieron de apoyo para las culebrinas y arcabuces.
Para poder ingresar a este convento-fortaleza, habrá que golpear con fuerza su puerta cubierta de grandes rosetones de hierro y clavos forzados a martillo, puerta que fue profanada por primera y última vez cuando los soldados del general Nicolás de Régules, emulando al Pípila, con grandes piedras en la espalda destruyeron con hachas parte del postigo, venciendo así la resistencia de los conservadores.
Detrás de la pesada puerta los grandes cerrojos gravados a cincel y la gruesa cadena que a duras penas de abrir un poco el postigo, rechinan quejumbrosamente para dejar el paso libre. Después de cruzar la portería, ingresaremos a los claustros con sus grandes arcos y su patio de anchas losas u un hermoso brocal en su centro; en la parte media de las columnas se encuentran los canalones sostenidos por grifos, serpientes y dragones de piedra, de estos canalones se sustenta una bóveda subterránea capaz de abastecer de agua de lluvia a la gran parte de las casas del pueblo.
sus gruesos muros de más de 3 m de espesor fueron construidos en el año de 1550; patios, torres y almenas  necesarias en aquella época no para encerrar monjes, sino para resistir los violentos levantamientos de los indios que entraban en las nacientes poblaciones españolas; y además numerosos subterráneos construidos estratégicamente, que conducían a las afueras del convento y cuya existencia está nuestros días es todo un misterio; sus pasillos en medio de los muros, que según cuentan algunos tenían la función de emparedado los religiosos delincuentes. Todos estos elementos combinados hacen de este convento un lugar atrayente y a la vez macabro.
En el interior del templo hallaremos una escalera monumental que se retuerce cuatro veces sobre sí misma para conducir al piso más alto; cuenta con tres descansos, una cruz de cantera en el remate de la baranda, más arribo un ventanal por donde entra la luz y y si nos asomamos veremos una huerta, y la bóveda de clavería con aristas que forman nudos en los rincones de los muros. Al terminar de subir la escalinata, una puerta se abre para dar acceso a los claustros superiores y junto a ella la reja de una ventana, en donde pondremos encontrar a altas horas de la noche la espectral figura de un religioso en pena, esto claro está, si somos lo suficientemente valientes para comprobarlo con nuestros propios ojos. Por la descripción que dan los testigos oculares del fantasma, la gente asegura que es fray Hilario García, quien en vida fue prior de este convento, dotó a la parroquia del reloj público que ostenta y fue millonario porque gobernó el convento en los tiempos en que tenía grandes haciendas como Cuaracurío, La Labor, La Pasera, entre otras. Son memorables las fiestas que este religioso hacía en honor de la patrona de la Provincia de Agustinos: la Virgen del Socorro; en medio de esta ostentación, el buen hombre falleció y se cree que por haber quebrantado el voto de pobreza su alma está penando en el mundo terrenal. Se dice que en una noche de festejo un sacerdote agustino tuvo la ocurrencia de bajar por la amplia escalinata, pero más grande su asombro cuando vio que el espectro de fray Hilario quería bajar con él; el horrorizado religiosos regresó a su celda, muriendo a los pocos días en medio de constantes alucinaciones, en donde el espectro le decía que había un tesoro oculto en los muros del templo.
en otra ocasión el fantasma tocó la puerta de la celda del padre Álvarez, religioso muy querido por la comunidad, que vivió muchos años solitario en el convento y nunca pudo cantar misa por ser aficionado al alcohol;  bajo la influencia de éste se encontraba esta noche, rápidamente se levantó y alcanzó a ver la figura de fray Hilario que se alejaba, agarró una escoba y lo siguió hasta que llego a los excusados, entonces el espectro volteo y le hizo una señal para llamarlo, por el borrachito al ver que aquel rostro estaba descarnado, regresó corriendo a su celda curado de la embriaguez.
Otra razón por la que se cree que ande penando el religioso es la siguiente: Entre la escalera antes mencionada y los muros del templo, hay un salón grande llamado la Celda Provincial, en donde jugaban a la pelota un religioso y un cuñado de fray Hilario; cierto día sucedió que con los rebotes del juguete se desprendió una capa de estuco de la pared norte, dejando a la vista un tapón de madera empotrado, el asombro de los jugadores fue mayúsculo cuando se dieron cuenta de que por la abertura que dejaba libre el tapón cabía todo el brazo. Ante tal descubrimiento, fueron a dar cuenta al padre prior que era en aquel entonces fray Hilario, quien los regaño para que no se volvieran a meter con lo que tenía ahí guardado. Al poco tiempo el religioso cabo un boquete detrás del muro y extrajo seis barriles de dinero cometiendo así la injusticia de no hacer partícipes a sus verdaderos descubridores.
Muchos cuentan y refieren, que en el interior de los muros de este convento abundan fabulosos tesoros enterrados o emparedados. Se cuenta también que la Celda Provincial tiene una puerta en su lado oriente, que da a una zote huela con un portal adosado al muro del templo; entre la celda sorda y la celda por donde oían misa los enfermos, existe un pasillo que ya queda dentro del muro del templo, en donde se puede encontrar una abertura, que conduce exactamente atrás del altar de la Virgen de la Consolación, se cree que está la verdadera entrada que conduce a otra subterránea, y este lugar es donde se cree que está el  famoso tesoro.
Cuando este relato comenzó en verdad a cobrar vida, fue en el año de 1911, cuando se encontraba en la parroquia de cura o sacerdote muy entusiasta, que mandó remodelar y reparar el convento; durante estos trabajos descubrió un escondite e invitó a dos vecinos de la población para ingresar al subterráneo. Con hachones en mano ingresaron al escondite, la oscuridad era tan densa que éstos no les serán suficientes para iluminarse, pero con la poca claridad que tenían pudieron ver los enormes sillares que forman los cimientos del templo y en uno de ellos vieron con asombro la siguiente inscripción en latín el sacerdote tradujo sus compañeros: «En el año del Señor de mil  quinientos setenta fueron descargadas en ente lugar ochenta mulas con barras de oro y plata de la conducta del virrey y que corresponden al Real Quinto de su majestad el Emperador, que Dios guarde muchos años». En el preciso instante en que fue terminada de leer la inscripción, los hachones apagaron súbitamente y fue imposible hacerlos arder de nuevo, los ahí presentes llenos de horror salieron en estampida del subterráneo, dejando su aventura para otra ocasión en que estuvieran mejor provistos de luces.
Pocos días después el sacerdote recibió su cambio, después llegó la revolución y  ya para el 6 enero 1918 estaba por  entrar a la población el bandolero José Inés Chávez García, entonces el prior del convento decide mandar tapiar la entrada del pasillo, quedando así cerrado el escondite hasta el día de hoy.

domingo, 16 de septiembre de 2012

La viuda resucitada (Leyenda de Guanajuato)


Allá por el año de 1860 se cantaban en las calles y plazuela de Celaya unos versos o tonadas, algunas veces incluso se hacía reparto de azucarillos; entre aquellos versos hechos canción, podemos encontrar uno que nos relata sobre una terrible enfermedad que sacudió a la gente de aquella época:

« Del Cólera Grande el año
Por toditos muy mentado
Y con horror recordado,
Por su mucho y grave daño;
En una triste calleja
Del seminario nombrada,
De una alma atribulada
Se levantó esta queja:
¡Virgen hermosa del Carmen,
Has que en este mismo día
Vuelva conmigo mi madre!
Por la pena acongojada
Así una niña decía,
Y la Virgen le volvía
¡Su madre resucitada!...
Sí, Señor, resucitada
En el mismito panteón,
Donde la hecho el carretón
¡Ya muerta y engarrotada!»

La peste del «cólera grande» azotaba la región de El Bajío, en la ciudad de Celaya a mediados de julio de 1833, la situación era terrible, sobre todo entre la gente de menores recursos que moría por centenares diariamente, sin que sus familiares pudieran comprar al menos un miserable cajón para enterrar a sus muertos, ya que los pocos carpinteros que quedaban vivos no podían dar abasto a la alta demanda de ataúdes que se necesitaban. 
Por si esto fuera poco, las autoridades implementaron como medida de seguridad, que excede sepultarán inmediatamente los cadáveres para evitar en la medida de lo posible que la peste se propagara, a cuyo efecto en las calles eran  recorridas constantemente por carretones que recogían a los fallecidos casa por casa; sin dar más tiempo para otra cosa, los cuerpos serán semienvueltos en un petate o cobija, después la fúnebre carga era llevada al panteón de San Antonio, en donde eran arrojados a una fosa común, que era segada con tierra en cuanto se llenaba totalmente, llevando acto seguido a la parroquia una lista de todos los difuntos para que fueran asentadas las «partidas de entierro».
Debido a la elevadísima tasa de mortandad que generaba la peste, era prácticamente imposible que un médico declarara legalmente muerto al infectado, lo que dio lugar a que más de una persona fuera enterrada viva. El caso que vamos a conocer, es un ejemplo típico, pero resultó distinto a los demás por que la población atribuyó tal milagro a mera intervención divina.
En la calle del Seminario vivía una humilde familia compuesta por don Alfonso Patiño, empleado de la fábrica de hilados y tejidos de Zempoala,  su esposa doña  Elisa Ochoa de Patiño y seis niños, de los cuales Rebeca era la mayor, llegando apenas a tener nueve años de edad. La peste se encontraba en todo su apogeo, cobrando centenares de vidas, entre las que se encontraron después los esposos Patiño, que murieron ambos el mismo día, con diferencia de dos o tres horas; el llanto y los gritos de sus hijos eran desgarradores, quedando el orfandad y el más triste desamparo, aquellos lamentos Hicieron que los vecinos enterarán de lo sucedido, y cumpliendo con su deber mandaron llamar a los encargados de recoger los cadáveres. La oscuridad ya casi se hacía presente, cuando se dejó ir por la calle del Seminario el taller de la campana que anunciaba la presencia del carretón de la muerte, deteniéndose frente a la casa de los Patiño; el carretones ayudante recogieron los cuerpos y los arrojaron en su carro, aquel espantoso cuadro era presenciado por los niños que no paraban de llorar. Las ruedas chirriaron con un aire siniestro, el carretón se puso en marcha lentamente, llevándose a los padres de aquellas inocentes criaturas.
Cuando el carro hubo llegado al panteón de San Antonio y había anochecido, por lo que los hombres se concentraron en arrojar a la fosa los cadáveres,  sin tomarse la molestia de cubrirlos con tierra, pues ese trabajo le correspondía a los sepultureros que ya parece ahora se habían retirado; al terminar se treparon a su vehículo y se alejaron del tétrico lugar.
Las horas pasaron y un helado viento otoñal invadió la gran fosa, haciendo que los árboles circundantes se inclinaran, en ese momento uno de los cuerpos que yacía en el cementerio se movió, después trató de salir, lográndolo con éxito: ¡era la señora Patiño que había vuelto a la vida! ¡Qué horrible impresión debió haber pasado aquella pobre mujer al verse rodeada de cadáveres! Impidiendo a toda costa que el terror invadiera su alma, pensó en sus hijos que ahora estaban solos y abandonados.
Solo el instinto maternal le dio la fuerza necesitaba en esos crítico momentos; apoyándose sobre las fríos y rígidos cadáveres, logró ponerse de pie e tambaleando, logra acercarse a los bordes de la fosa, que por fortuna no era muy profunda y con gran esfuerzo logra salir. Ya afuera trata de cargarse de energías, apoyándose  en la cruz de piedra de un sepulcro y, abrazando el símbolo de la redención, permaneció por un largo tiempo en un estado de inconsciencia, pues a diferencia de una mujer normal, ¡ella  no mostraba el menor signo de miedo! Con trabajos comenzó a moverse; casi arrastrándose logró hacer el recorrido desde el panteón de San Antonio hasta la calle del Seminario, frente a la fábrica de hilados Zempoala, llegando a la puerta de su casa casi al amanecer…
Mientras la mujer iba rastras hasta su casa, los niños más pequeños cansados de llorar se habían quedado dormidos; los más grandes, Rebeca y Pedrito de nueve y ocho años respectivamente, lloraban en silencio, pensando que sería de ellos y de sus hermanitos al llegar el nuevo día. En arranque de desesperación y dolor, la niña implora: “¡Oh, Madre mía, Virgen Santísima del Carmen, devuélveme a mis padres!” En aquel momento se escucha que tocan a la puerta. Los niños presintiendo algo inesperado corren en el acto a abrir, recibiendo la mejor sorpresa de su vida: ¡era su madre ¡El milagro había ocurrido!
La señora tardó varios días en recuperarse totalmente, no tanto de la enfermedad, sino del choque nervioso que había sufrido. La noticia de aquel milagro corrió como la pólvora por la ciudad entera, después no faltaron almas de buen corazón que ofrecieran ayuda a la Viuda Resucitada, apodo que el vulgo le diera por su repentino y milagroso regresos a la vida; sucesos de los cuáles nació el siguiente poema:

Y la Virgen le volvía
La Viuda Resucitada…
Sí, Señor, resucitada
En el mismito panteón,
Donde la echó el carretón
¡Ya muerta y engarrotada!

domingo, 9 de septiembre de 2012

Las heroínas de la Independencia


El corazón de la mujer siempre ha encerrado los más suaves y delicados perfumes, la santidad de la virtud, la piedad de la religión y el cariño abnegado de esposa, madre e hija. La mujer mexicana entrega el alma a sus hijos desde el momento en que nacen, protegiéndolos y alentándolos con su ejemplo en los peligros y combates, entre el fragor de las armas y la rojiza llama de los incendios.

Durante los tiempos de guerra, las mujeres mexicanas recorrían las ciudades y campos de batalla, como diosas protectoras anunciando el comienzo de nuestra independencia. Un testigo ocular de aquellos acontecimientos, decía que las mujeres mexicanas, ya fueran casadas con españoles o criollos, era secreta o abiertamente partidarias de aquel movimiento; aunque esto les podría costar que fueran castigadas, pero su amor por la patria era más grande que su temor. durante la revolución ella siempre fueron fieles a la causa independiente, mostrando en la mayor parte de las ocasiones su valor e intrepidez. Los nombres de estas grandes heroínas quedaron inmortalizados en el papel y en la memoria del pueblo mexicano; algunas de ellas muy conocidas, y otras más que en estos tiempos se niegan a ser olvidadas.
Una de aquellas mujeres, es aquella que a la mitad de la noche envía un emisario a Hidalgo, para informarle que la conspiración de Querétaro fue denunciada, dando como respuesta el eco de las campana de Dolores a doña Josefa Ortiz de Domínguez, que gracias a su oportuno aviso y sacrificios posteriores, pasaría a ser considerada la primera y una de las más grandes heroínas de la patria.
Otra mujer que sentía un gran amor hacia la Independencia desde los 19 años de edad, era nada menos que el Leona Vicario; quién improvisa correos, alienta a los tímidos, remite recursos a los independientes, que protestan morir antes que denunciar a los conspiradores, que sufre resignada una prisión de la cuál logra evadirse para ir en pos de la guerra, llevando consigo una imprenta que reproduce los pensamientos y aspiraciones de los patriotas insurgentes.
una vez que logra reunirse con los suyos, lucha incansablemente y sin tregua por la patria.  Con luchar, ya que para comprar el bronce con que se habían de fundir cañones en Tlalpujahua en el año de 1812, decide vender sus joyas; hecho que despertó la admiración de todos lo que la rodeaban: heroína mexicana vende sus joyas para defender y alcanzar la libertad de un pueblo.
No fue tan conocida como la Corregidora y Leona Vicario, pero al igual que ellas,  amante de su país, fue la esposa de don Manuel Lazarín, doña Mariana Rodríguez del Toro. Era la noche del lunes santo de 1811, cuando  se encontraban en su casa reunidos en una amena tertulia Lazarín y un grupo de amigos, quienes no eran muy afectos a la independencia; después de las 8:30 de la noche la reunión se ve interrumpida por un repique de las campanas de la Catedral y una salva de artillería. Tal escándalo respondía a que el Gobierno virreinal festejaba con gran regocijo la aprehensión de Hidalgo y sus compañeros, un triunfo para los realistas y una tragedia para los insurgentes. En casa de la Lazarín y la noticia cayó como un balde de agua fría, y entre el silencio de los tímidos surge la voz de una mujer que clama por no dejarse vencer. Aquella noche nació la conjuración conocida como la Conspiración del Año de 11, la cual fracaso, pero despertó el espíritu del pueblo, a tal grado que pudo ser de en terribles consecuencias para el gobierno español porque en ella estuvieron involucrados escritores, abogados, miembros del clero y de la nobleza. Doña Mariana sufrió crueles persecuciones y fue hecha prisionera junto con su esposo, siendo libre hasta el año de 1820.
También en el campo de batalla luchando junto a los insurgentes, hubo heroínas; de las cuales destacan Manuela Medina, originaria de Tetzcoco y María Fermina Rivera, nacida en Tlaltizapan.
La primera fue conocida como «La Capitana», quien estuvo muy involucrada durante la guerra, y para conocer al gran Morelos emprendió un largo viaje de más de 100 leguas, y al final de la travesía dijo que ya podía morir a gusto, al quedar despedazaba una bomba de Acapulco. Manuela Medina murió su ciudad natal en marzo de 1822, por consecuencia de dos heridas que sufren combate y que la tuvieron postrada año y medio en el lecho del dolor.
Doña María Fermina Rivera, re viuda del coronel de caballería don José María Rivera, y al igual que La Capitana, ella también lucho junto con sus compañeros de guerra en el campo de batalla hasta el final, sin nunca doblegarse ante nada. Murió en la acción de Chichihualco defendiéndose con gran valentía al lado de don Vicente Guerrero en febrero de 1821.
junto a estas grandes mujeres, no debe faltar Manuel Herrera, que pierde a su madre al nacer; y años más tarde decide unirse a la guerra de independencia, por lo que decide quemar su hacienda para no dejar recurso alguno a sus enemigos. Cabe destacar que ella alojó a Mina en el rancho del Venadito, en donde cae prisionera con su huésped; es perseguida, robada  e insultada por una soldadesca sin escrúpulos, situación que la obligó a vivir en los bosques desnuda y hambrienta, pidiendo hasta el final de sus días a Dios por la salvación de la patria.
La guerra de Independencia en México tuvo también heroínas mártires. Los insurgentes nunca fusilaron a ninguna mujer del partido realista, pero este último no se tocó el corazón para manchar con ellas sus armas de sangre.
Era una noche en el mes de agosto de 1814, cuando cerca del pueblo de Valtierrilla bajo las órdenes de don Ignacio García, un grupo de realistas sostenía un combate con los patriotas independientes. En aquella noche llovía a cántaros y el terreno fangoso y surcado de arroyos, hacía más difícil aquella gloriosa acción, que duró desde las 8:30 de la noche hasta las 7:30 de la mañana del día siguiente. En aquella batalla cayeron prisioneros los patriotas Miguel Yáñez, José Esquivel y Eustaquia Hernández; el jefe superior don Agustín de Iturbide no tuvo piedad alguna con los vencidos, y decide mandarlos fusilar a todos, entre los condenados se encontraban María Tomasa Estévez, a quien se le encomendó la tarea de seducir a la tropa debido a su hermosa figura. Las ejecuciones se verificaron en la entonces villa de Salamanca en el mismo mes de agosto de 1814. Aquella hermosa mujer murió por su patriotismo y por su atractivo físico.
Como han podido ver ustedes amigos lectores, hubo muchas más mujeres involucradas en la guerra de independencia  de las que ustedes se puedan imaginar, pero no son solamente aquellas que ustedes conocieron en este texto, ya que lo más seguro es que muchos nombres se hayan perdido para siempre en esta batalla. Faltan muchas más heroínas por mencionar, pero en una pequeña entrada del blog es muy difícil darles un espacio a todas como Dios manda. En publicaciones futuras iremos conociendo una breve reseña de sus vidas y de su lucha por la Patria.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Como la gente se divertía en 1810


Los entretenimientos han ido cambiando a lo largo de los siglos, de acuerdo a la época o circunstancia que se viva en ese momento, un ejemplo claro lo tenemos en los niños que presenciaron la quema de los condenados de la Inquisición, pues de aquí nació un juego en el que los pequeñines quemaban muñequitos, lo que después diera origen a los famosos Judas que hoy en día se les prende fuego en los festejos de Semana Santa.
Ahora vamos a detener nuestra máquina de tiempo en el año de la Independencia para averiguar cómo se divertían nuestros tatarabuelos en aquellos tiempos tan revueltos. A todos les encantaba asistir a las Sombras Chinescas, que eran proyecciones luminosas que se hacían con la ayuda de linternas, y sobre el fondo de un telón se proyectaban imágenes de los episodios y hechos destacados que acontecían en aquel momento; estas representaciones se llevaban a cabo en lugares cerrados, era algo parecido como a un teatro de títeres, pero en vez de tener muñecos que representaran a los personajes, solo se tenían puras sombras de estos. Se llegó incluso a representar el grito de Dolores, llegando a despertar odios, desprecios e iras en contra de los tiranos opresores.
Además de las Sombras Chinescas o representaciones de cosas del día, había otros pasatiempos y diversiones en 1810. Era muy socorrido ir por las tarde en coche en caballo o a pie, al paseo de Bucareli o a dar la vuelta a la Alameda, en este último durante  los tres días en que se celebraban los días de Pascua de Espíritu Santo, lo paseos cambiaban al Pradito de Belén. El de la Viga o de la Orilla, empezaba al igual que en los anteriores, en los días de fiesta ya por las tardes el ánimo se empezaba a ver, desde el primer Domingo de Cuaresma, hasta que concluía el día de la Ascensión.
Los asistentes a aquellas fiestas llevaban sus mejores ropas y joyas; a los jinetes se les podía ver en briosos caballos, luciendo sillas vaqueras ostentosas con  adornos de plata, sombreros galoneados, chaquetas, pantalones de cuero o chaparreras con pieles de chivo, también muy ostentosas por los galones, alamares y botonaduras de plata pura y plata quintada. 
Por el lado contrario se encontraba la gente pobre, especialmente  en la Viga, que con alegría y regocijo comían golosinas a la orilla del canal cenagoso, cubierto por chalupas tripuladas por pintorescas indígenas floreras, ataviados con trajes típicos, remando a la vez que ofrecían hermosas amapolas o perfumadas rosas de Castilla; se podían ver también largas y anchas canoas con techos decorados al gusto popular, en las que al ritmo de arpas, vihuelas, guitarras, tamboriles y flautas, bailaban y cantaban jarabes y palomos, léperos y chinas, charros y gatas, con deslumbrantes vestimentas por el hermoso colorido de sus telas: el satín de los rasos de las faldas y chapines, el brillo de los galones, lentejuelas y piedras de fantasía.
En 1810 había diversión al por mayor en las pomposas procesiones del Corpus y de la semana mayor, así como también en las letanías, las peleas de gallos, las corridas de toros, en las vísperas de las fiestas titulares de muchos templos y conventos, las tocadas de las bandas de música de los cuerpos militares, en las ejecuciones públicas, los reos fusilados en la plaza de Mixcalco, los ahorcados en la picota de la Plaza Mayor; en los dos últimos casos los coches llegaban desde las tres de la tarde para alcanzar buen lugar, y poder divertirse de lo lindo viendo esta clase de espectáculos.
Las personas pudientes lucían siempre sus mejores joyas y siempre andaban al último grito de la moda; en cambio los que no podían costearse tales extravagancias, siempre tenían la opción de sacar de sus baúles olientes a canela o alcanfor sus mejores galas, pero por lo general se conformaban con admirar el lujo le potentados son nobles; esto fue entonces considerado como una diversión, ir al Palacio Real, o a los templos en las festividades religiosas. Aquellos momentos pasaron a ser «los días en que la corte se vestía de gala», y en los que debían vestir el uniforme los capitanes generales, mariscales, brigadieres y oficiales del real ejército. Los días en 1810 fueron los siguientes: el 30 mayo, santo del Rey Nuestro Señor; el 13 agosto, Santos Hipólito y Casiano, patronos de la ciudad; el 14 octubre, años del Rey Nuestro Señor; el 3 diciembre, días del Excelentísimo Sr. virrey; y el 12 del mismo mes, aniversario de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona jurada de esta Nueva España.
Durante aquella época no podía faltar la exhibición de animales adiestrados, o personas que tuvieran algún defecto físico  de nacimiento. Un ejemplo lo tenemos a principios del mes de enero de 1810 cuando se expuso a la vista pública en la calle de la cerbatana, a María Rosa, india de veinte años, cuya construcción en el tamaño de su cuerpo era tan digna de notar, que solamente la vista podría calificar el cómo la naturaleza se ensañó  para crear a criatura tan extraña; por lo que se describen los documentos de la época, aquella muchacha tenía una estatura muy baja, no considerada  como normal en aquella época.